Riesgo de Asfixia
Por: Zaid Joao Hernández Maldonado
Una historia recurrente en Pantitlán
Facultad de Contaduría y Administración
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Ser mujer no es
Ser mujer no es malo, no es triste, no es una desgracia. Ser mujer puede sentirse, a veces, como nacer bajo la sombra de una lluvia de etiquetas.
Siendo mujer, odio tener que generalizar a todo nuestro género, vivir siempre rodeadas de prejuicios o estereotipos que algunas veces nos representan y otras tantas no. Pero ¿por qué tenemos que cargar siempre con el peso de palabras que nos encasillan?
Para mí, cada mujer es un mundo único y diferente. Ser mujer no es una pesadilla; también puede ser una maravilla.
Sí, es difícil vivir, pero probablemente lo es para todos.
Soy mujer y, a veces, no entiendo a otras mujeres. Soy mujer y, a veces, no me entiendo ni a mí misma.
Ser mujer no se reduce a características físicas ni a actitudes determinadas. Ser mujer no es nacer con más fuerza o resiliencia de manera automática. Qué sencillo sería que, por el hecho de nacer con determinados genitales, tuviéramos el destino asegurado de cambiar el mundo.
La filósofa Simone de Beauvoir escribió que “no se nace mujer: se llega a serlo”. Tal vez tenía razón. Tal vez gran parte de lo que entendemos por ser mujer no nace con nosotras, sino que se construye con las expectativas, las enseñanzas, los miedos y las experiencias que nos rodean.
Ser mujer no es el sueño americano ni una promesa de grandeza inevitable. Todos y cada uno de nosotros vivimos día con día luchando contra nuestros propios retos, nuestros duelos, nuestros dolores, nuestros pensamientos y nuestras expectativas.
Ser mujer es cargar con el peso de una palabra que ha sido usada infinidad de veces. Una palabra que ha atravesado años y generaciones y que, al igual que nosotras, ha cambiado con el tiempo. Ha cambiado el contexto, ha cambiado el trato, ha cambiado el respeto, han cambiado los derechos y también las formas de violencia.
Ser mujer puede parecer aterrador. Nos vienen a la mente palabras como sacrificio, madre, ejemplo, diferencia, prudencia o queja.
La antropóloga mexicana Marcela Lagarde habló de los cautiverios de las mujeres: esas expectativas invisibles que nos enseñan cómo debemos amar, cuidar, hablar, comportarnos y existir incluso antes de descubrir quiénes somos realmente.
Ser mujer no es ser fuerte; es ser como cualquier otro mortal que se esfuerza por lucir bien ante el dolor que lleva por dentro.
Nacer mujer no es una elección, pero termina convirtiéndose en parte de nuestra identidad y de nuestra forma de habitar el mundo.
Ser mujer es escuchar desde que naces cientos de mitos, rumores y expectativas; historias tan increíbles que pueden ir desde lo más dulce y tierno, como recibir tratos amables aun si tienen trasfondos inimaginables, hasta lo más asqueroso y terrorífico, como sentirse juzgada y rechazada por la forma de tu cuerpo.
Ser mujer puede ser visto como nacer con una voz más pequeña, más débil o más aguda, pero aun así siempre terminará escuchándose la voz de las mujeres que piden justicia, las voces de quienes fueron heridas y de quienes intentaron ser silenciadas. Se escucha en las marchas, en los nombres escritos sobre carteles y en las fotografías levantadas al cielo. Porque las voces no desaparecen cuando se les obliga a callar; a veces se convierten en eco, y los ecos tienen la costumbre de regresar acompañados de muchas otras voces.
Ser mujer no es comerse al mundo; es aprender que el mundo puede intentar devorarte en cualquier momento precisamente por ser mujer.
Ser mujer no es nacer con aroma a flores. Es nacer con la apariencia de una hermosa rosa, pero con olor a tierra, a lluvia, a sol y al desgaste continuo de la vida.
Es oler también al pesticida que usamos para alejarnos de aquellos insectos que nos consumen y nos marchitan como una plaga.
Ser mujer es ser una rosa que muchas veces siente que debe cortar sus propias espinas porque teme que, si las conserva, nadie querrá tocarla.
Es tener olor a pasto mojado y, aun así, sentir que debemos bañarnos en agua de miel porque se espera que endulcemos la nariz de quienes nos perciben.
Es sentir que la apariencia simboliza lo que vales.
La gente piensa que, al nacer como una rosa, naces también con el romántico destino de simbolizar el amor en un hogar, sobre una mesa, dentro de un florero o entre un bello ramo de flores, marchitándote lentamente para servir a ojos ajenos. Creemos que esto ha quedado por completo en el pasado.
Preferimos no pensar que, para crear ese ramo, primero tuvieron que arrancar las flores del campo silvestre donde nacieron, donde crecieron libres, extendiéndose hacia todos los lados, sin esperar el día en que se convertirían en un adorno.
Una mujer no puede ser como una rosa arrancada de la tierra y expuesta entre flores cortadas para luego exigirle que florezca, que brille y que decore el mundo de color utilizando las últimas gotas de agua que aún conservan sus raíces maltratadas.
¿Por qué regalamos ramos de rosas que entregan sus últimos días de vida para hacer sonreír a alguien más?
Se abren, se marchitan, se desechan y simplemente se compra uno nuevo.
Ese fue el destino de una flor hermosa más que nació en este mundo.
Pero quizá las mujeres nunca fuimos flores de florero.
Quizá fuimos jardín, bosque y campo silvestre.
Quizá nuestras raíces nunca estuvieron hechas para vivir dentro de un recipiente de cristal.
Y quizá ser mujer no consiste en florecer para otros, sino en aprender a crecer hacia donde queramos, incluso cuando el mundo insiste en podarnos.
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