Facultad de Psicología
Facultad de Psicología
Pesebre de seda y frazada de terciopelo,
corona de tulipanes blancos,
manjar sobre los labios
y llaves de oro en las manos.
Pesebre de periódicos amarillistas,
pies cobijados por el polvo,
notas rojas para secar las lágrimas del primer llanto
y uñas largas para trepar las faldas grises de la montaña blanca.
Párvulos con manos de colores
capaces de hacer bailar los papalotes con el aire
y convertir las cajas de juguetes en palacios.
Párvulos con las manos despintadas
reutilizan sueños reciclados
y tiran bardas para ver los palacios.
Las bardas construidas de marginación,
corrupción, violencia, genocidios,
misoginia, homofobia, feminicidios…
un pasadizo infinito dentro de la injusticia y la desigualdad.
El techo que sosiega palomas lánguidas,
la ventana que corre como un tsunami recto
y las trajineras que saltan descarriadas.
Los sueños embotellados que se agitan pero no se escurren,
el aire que eriza al corazón
a cada suspiro gelatinoso y desatraillado.
La tormenta se hace la calma
y la calma se hace el precipicio.
Las manos sudadas aferradas al metal,
el balanceo de los pies y las rodillas
¿es suficiente para mantenerse de pie?
Perros jadeantes y sedientos,
que escapan de sus jaulas de neuronas enredadas,
ojos de pistola con la pistola sin ojos
y cortisol escondido bajo los puños.
Trajineras con destino incierto
corren sobre la negligencia
y paran en la lobreguez de las calles.
Trenes que colapsan,
palomas demolidas por el techo,
botellas con sueños estrellados
y suspiros muertos.
El azul de cielo,
los carteles que gritan,
los zapatos que buscan,
ni los paquetes de pañuelos,
ninguno es suficiente.
Seguimos caminando sobre las huellas de los asesinados,
seguimos tirando las fotografías de los desaparecidos,
seguimos comprando a los narcotraficantes
y seguimos culpando a las mujeres violadas.
Seguimos venerando a los machos
y seguimos tirando la mierda de los perros
bajo la banqueta.
Los jóvenes que recorren la ciudad,
del negro al blanco y del blanco al negro,
entre las masas
y sobre las trajineras descarriadas.
Los jóvenes con los pies en el cemento,
la mirada en la luna
y el corazón en las estrellas.
Los jóvenes de la cabellera de arcoíris,
con las piernas inquietas que se asoman en las ventanas del pantalón,
con la cámara colgando del cuello
y los ojos abrigados con filtros.
Los soñadores,
los rebeldes,
los iconoclastas,
los artistas.
Jóvenes que rascan las paredes negras
y pintan de colores los edificios blancos.
Un sorbo para tragar el miedo,
una garganta afilada
para abrir la piel pálida y corrupta
que envuelve las aulas y las oficinas.
Que salga la sangre espesa,
que ahogue la violencia
y cicatrice la desigualdad.
Las urnas se llenan,
los dedos se pintan
y las expectativas se asoman
como el pequeño sobre el hombro de su madre.
Cubrimos nuestras manos multicolor
con guantes de un solo color,
emitimos nuestra voz
con la mordaza en la boca
y sobre una urna que parece un pozo vacío.
¿Será que las urnas se llenan?
¿O quedan vacías?
¿Será que las voces se evaporan como el agua hirviendo?
¿Y será que el papel se desintegra en cenizas?
¿Será que las urnas son tan solo un calabozo?
Las denuncias tras los barrotes,
las protestas esposadas
y la esperanza llorando en el rincón.
¿Qué hacemos para que la democracia salga de las urnas?
Las manos de tul brillante
no han sido suficientes para colorear las urnas grises,
quizá los tonos cálidos sean encontrados
en el godete de los cerebros jóvenes
subiendo la cresta de la montaña blanca.
El blanco se ensucia,
el blanco se puede convertir en negro,
pero el negro no será blanco
mientras la pintura esté silenciada.
Al lado de la montaña blanca, una colina modesta,
con rampas planas y firmes,
tallada por los líderes que demuelen las bardas de marginación
para construir el bienestar.
La infraestructura negra no quiere ser blanca,
quiere ser una utopía teñida con las manos de colores
donde las madres y sus hijos encuentren la calidez
que el patriarcado les ha escondido.
Terreno blando, verde y limpio,
donde la escalera inhóspita de la meritocracia
sea clausurada y derrumbada
por la voz insurgente de la inclusión
y el ritmo de la multiculturalidad de los cerebros.
Donde artistas rebeldes con ojos de cámara,
y manos de pincel,
crean multiversos con un teclado
y llevan a otros de la mano para subir juntos la colina.
En un México donde todos encontremos los colores
dentro de nuestros propios cerebros,
en nuestro vestido,
en nuestro caminar
y en nuestros logros.
En un México donde se despinten las fronteras de la desigualdad,
entre el blanco y el negro,
de paso a paso,
de mano en mano,
con los cerebros conectados y la pintura liberada.
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