En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Créditos: Citlali Núñez Téllez / Facultad de Estudios Superiores Acatlán
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Michelle Montiel Téllez

Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón

Soy estudiante de Relaciones Internacionales en la FES Aragón, apasionada por las letras y todo lo que ofrece el mundo del arte. Artista de oficio e internacionalista por profesión, me gusta experimentar con mi entorno para brindar mis letras al mundo, me gusta dibujar e involucrarme con el mundo a mi alrededor. Amo la narrativa fuerte y mis personajes reflejan una parte de mí.

Los últimos pensamientos

Número 15 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2024

La adicción al amor es una peligrosa cárcel

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Michelle Montiel Téllez

Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón

Darle la última calada al cigarrillo había sido hasta doloroso. Miró detenidamente los cadáveres de la cajetilla, consumidos en una plasta de cenizas en el platito que le había regalado, esperando que tal vez le den una respuesta o un premio de consolación. ¿O acaso se estaban burlando de él?  

Se quemó la muñeca con la punta de lo que quedaba, igual y así se siente estar vivo. La ceniza restante caía en el suelo, el fuego del cigarrillo se había extinguido al contacto con su muñeca, y esperó. Esperó la emoción, el ardor, la sensación de su piel destruyéndose con un simple cigarrillo. Nada, no había calor, solo un pesado hoyo que quedaba en su pecho. Apretó con más fuerza el cigarro hasta que solo quedaron cenizas en sus dedos.

“El último vicio del día”, piensa. Pero claro, nunca había un último, era medianoche, la hora de la nostalgia. 

Se limpió los dedos, tomó el cenicero y vació el contenido en el bote de basura. 

Observó detenidamente el objeto decorado. También lo tiró. No necesitaba nada de ella, solo lo haría aferrarse a lo que ya no existe.

Ya no tiene fuerza, aun así, recargado en su sillón, no puede dejar de pensar en las decisiones que tomaron. 

Meg había sido siempre su amiga antes de todo, antes que el cariño surgiera, antes de que el amor siquiera se asomara, ellos parecían destinados a estar juntos y puede que por un tiempo lo haya creído, pero no podía arrebatarle todo.

Ella tenía un gran futuro y él solo era… él. Un vagabundo que ni siquiera sabía leer, un huérfano demasiado débil para poder dejar las adicciones. Ella tenía toda una vida por delante, una vida en la que él ya no podía encajar.

Ella siempre lo significó todo, desde siempre. 

Ahora se alejaban porque el universo es lo suficientemente malévolo para que sigan arrebatando a las personas que más ama, nadie se salvaba, siempre había pensado que eran las cuentas pendientes por sus pecados en otras vidas. 

Había una sensación, como si el cajón a su derecha lo estuviera llamando. Se acercó sin pensarlo y al tratar de abrirlo forcejeó con el mismo. Las sustancias escondidas allí lo necesitaban. Al oído un grito de auxilio le empezó a sonar.

La llave la había lanzado hace meses. 

Por supuesto, estaba limpio hace tiempo. Lo había hecho por ella, y ahora que no estaba ya no importaba más, pero la cerradura no cedía a sus deseos y se vio opacado por la abrumadora sensación de impotencia que le nubló la vista, esa impotencia que le hizo sentir que vomitaría sus órganos. 

Respirar le empezó a costar, se alejó mientras miraba a todos lados con angustia, todo se hacía más pequeño y pequeño… la cabeza daba vueltas y en un intento de parar ese dolor atinó a acercar su mano a su pecho, a su vacío pecho. ¿Había algo allí? ¿Alguna vez lo hubo? 

Trató de abrir el cajón de nuevo, el esfuerzo lo empujó al suelo, donde cayó de rodillas sin soltar el cajón. Los latidos hacían que su garganta se convirtiera en un gran nudo mientras que su pensamiento estaba en la fugaz sensación de paz que alguna vez había sentido. Su mano le dolía, el corazón le dolía, los ojos le dolían, todo le dolía.

Tenía que encontrar esa llave. 

La llave, la llave, la llave…

Un metálico objeto que abría un cajón de maravillas. Tambaleante, se levantó con tal decisión que le causó un terrible mareo. No lo soporto más; vomitó el vacío de su estómago, pero no le dio importancia. Le había dejado una agria sensación en la boca, aun así, su dolor era más grande que el momento. Él siempre había escuchado lo que les pasaba a los rehabilitados, tal vez algo así se sentía. Estaba cansado, pese aquel sentimiento se mantuvo firme a su decisión, se limpió con la manga del suéter verde.

Y era casi una corazonada, una fuerza magnética que lo llevó hasta la avenida que, en la madrugada, era un desierto vano.

La caminata se sentía similar a un largo sueño; con los ojos soñolientos y una mente vagabunda se dispuso a caminar hasta el puente donde había escondido el tan preciado objeto que le abriría a su mundo de maravillas. Pensó en el objeto: metálico, de un color bronce, pequeño que encaja con el cerrojo oxidado del mueble de la sala, pensó en lo que había adentro, en aquello que causaría la sensación que estaba buscando, la que buscó con sus quemaduras, sus heridas, su mente confundida, una sensación de algo.

“La extraño”, piensa. La extraña muchísimo, con todo su corazón, siente que se ha arrancado una parte de él con la que ha vivido tanto tiempo… se ha aferrado tanto que ahora no puede vivir sin ella.  Con la cabeza hecha un remolino, poco a poco puede acelerar el paso, sus pies ya no se arrastraban y un ligero momento de adrenalina lo hizo querer gritar.

Las personas corren por diversión. Sebastián está corriendo por despecho, amor, tristeza, por una llave. Las lágrimas se escurren mientras trata de detenerlas con un torpe movimiento de mano que lo hace cruzar sus pies, su pecho le indica además que su aire se está acabando, ya ha decidido parar pero las piernas lo obligan a seguir la carrera, queriendo arrancarse el corazón que no deja de hacer explosiones tortuosas. 

Siente qué lo vomitará pensando que es tal vez la mejor opción. Se tropieza y cae de rodillas. 

No puede evitar el descenso de más lágrimas. Ya está respirando, pero su corazón sigue en guerra con su pecho, se siente pesado. 

La calle está sola. Se siente como un mártir, uno muy solo. Mira extrañado a la oscuridad, aunque no es un extraño total, casi es una visión constante de la realidad que afronta, aquella que es casi inevitable de observar y que siempre estuvo allí, la visión más hermosa y extraña al mismo tiempo.

Se siente débil. Decide tenderse en el asfalto frío; quiere ver las estrellas que se muestran brillantes esa noche. 

Cierra los ojos controlando la respiración, su cuerpo está frío.

Sebastián no puede hacer nada más que pensar.

Ella estará mucho mejor sin él. 

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