La fiesta patronal
Hoy es la feria patronal del pueblo en el que vivo, no la feria de Cuaresma que se celebra antes de Semana Santa, ni tampoco el carnaval (puedo dar más detalles de este último, pero no vale la pena); no, hoy es la feria patronal. Pudiera ser cualquier festejo en cualquier pueblo en medio de la nada en América Latina, en donde todo se resume siempre a lo mismo: pirotecnia, embriaguez, tributos a un santo y una fiesta disfrazada de fe.
Como cada feria patronal, mi madre está en la cocina haciendo comida en una olla enorme para alimentar a la familia que va a llegar a comer a la casa, familia que todos los años oigo quejarse de la sazón de mi madre. Por ejemplo, el año pasado fue algo como: “¡Ay, mijita! A ver si no te hace daño comer afuera, porque con esta comida no te va a quedar de otra”, dijo mi abuela a su hija consentida, una de mis tías; a lo que mi madre contestó: “Por eso se ha de poner borracha, para que se le pase el coraje”.
Dice mi padre que debemos ser atentos con estas personas, porque cuando vayamos a visitarlos a las fiestas de sus pueblos, ellos nos recibirán de la misma manera, pero yo no tengo recuerdo de ir a esos lugares. Además, a mi abuela y a mis tías las veo, por mucho, tres veces al año. Ellas siempre le reclaman a mis padres que nunca van a visitarlas, pero ellas tampoco vienen salvo en momentos especiales, como ahora. Esto se me hace extraño, ya que mi abuela me dice que me quiere y me repite –cuando discute con mis papás– que “yo no tengo la culpa de nada”, pero la verdad ella no estuvo cuando me rompí un brazo por jugar en el parque, ni cuando mi papá estuvo desaparecido dos días por andar de borracho. Y cuando mi madre se enfermó, escuché cómo le dijo a mi padre por teléfono que se lo merecía por “mala esposa”.
Roberto, mi padre, como ocurre en cada feria, está con sus amigos del comité patronal. Nunca supe para qué era dicho comité ni la función de mi padre ya que se la pasa ebrio, aunque según él, está ahí para que le vaya bien en el trabajo. Yo creo que lo hace para gastar más en alcohol, aunque insiste que es para que nos vaya bien con el “gasto”.
Mi padre es trabajador en una maquila, se levanta a las 4 am, toma un baño y mi mamá le prepara algo para comer, y sale para tomar el transporte que lo lleva a su trabajo, debe ser muy puntual y ganar un lugar, de lo contrario podría perder el primer transporte y llegar tarde a su trabajo hasta por una hora (realmente no entiendo por qué hay tanta gente despierta a esa hora). Si llega tarde, su peor temor es el regaño de su jefe don Norberto, al que, por alguna razón que desconozco, mi padre admira y odia al mismo tiempo. “Algún día tendré tanto dinero como ese hijo de la chingada”, lo escuché decir una noche que llegó “temprano”, ya que generalmente cuando regresa ya estoy dormida y cuando se va al día siguiente, sigo dormida; sólo tiene un día de descanso que aprovechamos para ir a la iglesia, que odio.
La fiesta patronal es un día en el que se celebra al santo que le da identidad al pueblo porque le da su nombre. En la escuela dicen que es un evento cultural importante porque nos debemos sentir orgullosos de nuestras costumbres, y en el catecismo nos hablan de la vida del santo al que celebramos, que “dejó todo para seguir a Cristo”. Yo no me siento orgullosa de donde nací, ya que no lo escogí; y no conozco a ninguna persona que haya dejado todo por seguir a Cristo, la verdad ni siquiera sé lo que esto significa.
Creo que lo más cercano que conozco a un seguidor de ese señor es a mi madre, ya que decían que Cristo fue abofeteado pero puso la otra mejilla (o algo así), y eso mismo hace mi madre cada año y en un orden en específico:
- Pelearse con mi padre por la cantidad excesiva de dinero que aporta para “apoyar a la iglesia”.
- Volver a discutir con mi padre porque no le alcanza para hacer la comida de nuestra familia.
- Pasar horas frente a la cocina haciendo lo que pudo con los recursos que tiene.
- Oír las quejas de mi abuela y mis tías por su “mala sazón”.
- Volver a pasar horas frente a la cocina, pero ahora recogiendo y lavando trastes.
- Volver a discutir con mi padre porque quiere ir a “dar una vuelta” a la feria, cuando ella ya le dijo que se encuentra sumamente cansada.
- Esperar despierta hasta altas horas de la noche a mi padre, porque se fue a “dar su vuelta”, para que después vuelva ebrio.
Y así también, como cada año, después de dejar la casa limpia y despedir a la poca gente que visita, me toca ver llorar a mi madre mientras espera a que vuelva mi padre. Un año nos enteramos que se fue con mi abuela y sus hermanas a la feria a cenar y divertirse; otro lo tuvimos que ir a sacar de la cárcel municipal porque se subió a la rueda de la fortuna ebrio y casi se cae; y al siguiente de ese, apostó todo el dinero que le quedaba y lo perdió. La verdad a mí también me gustaría subirme a los juegos, comer algodón de azúcar, ganarme un peluche y todas esas cosas que hacen mis amigos de la escuela. Lo añoraba más cuando era más niña, pero ahora me empieza a ser un poco indiferente. Mi madre me decía en años anteriores que fuera con mi padre y me divirtiera, pero nunca lo hice porque me daba mucha pena ir a la feria y que mi madre estuviera lavando trastes, así que le ayudaba para que terminara más rápido. Así eran los años anteriores, pero este se siente diferente.
En esta ocasión mi padre se fue a la feria y mamá se sentó conmigo a ver los fuegos artificiales desde la ventana de nuestra casa. Este momento se siente como un pequeño alivio: tomamos café y un pan, y nos sentamos a conversar. Cada año mi madre me cuenta cómo eran las cosas antes de que se casara con mi papá. Comprendí que no llora porque no regrese mi padre, sino por los años que se le fueron con él: me contó que antes podías ir al río a tomar agua y lavar la ropa; o de cómo te vendían chapopote para tu lámpara. También me contó sobre cómo aprendió a leer, ya que desde niña tuvo que trabajar y no pudo ir a la escuela; me contó que su abuela le había enseñado la historia del Génesis en la Biblia y le recitaba palabra por palabra este pasaje. Lo hizo tantas veces que ella se lo aprendió, así que cuando tuvo su primera Biblia, lo primero que hizo fue simular que leía el Génesis, que era fácil de localizar porque era el primer libro. De tal forma, con el pasar de los días fue relacionando letras con sonidos y construyendo sílabas: con su esfuerzo diario, pudo leer la Biblia entera, por eso dice que su gratitud hacia Dios es por darle ese don. Mi madre me dice que todos los días le pide por mí, para que el don que yo tenga, me lleve a ser mejor como lo hizo con ella.
Eso es lo más hermoso que me ha contado y me ha dicho. Yo la veo con admiración y le doy el abrazo más sincero que ha salido de mi corazón, mientras ella me dice que es mejor que me vaya a dormir, que ya es demasiado tarde, que velará la llegada de mi padre. Entonces voy a mi cama y por primera vez en toda mi vida, me siento extraña por no pedirle nada a Dios en favor de ella, más bien, por nunca pedirle nada. Creo que mi única petición sería que la libre de mi padre. Pero también por primera vez pienso en mi padre, que no es cercano a mí pero siempre ha puesto comida en la mesa; sé que me quiere, nunca me lo dice porque sé que nadie de su familia se lo dijo directamente, pero me lo demuestra… a su modo. Ambos trabajan muy duro, lo veo en los ojos de mamá y en las cicatrices que tiene papá en sus manos, mi petición entonces no sería que se alejen, sino que cada uno se comprenda y que ambos valoren el trabajo que hace el otro. Mi petición sería que mi padre deje de tomar y que mi madre encuentre un poco más de alegría.
Ahora escucho que llega mi padre y me limpio las pequeñas lágrimas que brotan de mis ojos cuando lo oigo llamarme con desesperación. Salgo corriendo y lo encuentro llorando a los pies de la silla donde está mamá. Ella ha fallecido, tal vez por cansancio, o porque Dios escuchó mis peticiones. De manera que no esperaba nunca, papá llora y le pide perdón, y no sé por qué pero yo sólo pienso que me va a tocar arreglar la casa y la comida de la gente que vendrá. Que me va a tocar organizar los rosarios y lavar una torre infinita de trastes. Hasta después podré llorar, porque mamá se fue en la fiesta patronal, lamentablemente no escogió otro día.
La fiesta patronal La fiesta patronal La fiesta patronal
Gran historia, refleja en las palabras la vida de nuestras abuelas y madres, que, sin elegirlo, se convierten en mujeres reprimidas por la sociedad, e incluso por la familia misma. Los textos de la FCPyS son impresionantes, felicidades por este trabajo a Rubén Rodríguez.