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Revista Chilango

La barda de tafetán

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

La larga caminata de regreso a casa

Picture of Luis Castrejón Mendoza

Luis Castrejón Mendoza

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Camino solo en esta avenida porque al camión se le poncho una llanta. Camino solo, de noche, con la punta de los dedos de mi mano raspando en el blanco yeso de esta barda. Estoy solo, apretando cada vez más el paso porque me están siguiendo. 

Falta mucho para llegar a casa, un par de kilómetros, tal vez. La avenida parece eterna, con horizonte gris y la iluminación de farol tras farol; entre las accidentadas banquetas de bordes despintados y malezas naciendo entre las grietas. Ni un solo carro cerca de aquí, solo el rumor de las motos a la lejanía; como si fueran fantasmas que quisieran pasar por el asfalto, a lado mío, pero ninguno quiere mostrarse ante mí, solo su rumor percibo a lo lejos. Escucho el ruido de mis pasos y el lento respirar de la ciudad por la madrugada se traga su eco; voy solo. No hace muchos metros, mis pasos resuenan también detrás de mí. No era mi imaginación cuando comencé a acelerar mi caminar, por curiosidad, y escuché el roce de la tela de un pantalón detrás mío, en réplica. Por eso creo que me están siguiendo. 

Tengo miedo de voltearme, he caminado por tanto tiempo y sea quien sea que va detrás de mí no para. Miro la parte baja de la barda —que se me ha hecho más longeva que de costumbre— y trato de adivinar la sombra de mi persecutor con el rabo del ojo. No veo nada. Mis dedos van deslavando el yeso de la barda y a veces se tornan rojizos por las letras grandes de pintura barata que anuncian próximos conciertos en la ciudad —a los que nunca he ido— u olvidables slogans políticos de diputados, senadores y presidentes de todos los partidos, sexos y colores —a los que no conozco ni tampoco los he votado—. Mis dedos se adormecen. 

Acelero el paso y, en respuesta, el hombre detrás mío también acelera el suyo. Si fuera a asaltarme ya lo habría hecho hace cientos de metros; si fuese a secuestrarme, sería más de uno. Tampoco es otro estudiante o trabajador con la misma mala suerte con el transporte público; pues, la incomodidad de saberse un asechador nocturno fuerza a la mayoría de personas a rebasar a quien tienen enfrente o a cambiarse de acera. El hombre detrás mío, por lo que escucho de sus pasos, va muy cómodo pisándome los talones. Hace un par de postes de luz decidí frenarme por un momento, él hizo lo mismo en seco. 

Está jugando conmigo y apuesto que, si me concentro lo suficiente, podría escuchar su respiración entrecortada por la risa de venirme acechando. Debe de ser un maníaco, un asesino, de esos que se figuran en los remolinos de aire denso y desaparecen en el frío de la noche sin ser vistos. Por eso no quiero verle final a la barda, cuando los faroles detengan su luz, cuando una calle cruce esta avenida se abalanzará sobre mí y me apuñalará hasta la muerte; ni un grito saldrá de mi pecho, solo quejidos mudos que mi perpetrador coleccionara con regocijo hasta el cansancio. Volverá a caminar en las madrugadas en búsqueda de su próxima víctima. 

Hasta este punto conozco la simple solución a mi problema: solo debo voltear la cabeza, en gesto automático, para confirmar mis sospechas. Comencé a considerar con ahínco esta posibilidad desde que mi caminar se convirtió en trote ligero y mi respiración en errática por imaginar todos los posibles desenlaces de esta situación. Más no puedo, hay algo muy mal en este lugar: la barda se ha extendido, según mi estimación, tres kilómetros más de su longitud original y ninguna de las edificaciones a mi alrededor me resultan familiares, a pesar de que he recorrido esta avenida tantas veces. Yo podría declarar los colores de las fachadas de memoria. Mi delirio me hace ver las mismas cinco casas —desconocidas—, como si de un bucle se tratara. 

Mis conjeturas se vieron interrumpidas por el sudor a chorros perlando mi frente. Un escalofrío me generó la sensación de caerme de la cama: mi acechador emprendía una carrera hacia mí, desbocado, a punto de lanzarse sobre mí. Cuando sentí —o más bien, alucine— la punta de sus garras sobre mis hombros, me volteé en sobresalto. Siquiera antes de creerlo, mis ojos solo vieron una banqueta sin peatones. 

— Nadie. —Alcance a decir. 

Quise correr, correr muy lejos, lo más rápido posible. Quise volar, limpiar el sudor entre mezclado con lágrimas que me nublaba la vista. Mis dedos adormecidos y la barda eterna. Juro que estoy soñando, que llegue a mi casa hace mucho tiempo y que no me acuerdo, que estoy recostado en mi cama y no en este bucle, que no me tiemblan las piernas de miedo y que las mismas cinco fachadas quedaron atrás hace cientos de metros, que jamás volveré a verlas. Esto debe ser un sueño, uno muy malo. Cuando alcancé a recuperar el aliento, me hallaba donde empecé: lejos de casa, con la mano sobre la barda y, abruptamente, calmado porque delante de mí iba caminando otra persona. Ya no estoy solo. 

El hombre delante de mí se ve bastante ordinario, seguro corrió la misma suerte en el transporte público y está perdido. Va oscilando su cabeza de lado a lado, como tratando de reconocer sus alrededores. Quiero alcanzarlo, pero la falta de aire en mi pecho me hace mesurar el paso. Aún está muy lejos de mí. 

El hombre frente a mí me tiene miedo: camina más rápido conforme me acerco a él. Son burdos los giros de la vida, hace no mucho me encontraba en su misma situación. La diferencia es que yo no soy un fantasma, yo requiero su ayuda. Él está perdido, porque de seguro la barda ya se le hizo eterna y no reconoce nada cerca de él. Si fuera este mi sueño, el hombre delante mío sería mi invitado, mi compañero, mi oportunidad para salir de aquí. Su ansiedad aumenta con su andar accidentado, con su mirada desesperada enfocada en los alrededores en busca de algo familiar. Trato de correr hacia él, pero mis intentos son en vano, mis piernas solo pueden ir a la misma velocidad que las del hombre. 

Se me adormece todo el cuerpo, ya no puedo sentir el sudor sobre mi cara, ni tampoco el dolor de caballo en el abdomen bajo. Me siento muy ligero. Retumban en mi cabeza —como un segundero mecánico—, el golpe de mis pasos que se alojan en mis tímpanos. Ahora, solo siento el dolor de los relieves del yeso de la barda sobre mi mano. Quiero gritar, pero de mí solo salen quejidos mudos; como si ya me hubieran apuñalado hace rato. 

El hombre que persigo ahora debe estarse burlando de mí. Es imposible que no sienta mi presencia, que no me escuche quejarme, o que no le perturbe el ritmo trunco de mi respiración. Tengo ganas de llorar, lo veo frente a mí, andando, y su indiferencia me hace sentirme profundamente perdido, inexistente por completo. No puedo tocarlo, no tengo la fuerza para saltar encima de él, o siquiera para tratar de igualar su caminar. Me siento amargamente solo, incluso mucho más que antes.

Quiero gritarle. Con toda mi desesperación, he decidido lanzarle un alarido para que note mi presencia, con la poca voluntad que me deja esta interminable caminata, tenso el estómago, frunzo el ceño y aprieto las muelas hasta despostillarlas; la sangre sube por mi cuello; voy a estallar. Con la lengua cercenada entre los dientes, los ojos saliéndose de sus cuencas y las piernas acalambradas, finalmente puedo lanzarle un grito, uno donde mi alma sale de este cascaron perdido, desgarrando cuanta carne haya en su paso; el hombre no se inmuta para nada. 

Me siento al borde del abismo, nada cuanto haga me hará salir de esta avenida, nada me hará libre de esta barda. Sudo, sangro y lloro. Como si de un milagro o un acto de piedad se tratase, de pronto me siento más ligero, como el aire. He emprendido una carrera final, sin retorno, hacia el infeliz de enfrente. He dejado mi cuerpo atrás y cuando creo que le he clavado las garras en los hombros a mi víctima, se voltea de un sobresalto; finalmente me mira. 

—Nadie. —Alcanza a decir. 

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