Cuatro minutos para llorar con vanidad
Por: Elizabeh López Gómez
A veces la música sabe lo que sentimos
Antonio López Dehesa
Antonio López Dehesa
Aún te amo, J. C. Aún recuerdo tu nombre completo y disfruto el movimiento de mis labios y la cantidad de aire que hago pasar para volver a pronunciarlo. Pasé meses intentando encontrarte entre los bloques de tu facultad. Siempre me detenía en algún lugar para alcanzar a escuchar el viento entre los árboles, que arrastraba aquel nombre tuyo, tan melodioso dentro de mis oídos.
Dejaste algo de ti, o dejamos algo de lo nuestro, en cada rincón de Ciudad Universitaria y dentro de nosotros. La banca donde me besaste en mi cumpleaños. Tiempo después volví a sentarme allí, con Miguel, con Sebastián y con Mauricio, y yo pensaba que te encontraría en cada beso. Aún después de desaparecerte, tenías que seguir deambulando en mi cabeza. Lo que sea que haya quedado de ti, decidí buscarlo en el último lugar donde nos vimos.
Alucinaba tu silueta en cada vagón. Tú podrías ser ese muchacho, yo podría ser ese otro, ¿lo ves?, el que se alimenta de los labios de su *amigo*. Parece que olvidaste la adrenalina de cuando exploré más allá de tu cintura, las risas nerviosas y cómo te agarrabas de mí cada vez que frenaba el tren. Me levantabas el ánimo con una simple sonrisa tuya. Un beso y sentiste mis manos, y con una risa definías su curso.
Me bajé en Balderas con tal de quedarme dos estaciones más contigo. Al día siguiente te dije que no podría ir el sábado a Chapultepec. No recibí más respuesta. Aquí, entre tanta gente empujando, me sigo preguntando si todo eso pasó de verdad.
—Señora, ¿usted cree que haya pasado?
Quiero decir, te ves con una persona mes y medio y, aunque la mayoría piense que en ese tiempo no puedes generar el más mínimo vínculo, yo ya me había enamorado. Nunca supe si tú sentiste lo mismo.
—¿Usted cree que él sí estaba enamorado? Recuerdo que estábamos en Universidad, en el andén esperando el siguiente tren, y me estaba cantando a mí. Nunca antes me habían cantado. Él tenía la sonrisa más tierna del mundo.
Imagínate, te arrancan de tajo a esa persona y, de repente, es un desaparecido, se vuelve un espíritu. Yo atesoraba su imagen, trataba de congelarla con tal de que en veinte años lo pudiera recordar exactamente igual. Igual como lo veía acostado sobre el pasto de las Islas, como la chica de *Almuerzo sobre la hierba*.
No sé si de verdad todo eso ocurrió. Qué aconteció en esas horas. Tal vez fueron un contacto con otra dimensión y, en realidad, estaba tirado en la glorieta de Insurgentes, o quizás mis amigos veían cómo me besaba con un fantasma. ¿Acaso mis amigos existen? Me río ante esa idea y de mí mismo. Me cuestiono si estoy vivo y si de verdad sentiré algo cuando el tren avance sobre mi cuerpo. Desde que te adueñaste de mi alma, solo soy un saco de huesos. Da igual si la gente me ve aquí deambulando de vagón en vagón, viendo tu sonrisa en cada tren y escuchando tu voz en cada cierre de puertas. Perdí la cuenta de cuánto llevo acá. Solo espero ver tu rostro una vez más sin tener que cerrar mis ojos.
Si no logro encontrarte entre tantos pasillos y túneles, mi mayor miedo es que tampoco me esperes del otro lado, más allá de la línea amarilla. Qué importa si llevo cuatro meses, ¿o eran cuatro años, o cuatro horas?
Nada importa si al final logro dar fe de tu existencia. Que alguna vez hubo un chico que me deseó. Que me dio mi primer beso. Que era la persona más dulce del mundo y que vi por última vez en esta estación.
Después de tanta oscuridad, estoy a punto de llegar. Creo que al final te veo. Estás ahí, esperándome con la misma sonrisa que surgía cuando volteabas a verme. Estás rodeado de una luz tan brillante como tus ojos. Veo un letrero que dice Universidad. Claro, hay que regresar a donde todo comenzó. Siempre hay que regresar a donde uno conoció la felicidad.
Por: Elizabeh López Gómez
A veces la música sabe lo que sentimos