Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Pelusas me interfieren el mirar a contraluz, quiero ver el sol, que me queme los ojos. La desesperanza del futuro me roba el sentir la tierra, mojada o seca, da igual, que lo aristotélico ya no va. No existe entre el mundo y su pelusa punto medio; catástrofe y muerte o redención.
Leer la bitácora del mundo no importa nada para los que se tumban al piso, fatigados esperan que los muertos los reclamen. Pero la nada es otro todo en el mundo de los mundos, me dice el que piensa estado mental a la catástrofe. Todos hablan y cuando se le sobrepone contraargumento a su lógica, gritan. Hablan, susurran, declaman, pero nadie escucha, el silencio se muere.
El mundo se muere, lo están matando, es la carta que me traen las hormigas, tomamos asiento y en su nada escuchan mi nada, decimos todo. La respuesta no la encontré con las hormigas, ni en el cuestionamiento que le hice a mi malvón. La respuesta no la encuentro y quiero que el sol me queme los ojos.
Las hormigas se rindieron conmigo, mi malvón se me largó a otro jardín y un gato rengo que me dijo me hablaría de su respuesta, me canceló la visita hoy en la mañana. El mundo se acaba y no sé para quién dejar mi esperanza, ¿Colgar el saco con los tortuosos o dejarme la convicción con los que piensan que todo es idea?
Dejo de preguntarme porque nada me responde. Me gustaría que el sol me queme lo ojos para dejar de mirar. La incertidumbre me lastima y le doy lástima, “pobre crío”, se pensará esta de mí. No quiero mirar porque nadie mira, quiero ser como todos, es más fácil.
Una ventolina me azota la ventana. Me pongo la chaqueta y me encamino para callarla; para cuando llego a la ventana, la ventolina se vuelve tormenta de nieve; la arena blanca se me cuela por las orejas y canta una línea del parara que me canté esperanzado, antes de perder la voz, de callar. La nieve se me cuela por la chaqueta y me canta el parara que me faltó. Lo encontré. La nieve cantante me abandona y me acerco a la ventana, no era nieve, no era ventolina, eran unos niños jugueteando que nadie veía, niños como ninfas con los ojos vendados.
Tengo la respuesta, la pelusa desaparece; de pronto dejo de mirar; no necesito más del sol y la voz me sale. Dejo que la voz me brote y canto. Los casi muertos dejan de hablar, los casi idea se callan; todos me oyen. Pasa un segundo y comienza la discusión como si yo no hubiera existido, como si mi canto no hubiera brotado dejando la respuesta. Vuelvo a cantar, pero ahora nadie se calla. No veo nada porque lo vi todo. No necesité que el sol me quemara los ojos, fue la verdad la que me cobró la vista por platicarme lo que es. Me quedé ciego y ahora me decido mudo de nuevo. ¿Para qué prestar mi canto a los que no escuchan? La respuesta está y estuvo, pero no la ven, se las dan y no la toman. Les canté yo y otra veintena y no escucharon. Me volví mendigo, me volví mendigo y me convertí en niño.
Por: Ruth Elizabeth Chargoy Ramírez
No sería justo reducir esto a una fotografía: yo te vi, te escuché, te sentí, te viví
Por: Sebastián Ortiz Pulido
El siguiente texto contiene spoilers de Cortar por la línea de puntos
Por: César Flores Muñoz
Un chico que buscaba algo más, y ahora era una leyenda viviente.
Por: Adrián Mayorga Rojas
¿Qué pasaría si le confiamos la humanidad a la tecnología?
Una respuesta
Me parece un buen trabajo, que me conduce al momento de la incertidumbre de la conciencia del ser. Felicidades.