Escuela Nacional Preparatoria Plantel 3 Justo Sierra
Escuela Nacional Preparatoria Plantel 3 Justo Sierra
Como cada domingo, me encuentro sentada en la vieja sala de mi abuelita Isabella. Sé que hay algo diferente, pero aún no lo descubro. Rogelio, mi tío, platica con mi papá sobre la posible guerra mundial. Los ligeros ronquidos de Max parecen integrarse a la plática, a pesar de que duerme hasta la esquina de la sala, sobre la vieja colcha café que usaba desde que era un cachorro.
En la cocina, mamá baña las tortillas en un recipiente de salsa roja. A su izquierda la acompaña mi abuelita, quien entona un melodioso silbido, seguido del crujir de las tortillas en el aceite. Ambas lucen el maravilloso par de mandiles que les regalé el año pasado. Todo parece apuntar a que se está preparando la comida favorita de mi abuelo: las enchiladas potosinas.
Yo solo puedo enfocar mi mirada en el viejo tocadiscos de vinilo que adorna la parte superior del polvoriento librero o, como mi abuela le dice, “El rinconcito para soñar”. En realidad hace años que no escucho a mi abuela hablar sobre cómo ese lugar me puede hacer volar a otros mundos, como cuando tenía diez años y me sentaba en su regazo a escuchar una y mil veces la misma historia de la coneja que visitaba la Luna.
Tal vez es porque mi abuelo ya no nos traerá leche caliente, ni esa frazada color azul con estrellas para cuando termináramos de leer. Tal vez es porque ya no esperaremos que el pintoresco sonido del timbre interrumpa mis sueños, anunciando llegar a mis padres, y con ellos, mi momento favorito del día: sentir el olor de mi padre apoderándose por completo de mi nariz, mientras que con sus cálidos brazos rodea mi pequeño cuerpo, para así levantarme del sillón y adornar mi frente con un beso acompañado de una frase capaz de evitar mi enojo por ser despertada: “Ya nos vamos a casa, mi niña, buenas noches”.
Y después, emprender camino a la parte trasera del viejo Tsuru azul, donde mamá nos espera con mi conejo de peluche; tomar toda la avenida Zaragoza, dar unas cuantas vueltas prohibidas, pasarnos algunos topes, oler el cigarrillo de mi padre, escuchar a mamá cantar Te quiero de hombres G, acompañada de la vieja radio que al parecer era la única canción que sabía tocar; mirar una ciudad de noche, adornada con luces que parecen estrellas, y por fin llegar a mi hogar: una vieja casa amarilla, ubicada en la calle Simón Bolívar de la Ciudad de México.
Ahora que lo recuerdo, todo me parece algo tan lejano, tan perdido, tan olvidado, tan añorado.
En un abrir y cerrar de ojos, vuelvo a mi realidad. Papá ha comenzado a platicar de mi entrada a la gloriosa Facultad de Medicina. La ilusión en sus ojos me hace creer que lo podré lograr. Mi abuelita cruza la sala, toma la foto de mi abuelo que está junto al altar de la Virgen, y trae a la plática aquellas palabras que mi abuelo decía: “Todos los Carmona llevamos la medicina en la sangre”. Rogelio suelta una risa burlona como para recordarnos que él es abogado.
Mi abuela lo mira con enojo, haciendo notar su incomodidad por ser interrumpida, pero como por señal divina el sonido del horno evita la discusión, ella se incorpora rápidamente a la cocina, toma los guantes que cuelgan al lado de la estufa, abre el horno y saca un esponjoso pan amarillo con forma de luna. Por el delicioso olor que aromatiza toda la casa, estoy segura de que es de vainilla.
Max interrumpe mi deleite lamiendo mi mano, parece que de lo viejo que está, hasta lamerme le cuesta trabajo. Es tan viejo que me aterra llegar a un punto de la vejez como la suya, me aterra vivir. Y es que todo el que vive crece y todo el que crece pierde. Es tan fácil perder lo que más amas pero tan difícil ir por ello, justo esa es la esencia de crecer.
De pronto, un sonido me devuelve a la realidad; es mi familia cantándome “Las mañanitas”. Mi papá viene cargando un pastel con forma de luna y decorado con crema pastelera de color rosa. Mi abuelita trae en las manos la pequeña caja de madera donde guarda la cadena que usaba mi abuelito. Mamá saca las llaves de mi nuevo carro. Y ahí estoy yo, con un vestido rojo y con la vista nublada, a punto de soplarle a la vela y pedir mi deseo.
Ya sé qué es lo diferente de hoy: es mi cumpleaños número dieciocho y solo quiero dejar de extrañar a mi abuelo y poder decirle a mis padres que quiero irme a la Facultad de Filosofía y Letras y no a la de Medicina. Quiero que mi papá me vuelva a dar un beso de buenas noches antes de dormir, deseo escuchar a mi mamá cantar Te quiero, deseo saber a dónde quiero ir, deseo saber qué será de mí. Ya no quiero estar perdida, deseo ya no crecer.
Estoy perdiendo el control de mis manos. Mis piernas caminan separadas de mi cuerpo, mi mente quiere gritar que no sabe qué hacer, mi corazón está persiguiendo a alguien, mi cuerpo no me pertenece, me estoy desconociendo. ¿Estoy comiéndome el mundo o él me está comiendo a mí?
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3 Responses
Al igual que lo que acabo de leer, yo también solía ir a la casa de los abuelos.
Tan lindo lo que acabo de leer,me recordó muchísimo a mi infancia. Igual solía ir a casa de mis abuelitos y oler el cigarro de mi mamá y mi abuelito sentados en la sala jugando domino,yo igual esperaba irme a casa pero también amaba estar con mis abuelos. Ahora los dos están en el cielo pero los recuerdo con mucho amor. Excelente lectura.
Excelente trabajo, muchas felicidades