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El velo de los sueños

Número 14 / JULIO - SEPTIEMBRE 2024

Cuando la sutil línea entre los sueños y la realidad se diluye

Picture of Kelly Estefanía Monroy Díaz

Kelly Estefanía Monroy Díaz

Facultad de Derecho

Creemos que dormimos cuando nuestro cuerpo entra en estado de reposo y total relajación, suponemos que la hora llega porque la luna nos cubre con su manto y nuestra energía vital se ha ido casi por completo con el último fulgor que despidió el sol. Nos dirigimos a nuestro lugar de descanso y ahí hacemos lo debido para tocar la cama y suspender la rutina.

 

Entonces en el punto del trance, más allá del plano terrenal, nuestra mente empieza a soñar y ahora estamos suspendidos en el aire en donde el miedo, la adrenalina y las leyes de la física entran en un dilema: combatir contra la gravedad o dejar que ésta nos envuelva. Nuestro cabello se mueve con el viento y, por momentos, este sucumbe en nuestro rostro; a su vez nuestros pies y manos sienten escalofríos y no hay cabida en pensar si es por el gélido sentimiento de que caeremos al vacío o por la altura en que nos encontramos suspendidos. 

 

Pero no nos da tiempo de pensar en mucho, porque la experiencia se vuelve única; entonces al subconsciente le pedimos calma, al menos por algunos momentos. Se siente cómo el cuerpo, célula a célula está en un constante vaivén entre las leyes de la física. La gravedad en este momento es nuestra amiga, la sensación de control en ella es implacable y, aunque por momentos consideramos bajar lentamente, todo se percibe como inefable. Sólo sabes que miras sobre un bosque pero no eres un ave, tampoco un objeto, no eres un dios… Simplemente eres parte de la naturaleza, tan normal como el sonido del agua cayendo por una cascada. En este punto, aceptando lo que somos observamos todo desde arriba, percibimos el petricor de aquel lugar; nuestros sentidos indican qué debemos hacer…

 

Poco a poco descendemos, y la luz cinérea se diluye a medida que nos cubren las hojas de los árboles. Para entonces llegamos y, finalmente, hemos tocado tierra; caminamos porque internamente algo nos dicta hacerlo. Es el lugar más bello y tranquilo que hemos visto jamás. Nos detenemos en un claro y tocamos una de sus piedras; acto seguido pretendemos jugar con ella.

 

De repente un sonido abrupto los envuelve y regresamos al cómodo calor de nuestra habitación. Despertamos. Concebimos que hemos vuelto a la realidad. Nuestro cuerpo pide agua, nos levantamos y emprendemos un pequeño viaje a la cocina, sin embargo al dar el tercer paso, aquella piedra que estaba en el claro interrumpe tu andar, pero luego no comprendes qué sucede porque, sólo era un sueño, ¿o no?

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