Viajero
Por: Set Uriel Aguilar Galindo
Reinventarme y no tener miedo
Facultad de Psicología
Facultad de Psicología
La noche víspera del día de reyes Marcos entró, junto a su padre, al tianguis de juguetes que se instalaba cada año. La tamaña sonrisa que expresaba en su rostro, inalterable, cual si se la hubieran fijado colocando un alfiler en cada mejilla; y el bamboleo de sus brazos, moviéndolos en posición de escuadra frente a su torso, reflejaban el enorme júbilo al ver la infinidad de juguetes exhibidos en las mesas, rejas y manteles de los puestos: carritos a control remoto, bloques de construcción, muñecos, cocinas… Pero basta. No había tiempo para nimiedades. Le había prometido a su padre que sería rápido y notaba cómo este comenzaba a impacientarse. Además, ya tenía en la mente la figura de lo que tanto anhelaba. Lo evocaba con fervor tal que parecía salírsele del cerebro y presentársele ante sus ojos. Con un poco más de enjundia ya estiraba la mano y palpaba su superficie esférica.
En contraste, su padre Facundo avanzaba con luengos y amodorrados pasos que daba la impresión de calzar bloques de metal en vez de zapatos. Los hombros y brazos caídos y los respingos que soltaba cada pocas zancadas completaban el cuadro de su enorme fastidio por cumplir con sus obligaciones paternas.
Recorridos varios metros de aquel laberinto comercial, Marcos adelantándose a Facundo para chismorrear lo que ofrecían los locales dedicados a la venta de enseres deportivos, así ahorrándole a este la fatiga de tener que esperar la contestación, y regresando a darle noticias de lo encontrado, en una de estas vueltas, pues, dijo Facundo, exasperado:
—¿Pero cuál dijistes que quieres?
—El del mundial —dijo Marcos con el mismo ánimo por tener que repetirlo por cuarta vez en el día.
—Chaaa…¿Y qué tiene de especial ese o qué?
—Pues tiene el logo de sumáfrica.
—Inche Marcos. Me cae que… —restregándose la mano por la cara— Pues si no lo encontramos al final de esta calle, ni modo ¿eh? vemos los que ya hemos pasado y te aguantas. Te debes dormir temprano o no te compro… No te van a traer nada los reyes.
Y en cuanto terminó de decir esto, en la cumbre de una subida apareció la gallarda reja de un local de la que pendían balones envueltos en redes de tela. Marcos emprendió carrera y se paró frente al mantel, sobre el cual también estaban ordenados con sumo cuidado otros balones embalados en cajas y un mar de tacos de variadas formas y colores. Repasó la mirada por el local en todas las direcciones posibles y para asegurar dio una segunda revisión. La sonrisa se le transformó en una mueca de dolor y tristeza. En eso llegó su padre.
—¿Entonces?
—No lo tienen —dijo Marcos, agachando la cabeza, haciendo pucheros.
—¿Y ya preguntastes? Nombre, Marcos. Me cae… Buenas noches, mi jefe ¿Tiene balones…? ¿De cuál dijistes? Del mundial.
El dependiente, sin moverse de sitio, se quedó pensando, sujetándose la cadera con ambas manos; girándose hacia un niño que dormitaba sentado en un banquito, gritó:
—¡Alberto! Pélate con tu tío, pero en chinga. Dile que te de uno del mundial.
Él, desperezándose, salió al pasillo y se perdió entre la gente.
Marcos no cabía en sí de gozo. Apenas aparecía alguien de pequeña estatura entre el tumulto y ya pensaba que era Alberto trayendo solemnemente la reliquia futbolística con la que había soñado desde que la vio en un aparador de la plaza, frente a la que trabajaba su padre de checador de microbuses.
En ese inter, Facundo aprovechó para escudriñar el puesto con el filtro de visión de los que tienen por hábito el escatimo y la tacañería. Halló entre las filas de balones que pendían de redes uno blanco con franjas azules. Preguntó el precio.
—Trescientos pesitos para usted.
—Ira, Marcos ¿Está chido, no?
Contrayendo las facciones, Marcos negó con la cabeza, herido por la mezquindad inexorable de su padre.
Tranquilo, como si trajera cualquier cosa entre las manos, llegó Alberto con el Jabulani que exhibía altivo sus patrones tribales a luz de los focos del tianguis, perfectamente redondo, blanco impoluto, majestuoso. Los ojos de Marcos se iluminaron. Estiró los brazos hacia el balón y lo recibió sosteniéndolo con delicadeza, como si estuviera hecho de porcelana, atrayéndolo hacia sí, con la ternura del que carga a un bebé.
—¿En cuánto lo tienes?— dijo Facundo.
—Mil trescientos. Es el oficial y original.
Facundo resopló rascándose la nuca. Fue para él oír la cantidad lo mismo que si le hubieran arrebatado dicho monto de la bandolera donde guardaba el dinero.
Marcos miró compungido el Jabulani. Le daba vueltas, pasaba los dedos por las costuras, descubría las intrincadas formas de los patrones que se extendían como serpientes alrededor de la esfera. Parecía guardar el recuerdo háptico del balón, creyendo que no volvería a tener uno entre sus manos.
A Facundo debió llegarle una idea porque le brillaron los ojos.
—¿Esos tacos en cuánto los da?
—En mil varos, mi carnal. Más barato que en las plazas. Directo de distribuidor. Me dice si se los paso para que los cheque.
—Así está bien, jefe. Pues me aparta el balón para que pasen los reyes por él al rato. Dígales que les dejo esta Sor Juana para que acompleten.
—Chsst. Alberto —dijo el dependiente recibiendo el dinero—. Guárdame ese balón atrás para apartarlo.
Alberto, con ojos amodorrados, le quitó el balón a Marcos y desapareció entre las sombras, detrás de las rejas.
Satisfechas todas las partes del acto comercial, el dependiente fue a atender a otros clientes, Alberto regresó a la modorra y Marcos y Facundo emprendieron la vuelta a casa. Al salir del tianguis, la luna estaba llegando a medio camino de su ennegrecido sendero.
Así como nuestros gobernantes hipócritamente pintan las banquetas, asfaltan las calles, componen las luminarias y sacan a relucir con pompa la grandeza de las ciudades solo para que la distinguida personalidad que nos visita se lleve una falsa y buena impresión de lo que somos, así Marcos sacó de una caja unos tacos Total 90 que su querida tía Marcela le había enviado desde Estados Unidos por su cumpleaños. Los puso a un lado del sillón bien alineados, a falta de árbol de navidad, les ató las agujetas y les introdujo una carta doblada por la mitad que escribió despacio, con esforzado pulso, cuidándose de las faltas ortográficas.
El entusiasmo no le dejaba estarse quieto y aunque hubiera preferido andar por la casa dando brincos, corriendo por la cocina y bailando mientras mascullaba la letra de una canción que no entendía, fue a acostarse a petición de Facundo. Aplacó los bríos planeando la forma de estrenar mañana sus tacos al patear el colorido y flamante Jabulani. Puso su menuda figura en la cancha del deportivo caminando altivo, indiferente, adivinando en las miradas de los otros niños el enfado y la envidia por tener en materia lo que ellos tenían en ilusión. Fue cayendo en la duermevela y como último acto antes de sucumbir al sueño, le dio tiempo a colocar en las gradas la tierna y sonrosada carita de Fabiola, la niña que le gustaba…
Lo que sucedió a la mañana siguiente se quedaría marcado a fuego en su memoria. Apenas abrió los ojos, saltó de la cama e, impetuoso, llegó a la sala donde ya lo esperaba el Jabulani, reposando sobre un cojín. Lo abrazó y le dio ruidosos besos, no cabiendo en sí de gozo. Cuando tuvo suficiente, fue a por sus tacos para calzárselos y salir a la cancha del deportivo… pero no estaban donde los dejó. Pecho tierra, fue buscándolos debajo de los sillones, debajo de la mesa del comedor “No vaiga ser que los haya dejado ayí por andar de briago”, después sobre las sillas, en su habitación y en la de su padre. Cansado y lleno de polvo, regresó a la sala. Tendría que caminar hasta la base y preguntarle a su padre dónde dejó los tacos, pero no fue necesario. En un movimiento, al que se le podría llamar inconsciente, se le ocurrió levantar el cojín en el que había estado el Jabulani… Y dio con el paradero de sus tacos. Tomó la nota mal doblada que todo este tiempo yació atrapada entre el respaldo y el asiento. Estaba escrita con una letra que Marcos reconoció al instante. Decía lo siguiente:
Me gustaron mucho tus tenis
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