Donde hablar cuesta la vida
Por: Emanuel Jesús Rendón Membrilla
Poema sobre el miedo de expresarse
Facultad de Artes
Facultad de Artes
Anoche soñé contigo.
Esa noche, igual que tantas, un espeso frío en bruma había penetrado cada espacio entre mis falanges, entonces me di cuenta, mis calcetas volvieron a soltarse y esa noche, igual que tantas, gélidos remordimientos que quise creer ya olvidados volvieron a robarme el sueño.
¿Te acuerdas de esa noche? Una noche igual que tantas me convertí en la luna que te acunó en sus brazos cuando recién llegabas a este mundo. Pequeño era tu tamaño cuando el cariño que habías sembrado en mí rebasaba toda una vida, entre un ramo de chispas habías sido tú una estrellita pálida, estrella que había nacido enferma y que por todas las casualidades a mí se había aferrado.
Esa noche, igual que tantas, todos vieron la tragedia impresa sobre tus ojos que yo, egoístamente, me negué a mirar, y es que aquella noche entendiste el frío que daba la soledad que en tu efímera existencia sembró un gran dolor que nunca supe calmar. Esa noche solté mis calcetas sabiendo que jamás podría ser tu madre porque yo sí te amé, te amé tan rápido como te tuve en mis manos y bajo el cementerio de remordimientos hermanos que ahora mis pies tocaban te hice una promesa.
Prometí darte con mis calcetas ese calor que te habían arrebatado, prometí quererte tanto que entre mis manos jamás volverías a sentir el frío que da la soledad, te prometí borrar la tristeza que en ti había dejado, pero sobre todas las cosas prometí protegerte y cuidarte tanto como me lo permitiera mi propia vida. Pero esa noche, igual que tantas, sentimos el ardor de las promesas que nunca pudieron ser cumplidas y que, como tus hermanos, yacieron enterradas dentro de una caja de zapatos llena de bugambilias.
Pues esa noche, igual que tantas, guardé muy dentro de mí esas culpas que me roban el sueño, no pude protegerte a ti ni a ninguno de ellos, pues muy tarde comprendí cuánto amaban los cerdos devorar flores. Fue en una de esas noches, igual que tantas, que ese cerdo entró a la habitación y te arrancó del cuerpo mis calcetas para así poder devorarte frente a mí. Todavía vive en mí el sonido de tus sollozos desesperados que poco a poco se iban ahogando mientras tu aliento me abandonaba.
Te quise tanto que no quise mirar la tragedia que nos esperaba, te adoré tanto que no supe soltarte cuando debí y te quise tanto que en realidad no te pude proteger del verdadero peligro que a los dos acechaba. Esa noche sentí la frialdad de la muerte sobre mis manos, muerte que aún cubriéndote con todas mis calcetas jamás pude borrar. Entonces escuché tu dolor drenarse de tus pulmones hasta que ya no pudiste más y, aun cuando no podría hacer nada, me quedé ahí en mi impotencia sabiendo estarías muy asustado al sentirte solo en tus últimos instantes, porque yo no había podido cumplir la más importante de todas mis promesas.
Te pedí perdón esa noche por empapar mis calcetas con lágrimas, te pedí perdón por no soltarte aun sabiendo jamás volverías a ser parte de esta tierra, te pedí perdón por no hacer más, te pedí perdón por no haber tenido suficientes calcetas para calmar el frío y el dolor con el que habías nacido, pero sobre todas las cosas te pedí perdón por no haber podido ser tu madre.
Esa noche, igual que tantas, me bebí el dolor que me trajo tu falta y escarbé con mis manos la tierra de ese cementerio donde enterré a cada cría que ese cerdo se tragó, finalmente te dejé ir envuelto entre todas mis calcetas esperando ellas pudieran darte el calor y la protección que yo no pude. Esa noche, igual que tantas, sentí el frío de una soledad que me acerca poco a poco más al odio. Esta noche, igual que tantas, te pido perdón por no protegerte de ese cerdo que devoró la inocencia de ambos, perdóname por no haberte dejado ir, aun cuando ambos supimos que no pertenecías más a este plano. Perdóname por no aceptar la tragedia.
Pero sobre cualquier cosa, quiero que sepas que, aunque yo no fui tu mamá, te adoré y te adoro tanto que cada que pienso en ti quiero morirme y que donde sea que estés, te amo tanto y te agradezco aunque fue poco tiempo el me dejaste quererte. Cada noche en que despierto a la mitad de la madrugada, con las calcetas sueltas pienso en ti, para recordar aquel dolor inmenso de un error que no debo volver a cometer.
Querido Octavio, mi bebé, descansa tranquilo dentro de mis calcetas porque ahora nadie podrá lastimarte. Donde sea que estés, por favor no olvides lo mucho que te quiere tu mamá.
Por: Emanuel Jesús Rendón Membrilla
Poema sobre el miedo de expresarse
Por: Daniel Nieto Herrera
El arte existe en quien lo mira y nunca desaparece
Por: Marlon Hiroshi De la Rosa Reyes
Cuando los disfraces se visten de personas
Por: Úrsula Desireé Paez Torres
¿A dónde van los pensamientos que se suicidan?