Odisea en el Sistema de Movilidad Integrada
Por: Leonardo Daniel Córdova Córdova
Cinco viajes, cinco historias
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Era un lunes, o martes, quizá jueves, qué importa. Me encontraba solo, lleno de una vida inundada en monotonía por la escuela, nulas amistades y un mal de amores inconmensurable. Entre el júbilo de poseer una vida tranquila y las ganas de suicidarme por la carencia de alegría en ella, decidí hacer algo diferente. Al terminar el colegio, me despedí de mi rutina y fui a dar a una taquería. Jamás fui de buen comer, mi solicitud fue clara: dos tacos de suadero y un agua de horchata.
A los minutos, el mesero con desdén me brindó aquello requerido por mi persona. Los tacos se veían bien; sin embargo, un cuerpo cilíndrico me robó la atención inmediatamente. Era blanca, blanca casi como la nieve, pero no lo suficiente para ser aburrida, sino lo suficiente para ser interesante. Tenía pecas cafés, un color canela que terminaba por armonizar su magnánima composición natural.
He de admitir no ser totalmente fanático de aquello útil para cubrirla, pues me permitía ver más allá de lo meramente inocente; ya estaba muriendo por tocarla. Estaba sumamente nervioso. “¿Lo haré bien?”, “¿Me arrepentiré?” Eso formaba parte del interrogatorio creado por mi mente para mantenerme en mi soledad; sin embargo, estaba seguro, eso no me detendría:
Con mi mano derecha la tomé suavemente como si estuviera tocando el pétalo de una flor quebradiza y delicada, sutilmente fui acercando mis labios, mientras permanecía inmóvil por la forma en la cual la estaba asiendo; mi corazón comenzaba a palpitar al son de los nervios presentes en esa mesa.
Después de esta pequeña gran odisea por fin nos entremezclamos, mis gruesos y ásperos labios fueron afortunados de contactar con esa blancura tersa, excelsa, maravillosa. Mi mente se llenó de una sensación nueva ¿Esto es alegría? Definitivamente quiero subsistir por ella.
Era tan dulce que mi vida comenzaba a tener color. Ese fue el momento más pasional; empero, la felicidad apenas comenzaba. Cada instante pasante era una oportunidad más para conocerla en profundidad, para adherirla a mí. Cuando iba a la mitad fue mi momento más pleno, debido a la tranquilidad imperante entre los dos; ya nos conocíamos, nos aceptábamos y aun así decidíamos seguir ahí.
El tiempo pasó, y con él los mililitros. Mi paz se tambaleó al observar lo venidero, ya estábamos cerca del final. Fue triste, mas me hizo resignificar todo lo ocurrido anteriormente y valorarlo como nunca lo había hecho, quizá algo tarde; ahí estaba yo, deseando un tiempo perenne entre nosotros, así como de lo construido.
El momento aconteció, y aquello naciente perece porque nació. Di ese último trago, ella recorrió todo mi cuerpo, lo percibí como una nostálgica despedida. Supe que yo sería diferente a antes de conocerla, y sobre todo jamás volvería a ser aquel afortunado a cuando la tenía conmigo. Recién se terminó y yo añoraba saber de su aparente inexistencia, la busqué por todos lados, aunque sabía algo, no la iba a encontrar.
La tristeza se apoderó de mí disfrazada de ira; comencé a maldecir a la vida. Era una mendaz por ofrecerme felicidad, cuando solo me estaba dejando vacío. Cuando iba a imprecarle a ella, la auténtica tristeza se presentó en forma de vastas lágrimas. Mi inmarcesible sentir no sería permeado por una falsa sensación de descontento con lo acontecido.
Luego de anexar lo anterior mencionado a mi realidad presente, me di cuenta de mi nuevo saber, yo solo estaba herido. Sabía que jamás encontraría a alguien como ella en un mundo lleno de equivalentes a ella; reconocí lo afortunado que fui por haber salido ese día, pues todas mis decisiones me llevaron a conocerla, su unicidad jamás la volvería a encontrar, pero fui agraciado de haber compartido parte de mi vida con ella.
Me paré de la mesa y me fui. Hasta el día de hoy ya ha pasado mucho tiempo, mi vida volvió a ser lo semejante a la anterioridad de lo sucedido. Ya no soy el mismo, jamás lo seré; estoy bien con eso. Solo sé que la próxima vez al ir a una taquería —y será pronto— pediré lo siguiente: dos tacos de suadero… y un agua de horchata.
Por: Leonardo Daniel Córdova Córdova
Cinco viajes, cinco historias
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Una respuesta
Algo tan simple como un agua de horchata puede generar algo tan delicado como el desamor en un ser humano.
Excelente!!!