En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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METRO CDMX

La vida del metro

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

Una pregunta detrás de cada vagón

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Marifer Lima

Escuela Nacional Preparatoria Plantel 9

Hay personas que aprovechan los trayectos en metro para revisar las redes sociales. Otras duermen, escuchan música o simplemente esperan llegar a su destino. Yo hago algo diferente: observo. Me fijo en los anuncios pegados en las paredes, en las conversaciones que apenas logran escucharse entre el ruido de las vías, en los libros que alguien sostiene entre las manos o en el movimiento constante de las personas que entran y salen en cada estación. Tal vez por eso el metro nunca me ha parecido un lugar aburrido; siempre hay algo nuevo que descubrir.

Entre todos esos detalles hay uno que siempre llama mi atención: una pequeña placa metálica colocada cerca de las puertas de los vagones. La mayoría de las personas ni siquiera parece notarla porque es discreta, pequeña y casi siempre queda escondida entre la multitud y la prisa cotidiana. Sin embargo, cada vez que la encuentro intento leerla.

Durante mucho tiempo pensé que existían únicamente dos tipos: una mexicana y otra que yo suponía estadounidense porque estaba escrita principalmente en inglés. A partir de eso construí una teoría bastante sencilla: si algunos trenes parecían más modernos que otros, probablemente tenía que ver con el lugar donde habían sido fabricados. Nunca imaginé que una simple placa terminaría cambiando mi forma de ver el metro.

Recuerdo perfectamente el día en que ocurrió. Era 19 de mayo y había tomado la Línea 1 rumbo a Balderas para después transbordar hacia Tlatelolco. Apenas subí al convoy, en la estación La Merced, algo llamó mi atención. En ese momento no supe explicar qué era exactamente. Tal vez la iluminación. Tal vez el diseño interior. O, simplemente, el hecho de que todo lucía más nuevo.

Así que hice lo que siempre hago: busqué la pequeña placa metálica. Cuando por fin la encontré, me sorprendí al ver caracteres chinos grabados en ella. Hasta entonces solo había visto placas mexicanas y otras escritas principalmente en inglés. Me quedé observándola durante varios segundos. Hasta ese momento, las placas eran solo un detalle curioso del viaje; sin embargo, aquella fue la primera vez que sentí la necesidad de saber la historia que había detrás de una de ellas. ¿De dónde venían? ¿Por qué eran diferentes? ¿Cómo habían llegado hasta aquí?

Esas preguntas me acompañaron hasta llegar a Balderas, donde hice el transbordo hacia la Línea 3. Apenas subí al siguiente convoy noté un contraste evidente. Este se veía mucho más antiguo: los colores parecían desgastados por los años y algunos detalles dejaban ver el paso del tiempo. Casi por instinto, volví a buscar la placa metálica y esta vez decía que había sido fabricado en México.

Durante unos segundos di por hecho que había encontrado la explicación: el tren más moderno era chino; el más antiguo, mexicano. En cuestión de unos minutos había pasado de un tren recién incorporado al sistema a otro que llevaba décadas recorriendo la ciudad. Aquella comparación despertó una pregunta que ya no pude sacar de mi cabeza: ¿la diferencia estaba realmente en quién había construido el tren?

Al llegar a casa decidí investigar y descubrí que mi clasificación inicial estaba equivocada. Las placas contaban una historia mucho más compleja de lo que imaginaba: detrás de ellas aparecían nombres de empresas mexicanas, españolas, canadienses, francesas y chinas. El Metro de la Ciudad de México no era únicamente una obra nacional; también era el resultado de décadas de intercambio tecnológico con distintas partes del mundo.

Sin embargo, mientras más aprendía sobre los fabricantes, más evidente se volvía que el origen no explicaba el desgaste. Los vagones más deteriorados no eran necesariamente los peor construidos; simplemente eran los que habían sido utilizados durante más tiempo. Bastaba con recorrer distintas estaciones para notarlo. Las zonas más transitadas de la ciudad muestran con mayor claridad las huellas del uso constante: los pisos se desgastan, las paredes acumulan marcas y los pasamanos pierden el brillo después de ser sostenidos por miles de manos. En cambio, las líneas más nuevas o menos saturadas conservan una apariencia distinta.

Fue entonces cuando comencé a pensar que el Metro se parece mucho a las personas. Cuando conocemos a alguien solemos preguntar de dónde viene; sin embargo, con el tiempo entendemos que una persona es mucho más que su lugar de origen. La definen sus experiencias, los caminos que ha recorrido y las marcas que ha acumulado.

Con los trenes ocurre algo parecido. La placa puede decirnos dónde nació un vagón, pero sus cicatrices cuentan dónde ha vivido. Esa idea se hizo aún más fuerte cuando recordé la oportunidad que tuve de viajar a Italia. Allí, el metro de Milán me pareció moderno, limpio y ordenado, mientras que el de Roma mostraba señales mucho más visibles de desgaste. Al principio pensé que la diferencia se debía a la calidad de construcción o a las distintas tecnologías empleadas en cada ciudad.

Sin embargo, conforme seguía reflexionando, comprendí que el metro de Roma, especialmente la Línea A (naranja), se parecía mucho más a algunas líneas del Metro de la Ciudad de México, como la 2 y la 3, que al metro de Milán. No porque compartieran el mismo origen, sino porque compartían las huellas de una infraestructura utilizada por millones de personas todos los días.

Fue entonces cuando empecé a mirar el deterioro como la memoria silenciosa de todas las personas que se habían sostenido de ella camino a la escuela, al trabajo o de regreso a casa. Un escalón desgastado dejó de parecerme simplemente un escalón desgastado: era la evidencia de millones de pasos. Una barra de acero que había perdido el brillo por el roce constante ya no era un objeto viejo; era la memoria silenciosa de todas las personas que se habían sostenido de ella camino a la escuela, al trabajo o de regreso a casa.

Comprendí que el desgaste no siempre habla de abandono. Muchas veces habla de uso. Pensé en todas las ocasiones en las que escuchamos que el Metro está “muy viejo” o “muy deteriorado”, pero pocas veces nos detenemos a pensar que, aunque se reemplazaran los pisos, se cambiaran los pasamanos o se pintaran nuevamente las paredes, tarde o temprano volverían a mostrar las mismas marcas. No porque estuvieran mal construidos, sino porque millones de personas seguirán pasando por ahí cada día.

Por eso, cuando encuentro un convoy impecable o una estación que conserva casi intactos sus acabados, ya no pienso únicamente que es más nueva; también me pregunto cuántas personas pasan por ahí, qué historias guarda ese lugar y qué tan conocido es dentro de la inmensa red del Metro. Las cicatrices suelen asociarse con el deterioro. Sin embargo, después de recorrer la historia del Metro entendí que también pueden ser prueba de resistencia. Cada marca en un escalón, cada pasamanos desgastado y cada vagón que sigue recorriendo la ciudad hablan de millones de personas que han encontrado en él una forma de llegar a donde necesitan estar.

Quizá por eso el verdadero valor de un tren no está en el país donde fue construido, sino en todas las vidas que ha sido capaz de acompañar a lo largo de su recorrido.

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