Una noche de verano
Por: Mae Abigail Pérez López
El pasado también viaja en el último vagón
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Recordar no sólo pone a prueba la memoria, sino también los sentidos. Recordar es volver a olfatear, volver a sentir, encarnar de nuevo lo que fue y extrañarse al descubrir que el presente es distinto, algo alejado y ajeno a aquello que existió. Pero no; en realidad, se construye una nueva realidad a partir del recuerdo.
Podría decir que las personas somos lo que construimos con los retazos de nuestra memoria. Con ellos nos vestimos, con ellos adornamos las ideologías que cargamos en la mente, en la mochila y hasta en la manera de peinarnos. Los olores se quedan impregnados en nuestras fosas nasales, dictaminando y deformando lo que nos gusta comer, lo que ponemos en la televisión o incluso influyendo en la decisión sobre la carrera que vamos a estudiar.
A veces no nos damos cuenta de la manera en que recordar nos ayuda a mantener los pies sobre la tierra. No advertimos que, a través del recuerdo, se refleja lo que fuimos, lo que somos y aquello que, en el futuro, los nuevos recuerdos aunados al azaroso destino decidirán sobre nosotros. Por eso es importante reconocerse a través de la memoria y sembrarse bien fuerte para que ningún viento de nostalgia nos haga olvidar quiénes somos.
Mientras escribo sobre los recuerdos, no logro precisar cuándo comenzó esta manía de divagar entre pensamientos existencialistas y la búsqueda de “ese algo más” que te hace aferrarte a la vida. Pero sí recuerdo algo: era muy pequeño, tendría unos cinco o seis años, y cabía perfectamente en la parte trasera de la camioneta Windstar color vino, modelo 2001, de mi familia.
Era una camioneta amplia. De las tres hileras de asientos que tenía originalmente solo quedaban dos: los asientos principales, el del conductor y el copiloto, y una fila de pasajeros. En aquel entonces no éramos demasiados: solo mis padres y yo.
No tengo recuerdos de viajar en la parte trasera de esa camioneta de día. Solo recuerdo muchas noches durante la etapa más aventurera de mi familia. Tal vez porque de día no sentía esa extrañeza mística que envuelve las carreteras nocturnas. Tal vez porque los viajes rumbo a alguna playa hippie de moda o a algún pueblo mágico adquirían otra dimensión cuando caía la oscuridad.
Recuerdo las interrupciones de mi sueño sobre una colchoneta azul descarapelada. Era acolchada, pero de lona dura; nada que una frazada encima no solucionara. Todo se complementaba con el arrullo del olor a gasolina que llegaba cuando uno estaba cerca del tanque, mezclado con el aroma del metal ligeramente oxidado. Después de todo, esa camioneta acompañó a mi familia en su etapa más intrépida.
Pero hay algo que recuerdo con especial cariño. No sé si sea injusto para mis demás recuerdos, porque, como mencioné antes, todos son formativos. Sin embargo, a este le atribuyo una parte importante de lo que soy hoy. Le agradezco tanto mi pasado como mi presente.
Durante aquellas noches de carretera y de una tecnología que apenas comenzaba a expandirse en la nueva modernidad, la radio era la compañera perfecta de la noche y del volante. Por alguna razón siempre estaba sintonizada la estación Horizonte Jazz del Instituto Mexicano de la Radio, el IMER, en el 107.9 FM. Digo “por alguna razón” porque mis padres jamás han sido aficionados al jazz ni mucho menos seguidores habituales del género.
En aquella corta existencia había algo que me estremecía incluso más que la música. Algo más poderoso y memorable: la cortinilla de la estación.
Sonaba entre canción y canción de jazz, tranquilo y nocturno, informando que se transmitía desde el segundo piso de la torre de radiodifusoras ubicada en Mayorazgo 83, colonia Xoco, con más de siete mil watts de potencia. Después venía la identificación: “XHIMR, una estación del Instituto Mexicano de la Radio”.
Me resulta difícil explicar lo que hoy siento al escuchar esa cortinilla. Porque, aun sabiendo qué se transmite, desde dónde se transmite y con cuántos watts de potencia, es inevitable reconocerme a través del recuerdo. Es inevitable volver a sentir lo que alguna vez fue mi presente: el olor a óxido, la humedad de una gotera que no dejaba de dar lata y la emoción de despertar en medio de una carretera.
Hoy no sería lo que soy si no hubiera existido ese niño que dormía en la cajuela de una camioneta y se despertaba emocionado por escuchar la cortinilla de una estación de jazz de la radio pública a cualquier hora de la madrugada.
Hoy soy capaz de ser consciente de lo que soy y de lo que fui porque soy capaz de recordar.
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