Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia
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Pasó la Semana Santa y, como muchos chilangos, salí de vacaciones buscando relajarme y dejar mis responsabilidades por un rato; con solo lo necesario en mi mochila fui buscando la aventura por las playas del sur de México, en Oaxaca y Chiapas, cada una con su propia magia y encanto. Viví uno de esos viajes donde te cuestionas hasta lo más recóndito de tus pensamientos y analizas cada aspecto de tu vida cotidiana, porque al estar fuera de la rutina todo se vuelve tan lejano, pareciera un viaje a otra dimensión donde tú y la naturaleza son uno mismo; la brisa del mar, el sonido de las palmeras moviéndose o las gaviotas en la playa son los sonidos principales en tu entorno, como una burbuja que te envuelve, y sí, al final es un viaje en que terminas por encontrarte contigo mismo.
Escuché muchas historias durante esta semana de festividades: voces de vendedores en puestos de elotes, con las señoras que se sientan afuera de sus casas para ver a la gente pasar y a la par platicar con la vecina, historias al unísono que resuenan por las calles de pueblos mágicos que armonizan con la campana de una iglesia, anécdotas de otros turistas que sonaban detrás de mí; también mientras me comía un helado en la plancha de la Basílica de Nuestra Señora de la Soledad en Oaxaca, donde convergen todas las clases sociales, niños que salían con sus abuelas a pasear, los que tanto revuelo causaban; gringos gentrificadores que han llegado a vivir a México y que pasaron frente a mí molestos al notar unos cuantos migrantes –a mi parecer hondureños– que disfrutaban de la sombra de un árbol mientras bebían el agua que un establecimiento les había regalado. Surgió entonces en mí una reflexión: ¿por qué estos extranjeros se sienten tan ofendidos al notar esta situación? Si es bien sabido que su país se formó con la migración de individuos de todas partes del mundo y además buen número de nuestros paisanos son su mano de obra. Pensaba en esto mientras una señora les platicaba a unos niños cercanos la importancia de ir a la iglesia en Semana Santa, justo como mi abuela lo hacía conmigo cuando era pequeña.
Seguí mi recorrido por otro estado del sureste de nuestro país, disfrutando el paisaje mientras de vez en cuando y solo cuando aparecía señal telefónica veía mi celular, inteligentemente el algoritmo de las redes sociales enviaba a mi feed las noticias cercanas de los lugares donde me encontraba, y surgió en mí otra reflexión: es curioso cómo nos hemos acostumbrado a que sea así, pero pensándolo bien, qué incómodo que una inteligencia artificial sabe mejor que tú lo que estás a punto de hacer, ¿no?
Casi al final de mi viaje, llegando a la región de Soconusco, Chiapas, colindando con Guatemala hay un pequeño municipio productor de café, lleva por nombre Unión Juárez, con hermosos paisajes y alegre vida se le conoce entre la población como la “Suiza chiapaneca”. Recordando la más reciente publicación de ¡Goooya! sobre las culturas en México, en este poblado una festividad llamó mi atención: las viudas, Judas y gracejos.
Gracejos
Los gracejos y viudas son hombres que se visten de mujer, con coloridos vestidos, pelucas y máscaras exuberantes, son hombres que dejan de lado las responsabilidades de sus oficios y buscan parecer afeminados y voluptuosos y salen a bailar por las calles al son de una marimba, buscan alegrar los días previos al domingo de resurrección al tomar a los hombres desprevenidos como su pareja y dar unos pasos al son de la música.
Judas
Suele escucharse “pan para Judas, pan para Judas” en las calles; niños y adultos recorren las avenidas con un muñeco que suele representar en forma de sátira a algún político o personaje ilustre; relleno de viruta u hojarasca y con máscaras de cartón alude al Judas, al traidor en la tradición católica. Los pequeños primero piden pan y después limosnas o monedas que se usarán para pagar el petróleo con que el Judas será quemado, después de este acto suele decirse que el bien ha triunfado sobre el mal.
Mientras tomaba nota de todo esto, descuidé mis espaldas por un momento, una viuda aprovechó el momento y tomó mi mano para salir a bailar, la marimba sonando y mis pies zapateando… Mientras caía la noche y más gente se incorporaba a la festividad para danzar por las calles en grupo o parejas, la alegría y disfrute de la gente se notaba en el aire y las risas de todos resonaban en el ambiente.
Continué viajando por esta bella región de nuestro país para descubrir nuevos relatos. Finalmente terminó mi recorrido y sin duda la tradición de las viudas, Judas y gracejos fue lo mejor de todo mi camino. Les invito a viajar no solo para conocer nuestro México, lleno de color, sabores e historias, sino para que en estos viajes se reencuentren con ustedes mismos.
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