En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Teresa Orozco Barrera / Escuela Nacional Preparatoria Plantel 3

Los marginados

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

El viaje místico de los márgenes

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Allan Morales Sixtos

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Como Ulises regresando a su patria Ítaca, el viaje siempre representa una odisea del constante porvenir. 

¿Qué sería de un viaje sin las atenuantes trabas que brotan en el camino? 

Un viaje a la universidad es la odisea semanal o diaria que tú, él, aquel, ellos, ustedes, nosotros debemos emprender. 

5:30 a.m. Es momento de partir. El silencio de las calles vacías se interrumpe con el sonido presuroso de mi andar, el viento fresco golpea mi rostro, remedio oportuno para la pesadez que me acompaña. Un cielo oscuro me arropa, no es mal augurio, es presagio de un nuevo porvenir. 

Primer transporte: la combi que me llevará a Metro Cuatro Caminos es refugio intempestivo de otros y mío, ¡de nosotros! 

La agitación comienza. Mientras unos recrean en la mente su cama, y llevan la mochila a cuestas, transmutada como paliativo de almohada; otros como David, estudiante de preparatoria en la vocacional 11, despiertan con el fulgor que emana de sus celulares. Eva, circensemente, malabarea para obtener el maquillaje preciso que demanda su día a día como secretaria en unas oficinas privadas de Polanco.

Sorteamos el camino conocido pero irreconocible, siempre el mismo trayecto, pero nunca los mismos acontecimientos. 

La agitación desemboca en revuelo; el metro refleja el revuelo del revoltijo, la sincronización de lo desordenado. Navegar vivazmente entre el revuelo es el cometido. 

Mi reloj marca las 6 a.m. Estoy a tiempo, todo marcha conforme al plan, arribo al vagón y logro sentarme; quedan pocos asientos disponibles que son ocupados inmediatamente en nuestra siguiente parada, metro Panteones. 

El tumulto se vuelve aún más pictórico: unos duermen, otros desayunan, algunos más leen, otros tantos se sumergen en sus celulares y pocos se pierden en la contemplación de su vida misma, su mirada fija y perdida refleja un momento único de introspección. 

Sorteo aquel desprolijo de gente y ellos me sortean a mí. Son las 6:30 a.m., y arribó a metro Hidalgo. El transbordo arroja hacia mí una turba que comparte camino, pero no destino. No dejo de cuestionarme: ¿Acaso esta ciudad no duerme? ¿No para? 

Entre penumbras nos encontramos, entre escombros nos agitamos. La estación Hidalgo está siendo reparada a marchas forzadas para cumplir con un requerimiento engañoso: el de la apariencia. El Mundial se acerca y, aunque nuestro sistema de transporte colectivo, metro, acarrea grandes problemas y rezagos estructurales que no serán subsanados en un mes, el cometido es claro: que dé el gatazo.  

El polvo gris que despiden las paredes y suelos demolidos para su “renovación” dota de una neblina a la estación; el cincel suena contra el piso y el esmeril resuena con el eco, pero el metro no para, ni nosotros. Y aunque la justa mundialista promete ser una fiesta para todos, es claro que nosotros no estamos invitados para el gran evento. Las preparaciones son para los invitados, los otros, los extranjeros y así el gatazo cobra sentido y efecto. Maquillar la herida, las deficiencias, porque ante todo tenemos que esconder lo que nos aqueja y consentir visualmente a aquellos que desconocen la profundidad de nuestros malestares. 

La fiesta debe continuar.  

El transbordo con dirección a metro Universidad está repleto. El tren ya tardó en pasar, comentan algunos, otros más atrevidos comienzan a chiflar y otros tantos apaciguan su desesperación con el movimiento frenético de sus pies. 

El tren arriba a la estación, la regla no escrita: “permita bajar para poder subir”, se rompe al instante, unos empujan para bajar y otros para subir. Dos voluntades chocan cual colosos.   

Un joven trastabilla casi cayendo al piso, la turba decidida a bajar logra que sus manos rocen el piso, pero no cae, su cuerpo se endereza y la vista recupera rumbo, arroja una sonrisa burlona por haber evitado el suelo y así sigue su camino. 

El sonido de advertencia de cierre de puertas alerta a los que subieron y a los que pretenden subir. Las puertas cierran, pero en el último vagón aún existe una voluntad decidida a abordar, una lucha individual.   

El hombre empuja decidido a entrar donde no hay más lugar, los de adentro no regalan ni un centímetro, sus cuerpos permanecen rígidos, no cederán. 

Tres intentos de cierre de puertas frustrados y la contienda continua. Los espectadores ahora son jueces y verdugos. 

—¡Ya cárguenlo! —

—¡Ya bájate, no mames! —

—¡Ya jálenlo!, está retrasando el tren —

Y así la esperanza se apaga. El hombre no protesta, no frunce el ceño y no invoca perjurio alguno, solo desiste de su lucha. 

Las puertas cierran y el comentario popular de “ir como sardinas” cobra vida y sentido, física y olfativamente hablando. 

El juego del roce comienza, con el vagón repleto, todos convivimos sin quererlo, sin pedirlo. La única privacidad que nos queda es no mirarnos de frente, evitar el contacto directo entre las miradas. 

El tren arriba a la estación División del Norte. Un joven se enfrenta con el escudo humano que bloquea la puerta. Apaciblemente se escucha:

—Permiso, permiso, por favor. 

El pedimento se pierde como un murmullo. 

Un señor responde al pedimento: 

—Tú empújale, empujalos; si no, no vas a bajar. 

La respuesta cobró efecto, como si fuera una suerte de permiso para abandonar la formalidad. 

Las puertas cerraron detrás del joven y el señor se limitó a comentarle a su acompañante: 

—Viene dormido, el metro no espera. 

El tren continúa su recorrido; estaciones transcurren y el espacio libre en el vagón aumenta; muchos bajan, pocos suben y se agota la confrontación de voluntades. 

7:15 am: Finalmente, arribó a la estación Universidad; solo necesito caminar para llegar a la facultad. Tarde, pero llegué. 

Espero que la profesora me deje entrar a su clase; si no, la odisea quedará solo en travesía. 

Y como bien lo sintetizó Monsiváis, “México no se vive, se sobrevive”. 

La cita resuena con la odisea del metro que sorteamos usted y yo; nunca es igual, aunque siempre es muy parecida. No estamos preparados para todo lo que acontece en ella; sin embargo, somos sobrevivientes: sobrevivimos a nosotros mismos y sobre todo a aquellos que perjuran que sus intereses son los nuestros, aunque sus acciones sean una reyerta, claro, contra nosotros.  

En su libro Los rituales del caos, Monsiváis nombra un capítulo que describe las peregrinaciones como “La mística de los márgenes”; creo que los que habitan los márgenes somos nosotros, los marginados, los que habitamos la periferia y que día a día salimos en busca del eterno porvenir, unos a buscar la papa, otros a buscar una educación digna, otros tantos una vida mejor y muchos buscando solo subsistir, pero todos buscamos sobrevivir. 

Mi enemigo nunca serás tú, o aquel que sale en busca de la supervivencia, será siempre aquel que no lucha como nosotros, ese que perjura ser un igual, pero no nos trata como su igual, aquella que regurgita entender nuestras necesidades, pero atenta contra ellas, aquellos que actúan por interés propio y olvidan el colectivo. Mi enemigo siempre será aquel que hace de la supervivencia un hábitat continuo y cíclico para nosotros, pero nunca para él o ella. Y si aún no está claro, mi enemigo, solo puedo decir que siempre lo encontrarás detrás de una nube de parafernalia, aferrándose al poder político. 

Al margen de lo acontecido en esta odisea, solo puedo agregar que olvidamos que no compartimos destino, pero sí, camino. 

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