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Foto de Miguel Romero

La mudanza

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

Lo que se pierde también echa raíces

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María Fernanda Mayen Marroquí

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Los pasillos y las habitaciones repletos de cajas, maletas, y muebles emplayados. Todas las esquinas con objetos esperando a tener un lugar, ¿realmente podrán llegar a ser útiles si no se sabe dónde están? ¿Qué los separa de ser objetos perdidos? Tal vez la memoria, la esperanza de saber que andan por ahí, que podrían encontrarlos.

Las mudanzas, tan llenas de cosas y vacío, confusión, desorden. 

Una pausa, una transición. 

Pero lo que realmente llamó mi atención fueron las plantas. Ahí, de manera evidente. Un tubo de escoba enterrado en la maceta del Palo de Brasil, disque para enderezar el tronco, pero la tradescantia de la base, a pedazos marchita a pedazos podrida por la humedad. Las partes sanas se confunden con las muertas. Me molestan.

Me encuentro con lo que en algún momento pudieron ser dos orquídeas. De la primera aún cuelgan pequeños capullos que jamás lograron abrirse. Juntas y sobre la mesa del jardín, las ramas secas terminan por asemejar un par de manos raquíticas que señalaban el alrededor.

El jardín, la mesa bajo el aguacate, los rayos de sol que se filtran. Las paredes amarillo encendido contrastan con el verde selva de las hojas que crecen gigantescas, animadas por la lluvia, el abono, y la suave presencia de dos mujeres cuidadosas. Las plantas llegan, echan raíces; o  mueren alimentando a las otras. Un ciclo de la vida peculiar en aquel jardín, encapsulado por lozas y azulejos. 

Mientras tanto las recién llegadas yacen desmayadas y sedientas por el viaje en carretera. Desubicadas, como los muebles, como nosotras. Me daba tanta pena verlas ahí, amontonadas, sin un lugar, protegiéndose entre ellas, aterradas de ocupar un espacio entre las demás ¿Cómo integrarse?

Las fui moviendo, reconociendo. El teléfono, y la malamadre, crecidas. Muestran constancia en el riego, pero las hojas mohosas y aplastadas, sugieren algo más.

Me imagino a la dueña, con ganas de que crezcan, intentando. Pero sin saber, o sin querer darse cuenta, de aquello que por más que se cuide no va a revivir. Del descuido que pasa factura, que deja evidencia.

Mientras me sumerjo arreglando algo de todo ese caos que se nos viene encima, y sobre el que realmente no puedo hacer nada, inauguró una rebelión silenciosa. 

Podo y corto.  La indecisión termina, al fin,  en la curva de mis tijeras.

Los vapores del cuerpo, la humedad del verano, y la tensión de mis hombros terminan por preguntar ¿Qué otras ilusiones quedaran enredadas en el subconsciente? ¿Qué planes marchitos, o secos se intercalaran con esos verdes, machacados pero con raíces? Todo comunica ¿que no? O tal vez solo pienso demasiado en lo descuidadas y grandes que están esas plantas.

Pienso, en todo aquello que se pierde. En lo que a propósito se deja.

En que dice de nosotros tomar el crédito por hacer crecer lo que si hubiéramos dejado en su lugar, se habría dado sin nosotros. En controlar el verde, en mantener palmeras en el bosque, y flores sobre el cemento.

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