Una noche de verano
Por: Mae Abigail Pérez López
El pasado también viaja en el último vagón
Facultad de Derecho
Facultad de Derecho
Estoy sentada frente a un río no tan grande pero caudaloso. Intento no rascar mis piernas llenas de piquetes, y mientras fallo en ese intento, el agua sigue, indiferente a mi comezón, a mis vacaciones breves, a todo lo que yo pueda pensar sentada aquí. Empiezo, entonces, donde empieza él: en un manantial que nadie ve nacer.
I.
Un río puede brotar pequeño de la tierra, o de un deshielo en lo alto de una montaña, o de otro río que se parte para darle origen. Nadie elige su manantial. Nosotras tampoco elegimos el nuestro: nacemos pequeñas criaturas incapaces de sobrevivir por nosotras mismas. Necesitamos forzosamente el cuidado, la atención, algo que se parezca al amor aunque llegue con otro nombre. El agua que sale de la tierra no sabe todavía qué será río. Nosotras tampoco sabemos, al nacer, qué cauce vamos a tallar. Solo hay presión, solo hay el impulso de salir hacia algún lado.
II.
Después viene la prisa. El curso alto de un río es torrentoso, baja entre piedras, se golpea, se abre paso por donde no había. Los pequeños riachuelos se le suman, cada uno con su propia urgencia, y el río crece sin proponérselo, sin saber todavía hacia dónde arrecia. Así crecimos: un cuerpo que se ensancha casi sin permiso, un ácido desoxirribonucleico que ya traía escrito qué tan alto llegaríamos, qué heredaríamos, qué enfermedades nos esperan, pero que no explica nada de lo que de verdad importa. Tal vez un río son muchos ríos a la vez, y tal vez nosotras también: la niña que fuimos, sumándose sin aviso a la que somos ahora.
III.
Con el tiempo el río se ensancha, pierde la prisa de la montaña, empieza a dudar. Traza meandros: se dobla sobre sí mismo, avanza y retrocede en la misma curva, como si no terminara de decidir hacia dónde. Quisiera ser más como el río en ese tramo: tomar lo que quiero, lo que necesito, y lo que no, quitarlo de mi paso, destrozarlo o dejarlo en la orilla, sin más ceremonia. Pero no soy así. Dudo donde el río dobla, me quedo donde el río se hubiera ido ya. El meandro es la forma que toma la indecisión cuando algo la obliga, de cualquier modo, a seguir moviéndose.
IV.
Y sin embargo el río no duda solo. En algún punto se encuentra con otro río, y los dos se vuelven uno. Suman su cauce, y lo que antes eran dos voluntades ahora es una sola correntada, más ancha, más fuerte, capaz de cosas que ninguno de los dos podía solo. Eso es lo que más le envidio al río: que pueda sumar su existencia a otra sin perderse en el intento. Ojalá fuéramos más así. Unirnos para ser más fuertes. Sumar para prosperar, en lugar de restarnos.
V.
Leí en algún lado —creo que fue en Temporada de huracanes, cerca de La Matosa, casi el mismo lugar donde escribo esto— que un río nunca es el mismo río, porque su agua siempre transita. Aquí, en el curso bajo, donde el agua ya carga todo lo que arrastró desde el manantial, entiendo por fin esa frase. Hemos escuchado muchas veces que nosotras tampoco somos las mismas de antes, y es cierto, pero de otro modo: mientras el agua del río se renueva por completo y lo que queda es solo el cauce, en nosotras algo persiste bajo el sedimento. Quise creer, durante mucho tiempo, que esa esencia no cambiaba, que ahí terminaba el parecido entre nosotras y los ríos. Hoy no estoy tan segura.
VI.
Porque el río también puede cambiar de rumbo si alguien decide ponerle un muro y volverlo presa. Pierde camino, pierde destino, se reduce a un medio para nosotros, tan egoístas y tan egocéntricos. Y puede, también, enfrentar una gran sequía: hacerse pequeño, secarse, dejar de existir. Su voluntad recia se va con la temporada, con los tiempos, como nos diría Abundio si lo encontráramos platicándonos de los ríos de Comala, de los ríos que hubieran existido si alguien no los hubiera detenido antes. Si el río pierde su cauce cuando algo externo lo somete, ¿qué le pasa a esa esencia que yo creía inmutable, cuando a nosotras nos represan, nos secan, nos desvían del camino que llevábamos?
VII.
Al final, el río llega al mar. Ahí se dispersa, pierde la forma que tuvo mientras fue río, se vuelve parte de algo demasiado grande para seguir teniendo nombre propio. No sé si eso es un final o solo el punto donde el río deja de necesitar seguir siendo uno para poder seguir siendo agua.
VIII.
Porque nada termina ahí. El mar se evapora, parte de ese todo inmenso queda arriba, condensado, esperando lo propicio para caer, precipitarse, saltar al vacío y, sin dudarlo, reiniciar. Precipitar, evaporarse, precipitarse, unir, sumar fuerza, hallar un camino, y volver a comenzar. No es que sea necia y me aferre a mi postura inicial, pero ahora me cuesta trabajo ver que no seamos casi como un río. Uno que tiene un destino, pero que también puede desbordarse, romper el límite de lo que le correspondía, secarse, y volver a llenarse con las lluvias de otra temporada.
Creo que quiero creer que sí somos como los ríos: libres, inmensos, en constante cambio, atravesando sequías, grandes lluvias, obstáculos, piedras. Nos unimos con otros, nos bifurcamos en el camino, nos cruzan puentes, nos desbordamos, nos secamos. Somos vida, destruimos, alimentamos, hay vida en nosotras, somos ruidosas, avanzamos, nunca paramos, dejamos huella, olvidamos, y todo eso que fuimos nos hace ser el río que somos hoy.
Y sigo aquí, sentada frente a este río no tan grande pero caudaloso, rascándome las piernas, viéndolo irse sin volver la vista atrás, sabiendo ya que no se va del todo: que en algún lugar, arriba, condensado, está esperando la lluvia que lo traiga de vuelta a un manantial.
Por: Evan Lozada
El amor como construcción cultural y la relación paradójica con lo real
Por: Aurora Castro Mena
¿Qué tan tangible son las teorías de género en la actualidad?