En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Alexis Boleaga | Facultad de Estudios Superiores Aragón

Ecos del barrio

Número 23 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2026

Mudarse de casa no significa abandonar el hogar

Picture of Luis Eduardo Castillo Gochicoa

Luis Eduardo Castillo Gochicoa

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

El barrio en el que crecemos nos forma, literalmente, pues son las manos que moldean la masa de nuestra identidad. Más que un espacio físico o el lugar nombrado por quienes nos antecedieron y nunca conocimos, es nuestro hogar. Nuestro primer contacto con la realidad, el desarrollo de nuestros sentidos y nuestras primeras experiencias tienen lugar en aquellas calles pavimentadas que vemos crecer junto con nosotros con el pasar de los años. La gente que viene y va, nuestro primer grupo de amigos y los recuerdos que permanecen guardados. Cada uno de los lectores identificará el nombre de su propia colonia, sin necesidad de observar un mapa, más que los caminos de su propia memoria.

Por eventos que ocurrieron durante una adolescencia caótica, en los cuales yo no tenía la capacidad de interferir, un día fui arrancado de mi barrio. Muchas veces pensamos que la migración únicamente es un fenómeno perceptible a gran escala, que no existe dentro de una misma ciudad, que son cambios mínimos. Sin embargo, nada podría estar más lejos de la realidad. El acto de trasladarse, especialmente de manera inesperada e inevitable, del único lugar que conocías, donde se había construido cada parte de ti, desde tu manera de hablar hasta tus valores interiorizados, para enfrentarlos a un espacio desconocido, no puede describirse de otra forma que como desconcertante.

Yo crecí en una colonia de Iztapalapa, en la inacabable Ciudad de México. No daré el nombre de mi barrio, ya que la descripción de este podrá hablar por sí misma, a pesar de que sus características parecen compartidas con otras colonias, incluso muy distantes. Las personas que habitan Iztapalapa saben de antemano lo que significa despertar cada día en aquella alcaldía: aquí no existe el levantarse tarde, no existe el famoso dicho “al que madruga, Dios lo ayuda”, pues madrugar es el pan de cada día. La distancia del centro urbano nos vuelve seres matutinos que parecen siempre apresurados, siempre correteados, como si todo el tiempo se nos hiciera tarde para llegar a nuestro destino, ese que la gente se pregunta cuál será cuando nos ve corriendo, a pesar de levantarnos antes que el sol.

En mi colonia, ubicada más allá de la estación Constitución de 1917 del Metro, fue donde comencé a vivir. Es ahí donde aprendí a conocer. Las primeras personas con las que establecí vínculos fuera de mi familia, mis primeros amigos, los conocí aquí. Cada tarde al regresar de la escuela, cada fin de semana, cada día libre, no llegaba cansado como es la costumbre ahora, directamente salía al patio con mis amigos. A jugar fútbol en el pavimento, organizándonos entre todos para hacer una portería improvisada, a jugar a las escondidas peleando por jugar en el papel del buscador o yendo a la casa de alguno a jugar en la consola nuestros videojuegos favoritos. En esta socialización, en este continuo ir y venir, en esta exploración inacabable del pequeño mundo del cual apenas tomaba consciencia de su real tamaño, fui construyéndome.

Aprendí a subirme a la bici, a caminar siempre mirando atrás, esquivando aquellas calles en donde yo sabía que podía pasar algo, a saludar a toda la gente de la colonia y a saber escuchar al “sexto sentido”, como le dice mi mamá, para bajarse del camión cuando algo no va bien. Son conductas que se han mantenido en mí, así pise otra vez mi colonia o el Centro Histórico. Uno va aprendiendo reglas, palabras, modos… una cultura propia, a final de cuentas. El barrio configura poco a poco nuestra historia y personalidad, pero, a la vez, uno mismo influye directamente en el espacio urbano y simbólico, participando en las fiestas, en los juegos, en el lenguaje, al nombrar sus lugares favoritos y hasta al ponerles apodos a los amigos de la infancia.

La música que se escuchaba en el barrio, cumbia, rap, rock y reguetón, se tatuó en mi mente y forjó un gusto musical que aún perdura en mí. Aquellas fiestas en donde faltaban sillas y no personas, el aroma de la comida recién hecha y las risas que hoy no recuerdo con claridad, la comida de las calles, los tacos, las tortas, la birria que, con el paso de los años y el continuo comer, se volvió ritual… todos esos elementos moldearon mis gustos y costumbres hasta hoy. Pero ese primer amor y las vistas del mismo cielo de tonos naranjas que en su momento parecían inacabables se apagaron un día.

Este cambio repentino devino en mí un enojo con todas las circunstancias, con aquellos motivos que me fueron explicados y con aquellos que no tenían nada que ver. ¿Cómo seguía mi vida si todos a los que conocía ya no estaban? ¿Dónde comería ahora si mis tacos favoritos quedaron sepultados al otro lado de la ciudad? Dicho enojo pronto se transformó en tristeza y en una nostalgia que parecía ser más grande que mi alma. Verse de frente con un nuevo espacio cultural es todo un reto: es aprender nuevas rutas, nuevos comportamientos, encontrar nuevos lugares y obligarse a formar nuevos vínculos. En su momento, mi separación del único espacio que hasta ese momento había conocido como mi hogar se sintió como la muerte. Me envolví en un remolino de dudas que no hacía más que girar y girar sin aliviarse en ningún lado. No hacía más que resistirme y relegar el cambio, no dejarme llevar por él.

Fue solo con el tiempo, que parece ser el mejor de los pedagogos, que poco a poco fui comprendiendo que aquel espacio en el que habité por tantos años no se había ido a ningún lado, sino que se había impregnado en mí. Aquellas enseñanzas que me fueron otorgadas, esos recuerdos y esa personalidad cargada de aquel espacio en el que viví nunca se podrían separar de mí. El barrio no es únicamente un espacio geográfico, pues trasciende lo material: se expresa en el habla, en los gustos adquiridos, en la forma de pensar y de enfrentarse a los desafíos que son parte de la vida. La famosa frase “puedes salir del barrio, pero el barrio jamás saldrá de ti” no podría ser más cierta. En la colonia en la que ahora me encuentro pude acercarme a la nueva realidad desde mis propios conocimientos y herramientas adquiridas en mi barrio y, al mismo tiempo, aceptar lo nuevo que la colonia tiene para ofrecerme sin guardar ningún recelo. Ahora que me pongo en contacto con nueva comida, nueva gente, nuevos lugares, sigo vislumbrando mi pasado, pero no dejando que me carcoma, sino conservándolo y dejándome empapar por el nuevo espacio en el que me encuentro.

Hoy entiendo que aquel cambio de aire, inevitable pero necesario, no hizo más que realzar mi identidad. Después de sentirme perdido y fuera de mi hogar, pude comprender que soy más que los lugares que piso. Hoy puedo observar distintos rasgos que he aprendido de cada lugar en el que he vivido, en el que he viajado, en el que he amado. Todos somos una pieza museográfica de los espacios en los que nos hemos conformado, de las frases que hemos aprendido y de las personas con las que hemos compartido miradas.

Hablamos desde nuestros nombres, pero también hablamos por aquellos lugares de donde venimos y que, si quizá ya no los habitamos en la materialidad, aún se mantienen en nosotros, desde los actos más pequeños hasta nuestras más grandes ambiciones, que fueron formadas en esas calles. Soy aquellos recuerdos, historias y el acento que me sigue acompañando al lugar al que vaya. Soy cada experiencia que rescato de cada espacio en el que creé una historia. Soy más que el lugar del que vengo, soy el lugar al que me dirijo, cargando con mis experiencias al cuello, cual escapulario.

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