Cuatro minutos para llorar con vanidad
Por: Elizabeh López Gómez
A veces la música sabe lo que sentimos
Facultad de Filosofía y Letras
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Yo, que no soy de este mundo. Yo, que miro de lejos a los humanos como quien contempla un hormiguero en llamas, tomé impulso. La había elegido de entre un grupo nutrido de transeúntes que caminaban sobre una avenida particularmente caótica.
Salté, no hizo falta aviso. Yo nunca siento nada, pero al entrar en ella, sentí una gran incomodidad: hambre, frío, sed… es el precio que debo pagar por abrir las puertas de su mente y su cuerpo sin que se entere. Todos sus pensamientos me llegaron de golpe, eran míos ahora. Tuve que sentir también el calor y respirar el humo de los autos. Toda la variedad de sonidos se hizo presente en mis oídos: murmullos de pasos rotos, tintineos de llaveros y demás cosas metálicas, llanto de niños, autos a toda velocidad.
Mi anfitriona caminaba torpemente y miraba hacia todas direcciones, como si estuviera perdida. Una niña, pensé. Me gustan los niños, son dispersos, dibujan con la mente.
Pelo alborotado, anteojos rosas con los cristales heridos de rayones y zapatos deportivos. Caminó insegura a la entrada del metro mientras mordía una alegría. El amaranto estallaba como constelaciones diminutas: semillas cayendo, en el cobre de su cabello, en su blusa, en el suelo del vagón.
El vagón era una garganta saturada de cuerpos exprimidos que detestan el contacto con los otros. El aire, intentando refrescar, tan solo diseminaba el olor a piel cansada. Las mujeres de cera la miraban con sus pestañas falsas, labios torcidos, uñas impecables, cabellos domesticados. Todos eran espejos de los otros: despersonalizados, desalmados, calzando zapatos limpios, luciendo su piel de yeso maquillada, gesticulando genéricamente.
Ella no.
Ella nube rojiza.
Ella escándalo de migajas.
Dentro de su mente resonó su voz limpia:
“¿Cómo logran ser tan serios?, ¿cómo aguantan tanto perfume en la cara?, ¿no les incomoda el brillo artificial de sus uñas?, ¿son de carne o de cera?, ¿y si los toco, se romperán?”
Me reí en silencio con ella, porque yo sentía su ternura, su hambre de miga libre, su gozo secreto de ver rodar una semilla suya en la tela ajena, mientras las demás personas se forzaban a tratar de ignorar el hecho de que ella había osado ensuciarlas. Desde luego es antinatural comer, reír, acaso respirar. Algunas mujeres Nos miraban con ojos de desagrado y en el mejor de los casos, con gestos de desaprobación.
El vagón se detuvo, se abrió y un río de humanos salió desfilando con prisa, angustia y desencanto. Casi enseguida, la puerta se cerró con un golpe metálico. Nosotras estábamos de frente a la puerta de cristal, el vidrio sucio me devolvió el rostro de mi inocente anfitriona, vi un par de ojos cansados de mujer, arrugas como hilos, cabello insumiso que nunca quiso aprender obediencia, una bolsa llena del peso de adulto, y la espalda encorvada por la tristeza.
Niña, pensé otra vez. Porque lo es, todos lo son. Niños disfrazados, a veces de crueldad, a veces de bondad, pero disfrazados siempre, atrapados en la prisa del vagón, mientras la vida transcurre y se acaba afuera; niños que olvidaron cómo jugar, que se hacen pasar por adultos para sobrevivir, y que curiosamente, ignoran a sus infancias.
Yo, que entro y salgo de sus cuerpos desde que el mundo fue poblado por los humanos, sé que el mundo está lleno de niños, infantes que fingen ser grandes, y mueren de hambre por no dejar caer una miga.
Una miga: ese milagro que cruje, que mancha, que se esconde en los pliegues de la ropa. Ese lujo prohibido, porque su sociedad les exige labios limpios y estómagos vacíos de infancia, de libertad, de alegría.
Río dentro de ellos. Y mi risa es arrullo que corta, canto que lame, llanto que seca. Yo los devoro desde adentro. Se autodenominan sociedad, yo lo llamo hambre eterna, y con su hambre, con su desdén entre sus semejantes, me alimentan.
A veces escucho sus pensamientos, ellos albergan infértiles esperanzas, se aferran a la idea de que hubo tiempos mejores en el pasado, sin corrupción. Pero los corruptos son ellos, y en su afán de cambiar, simplemente realizan la pantomima de moda. Involucionados y falsos, aterrados y cobardes, sin saber que su oscuridad, su ira, su sufrimiento, atrae cosas mucho peores. Como yo, por ejemplo.
Bajamos en la siguiente estación, estoy lista para ver lo que me depara dentro de mi niña, hasta que no quede nada de ella. De cualquier manera, estaba destinada a morir.
En todo caso, yo seré más gentil con ella.
Por: Elizabeh López Gómez
A veces la música sabe lo que sentimos