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Desde la cabina

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

Historia de un conductor tras el volante

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Zury Michelle Castro Díaz

Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Oriente

Hace unos días, como de costumbre, tomé el transporte para llegar a mi escuela; era una camioneta de transporte público algo desgastada. Le sonaba algo, era como una tuerca desajustada; tenía uno de esos aromatizantes que van colgados en el espejo retrovisor. Pero lo importante fue la historia de don Beto, aquel hombre que me mostró la historia de los que van detrás del volante y que muchos no vemos.

En el momento en que se abrió la puerta delantera pensé: “Me tocó el mejor lugar de todos, el VIP”. Hasta que me pidieron que me recorriera para que se pudiera sentar otro chico. Sin alguna objeción válida hice caso y, cuando estaba a punto de sacar mis audífonos, don Beto habló y nos pidió, con la voz más amable que encontró:

—Chicos, no se vayan a ir durmiendo; tengo mucho sueño y si ustedes se duermen me van a pegar el sueño.

El chico a un lado de mí no le dio importancia a tan noble petición y se quedó dormido apenas llevábamos diez minutos, a lo que don Beto volteó a verlo decepcionado.

—No se preocupe, yo estaré despierta —dije para aliviarlo un poco.

Me dedicó una sonrisa como la que un padre dedica cuando se siente orgulloso de sus hijos.

Nos esperaba un camino largo, aproximadamente dos horas si no había tráfico. Don Beto se veía cansado, ya era una persona mayor; le calculo más de 55 años, pero no le quise preguntar para no ser irrespetuosa. Poco a poco empezamos a entablar una conversación, y me contó su historia y las razones por las que seguía trabajando ahí.

—Me llamo Alberto, pero todos en la ruta me conocen como don Beto. Aunque la verdad no le hablo a muchos ya que son medio sangrones. Llevo ya más de 30 años manejando; primero manejé un taxi, pero después el carrito se destartaló y me contrataron para manejar una combi. Ya después compré la mía —me contó.

La tranquilidad y confianza de mi nuevo amigo mientras hablaba se notaban por cómo manejaba. Cualquiera pensaría que por estar platicando se iba a distraer, pero no fue así; él seguía al volante con tanta pericia y cuidado que esquivaba los baches casi sin que se sintieran. Seguramente ya había recorrido estas avenidas más veces de las que yo podría contar.

—¿Estás estudiando, hija? —preguntó mientras veía mi mochila de reojo.

Me dio un poco de vergüenza ya que estaba sucia; tenía más de dos meses que no la lavaba y, además, se veía llena a reventar, como si no cupiera ni un lápiz más.

—Así es, estoy en la prepa. Estudio en el CCH Oriente, el que está en Iztapalapa.

Don Beto volteó rápidamente y preguntó, algo desconcertado:

—¿No te queda muy lejos?

—Un poco, pero es el plantel de la UNAM que más cerca me queda. Además, de esta forma ya tendré el pase reglamentado y podré estudiar una licenciatura —contesté.

En ese momento vi cómo una pequeña lágrima salía de los ojos cansados de don Beto; de esas lágrimas que están llenas de nostalgia con una pizca de tristeza. 

—Mi hija también está estudiando. Ella está en Baja California, en una carrera que no sé muy bien de qué trata, pero se ve que a ella le gusta. Va muy bien, tiene buenas calificaciones y una beca, pero aun así no le alcanza; los alquileres allá son muy caros. Ella es mi motivación para seguir trabajando. Ya pronto la veré; cuando empiecen sus vacaciones vendrá a vernos, la extraño mucho —dijo mientras sacaba una fotografía de él y su hija de su cartera. A pesar de que la cartera estaba desgastada, se notaba que cuidaba mucho esa foto, ya que apenas se veía maltratada de una esquina.

—Debe extrañarla mucho —torpemente respondí mientras se hacía un nudo en mi garganta. No podría ni imaginarme el dolor que siente por no ver a su hija desde hace quién sabe cuánto tiempo.

—La extraño todos los días, pero cuando me levanto pienso en ella y en que si ella no se está rindiendo en sus estudios, yo tampoco me voy a rendir de ayudarle, aunque ya esté algo viejo y cansado —hizo una pausa y, antes de que yo pudiera responder algo, él siguió hablando—: Sinceramente me gustaría descansar; verás, trabajo desde las tres de la mañana hasta las nueve o diez de la noche. Solo descanso un día a la semana y es porque no circula la camioneta en la ruta; si no fuera por eso, yo creo que ya me hubiera quebrado.

No me di cuenta de cuánto tiempo había pasado; ya estaba casi llegando a mi destino, así que saqué mi monedero para pagarle. Cuando le extendí el dinero, él lo rechazó:

—No, hija, no te preocupes. Mejor con ese dinero cómprate un jugo o una torta; además, ya me ayudaste a no quedarme dormido y eso vale más.

—Muchas gracias, don Beto, que Dios se lo pague y lo multiplique. Y gracias por la plática; nunca me había puesto a pensar en lo que sufrían ustedes —dije mientras guardaba lentamente el dinero en mi monedero para después meterlo en mi mochila.

—Un último favor, hija, despierta al joven para que se puedan bajar.

Ya se estaba estacionando en la última parada. Moví un poco al chico para que se despertara; cuando reaccionó, volteó a todos lados y se bajó de la camioneta sin siquiera decir gracias. 

Don Beto ni se inmutó ante esta acción que, al menos a mí, me indignó; todavía que se quedó dormido todo el camino, no fue para pedir un perdón o un agradecimiento. Pero don Beto se veía tranquilo. Supongo que le pasa seguido.

Cuando al fin me bajé, me despedí de él con una gran sonrisa y él me regresó el gesto.

Ahora, cada que veo a un conductor, no puedo dejar de pensar en todas las historias que tienen por contar y en todo lo que sacrifican para que nosotros lleguemos a nuestro destino. 

Espero algún día encontrarme otra vez a don Beto, o a cualquier otro conductor, porque estoy segura de que todos tienen algo importante que decir.

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