El surrealismo de la vida chilanga
Por: Erendira Odette Araiza Valdez
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Escuela Nacional Preparatoria Plantel 3
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Son las siete de la mañana y la estación del metro San Lázaro parece respirar con dificultad. El sonido de las puertas viejas, los pasos acelerados característicos de un chilango y el murmullo interminable de miles de pasajeros llenan el andén. Entre la prisa, una botella vacía rueda cerca de las vías hasta detenerse frente a una escoba y una trabajadora de limpieza la recoge sin mirar demasiado. En unos segundos, la botella desaparece y el flujo de personas continúa como si nada hubiera pasado.
Todos los días millones de personas utilizan el Sistema de Transporte Colectivo Metro para atravesar la Ciudad de México. Con ellas también viajan envolturas, vasos de café, bolsas y botellas de plástico que terminan abandonados en pasillos, escaleras o vagones. El transporte público no solo mueve personas: también mueve residuos.
En medio de ese tránsito constante existen personas que sostienen silenciosamente una parte vital de la ciudad: los trabajadores de limpieza recorren estaciones y andenes retirando aquello que otros dejan atrás. Sin embargo, pocas veces pensamos en ellos. Su trabajo suele pasar desapercibido, aún cuando son ellos quienes permiten que millones de pasajeros puedan desplazarse diariamente en espacios limpios.
De acuerdo con distintos reportes laborales, el personal de limpieza del metro percibe salarios mensuales que rondan entre los siete mil y nueve mil seiscientos pesos. La mayoría de ellos ni siquiera pertenece directamente al STC Metro sino que trabaja mediante esquemas de subcontratación. Aunque algunas empresas les ofrecen prestaciones básicas, también existen denuncias relacionadas con jornadas extenuantes, falta de materiales adecuados y descuentos injustificados.
Rara vez se reconoce que una gran parte del cuidado ambiental depende del trabajo invisible de quienes limpian la ciudad diariamente. Por ejemplo, una de sus tareas es combatir los focos de infección al retirar residuos orgánicos acumulados impidiendo el crecimiento de plagas como ratas e insectos transmisores de enfermedades. Cada basura retirada de un vagón representa un pequeño esfuerzo por mantener funcional uno de los sistemas de transporte más grandes del mundo.
La sustentabilidad igualmente debería hablar de dignidad laboral. Resulta contradictorio exigir ciudades más limpias y responsables con el medio ambiente o tapizarla con ajolotes morados mientras que se ignoran las condiciones de quienes realizan ese trabajo todos los días. El problema no es únicamente la basura que se produce, sino la facilidad con la que aprendimos a dejarla atrás pensando que alguien más la recogerá.
El verdadero rostro de la sustentabilidad no aparece en campañas publicitarias ni en discursos institucionales; se encuentra en los pasillos del metro, detrás de una escoba recogiendo en silencio el rastro que millones de personas dejamos durante nuestros trayectos. Ser sustentables implica comprender el impacto de ese “pequeño” residuo que tiramos y visibilizar a la persona que lo recogerá. Con sus propias historias y realidades, ellos son las piezas clave para que una ciudad y un sistema de transporte tan caótico como el de la Ciudad de México puedan funcionar día con día.
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