Aún te espero en el Metro
Por: Sarai Venegas Arreola
La esperanza de volver a sentir el amor
Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón
Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón
Camina sin prometer, agradece sin pedir. La subida hacia Chalma no la hace con prisa, sino en un andar sereno. Ella sube con flores, comida y esperanza apretada contra el pecho. La lluvia le cae encima como una bendición sin palabras. La mujer no se detiene. El agua empapa su ropa, le escurre por la espalda y se mezcla con el sudor. No hay queja, no siente dolor; su cuerpo está callado y sus piernas se sienten livianas. Su cansancio por momentos deja de doler.
En otro punto lejano, pero en ese mismo mapa, alguien más se une con lo sagrado en otro rito. No es alguien que pregunta: escucha sin dudar y responde con silenciosa entrega. Desde ahí, en el silencio espeso de una habitación en Coacalco, una respiración contenida se rinde al murmullo íntimo con su nfumbe: sabe que “Siete Rayos” inclinará el oído para escucharle. Al otro lado de la puerta, hay velas que arden sin prisa, lanzando destellos sobre un collar de cuentas vívidas: amarillo sol, azul mar, verde selva. La lengua de fuego, al rozarlas, dibuja una danza de colores en la pared, un resplandor sagrado que respira, como si el cielo mismo se hubiese encogido para caber en ese rincón.
Todavía más al sur del mapa hay otro cuerpo, otro altar y otra forma de creer. Alguien que no implora, pero platica; no suplica, afirma. Muy al sur de las luces frías del centro de la ciudad, una piel escrita exhala el humo de un cigarro que flota pesado: humo que se estira y serpentea, que sabe a dónde ir. Sobre una mesa hay flores secas, dulces y cigarros sin prender; enseres que custodian una figura esquelética vestida de rojo. Sus palabras se quedan flotando entre el humo, su ofrenda no necesita más ceremonia. En esa conversación sin adornos, hay algo sagrado. No se trata de promesas ni milagros, es lealtad. La muerte no es su final, es su aliada; no la teme, la reconoce. No hay saludo ni mirada compartida, algo en la forma en que se mueven parece responder al mismo pulso, los convoca sin llamarlos, los llama sin nombrarlos. No se ve, pero se siente.
Ulises
Luis Ulises Maruri tiene 32 años. Se describe como una persona normal, trabaja en una institución bancaria, le gusta el fútbol y los perfumes. No se dedica de lleno a la religión pero hay algo en su vida que lo conecta con lo espiritual. Es el Palo Mayombe, que echó raíz a finales del siglo XVI en América, cuando esclavos africanos fueron llevados a Cuba desde las tierras entre Camerún y Angola. Traían consigo una fe antigua, forjada entre selvas y ríos, una fe que sobrevivió al exilio, se mezcló en la isla y con el tiempo cruzó hasta México para llegar a Ulises. “Comparan mucho al Palo Mayombe con la Santería”, pero explica que: “A ambas –Santería y Mayombe– las etiquetan como brujería pero son culturas distintas, idiomas distintos: la Santería viene de la cultura Yoruba y el Palo, de la Bantú”. Una cree en deidades humanizadas; la otra, en fuerzas elementales: el monte, los espíritus, el mar, el fuego.
Ulises conoció esta religión en un momento oscuro, sentía entonces que su vida se tambaleaba sobre una cornisa. Su papá también pasaba por cosas raras: caídas, golpes, accidentes que al principio parecían azar. Hasta que vino el asalto y el disparo. Fue un amigo de la familia quien ató los cabos. Ulises, perdido, decidió seguir la pista. “No tenía nada que perder… y a lo mejor ganaba algo”. La fe de Ulises se aferra a lo terrenal, a lo natural, una fuerza que guarda sus pasos. No es el único, en otra historia, otra ciudad, otro cuerpo, alguien más encontró un refugio que abraza sin pedir explicaciones, que acompaña sin promesas.
Rick
Ricardo o Rick, como le gusta que le llamen, nació católico “Como casi todos los que vienen del rancho”. Es de Guerrero, su mamá lo llevaba a misa con la devoción de quien busca asegurar la salvación eterna. En México, donde más de 97 millones de personas se reconocen católicas, la fe se siente parte del paisaje. Para él nunca fue así: “Todo era culpa y castigo… ¿y ese Dios dónde estaba cuando mi jefa se la rifaba sola?”, las palabras le queman la garganta. Tenía nueve años cuando él, su madre y tres hermanas se fueron a Los Ángeles, huyendo de la violencia. Su mamá limpiaba casas y cuidaba niños; allá también se partía el lomo. Por eso lo que más le dolió fue verla llorar cuando él cayó. El barrio se lo tragó: pandillas, encargos, grafitis, municiones, navajas, pistolas… hasta que lo encarcelaron, cinco años dentro. Fue en la cárcel donde la conoció. Smokey, un “vato” de East L.A., que tenía un altar improvisado, una imagen impresa de la Santa Muerte, flores hechas con servilletas y dibujos como ofrenda. Le rezaba, le hablaba, “La Flaca no te juzga”, le dijo. “Solo quiere que seas honesto”. Rick, roto, sintió que ella lo abrazaba. Desde entonces, la Santa no lo suelta. Fue su guía en medio del concreto, los barrotes y la soledad.
Lourdes
Lourdes tiene 60 años, a ella no la abrazó ninguna figura. No hubo velas ni rezos en voz alta. También encontró algo sagrado en medio del desgaste: en sostener a otras almas, en abrir la puerta cuando el mundo las cierra. Nunca falta su mandil cuando sale a vender comida desde su estufa de cuatro fogones en Sahagún, ese lugar que para los de ahí no necesita más apellido ni santo. No va a misa, “No me gusta ver a la gente golpearse el pecho para luego salir a ser culera”, lo dice de forma tajante. Para ella creer no es rezar bonito ni vestirse de blanco, sino caminar, aguantar la cuesta y no desviar la mirada ante lo injusto. Cuando las patrullas hacían redadas y “levantaban” a las trabajadoras sexuales, Lourdes abría la puerta de su casa y las escondía, les ofrecía refugio, un respiro y hasta un taco, les enseñaba a defenderse, no por lástima sino porque su fe es una mano extendida cuando el mundo quema. No habla mucho de sí misma, su sonrisa aparece justo cuando hace falta, ese gesto duro no se dobla, sabe de dolores que no se cuentan y de resistencias que no necesitan aplausos.
Una conversación con lo invisible
Para Ulises, el Palo Mayombe se volvió una guía espiritual, una forma de estar bien. Hoy, es un iniciado, un ngueyo que aún no puede comunicarse directamente con los muertos, eso toma tiempo, jerarquía un gran camino recorrido. A veces los sueña. “Así es como se manifiestan en los sueños, a veces pasan cosas que yo ya había soñado.” En su caso, el cambio fue interno. Antes, era explosivo y “mecha corta”. Desde que fue rayado, desde el día en que selló el pacto con su muerto, algo se transformó. “Es otra forma de conectarse”, dice. “Te cambia la manera de pensar, de actuar”. Como si el muerto habitara dentro, silencioso. Ese muerto se llama Siete Rayos, también lo llaman Nsambi Munalembe, Nsasi, Mukiamamuilo, Mariwanga. En la Regla de Palo Monte, representa el fuego, el trueno, la belleza viril y la contradicción humana, es un guerrero feroz y guardián del deseo, se le invoca tanto en conflictos como en amarres de amor. Cuando le pregunto si cualquiera puede iniciarse, Ulises niega sin dudar. “Muchos vienen por dinero, amor, poder… Pero si solo vienes por eso, esto no es para ti”. Él buscaba sostén. Estabilidad. Un proceso. Aquí, explica, el 50% lo pone tu nfumbe, el otro 50 es tuyo. “Hay que caminar juntos”, dice. “No es que ellos hagan todo. También debes estudiar, poner de tu parte”. El Palo no es una religión complaciente exige constancia y conciencia. No todo es sacrificio ni se reduce a la oscuridad, hay cantos los paleros les llaman toques de cajón. Es cuando baja el muerto”.
Para Rick volver a México fue como recibir un golpe en el pecho, era su infierno personal, lo deportaron sin aviso ni despedidas, su mamá y sus hermanas se quedaron allá. Él, solo, terminó en Tepito gracias a un amigo. “Tepito es rudo, pero tiene alma aquí la banda te ve a los ojos, no se esconde”. Su fe ahora se vive en voz baja, en su altar de casa prende velas al amanecer y a veces le pone canciones: Chalino si anda melancólico, Cypress Hill cuando está de buenas. Le ofrece al altar tierra traída de Guerrero, cigarros, flores, tequila.“Ella no exige lujos. Solo respeto”. No hay iglesias formales, me explica. No como en el catolicismo. Pero hay lugares, rezos, encuentros. Gente que se junta el primero de mes o el Día de Muertos. “Se arma como misa, pero de la raza, sin tanto rollo”. En Bravo hay una señora, Doña Dulce, que organiza oraciones colectivas. Cada quien lleva su ofrenda: tamales, pan, tequila.
Rick dice que en la Santa Muerte puedes encontrar compañía de muchas formas: rezarle en tu cuarto, cantarle en la banqueta o llorarle a solas, lo que importa es que ese acto salga del corazón. Muchos la confunden con satanismo, pura ignorancia, para él no es eso. La Santa no es Satán, es la muerte misma, la muerte no es algo malo, es parte inevitable de la vida. “¿Por qué le tenemos tanto miedo si sabemos que va a llegar?”.
Ninguno de los dos es seguidor de estructuras rígidas, su fe es un vínculo personal, un diálogo constante con fuerzas que guían y acompañan, no buscan milagros, es ahí entre tambores, humo, dulces, y tensión, sucede: la conversación con lo invisible.
Cuerpo que ofrenda
Lourdes no se apoya en palabras ni en gestos; su fe se escribe en el esfuerzo del caminar, en el cuerpo que soporta el peso y el cansancio sin rendirse, es un acto vivo, donde la entrega se siente en cada paso. La peregrinación es su silencio y su ofrenda, un testimonio de gratitud que se expresa en el cuerpo. Veintiún años lleva caminando, sale de casa rumbo a Tacubaya, toma un camión a La Marquesa y llega antes del mediodía. No es puntual, —por eso nunca hace compromisos— pero siempre llega. La reciben los árboles, el frío y los puestos de comida, el lugar sigue siendo el mismo pero el camino es distinto “antes regalaban fruta, agua… ahora ya todo lo compras.” Ya no va tanta gente: “unos ya murieron, otros ya no quieren”, dice. Pero ella sigue, con su camiseta del grupo de aseadores de calzado, algunos llevan imágenes; ella, solo la voluntad. “Me gusta ir al frente. Si vas atrás, es más difícil alcanzarlos.”
No es una misa, pero su cuerpo se consagra con el sudor, cansancio y silencio. Como los antiguos caminantes que iban a honrar a Oxtoteotl, dios mexica del destino, ella busca algo sagrado, hoy caminan al Cristo Negro de Chalma; entrega silenciosa, sin feria ni espectáculo. Después de dos horas llegan al Valle del Conejo, luego más pasos hasta Coatepec, donde duermen, lleva lo justo: cobija, ropa, crema, papel, no medicina ni comida “gracias a Dios no estoy enferma y casi no como” no conoce los nombres de los pueblos “sé que voy a llegar, y con eso me basta.” Llegan a Chalma hacia las dos, hay un mercado, comida, descanso, ella come, reposa y se va. Toma el camión y vuelve a casa entre siete y ocho. “A medio camino ya me duelen los pies, pero me baño y se me quita… más o menos.” A veces le dura el dolor, pero no importa. “En ese cansancio hay algo parecido a la paz. Es católica, pero no va a misa, no le gusta el tono juzgador ni la superioridad de quienes se flagelan a diario en las iglesias, prefiere caminar, pensar, estar sola. “Con eso tengo.”
Rick prende una vela por los que ya no están. Lourdes camina sin hacer ruido. Ulises baja la mirada antes de hablar.
Formas de fe en resistencia
Los tres han encontrado en la fe algo que no les dio el mundo: cobijo sin juicio. No la viven como espectáculo ni como penitencia, para ellos, no es resignación es dignidad, hay heridas que no se cierran, hay días que solo se sobreviven es entonces cuando aparece eso que no siempre se puede explicar, pero que está: un altar, un paso firme, un sueño revelador. No creen para escapar, encontraron una forma distinta —más profunda, más terrosa— de seguir en pie.
Rick lo dice sin miedo: lo que muchos llaman brujería, a él le salvó la vida, cuando no quedaba nadie, cuando lo habían echado de todo lugar posible, ella seguía ahí, su “Flaca”. Su compañera de celda, de esquina, de madrugada. No necesita permiso: enciende velas para pedir por su familia, por su gente, por su barrio.
Lourdes no camina esperando milagros, camina porque en ese cansancio, en ese esfuerzo que nadie ve, su mundo se acomoda, cada paso es una forma de afirmarse. No necesita explicaciones de curas ni sermones ajenos: su cuerpo profesa. “Si me quedo quieta, me pierdo yo.”
Ulises no intenta convencer a nadie. Habla con calma, desde la experiencia, el Palo Mayombe, dice no es oscuridad: es raíz. Le dio paz cuando ni la terapia podía alcanzarlo, sin promesas, sin magia, sin juicio. Lo sostiene porque lo conecta con lo elemental. Cree porque porque estando a punto de caer, encontró un camino que lo sostuvo.
Para ellos, tener fe es no endurecerse ante el peso de la vida, no dejar que las heridas los fragmenten. Muchos dudan o cuestionan su fe, pero ellos ya no necesitan defender lo que los mantiene en pie. Sólo lo viven. Porque, como dijo Rick: “Si tu Dios te ordena odiar, no es Dios, es tu miedo hablando.” En un mundo que margina y exige razones, ellos creen con pasos cansados y altares encendidos. Ulises sabe que su muerto lo escucha, que su fe no es ausencia sino compañía. Porque resistir es estar presentes, aunque el dolor no desaparezca, porque la fe salva y sostiene cuando todo lo demás falla.
Por: Jimena Annel Echeveste Pérez
Diez años entre mercancía, conciertos y transgresiones
Por: Elizabeh López Gómez
A veces la música sabe lo que sentimos