Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
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El día había llegado. Esa hierba tendría que morir. La desesperación había empujado a Julia hasta este extremo. Sólo quedaban ella y aquel parásito que pulsaba en sus adentros.
¡Pero qué problemático le había resultado el último año! Los achaques eran incontables; la vida misma parecía dolerle. Los remedios caseros no habían surtido efecto alguno y de los médicos ni hablar. Tras haber visto las radiografías y demás estudios, el doctor había soltado una bocanada de aire con tintes de risa y exclamado ¡no me explico cómo está usted viva!
Julia se atormentaba a sí misma todas las noches. Tejía una cobija con estambre hilado de arrepentimiento y vergüenza, luego cubría aquel cuerpo que le resultaba ya odioso. Dormía sostenida por hipótesis y dudas. ¿Cuándo había empezado el malestar?, se preguntaba pero no podía recordarlo. ¿Habría sido distinto de haberse checado antes? No lograba responderse porque el sueño desdibujaba el mapa de tristezas y dolores impreso sobre su piel y un nuevo día la despertaba siempre con susurros del sol.
Meses habían pasado desde que el primer síntoma visible había hecho su aparición, aunque seguramente el parásito llevaba dentro de ella mucho más tiempo. Quizás se había tragado una extraña semilla sin querer y eso había dado origen a este terrible malestar. Tal vez alguien, guiado por pura malicia, había logrado que Julia ingiriera al parásito sin percatarse. ¿O sería posible que se hubiera plantado solito dentro de ella? Quizá había nacido con la hierba ya adentro, esperando latente a germinar.
Las conjeturas eran infinitas, pero los datos eran concretos: Julia tenía una planta dentro de ella. Una que se extendía por todos los rincones y rinconcitos de su cuerpo.
Un día, viéndose en el espejo, notó una ramita verde y tierna saliendo de su nariz. Conforme los días siguieron pasando, los diversos cosquilleos se hacía terriblemente insoportables. Las hojitas se abrían y se asomaban al mundo desde todos los orificios de su cuerpo: orejas, nariz, boca. Era insostenible y francamente vergonzoso.
Sus rituales de mañana incluían, además de lavarse los dientes y cepillarse el cabello, recortar los excesos de planta que le salían del cuerpo. Lo hacía sin éxito alguno, pues la planta crecía de nuevo a lo largo del día jactándose de su vigorosa esencia. Estaba claro que la planta la tenía secuestrada. Julia era rehén de su propio cuerpo.
Y un día, después de comprobar que beber RAID Casa y Jardín no servía más que para darle agruras, tomó la decisión de arrancarla. ¡A qué nivel de desesperación debió de haber llegado la pobre para decidir arrancarse las entrañas!
El primer tirón fue el más incómodo, pero no el más doloroso. Tomó entre el índice y el pulgar la rama que se mecía dentro de la narina izquierda y tiró de ella con fuerza. Sintió como las uñas de los pies se le despegaban un poco. ¿Tan lejos había llegado en sus adentros? Las raíces, al ser jaladas se desprendieron de los vasos sanguíneos, desgarrándolos en su camino. La hemorragia era inminente. Con todo, siguió jalando. La ramita salía y no paraba de salir. La escena era parecida a un mago sacando incontables pañuelos de su bolsillo.
¡Pobre Julia! Sus adentros quedaron reducidos a un puré de vísceras, sangre, ramas y hojas. Lloraba un mar carmesí y, aún así, no detenía el jaloneo. El puré le taponeaba la tráquea: no podía siquiera respirar. El espectáculo no duró mucho más tiempo. Julia cayó pesada como un árbol recién talado. Al final, el dicho terminó siendo cierto: hierba mala nunca muere.
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