Facultad de Medicina
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Desde que el hombre puede llamarse hombre ha visto al día y la noche crecer junto a él. Ayudan a saber cuándo trabajar y cuándo dormir, en qué momento comer y cuándo descansar, qué instante es el mejor para salir con amigos y cuándo es mejor estar únicamente con alguien más. El sol y la luna son compañeros y testigos de la vida de cada persona. Cada humano que ha pasado y pasará por este mundo será una pequeña muestra de la obra que observan estos astros, desde la creación.
Sea casualidad o destino, el día y su luz fueron elegidos por la humanidad para ser el centro de la vida. La noche tiene una cercanía e intimidad incapaz de presentarse a plena luz. Parece que poco pasa en la noche mientras la luz ilumina las calles, pero adquiere una intensidad que consume a quien lo vive. El anonimato que la noche ofrece suele cobijar a los amantes, las revoluciones y traiciones. Es ahí también donde uno puede verse a sí mismo, sin máscaras, sin las expectativas propias y de otros; todos los roles y papeles se caen, y nos dejan en la desnudez emocional y espiritual.
Dijo una vez Ernest Hemingway: “Durante el día es extraordinariamente fácil dárselas de duro sobre cualquier asunto, pero por la noche es otro cantar”. La noche juega con la intimidad, y esto provoca que muchos le teman; es el momento donde no se puede escapar de lo que intentamos ocultar; es cuando nos vemos cara a cara con nuestros demonios. Es el encuentro con nosotros mismos en solitario, frente a aquello de lo que huimos; no hay distracciones que nos salven de nosotros mismos. Una conciencia intranquila es lo último que queremos cuando la noche cae; la oscuridad nos muestra los errores cometidos, los “hubieras”, nos hace arrepentirnos; los recuerdos de lo que ya no podemos cambiar son nuestros verdugos. La oscuridad se vuelve un telón negro y asfixiante, cae sobre nosotros, por más que intentemos quitárnosla de encima, se mantiene y nos hace sentir el peso de aquello de lo que nos escondemos y no somos capaces de enfrentar.
El mundo es completamente diferente en las noches. Las personas se convierten en todo lo que ocultan por el día. Sus deseos salen, su malicia no tiene que reprimirse más. Haruki Murakami nos muestra en After Dark cómo un oficinista común, hombre de familia, que en el día es una persona respetable y honrada, por las noches se acuesta con diferentes prostitutas que trabajan para la mafia japonesa. A veces, después de pasar la noche con ellas, las golpea y huye.
Para algunos la noche es liberadora, para otros atemorizante. Los primeros pueden ser quien quieren ser sin que los ojos externos se les presenten como un obstáculo, la noche refleja una salida o una puerta que los lleva a la libertad. Para los segundos, significa la pelea con aquello de lo que huyen y que los alcanza en cuanto sale la luna. La noche para ellos significa una lucha contra un enemigo que, al igual que ellos, descansa en el día y se encuentra listo para dar pelea pasadas las 7. Ni los primeros ni los segundos son mejores unos que otros. Los primeros no son capaces de mostrarse a sí mismos ante los demás; se esconden bajo las expectativas de los demás. Los segundos no son capaces de verse a sí mismos, se esconden en los demás para no sentir. De cierta manera, son dos caras de la misma moneda, incapaces de enfrentar su verdadero rostro; ese que se les presenta en la soledad de la noche como una maldición.
La noche puede ser una aliada o una enemiga. Es el reflejo de personas, imágenes y recuerdos, pero sin el brillo o el maquillaje que tenían durante el día. Pocas personas son capaces de enfrentar a sus demonios, aceptarlos y cambiarlos y, aunque cada noche es una oportunidad, todo depende del coraje que uno tenga. En el reflejo de la noche podemos encontrar las enseñanzas del cambio o las sombras que nos acechan.
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