Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
Domingo. Cae la noche con la misma parsimonia con la que la gente transita camino a su casa, arrastrando su ánimo y sus pies hacia la inminencia de un evento inapelablemente deprimente, entristecedor, patético: un nuevo lunes.
En un parque cualquiera se congregan malandros caídos en desgracia, almas en pena, sobrevivientes de los excesos de una noche de sábado muy cerca de allí y un grupo de niños a quienes es difícil distinguir de lejos entre habitantes de la calle, hambrientos, mendigantes y harapientos, o primos y hermanos abandonados en custodia a su propia suerte o albedrío. Mientras tanto, mientras la brisa y el bullicio de la avenida parecen llevarse en iguales proporciones la escasez de lo que el día tiene todavía por ofrecer, mi cuerpo yace inmóvil sobre la hierba de aquel lugar al que todos llaman parque a pesar de ser la antítesis de un espacio físico de relajación o de sano esparcimiento.
De repente, uno de los hombres sentados en la banca de concreto se incorpora, incómodo ante la presencia, en principio inadvertida, de los chicos que se entretenían golpeando el túnel de acrílico que hay aquí usando ramas de árboles y maderos en general. El tipo se dirige al chico mayor, el que uno puede intuir es una suerte de líder. Le señala el piso, como advirtiéndole algo que no ha visto aún, pero sobre lo que valdría la pena percatarse. Un bulto negro, inmóvil. Es casi una promesa de gozo infinito para el niño quien es seguido por sus camaradas hasta el punto donde el bulto yace inerte. Soy yo.
Me rodean y me observan detenidamente, con curiosidad y escrutinio, porque en realidad contemplan algo que va más allá de mi escueta presencia: la muerte. Son 6 o 7, cuento sus voces estridentes, agudísimas, haciendo indescifrables sus identidades casi idénticas.
En seguida, me agarran por la cola y uno de ellos me sostiene boca abajo, con el mundo de cabeza, zarandeándome y exhibiéndome a modo de trofeo a pesar de tener el propósito simultáneo de intimidar a quienes lo rodean, sus víctimas cómplices, que sólo aciertan a dar alaridos en señal de éxtasis, al tiempo que ríen posesos de la euforia y la histérica mezcla de placer y abyección. De infame sadismo.
Luego proceden a patearme y a lanzarme, hostilmente, a cualquier parte; ruedo por el piso polvoriento con tal violencia que pierdo la conciencia sobre si alguna vez, hasta ese momento, había recibido un grado de maltrato semejante cuando aún me esforzaba por ocultarme de la mirada aniquiladora del ser humano.
Aún me asalta la duda de qué es exactamente lo que justifica para ellos en su fuero interno aquel monstruoso comportamiento: si el hecho de ser simplemente una rata o, por el contrario, el hecho de estar muerta e indefensa. Sigue rondando en mí la idea sobre la irónica paradoja de si, quizá, no es más repugnante el acto que cometen en mi contra en comparación con el asco manifiesto que puede producir ser lo que soy. Es, de cierta manera, caer en cuenta de que la pérdida de la inocencia infantil es una forma en la que muere el niño que habita en las criaturas que me causaron una segunda muerte.
Por: Ruth Elizabeth Chargoy Ramírez
No sería justo reducir esto a una fotografía: yo te vi, te escuché, te sentí, te viví
Por: Sebastián Ortiz Pulido
El siguiente texto contiene spoilers de Cortar por la línea de puntos
Por: César Flores Muñoz
Un chico que buscaba algo más, y ahora era una leyenda viviente.
Por: Adrián Mayorga Rojas
¿Qué pasaría si le confiamos la humanidad a la tecnología?