Una noche de verano
Por: Mae Abigail Pérez López
El pasado también viaja en el último vagón
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
En internet, especialmente en redes sociales, llamamos “evento canónico” a una experiencia inevitable, a veces dolorosa, a veces transformadora, que nos marca para siempre. Ese momento es imposible de salvar: debes vivirlo para ser quien eres.
Ahora bien, cuando llegas a los últimos semestres de la universidad, puedes llegar a notar que el evento canónico no siempre es espectacular. A menudo es una suma de pequeñas cosas que guardas en la mochila: mañanas frías esperando el camión, charlas largas en los pastos, la crítica de un profesor exigente que te enseñó a pensar por ti mismo. También esos amores platónicos e instantáneos que nacieron y murieron en el asiento del transporte público. Y entonces, llega el final.
Terminar la carrera se siente extraño. Hay una gran felicidad por haber llegado, por ver que todo el esfuerzo dio fruto. Pero también sientes un nudo en el estómago cuando te das cuenta de que algo que durante años fue parte de tu vida está a punto de terminar.
Durante más de cuatro años los estudiantes de licenciatura vivimos dentro de una lógica que conocíamos bien. Teníamos temarios, lecturas, tareas, exámenes, horarios, una lista de materias y, claro, una calificación que mostraba cómo íbamos. La universidad, buena o mala, nos daba un mapa. Sabíamos qué semestre venía después, qué materia seguía y qué hacer para avanzar.
Hasta que un día entregamos el último trabajo, presentamos el último examen y simplemente… se acabó. Ya no hay nadie que te diga cuál es el siguiente curso. Ya no hay un porcentaje que puedas revisar para saber cuánto falta para terminar. Ya no existe una calificación que te diga si estás “aprobado” o no. Y ahí aparece esa pregunta que muchos hemos pensado, aunque cada quien la viva de manera distinta: ¿Ahora qué?
La verdad es que da miedo. Da miedo dejar los espacios que durante años sentiste tuyos. Extrañar a los amigos de siempre, los pasillos, las clases, las prisas por llegar a tiempo, los trabajos de último minuto y hasta esas cosas que en su momento hicieron que renegáramos de la universidad. Sin embargo, también hay algo bonito en no tener un mapa. Porque quizá eso forma parte del aprendizaje. Después de tantos años siguiendo instrucciones, llega el momento en que nadie te entrega las siguientes. Ahora toca escribirlas.
Y quizá por eso último, cuando miramos atrás y tratamos de entender cómo llegamos hasta aquí, vemos que este momento no empezó el día de nuestra graduación. El primer dominó cayó mucho antes. Fueron decisiones pequeñas, personas que conocimos, clases que cambiaron nuestra forma de pensar, errores, amistades, dudas y todos esos días que parecían cualquier otro día.
El verdadero evento canónico no fue salir de la carrera, fue haber tenido el coraje y también la fortuna de entrar a la UNAM. Porque quizá la universidad no nos dio todas las respuestas. Pero sí nos enseñó algo más importante: a hacernos nuestras propias preguntas.
Y ahora que ya no tenemos un mapa con líneas definidas, toca descubrir hacia dónde queremos caminar. Querido lector, si hoy estás frente a ese mismo vacío y todavía no sabes qué hacer con tu vida, está bien. No tener una respuesta inmediata no significa estar perdido. A veces también se necesita caminar un poco para descubrir el camino. No todos tenemos la obligación de saber qué sigue después de graduarnos, ni tener la vida resuelta al salir del último día de clases.
Tal vez ese sea el verdadero comienzo. Porque por primera vez, el siguiente paso no viene escrito en un temario, no tiene fecha de entrega y tampoco vale una calificación. Ahora el mapa lo dibujamos nosotros.
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