ISSN : 2992-7099

Venezuela: bisagra histórica nuevamente. Hora de las radicalizaciones

Ilustración: Horacio Leonardo Vázquez García

Fernando Buen Abad Domínguez

Fernando Buen Abad Domínguez

Rector Internacional de la Universidad Internacional de las Comunicaciones / UICOM - Venezuela

Especialista en Filosofía de la Imagen, Filosofía de la Comunicación, Crítica de la Cultura, Estética y Semiótica. Es Director de Cine egresado de New York University, Licenciado en Ciencias de la Comunicación, Master en Filosofía Política y Doctor en Filosofía.

Miembro del Consejo Consultivo de TeleSur, de la Asociación Mundial de Estudios Semióticos, de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad y del Movimiento Internacional de Documentalistas. Ha sido asesor del Centro de Investigación Aplicada en Recursos Audiovisuales CIARA; fue rector-fundador de la Universidad de la Filosofía; y ha obtenido distinciones diversas por su labor intelectual. Es profesor de la Universidad Nacional de Avellaneda y de la Universidad Nacional de Lanús. ​Actualmente es Rector Internacional de la Universidad Internacional de las Comunicaciones / UICOM, miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad y Director de la Cátedra Sean MacBride UICOM

7 enero, 2026

Aquí se asume una perspectiva filosófica, crítica, semiótica, comunicacional y humanista para abordar la realidad venezolana como un proceso histórico en disputa, atravesado por luchas de clases, batallas simbólicas y una profunda vocación emancipatoria que no puede ser reducida a consignas ni a caricaturas mediáticas. Venezuela no es un “accidente” ni un “problema” aislado, es un escenario vivo de la confrontación entre una revolución popular de soberanía y justicia social contra un sistema mundial que no tolera rebeldías en su lógica de dominación económica, cultural y geopolítica. Comprender a Venezuela exige entender la perversión del colonialismo persistente, el capitalismo financiero, la guerra cognitiva atacando a la resistencia de los pueblos que se niegan a ser administrados como mercancía. Con la Revolución Bolivariana, el pueblo venezolano se convirtió en sujeto histórico consciente de su papel, heredero de las luchas independentistas y constructor de una democracia participativa que desborda los moldes burgueses tradicionales, esos que reducen la política al ritual electoral y la ciudadanía a un consumidor pasivo.

Hoy se multiplica un repudio mundial por la intervención militar norteamericana en Venezuela y la canallada de secuestrar al presidente Nicolás Maduro, quien no es una anécdota coyuntural ni una reacción emotiva; es un líder parido por una herencia popular ética, política y jurídica fundada en la defensa del derecho de los pueblos, la autodeterminación y en el rechazo categórico a la lógica imperial que pretende sustituir la soberanía por la fuerza. La intervención y la captura del jefe de Estado venezolano constituye una violación flagrante del derecho internacional, de la Carta de las Naciones Unidas y de los principios más elementales de convivencia entre las naciones. El problema no es únicamente de Venezuela; se ha sentado un precedente peligroso, según el cual el poder militar y financiero puede imponerse por encima de la voluntad popular expresada en un proceso político interno.

Sepamos que la Revolución Bolivariana no surge de la nada ni de un voluntarismo iluminado; evoluciona de una acumulación histórica de exclusiones, saqueos y silenciamientos que marcaron a Venezuela durante décadas de democracia falsa al servicio de élites rentistas. Hugo Chávez encarnó una rebeldía popular que devolvió la palabra a los “nadie”, rebeldía que politizó lo cotidiano y que resignificó la idea de Estado como herramienta para la justicia social. Desde entonces, el proyecto bolivariano ha colocado en el centro la dignidad humana, entendida no como abstracción moral sino como derecho material a la educación, la salud, la vivienda, la cultura y la participación. Esa centralidad humanista es intolerable para un orden mundial capitalista que necesita pueblos despolitizados y recursos naturales disponibles para la rapiña transnacional.

Por lo tanto, la ofensiva contra Venezuela no puede leerse solamente en términos económicos, aunque el bloqueo criminal y las sanciones ilegales han tenido efectos devastadores sobre la vida cotidiana. Se trata de una guerra integral y multidimensional donde la comunicación es un campo de batalla decisivo con medios hegemónicos que no informan, sino que fabrican consenso, producen sentido común y convierten la mentira en mercancía rentable. Venezuela ha sido objeto de una narrativa distorsiva sistemática, de demonización, que busca deshumanizar a su pueblo, presentar su sufrimiento como castigo merecido y borrar toda responsabilidad del imperialismo en la crisis inducida. Esa narrativa no es un error ni una exageración, es un arma. Frente a ella, la Revolución Bolivariana ha intentado construir una comunicación popular, comunitaria y crítica ⎯todavía insuficiente, pero profundamente necesaria⎯ que dispute el sentido de la realidad y devuelva la palabra a quienes históricamente fueron hablados por otros.

Esta invasión a Venezuela ⎯entendida no sólo como una eventual agresión militar directa, sino como un proceso prolongado de asedio multiforme que incluye sanciones económicas, bloqueos financieros, operaciones de deslegitimación política y amenazas explícitas de uso de la fuerza⎯ constituye una derrota profunda del derecho internacional y, al mismo tiempo, el nacimiento de una nueva exigencia histórica de unidad popular tanto a escala nacional como regional y global. El derecho internacional ⎯construido formalmente sobre principios como la soberanía de los Estados, la no intervención, la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de las controversias⎯ queda gravemente agraviado y desmentido cuando un país es sometido durante años a medidas coercitivas unilaterales que no cuentan con aval multilateral y que afectan de manera directa las condiciones de vida de su población. En el caso venezolano, estas prácticas han sido normalizadas por las potencias que se arrogan la facultad de decidir qué gobiernos son legítimos y cuáles no, quién merece protección jurídica y quién puede ser castigado colectivamente en nombre de una moral política selectiva. 

Cuando el derecho internacional tolera o, incluso, justifica que se congele el acceso a recursos, se impida la compra de alimentos y medicinas, se confisquen activos estatales en el extranjero y se amenace abiertamente con intervenciones armadas, deja de operar como un marco de regulación común y se revela como un dispositivo subordinado a relaciones de poder profundamente desiguales. La situación de Venezuela pone en evidencia que el derecho internacional contemporáneo no fracasa por falta de normas, sino por la ausencia de voluntad política para aplicarlas de manera universal y por su captura por intereses geopolíticos y económicos que se sitúan por encima de cualquier consideración humanitaria real. 

Esta derrota no es abstracta ni teórica, se traduce en sufrimiento concreto, en deterioro de las capacidades productivas, en migraciones forzadas y en una sensación generalizada de indefensión frente a un orden mundial que castiga la disidencia política y económica. Sin embargo, esta misma experiencia de agresión y vulnerabilidad ha ido gestando una conciencia distinta, una comprensión cada vez más extendida de que la protección de los pueblos no puede delegarse exclusivamente en instituciones internacionales que han demostrado su incapacidad o su falta de independencia. 

De allí emerge una nueva exigencia de unidad popular que no se limita a la defensa de un gobierno o de una coyuntura específica, sino que se articula en torno a la defensa del derecho de los pueblos a decidir su propio destino sin coerción externa. En Venezuela, esta unidad se manifiesta como una respuesta a la fragmentación inducida, a los intentos de dividir a la sociedad entre bandos irreconciliables para facilitar la intervención, y se proyecta como una necesidad vital para sostener la soberanía en condiciones extremas. 

Pero esta exigencia trasciende las fronteras nacionales, porque la agresión contra Venezuela funciona como un precedente peligroso para cualquier país que intente salirse de los márgenes impuestos por el orden hegemónico. La unidad popular, en este sentido, comienza a pensarse como un principio internacionalista desde abajo, una red de solidaridades entre pueblos que reconocen que la violación del derecho internacional contra uno debilita la seguridad jurídica y política de todos. Frente a un sistema en el que las normas se suspenden cuando estorban a los intereses de las grandes potencias, la unidad popular aparece como el único contrapeso real capaz de denunciar la hipocresía, resistir la naturalización del castigo colectivo y sostener una narrativa alternativa a la de la intervención “humanitaria” que encubre proyectos de dominación. 

Esta unidad no surge espontáneamente ni está exenta de tensiones, se construye en medio de contradicciones internas, debates políticos y diferencias sociales, pero se vuelve imprescindible cuando la amenaza externa redefine las prioridades históricas. La invasión, en cualquiera de sus formas, revela con crudeza que el derecho internacional no se defiende sólo en tribunales o declaraciones diplomáticas, sino en la capacidad de los pueblos de organizarse, de comprender el carácter estructural de la agresión y de articular respuestas colectivas que combinen resistencia y propuesta. 

En ese proceso, la unidad popular no es un fin en sí mismo ni una consigna vacía, sino una condición para reabrir la posibilidad de un orden internacional distinto donde el derecho no sea un privilegio administrado por los poderosos, sino una herramienta efectiva al servicio de la justicia y la autodeterminación. La derrota del derecho internacional en Venezuela, lejos de clausurar la historia, expone sus límites actuales y plantea la urgencia de reconstruirlo desde otras bases y con un protagonismo popular que impida que la legalidad vuelva a ser utilizada como máscara de la fuerza. 

Así, la agresión se transforma también en un punto de inflexión en el que la defensa de la soberanía venezolana se entrelaza con una lucha más amplia por la recuperación del sentido mismo del derecho internacional y por la afirmación de una unidad popular consciente de que, en un mundo marcado por la desigualdad y la violencia estructural, sólo la solidaridad activa entre los pueblos puede enfrentar de manera real la ley del más fuerte.

Defender al pueblo venezolano implica rechazar el chantaje moral que condena a la víctima y absuelve al victimario. Ningún análisis honesto puede ignorar el impacto del bloqueo financiero, la confiscación de activos, el sabotaje petrolero y la asfixia comercial que han limitado severamente la capacidad del Estado para garantizar bienestar. Tampoco puede negarse la existencia de errores, burocratismos y desviaciones internas que deben ser enfrentadas con autocrítica revolucionaria y no con cinismo destructor. La diferencia es ética y política. La crítica, desde las bases del pueblo, busca profundizar la revolución; la crítica del enemigo busca liquidarla. En ese sentido, la lealtad al proceso bolivariano no es obediencia ciega, sino compromiso consciente con la transformación social y con la defensa de la soberanía frente a la injerencia extranjera.

Toda la experiencia venezolana aporta lecciones fundamentales para los pueblos del mundo. Demuestra que es posible disputar la renta de los recursos naturales para ponerla al servicio de las mayorías, que la democracia puede ser participativa y protagónica, y que la integración latinoamericana es una necesidad estratégica frente a un capitalismo global en crisis civilizatoria. También muestra los límites y desafíos que impiden construir socialismo en un sólo país, rodeado de hostilidad, dependencias estructurales y una cultura colonizada que no se transforma de la noche a la mañana. Pero incluso en la dificultad, Venezuela resiste, crea, se reinventa y sostiene una esperanza concreta que no se rinde ante el dogma neoliberal del “no hay alternativa”.

Desde una ética humanista radical, la Revolución Bolivariana es, ante todo, una afirmación de la vida frente a la muerte que impone el capitalismo. Es la defensa del derecho a existir con dignidad, a pensar con cabeza propia y a organizar la sociedad en función del bien común. Por eso, el ataque contra Venezuela es también un ataque contra la posibilidad misma de imaginar otros mundos. Defender al pueblo venezolano es defender la memoria de los pueblos que luchan, la palabra crítica frente al ruido mercantil y la política como acto de amor colectivo. En tiempos de confusión inducida y cinismo global, Venezuela sigue siendo un territorio de disputa simbólica donde se juega algo más que un destino nacional; se juega la posibilidad de que la humanidad no renuncie a su derecho a la justicia, a la soberanía y a la esperanza organizada.

Cabe señalar que la dialéctica de la lucha antiimperialista en Venezuela no puede comprenderse sin asumirla como una continuidad histórica viva, donde la herencia de Hugo Chávez, el aporte de Nicolás Maduro y la contribución estratégica de Delcy Rodríguez no son momentos aislados ni figuras intercambiables, sino expresiones concretas de un mismo proceso de confrontación entre un proyecto emancipador y las múltiples formas de dominación imperial contemporánea. Chávez inaugura una ruptura epistemológica y política al devolverle al pueblo la conciencia de su fuerza histórica, al nombrar al imperialismo no como una abstracción retórica, sino como una estructura material de saqueo, subordinación cultural y violencia simbólica. Su legado fundamental no es sólo institucional o programático, sino pedagógico; enseñó a leer la realidad en clave de lucha de clases, a reconocer al enemigo en sus múltiples máscaras —financiera, mediática, militar, diplomática— y a entender que la independencia no es un hecho consumado, sino una tarea permanente. Chávez politizó el dolor social, lo transformó en conciencia organizada y sembró una ética revolucionaria basada en la lealtad al pueblo como sujeto histórico y no como masa administrada.

Esa herencia no se conserva intacta ni se repite mecánicamente; se desarrolla en condiciones más adversas bajo el liderazgo de Nicolás Maduro, a quien le ha correspondido conducir el proceso bolivariano en la fase más agresiva de la ofensiva imperial. La dialéctica aquí es clara: a mayor radicalización del asedio externo, mayor necesidad de resistencia creativa interna. Maduro no hereda un momento de expansión, sino un escenario de cerco económico, guerra híbrida y sabotaje sistemático, donde gobernar se convierte en un acto cotidiano de defensa nacional. 

Su aporte histórico reside en sostener la dialéctica del Estado revolucionario y del proyecto bolivariano cuando muchos apostaban a su colapso, en haber convertido la resistencia en una forma de gobierno y en haber afirmado que la soberanía no se negocia ni bajo chantaje ni bajo amenaza. En esa praxis, el antiimperialismo deja de ser consigna para volverse administración de la escasez impuesta, reorganización productiva, diplomacia activa y reafirmación del poder popular como anclaje político frente a la desestabilización permanente.

Así, la contribución de Delcy Rodríguez se inscribe hoy en esta misma dialéctica como una expresión de la batalla política, jurídica y comunicacional en el plano internacional. Su papel será clave para desmontar la narrativa hegemónica que pretende presentar la agresión imperial como “preocupación humanitaria” y el saqueo como “sanciones”. Rodríguez ha confrontado, con rigor político y firmeza discursiva, los foros del poder global donde se legitima la violencia económica contra los pueblos, evidenciando que el bloqueo no es un error de política exterior, sino un crimen planificado. Su aporte no será sólo técnico o diplomático, sino profundamente político; colocar la verdad del pueblo venezolano en espacios hostiles, defender el derecho internacional desde una perspectiva de soberanía popular y demostrar que la lucha antiimperialista también se libra en el terreno del lenguaje, del derecho y de la legitimidad simbólica.

En conjunto, Chávez, Maduro y Rodríguez expresan momentos distintos de una misma contradicción histórica: la de un pueblo que decide no someterse. La dialéctica antiimperialista venezolana no es lineal ni exenta de tensiones internas, pero se sostiene en una coherencia fundamental: la defensa de la autodeterminación bolivariana frente a un sistema mundial que necesita disciplinar cualquier experiencia que se atreva a priorizar al ser humano sobre la ganancia. En esa coherencia, el pueblo venezolano no es espectador, sino protagonista, y la Revolución Bolivariana no es un dogma cerrado, sino un proceso abierto que se redefine en la lucha. Reforzar esta dialéctica es afirmar que la historia no ha terminado, que el imperialismo no es invencible y que la dignidad organizada sigue siendo una fuerza material capaz de resistir, crear y disputar el futuro.

Por ello, es preciso señalar que toda la historia reciente de América Latina y del mundo ofrece pruebas sobradas de que las intervenciones militares estadounidenses no han tenido como objetivo la defensa de la democracia y de los derechos humanos, sino el control geopolítico, el acceso a recursos estratégicos y la imposición de modelos económicos funcionales a intereses corporativos. Allí donde han intervenido, han dejado Estados fallidos, sociedades fragmentadas, violencia estructural y generaciones enteras condenadas a la pobreza y al desarraigo. Pretender aplicar esa misma receta a Venezuela, bajo el disfraz de “rescate” o “liberación”, es un acto de cinismo político que insulta la inteligencia de los pueblos y normaliza la violencia como herramienta de política exterior.

El secuestro de Nicolás Maduro, más allá de la figura individual del presidente, representa un ataque directo contra el pueblo venezolano como sujeto político. No es un asunto personal ni partidista: es la negación del derecho de una nación a resolver sus conflictos sin tutelaje extranjero. La criminalización del liderazgo bolivariano forma parte de una estrategia más amplia de deslegitimación que busca justificar cualquier atropello mundial posterior, desde el bloqueo económico hasta la agresión armada. Convertir a un presidente electo en “reo” es una práctica colonial que pretende reinstalar la ley del más fuerte como norma global.

El repudio mundial a estas violaciones flagrantes se expresa en la solidaridad activa de pueblos, movimientos sociales, intelectuales, juristas y Estados que comprenden que la paz internacional no puede sostenerse sobre la base del chantaje y la intimidación. Defender a Venezuela es defender el principio de que ningún país tiene derecho a decidir el destino de otro, de que las diferencias políticas no se resuelven con marines ni con sanciones, y de que la democracia no puede imponerse a bombazos. Es también rechazar la guerra cognitiva que intenta presentar la intervención como solución y la violencia como acto humanitario, con el petróleo como telón de fondo y causa suprema.

Desde una perspectiva humanista y antiimperialista, el repudio mundial a la intervención militar y al secuestro de Nicolás Maduro es una afirmación del valor de la vida, de la legalidad internacional y de la memoria histórica de los pueblos que han sufrido las consecuencias del imperialismo. Es decir, Venezuela no es un botín de guerra, su pueblo no es un estorbo ni un daño colateral y su proceso político ⎯con todas sus tensiones y desafíos⎯ sólo puede ser transformado por los venezolanos y venezolanas. Frente a la invasión imperial y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, la respuesta del mundo consciente es la solidaridad, la denuncia y la defensa irrestricta de la soberanía como condición indispensable para cualquier proyecto de justicia social y paz duradera. Una revolución por la unidad. 

Por ello, mantener viva la Revolución Bolivariana y radicalizarla, no significa endurecerla dogmáticamente ni empujarla hacia una épica vacía, sino profundizar su contenido emancipador, su democracia popular y su horizonte humanista en un contexto histórico de asedio permanente. La radicalización auténtica no es grito ni gesto, sino raíz; ir a las causas estructurales de la dominación y enfrentarlas con organización consciente, ética revolucionaria y poder popular real. Una revolución que no se radicaliza se burocratiza; una revolución que no se renueva se convierte en administración del pasado. Por eso, mantenerla viva exige comprender que la lucha no es sólo contra el imperialismo externo, sino también contra las formas internas de reproducción del capital, del rentismo, del privilegio y de la cultura colonial que sobreviven incluso dentro de los procesos transformadores y de las traiciones.

Hasta aquí es importante recalcar que Nicolás Maduro está siendo sometido a un juicio imperial injusto, no sólo en el sentido restringido de un proceso judicial formal con garantías, sino en el marco más amplio y corrosivo de una condena política previa, dictada por centros de poder que se arrogan la potestad de juzgar, sancionar y castigar a dirigentes y pueblos enteros al margen de cualquier principio auténtico de legalidad internacional. No se trata de un juicio orientado a esclarecer responsabilidades concretas ni a proteger derechos humanos universales, sino de una operación de disciplinamiento geopolítico que utiliza el lenguaje del derecho como coartada moral para legitimar la agresión. 

En este escenario, la figura de Maduro funciona como símbolo concentrado de una desobediencia más profunda; la de un Estado que insiste en preservar márgenes de soberanía política y económica en un orden mundial que penaliza severamente cualquier desviación del “consenso” impuesto por las potencias dominantes. El carácter imperial de este juicio no reside únicamente en quién lo promueve, sino en la asimetría radical entre acusadores y acusado, en la inexistencia de un tribunal imparcial, en la negación sistemática del debido proceso y en la selectividad obscena con la que se invoca la justicia. 

Mientras líderes alineados con los intereses hegemónicos gozan de una indulgencia estructural frente a violaciones comprobadas de derechos humanos, guerras de agresión o represiones internas, Venezuela es colocada bajo una lupa punitiva permanente que transforma toda decisión política en prueba de culpabilidad. Esta lógica no busca justicia sino escarmiento y, al hacerlo, degrada el propio concepto de justicia hasta convertirlo en un instrumento de guerra política. 

Aquí, la acusación de “narco-terrorismo” hecha por Donald Trump contra Nicolás Maduro, entre otras muchas, constituye un dispositivo semiótico de rendimiento ideológico calculado, cuya potencia performativa excede su aparente simplicidad verbal. No puede analizarse como un simple rótulo descriptivo, sino como una operación estratégica que articula intereses geopolíticos, economías discursivas y tecnologías de producción de sentido orientadas a la construcción de un enemigo legitimador. El signo “narco-terrorismo” no remite a hechos verificables, sino a una arquitectura simbólica diseñada para instalar un marco interpretativo que convierte al Estado venezolano en una entidad paria, criminalizable y susceptible de intervención. Es un signo cargado de vectores semánticos que condensan, en una fórmula impactante, varias décadas de ingeniería discursiva estadounidense sobre América Latina.

Desde un punto de vista científico-semiótico, el término funciona como un “signo complejo de coagulaciones ideológicas”, integra dos núcleos semánticos –“narco” y “terrorismo”– que han sido previamente sobre-determinados por la maquinaria comunicacional y jurídica de Estados Unidos. En la historia reciente, ambos conceptos han operado como justificaciones simbólicas para intervenciones militares, sanciones y operaciones encubiertas. El efecto de fusionarlos es multiplicar su carga afectiva y su valor persuasivo. La estrategia semiótica consiste en explotar el capital histórico del miedo, la repulsión moral y la excepcionalidad jurídica acumulados por esos términos, trasladándoles hacia un Estado soberano mediante un acto performativo de nominación. No se trata sólo de un insulto político; es una “clasificación de guerra”, un signo que habilita un régimen de acciones extraordinarias.

Ese dispositivo semiótico “narco-terrorismo” funciona entonces como un “signo operador” que no describe, sino que activa. Produce un marco cognitivo en el que Nicolás Maduro aparece como amenaza transnacional. Esta operación se sostiene en la lógica del “enemigo total”, donde el antagonista no es un gobierno específico, sino una entidad que combina crimen organizado y violencia política global. En términos de semiótica crítica, el signo se incrusta en la “economía política del imaginario”, donde los medios corporativos actúan como máquinas de reproducción de la nominación, amplificando su efecto hasta convertirlo en un hecho socialmente percibido como evidente. La manufactura de consenso se alimenta de la repetición disciplinada; los titulares, discursos, informes y declaraciones se alinean para consolidar el signo hasta desmaterializar cualquier análisis empírico que lo cuestione.

Un análisis riguroso requiere observar la estructura sintáctica de la acusación; se trata de una operación de interpelación directa (“Venezuela es un narco-estado terrorista”), donde el sujeto de la frase (el Estado venezolano) es capturado en un predicado intensivo que elimina matices, procesos y contradicciones. La estructura “S = T” (Sujeto = Terrorista) instala una identidad fija, no una descripción temporal o condicional. El signo funciona, así, como marca ontológica: Maduro “es”, esencialmente, una amenaza. Esta esencialización transforma un fenómeno geopolítico complejo en una entidad moralmente condenable. Tal operación corresponde a la técnica imperial de “metáforas absolutas”, aquellas que transforman un conflicto político en un relato teológico del bien contra el mal.

Tal elección del término también responde a un diseño pragmático orientado hacia la opinión pública estadounidense y los sectores de la “clase media” internacional fuertemente colonizados. El uso de “narco-terrorismo” activa, en el imaginario social, una cadena de asociaciones fuertemente instaladas; desde la “Guerra contra las drogas” y la “Guerra contra el terrorismo”, carteles mexicanos, 11-S, ISIS, Afganistán, Colombia paramilitar, y toda la iconografía audiovisual creada por Hollywood y los noticieros. Esta semiosis acumulada es puesta en circulación para construir un enemigo latinoamericano moldeado según las necesidades estratégicas del momento. No importa la ausencia de evidencia; importa la eficacia simbólica.

Semejante acusación se inscribe en la dinámica del “terrorismo semiótico imperial”; es decir, el uso de signos aterrorizantes para disciplinar conciencias y justificar agresiones. Estados Unidos declara “narco-terrorista” a un jefe de Estado como parte de un procedimiento de “marcado simbólico” que antecede cualquier acto de presión económica o militar. Se trata de una etapa de la guerra comunicacional que busca ensuciar el terreno para desplegar toda clase de medidas coercitivas, más sanciones, más cerco diplomático, operaciones psicológicas, narrativas humanitarias y, eventualmente, incursiones militares. El signo es el primer disparo.

Un análisis denotativo revela la paradoja. Estados Unidos es uno de los mayores consumidores de drogas del mundo, su sistema financiero ha servido sistemáticamente de plataforma para lavado de dinero, y ha operado durante décadas con carteles aliados en diferentes regiones. Sin embargo, la enunciación imperial permite invertir la carga semántica donde el acusador se presenta como defensor de la ley global y el acusado como foco de criminalidad. Esta operación semiótica se explica por lo que se denomina “inversiones ideológicas”, que son mecanismos donde el poder atribuye al otro aquello que caracteriza sus propias prácticas.

En el nivel connotativo, “narco-terrorismo” proyecta imágenes de caos, clandestinidad, violencia extrema, redes internacionales y amenaza inminente. Su eficacia deriva de la saturación sensorial; el concepto llama al miedo como herramienta política. El miedo es uno de los vectores semióticos más eficientes para colonizar la conciencia. En este sentido, el término produce un efecto de “cierre cognitivo”: el destinatario, invadido por la amenaza simbólica, acepta sin resistencia las medidas que se derivan del diagnóstico oficial.

En el nivel pragmático, la acusación cumple tres funciones: 1. Justificar la intensificación del bloqueo económico, presentándolo no como agresión sino como medida de seguridad global; 2. Deslegitimar al gobierno venezolano en el escenario internacional, reduciéndolo a una entidad criminal sin derecho a autodeterminación; y 3. Anestesiar a la opinión pública ante la intervención y el secuestro del presidente legítimo de los venezolanos.

Así es la construcción de una “ingeniería del consentimiento criminalizante”. Para ello, el discurso se presenta como lucha contra el mal absoluto. Es la “teología comunicacional del imperio”; una narrativa donde Estados Unidos se ubica en el lugar del salvador universal y cualquier resistencia se interpreta como amenaza diabólica. Debe notarse también la dimensión colonial del signo. América Latina ha sido históricamente convertida en laboratorio de nominaciones disciplinarias: “patio trasero”, “repúblicas bananeras”, “estados fallidos”, “dictaduras socialistas”, “amenazas narcoterroristas”. Estas categorías no describen realidades, las producen. Funcionan como tecnologías de subjetivación geopolítica. Desde la ciencia semiótica crítica entender estas nominaciones es indispensable para comprender la arquitectura simbólica del imperialismo.

La acusación de Trump no surge aislada; es parte de una cadena discursiva donde el imperialismo norteamericano fabrica enemigos según sus intereses económicos y estratégicos. La retórica del “narco-terrorismo” busca ocultar las razones materiales del conflicto: control del petróleo, disciplinamiento geopolítico, intervención en los procesos de integración regional y apropiación de recursos energéticos. El signo esconde la estructura. Su guerra mediática es siempre un intento de separar el pensamiento de la realidad material para someterlo a la ideología dominante.

Es necesario desmantelar estas operaciones mediante una praxis crítica de la comunicación. Comprender el signo “narco-terrorismo” no basta; es necesario producir contra-semiosis que devuelvan complejidad, historicidad y materialidad al análisis de los conflictos. El pensamiento crítico es un acto de defensa de la conciencia, pero aislado de la praxis es insuficiente. Desactivar el terror semiótico es una forma de emancipación. El signo imperial debe ser desmontado para que la realidad vuelva a hablar con su propio espesor y no bajo el ruido ensordecedor de la propaganda. Y, también, para articular nuestros propios enunciados para la liberación

Ese juicio imperial contra Maduro es inseparable del cerco económico, financiero y diplomático impuesto al país, pues ambos forman parte de una misma arquitectura de coerción cuyo objetivo último es quebrar la voluntad popular mediante el desgaste material y simbólico. Las sanciones, presentadas cínicamente como medidas “dirigidas”, operan en la práctica como castigos colectivos que deterioran las condiciones de vida de millones de personas y, luego, ese deterioro es utilizado como argumento adicional para reforzar la acusación contra el gobierno, cerrando un círculo perverso en el que la causa y el efecto se confunden deliberadamente. 

Estamos ante un crimen burgués disfrazado de justicia porque responde a la racionalidad de una clase dominante global que no tolera experiencias políticas que cuestionen, siquiera parcialmente, la sacralidad del mercado, la privatización de lo común y la subordinación de los Estados periféricos a los dictados del capital transnacional. La burguesía imperial no necesita ya de golpes de Estado clásicos para imponer su voluntad; ha perfeccionado mecanismos más sofisticados que combinan lawfare,(1), asfixia económica, manipulación mediática y aislamiento internacional; todo envuelto en una retórica jurídica que pretende conferir respetabilidad a lo que no es otra cosa que violencia estructural. 

En este contexto, la figura de Maduro es demonizada no por lo que es individualmente, sino por lo que representa políticamente: la persistencia de un proyecto que, con todas sus contradicciones y límites, se niega a ser plenamente domesticado. La injusticia del juicio imperial no implica negar la complejidad de la realidad venezolana ni idealizar su proceso político, sino afirmar un principio más elemental y más profundo: ningún pueblo ni ningún dirigente puede ser juzgado legítimamente por poderes externos que actúan como juez y parte, que imponen condiciones materiales de colapso y, luego, se erigen en árbitros morales de las consecuencias de dicho colapso. 

La guerra burguesa es también ⎯y quizá, sobre todo, en nuestra época⎯ una guerra mediática, una contienda sin trincheras visibles pero con daños profundos, donde la palabra se convierte en proyectil y la imagen en campo minado, y en la que el odio de clase no sólo se expresa sino que se goza, se celebra y se exhibe con una obscenidad que ya no intenta ocultarse. En este teatro de operaciones simbólicas, ciertos sectores del periodismo abandonan cualquier pretensión de mediación crítica y se entregan con fervor casi litúrgico a la función que les ha sido asignada, no informar, sino excitar; no comprender, sino condenar; no esclarecer, sino producir sentido en favor de los dueños del poder. 

Hay en sus discursos una voluptuosidad difícil de disimular, una suerte de placer íntimo que se filtra en los adjetivos, en los silencios calculados, en la repetición obsesiva de consignas disfrazadas de datos. No se trata sólo de obediencia, sino de identificación, de una fusión subjetiva entre el narrador y el mandato que recibe; como si en cada titular, en cada editorial, en cada gesto de falsa indignación se consumara un pequeño orgasmo simbólico destinado a confirmar la pertenencia al mundo de los vencedores. 

Este periodismo servil no actúa únicamente por miedo o conveniencia material, sino por una forma más profunda de adhesión ideológica que encuentra en la guerra mediática un espacio de autorrealización. En su éxtasis informativo hay algo más que cinismo; hay una pulsión de castigo, un deseo de ver humillado al enemigo de clase, reducido a caricatura, despojado de toda complejidad humana y política. Así, la guerra burguesa se libra en el terreno del lenguaje con una eficacia devastadora, porque no necesita demostrar, sólo insistir; no necesita convencer, sólo saturar; no necesita verdad, sólo verosimilitud repetida hasta el cansancio. La realidad es fragmentada, reordenada y empaquetada en relatos que naturalizan la violencia estructural y presentan la agresión como sentido común. 

En ese proceso, el odio burgués se refina, se estetiza, se vuelve elegante, se pronuncia con dicción correcta y se legitima con gráficos, expertos a medida y estadísticas amputadas. El periodismo que participa de esta maquinaria no se limita a narrar la guerra, sino que la produce, la intensifica y la goza porque en ella reafirma su lugar en la jerarquía social, su proximidad simbólica al poder, su distancia respecto de los cuerpos que sufren las consecuencias materiales de las decisiones que celebra. Cada crisis amplificada selectivamente, cada imagen descontextualizada, cada escándalo inflado cumple la función de anestesiar la empatía y disciplinar la percepción colectiva. 

Se construye así una pedagogía del desprecio que enseña a mirar hacia abajo con desdén y hacia arriba con indulgencia, una pedagogía que convierte la desigualdad en mérito y la resistencia en delito. En esta guerra mediática no hay neutralidad posible, aunque se la invoque como coartada, porque la selección misma de lo que merece ser contado y de lo que puede ser omitido ya constituye una toma de partido. El periodismo servil, lejos de ser una víctima pasiva del poder económico, actúa como su cómplice entusiasta, como su intérprete emocional, como el dispositivo encargado de traducir los intereses de clase en narrativas digeribles para el consumo masivo. 

Por eso, sus éxtasis no son accidentales, son la expresión de una satisfacción profunda al ver confirmada la eficacia de su labor, al comprobar que la estigmatización funciona, que la mentira repetida se vuelve clima, que la duda se disuelve en certeza fabricada. La guerra burguesa necesita de este periodismo como el fuego necesita oxígeno, porque es allí donde se produce la legitimación cotidiana de lo injustificable, donde se normaliza el saqueo, donde se romantiza la violencia económica y se criminaliza toda forma de insubordinación. 

Mientras tanto, bajo esa lluvia constante de palabras envenenadas, millones de conciencias son interpeladas no como sujetos críticos, sino como espectadores de un espectáculo diseñado para provocar adhesión emocional antes que reflexión. La obscenidad no está sólo en lo que se dice, sino en el goce con que se dice, en la sonrisa apenas disimulada ante la desgracia ajena, en la excitación moral que produce sentirse del lado correcto del relato dominante. Esta es la guerra burguesa en su versión más sofisticada; una guerra que no necesita balas visibles porque dispara sentido, que no ocupa territorios físicos porque coloniza imaginarios, y que encuentra en cierto periodismo no sólo a un aliado funcional, sino a un amante apasionado que, entre jadeos informativos y clímax editoriales, confirma una y otra vez su lealtad a los jefes y a los dueños, aun cuando esa lealtad implique sacrificar la verdad, la dignidad y cualquier vestigio de humanidad compartida.

Por todo eso, la solidaridad internacional se vuelve entonces no una opción ética secundaria, sino una responsabilidad histórica urgente. Detener este crimen exige desmontar la narrativa que presenta la agresión como justicia y la resistencia como delito, exige romper el cerco informativo que reduce una realidad compleja a consignas simplificadoras, y exige afirmar, con claridad y sin ambigüedades, que la defensa de la soberanía venezolana es inseparable de la defensa del derecho de todos los pueblos a decidir su propio camino sin coerción externa. La solidaridad no puede limitarse a gestos simbólicos o declaraciones formales; debe expresarse como acción política consciente, como articulación entre movimientos sociales, organizaciones populares, intelectuales y Estados que comprendan que el precedente que se intenta consolidar en Venezuela puede aplicarse mañana contra cualquier experiencia que desafíe el orden establecido. 

En un mundo donde el derecho internacional ha sido progresivamente vaciado de contenido emancipador y colonizado por intereses imperiales, la solidaridad internacional emerge como una forma superior de justicia no codificada en tribunales capturados, sino encarnada en la voluntad colectiva de impedir que la fuerza se disfrace de legalidad. Detener el juicio imperial contra Nicolás Maduro no es un acto de adhesión personal ni de obediencia ideológica; es una toma de posición frente a un sistema que criminaliza la diferencia política y normaliza el castigo colectivo como herramienta de gobierno global. Es afirmar que la justicia no puede construirse sobre el hambre inducida, la humillación diplomática y la negación del diálogo soberano. 

Es reconocer que, detrás del ataque a un dirigente, se despliega una ofensiva contra la idea misma de que los pueblos puedan ser sujetos de su propia historia. Por eso, la solidaridad internacional no es caridad ni retórica vacía; es una forma de autodefensa colectiva frente a un orden que, si no encuentra resistencia, seguirá perfeccionando sus mecanismos de dominación bajo el rostro hipócrita de la justicia. En la medida en que este crimen burgués sea nombrado como tal, denunciado y enfrentado desde una conciencia crítica global, se abrirá también la posibilidad de recuperar el sentido profundo de la justicia como expresión de igualdad, dignidad y autodeterminación, y no como arma al servicio de los poderosos.

Si la Revolución Bolivariana nació como una ruptura histórica con el orden oligárquico y dependiente, su vigencia depende de que siga siendo una herramienta del pueblo y no un fin en sí misma. Radicalizarla implica fortalecer la democracia participativa y protagónica más allá de lo formal, devolviendo capacidad real de decisión a las comunas, a los consejos de trabajadores, a las organizaciones de base y a los movimientos sociales. No se trata de adornar el discurso con la palabra “poder popular”, sino de transferir efectivamente poder económico, político y comunicacional a las mayorías organizadas. Sin pueblo consciente y protagonista, no hay revolución posible; sólo hay gestión estatal bajo presión.

En el plano económico, la radicalización pasa por romper de manera progresiva, pero firme, con la lógica rentista y dependiente que ha sido históricamente el talón de Aquiles de Venezuela. Defender la soberanía no es sólo resistir más de mil sanciones imperiales, sino construir un modelo productivo orientado a las necesidades sociales y no a la acumulación privada. Eso exige planificación democrática, control social de los recursos estratégicos, combate frontal a la corrupción y una ética pública que haga incompatible el enriquecimiento personal con la función revolucionaria. La moral revolucionaria no es un adorno discursivo, es una fuerza material sin la cual el proyecto pierde legitimidad y horizonte.

En el terreno cultural y comunicacional, radicalizar la revolución significa disputar el sentido común colonizado que el capitalismo inocula incluso en los pueblos que resisten. No basta con defenderse de la mentira mediática externa; es necesario producir pensamiento crítico, comunicación popular y pedagogía política permanente. La revolución se sostiene en la revolución de la conciencia, no sólo en la necesidad. Un pueblo informado, crítico y organizado es infinitamente más poderoso que cualquier aparato coercitivo. Por eso, la batalla de ideas no es secundaria, sino una condición de posibilidad para la continuidad del proceso bolivariano.

Mantener viva la Revolución Bolivariana también implica asumir la autocrítica como virtud revolucionaria y no como concesión al enemigo. Radicalizar no es negar errores, sino enfrentarlos desde una lealtad profunda al proyecto histórico y al pueblo. La crítica revolucionaria construye; el silencio cómplice destruye. En esa dialéctica, la unidad no se basa en la obediencia, sino en un horizonte compartido de justicia social, soberanía y dignidad humana.

Radicalizar la Revolución Bolivariana es reafirmar su carácter internacionalista y solidario. Venezuela no lucha sólo por sí misma, sino como parte de una disputa global entre la vida y el capital, entre la autodeterminación de los pueblos y el imperialismo. Mantenerla viva es mantener viva la idea de que otro mundo no sólo es posible, sino necesario. En tiempos de cinismo global y desesperanza inducida, la radicalización revolucionaria es, en esencia, un acto de amor político, amor al pueblo, a la historia y al futuro que aún está por construirse colectivamente.

Notas

1.- Lawfare se refiere al uso del sistema judicial con fines políticos para perseguir, desacreditar o inhabilitar adversarios mediante procesos legales sin sustento sólido.

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