Licenciada en Sociología con especialidad en Comunicación y Cine por parte de la Universidad de Guadalajara. Ha sido profesora invitada en el Departamento de Estudios en Sociedad, Artes y Gestión Cultural de la Universidad de Jaén. Realizó estancias de investigación en la Universidad de Quilmes y la Universidad de la Plata. Actualmente, es maestrante en Ciencias Sociales con orientación en Comunicación y Cultura en la Universidad de Guadalajara y profesora en el Sistema de Educación Media Superior de la Universidad de Guadalajara.
Licenciado en Sociología por la Universidad de Guadalajara, colaborador en el Colectivo “Seguir en la Tierra” y en el Seminario Permanente “Agravio y Justicia”. Actualmente, es maestrante en Ciencias Sociales con orientación en Desarrollo Social en la Universidad de Guadalajara.
El presente estudio describe y analiza el recorrido denominado “Tour del Horror”, organizado por el colectivo “Un Salto de Vida” en los municipios de Juanacatlán y, principalmente, en El Salto –ambos integrantes de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG). Este recorrido permite reconocer diversas prácticas de resistencia comunitaria, procesos de resignificación del territorio y demandas colectivas por una vida digna, salud y justicia ambiental. Dichas acciones se enmarcan en la problemática socioambiental del río Santiago, considerado uno de los cuerpos de agua más contaminados de México, debido a la descarga de desechos tóxicos provenientes de aproximadamente 250 industrias y empresas ubicadas a lo largo de su cauce (Fuentes, 2023).
El recorrido comienza en la Presa Las Pintas, un cuerpo de agua que en décadas pasadas cumplía múltiples funciones para la población local: era un espacio recreativo, de pesca, de recolección de agua para uso y consumo humano, así como un hábitat natural para aves migratorias y diversas especies acuáticas. En su momento, la presa formaba parte de un sistema hídrico que sostenía tanto el equilibrio ecológico como el punto de encuentro y convivencia de las comunidades aledañas.
En la actualidad, este ecosistema se encuentra profundamente deteriorado. La presa recibe descargas químicas provenientes de las industrias circundantes, así como aguas residuales de una parte de la ZMG. El agua que hoy ocupa la cuenca dista mucho de ser agua en su sentido natural; es decir, no califica como H₂O. Lo que se observa en Las Pintas es una mezcla densa de aguas residuales, desechos industriales y efluentes parcialmente tratados, cuya composición ha alterado de manera drástica la estructura ecológica del lugar. En este sentido, se ha llegado a identificar que el agua contiene una elevada carga de sólidos disueltos, grasas, aceites y metales pesados como plomo, zinc, mercurio y arsénico, además de concentraciones significativas de amoniaco, fosfatos y coliformes fecales que superan en miles de veces lo permitido para la vida acuática (Olcina, 2009). Esta transformación ha desarticulado el ciclo vital del río Santiago, eliminando en gran medida las condiciones que alguna vez permitieron la existencia de especies endémicas.
La percepción sensorial del sitio refuerza la evidencia de su degradación: el olor es penetrante y característico de aguas residuales estancadas. La superficie se encuentra cubierta casi por completo de lirio acuático –una especie invasora que modifica el intercambio gaseoso del agua, reduce la disponibilidad de oxígeno y desplaza a la fauna nativa. Cabe señalar que alrededor de la presa se ubican viviendas habitadas por familias que se encuentran en una situación de alta vulnerabilidad. Muchas de estas casas se ubican en un nivel similar o incluso inferior al del agua, lo que incrementa el riesgo de inundaciones durante la temporada de lluvias, además de exponer a la población a un contacto constante con contaminantes.
Este escenario tiene consecuencias directas para la salud comunitaria. Las y los habitantes han normalizado, desde la infancia, la exposición a agentes químicos y biológicos peligrosos en un proceso que evidencia cómo la degradación ambiental se entrelaza con las condiciones socioeconómicas. Existe, además, una tensión marcada entre la percepción visual del paisaje –verde y aparentemente apacible– y la realidad material: un cuerpo de aguas negras que simboliza tanto el deterioro ambiental como la desigualdad social que atraviesan quienes viven en sus inmediaciones.
El segundo punto del recorrido corresponde a un fraccionamiento residencial situado de forma adyacente al corredor industrial de El Salto –una ubicación estratégica para el mercado inmobiliario, pero sumamente problemática desde el punto de vista ambiental y social. Este conjunto habitacional fue construido sobre antiguas tierras fértiles, cuyo uso agrícola garantizaba una alta productividad y sostenía una diversidad notable de flora y fauna nativa. La urbanización de estos terrenos no solo implicó la sustitución de ecosistemas completos por infraestructura, sino que fragmentó hábitats y provocó el desplazamiento de especies endémicas, afectando de manera casi irreversible el equilibrio ecológico local.
En la actualidad, la presencia de vegetación ornamental –con ejemplares de primaveras, guayacanes y jacarandas– genera un contraste visual con el entorno degradado que las rodea. Desde las zonas más elevadas del fraccionamiento, la vista panorámica revela una imagen inquietante: techos metálicos de fábricas, chimeneas industriales expulsando columnas de humo y un cielo cubierto por un velo grisáceo que se mantiene de forma casi permanente. Este paisaje, lejos de ser una simple estampa urbana, es el resultado de décadas de emisiones contaminantes y de la ausencia de una regulación ambiental efectiva.
Durante la etapa de construcción del fraccionamiento se descubrieron restos fósiles de mamuts, un hallazgo de gran relevancia paleontológica. Sin embargo, la contaminación química del suelo y la falta de interés institucional provocaron que este patrimonio quedara en el abandono, perdiéndose así una oportunidad de conservación y puesta en valor cultural. Este hecho se suma a una dinámica donde la planificación territorial ha priorizado la especulación financiera y la expansión de la mancha urbana sobre la preservación del ecosistema y la salud pública.
Antes de llegar al fraccionamiento Parques del Castillo, punto central de esta etapa del recorrido, el trayecto atraviesa una sucesión de al menos cinco fraccionamientos escalonados sobre una colina. En este tramo también se observa la presencia de plazas comerciales con cadenas de franquicias reconocidas, lo que evidencia un cambio abrupto respecto a la precariedad de las viviendas autoconstruidas y carentes de servicios básicos que predominaban en la zona de la Presa del Ahogado. Este contraste revela una marcada desigualdad espacial: la calidad de la infraestructura no garantiza mejores condiciones ambientales.
El fraccionamiento Parques del Castillo presenta viviendas mayoritariamente en buen estado, algunas de ellas ampliadas con segundos o terceros pisos. Sus calles son relativamente limpias, con escasa presencia de grafiti y ausencia visible de pandillas, lo que transmite una sensación de orden y seguridad. No obstante, esta apariencia de “normalidad” oculta problemas estructurales. La movilidad peatonal es reducida debido a la topografía empinada y a la escasez casi general de rutas de transporte público, lo que puede traducirse en una especie de aislamiento para quienes no cuentan con los medios necesarios para adquirir un vehículo propio.
Al final del recorrido por el fraccionamiento, un terreno baldío introduce un cambio abrupto en la fisonomía del lugar. En esta zona existen viviendas improvisadas construidas con materiales reciclados, hechas por personas en situación de calle que las habitan. Este espacio, junto a una estación de policía vandalizada y abandonada, simboliza la fractura social que coexiste en el mismo territorio: a escasos metros de casas consolidadas, se encuentran signos claros de marginación y ausencia institucional.
A pesar de una mejor infraestructura de Parques del Castillo –respecto a otros puntos de El Salto–, sus habitantes siguen expuestos a los impactos de la contaminación ambiental. La cercanía con la Presa del Ahogado implica la presencia de contaminantes en el aire, el agua y el suelo, una situación que, según testimonios recogidos durante el recorrido, se traduce en enfermedades respiratorias y renales, problemas dérmicos y diversos tipos de cáncer. A ello se suma la deficiencia crónica en el acceso al agua potable: los cortes de suministro pueden extenderse hasta tres meses y, cuando el servicio se restablece, el agua suele presentar signos de contaminación como color marrón y espuma visible.
Este conjunto de condiciones ha llevado a que diversas zonas residenciales de El Salto, incluido este fraccionamiento, sean denominadas popularmente como “zonas de muerte” –término que sintetiza la coexistencia de aparente progreso urbanístico con un deterioro ambiental profundo y una vulnerabilidad sanitaria constante.
El tercer punto del recorrido corresponde a la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales “El Ahogado”, también conocida popularmente como “Presa del Ahogado” –una infraestructura administrada por un consorcio privado bajo supervisión estatal. En teoría, su función es procesar y depurar las aguas residuales provenientes de la ZMG antes de verterlas al río Santiago. Sin embargo, lo que se observa en este lugar evidencia que el tratamiento es incompleto: los vertidos siguen conteniendo concentraciones significativas de compuestos químicos y materia orgánica que perpetúan el deterioro ambiental del cauce.
El impacto es perceptible desde los sentidos. El olor que domina el entorno es penetrante y persistente: una mezcla de aguas negras, descomposición orgánica y solventes industriales que se adhiere al aire y dificulta la respiración normal. La intensidad es tal que respirar se vuelve casi insoportable, haciendo del cubrebocas una necesidad primordial para las personas más susceptibles. Visualmente, el panorama es igual de desalentador: el agua, oscura y espesa, avanza con lentitud casi imperceptible, formando zonas estancadas donde la superficie se cubre de espumas blanquecinas y capas oleosas. La flora ribereña es escasa y en su mayoría seca, como si hubiese sido abrasada por sustancias químicas o privada de nutrientes vitales. La fauna, por su parte, está prácticamente ausente; no se escuchan aves, ni se observan insectos, signos claros de un ecosistema colapsado.
De acuerdo con testimonios del Colectivo “Un Salto de Vida”, aproximadamente el 80% del caudal que circula en este tramo corresponde a aguas residuales de origen doméstico y el 20% a desechos industriales. No obstante, este porcentaje menor en volumen es el que genera el mayor impacto ambiental debido a la presencia de metales pesados, solventes y otros contaminantes de difícil degradación. La planta, lejos de solucionar el problema, parece operar como un eslabón más en una cadena de gestión deficiente, donde la relación entre el Estado, la industria y la comunidad se caracteriza por una retórica de mitigación que encubre la continuidad del daño y la desigualdad ambiental.
El recorrido en esta zona también pasa junto al Centro de Transferencia “El Salto”, un espacio destinado a la gestión de residuos sólidos. Su proximidad con varios fraccionamientos de tamaño mediano produce un contraste brusco: a escasos metros de viviendas aparentemente consolidadas, el aire se vuelve irrespirable y el paisaje se transforma en un escenario industrial hostil. Las calles próximas al centro y al cauce del río presentan un silencio inquietante: las viviendas parecen habitadas, pero las ventanas y puertas permanecen cerradas, y los negocios tienen las cortinas metálicas aseguradas con varios candados, como si el espacio público hubiera sido abandonado a la inseguridad y a la degradación.
En diversos puntos del trayecto, los indicios del deterioro social emergen de manera evidente. Entre la basura acumulada en las orillas y los terrenos baldíos, se observan latas quemadas y abiertas en forma de pipas improvisadas, utilizadas para fumar cocaína cocinada o metanfetamina. Estos objetos, lejos de ser simples residuos, son símbolos de una crisis que trasciende lo ambiental y se adentra en las fracturas sociales, vinculando la degradación del territorio con la vulnerabilidad de las comunidades que lo habitan.
La ausencia, casi total, de personas en las calles refuerza la percepción de un espacio que ha perdido su función social. El entorno transmite una tensión latente, una combinación de riesgos ambientales y sensación de inseguridad que reconfigura la vida cotidiana. La contaminación, aquí, no es únicamente un fenómeno físico-químico: actúa también como un factor que erosiona las dinámicas comunitarias, limita el uso del espacio público y agrava las condiciones de exclusión.
Este punto del recorrido se erige, por tanto, como un ejemplo paradigmático de cómo la crisis ambiental y la crisis social se entrelazan. La Presa del Ahogado, concebida como una infraestructura para proteger el medio ambiente, se ha convertido en un nodo de perpetuación de riesgos, donde la ineficiencia técnica, la permisividad institucional y el poder económico de las industrias convergen para mantener un ciclo de contaminación y marginación difícil de romper.
La cascada de Juanacatlán, antes conocida como “El Niágara Mexicano”, llegó a ser un referente paisajístico y recreativo para la región. Este enclave no solo formaba parte del imaginario colectivo como destino turístico, sino que también constituía un espacio de convivencia social y un símbolo de identidad local. Hoy, ese mismo lugar se presenta como una imagen invertida de su pasado. La caída de agua, que antes evocaba pureza y vitalidad, es ahora un torrente oscuro y espeso, cargado de residuos fecales y tóxicos. El sonido característico del agua golpeando las rocas aún persiste, pero produce una sensación extraña: lo que se oye es una fuerza natural vibrante, y lo que se ve y huele es un cuerpo enfermo, saturado de espumas blancuzcas y manchas oleosas. El hedor que emana trae consigo matices ácidos que irritan ojos y vías respiratorias, en cuestión de segundos.
A pesar de la potencia visual de la caída, la vida en sus márgenes parece debilitada. Pequeños parches de vegetación verde logran subsistir en las orillas, pero su fragilidad es evidente: hojas marchitas, troncos inclinados y raíces que se aferran a un suelo contaminado. La contradicción es incuestionable: la fuerza del río convive con la precariedad biológica de su entorno.
Un puente vehicular y peatonal atraviesa la cascada. Decenas de personas y automóviles lo cruzan diariamente, muchas sin mostrar reacción visible al olor o a la vista del agua contaminada. Esa aparente naturalización del daño ambiental –la capacidad de seguir transitando por un paisaje devastado sin detenerse a mirarlo, sin mostrar reacción alguna frente a una realidad tan evidente e incómoda– se resalta como uno de los aspectos más perturbadores de este recorrido.
La infraestructura alrededor del salto de agua refuerza la paradoja. Bancas, caminos empedrados y un pequeño estacionamiento dan la impresión de que el sitio ha sido concebido para el turismo. Sin embargo, la realidad ambiental lo convierte en un espacio inhóspito, más cercano a un escenario abandonado que a un punto de encuentro. Resulta difícil imaginar a alguien sentándose allí a contemplar el paisaje sin verse afectado por el olor o por la sensación de desolación que impregna el ambiente. A los costados, se levantan viviendas y edificaciones que han quedado vacías. Muchas de ellas muestran signos de abandono prolongado: ventanas rotas, muros con manchas de humedad y techos colapsados. La presencia de estas estructuras refuerza la impresión de que la contaminación no solo ha degradado el río, sino que también ha expulsado a parte de la comunidad que alguna vez vivió de él y junto a él.
Cabe señalar que el río Santiago es uno de los más importantes y extensos de México, una arteria fluvial que históricamente conectó regiones y sostuvo ecosistemas diversos. Paradójicamente, esta misma condición lo ha convertido en un espacio estratégico para la producción industrial de Jalisco y para la economía nacional, pues de su entorno dependen empleos, inversión extranjera y compromisos comerciales internacionales (Soto, 2021). Sin embargo, lo que se observa en Juanacatlán contrasta con cualquier noción de grandeza: la cascada, antes fuente de vida, se ha transformado en un símbolo de degradación ambiental extrema y en un testimonio visible de cómo la industrialización desregulada y la falta de gestión estatal pueden despojar de sentido y vitalidad a un territorio entero.
La última parada del recorrido es el vivero del colectivo “Un Salto de Vida”, un espacio concebido como núcleo de reforestación, cultivo de flora nativa y aromática, y como punto de encuentro para la reflexión y la organización comunitaria. Situado a escasa distancia de los Arcos de Juanacatlán, el lugar ofrece un contraste inmediato con los escenarios de degradación observados en las paradas anteriores. Aquí, el aire, aunque todavía influenciado por la cercanía del río Santiago, resulta perceptiblemente más fresco y la presencia de vegetación diversificada atenúa, al menos momentáneamente, la carga sensorial de la contaminación.
El terreno alberga una notable variedad de especies: hierbas medicinales, hortalizas y árboles propios de la región que han sido recuperados para fortalecer el ecosistema local. Este cultivo de vida, en medio de un contexto marcado por la devastación ambiental, transforma al vivero en un símbolo tangible de resistencia comunitaria. En la parte posterior del espacio se encuentran las oficinas del colectivo “Un Salto de Vida”, desde donde se coordina el trabajo de siembra, educación ambiental y articulación con otras luchas socioambientales. En el vivero además de plantas, también hay relatos que se enfatizan en la transformación histórica del río Santiago, que pasó de ser un espacio de uso recreativo y abastecimiento directo, a un cuerpo de agua no apto para actividades humanas debido a los altos niveles de contaminación.
Los integrantes de este colectivo han señalado que la crisis ambiental tiene efectos intergeneracionales, afectando no solo las condiciones ecológicas, sino también las formas de vida y las prácticas culturales vinculadas al territorio. Asimismo, han destacado que la atención de las instituciones, en particular de las comisiones de derechos humanos, constituye una obligación legal y ética, y no un acto discrecional. Esto se sustenta en la vulneración reiterada de derechos fundamentales como el acceso a un ambiente sano, a la salud y a una vida digna.
Esta última etapa del recorrido marca un punto de inflexión. Ya no se trata únicamente de observar los impactos, sino de escuchar las voces que articulan la resistencia. El vivero, más allá de su función como espacio de cultivo, actúa como un dispositivo de memoria colectiva, un lugar donde las prácticas de cuidado ambiental se convierten en gestos de protesta silenciosa frente al abandono estatal y la impunidad empresarial.
Sin embargo, en este punto también se revelan los límites de estas iniciativas cuando carecen de respaldo político e institucional. El vivero es, al mismo tiempo, un acto de vida y un recordatorio del alto costo de habitar en una de las zonas más contaminadas del país. En este sentido, ese espacio se configura como un símbolo doble: de esperanza para quienes apuestan por la regeneración ambiental desde lo comunitario, y de denuncia ante las estructuras que permiten la continuidad de la degradación.
El “Tour del Horror” pone en evidencia la intersección entre industrialización, expansión urbana y degradación ambiental, un entramado que repercute de forma directa en la salud, la calidad de vida y el tejido social de la población en El Salto y Juanacatlán. Desde una perspectiva etnográfica, el recorrido permite observar cómo, frente a esta crisis, las comunidades la han normalizado o han desplegado estrategias de resistencia basadas en la acción colectiva, la memoria histórica y la resignificación del territorio.
La ruta evidencia la coexistencia de espacios severamente contaminados con zonas de regeneración ambiental, mostrando que las prácticas comunitarias no solo buscan mitigar el daño ecológico, sino también generar justicia ambiental y recuperar vínculos sociales. La experiencia confirma que la degradación del río Santiago no es únicamente un problema ecológico, sino un fenómeno social y político que reproduce desigualdades estructurales y limita el ejercicio de derechos fundamentales.
Cada punto del recorrido revela facetas distintas de una misma problemática. La Presa del Ahogado y el Centro de Transferencia “El Salto” exponen cómo la contaminación se entrelaza con la marginación urbana, la precariedad habitacional y la violencia. Los Arcos de Juanacatlán y la cascada, que alguna vez fueron símbolos de belleza natural y encuentro social, hoy ilustran la paradoja entre infraestructura turística y condiciones ambientales hostiles. La presencia de residuos asociados al consumo de drogas refuerza la idea de que la crisis ambiental está acompañada de un deterioro social profundo.
El vivero “Un Salto de Vida” constituye el contrapunto del recorrido: un espacio de organización comunitaria donde la reforestación, la educación ambiental y la memoria colectiva se convierten en herramientas de resistencia. Este lugar no solo simboliza la posibilidad de regeneración ecológica, sino que también visibiliza los límites de la acción comunitaria cuando no existe respaldo político ni institucional.
En su conjunto, el recorrido es tanto un registro descriptivo de la crisis socioambiental como un acto político que interpela directamente a la industria y al Estado, recordando que el derecho a habitar un territorio sano y seguro es irrenunciable. La observación de los distintos puntos visitados deja claro que la contaminación del río Santiago es consecuencia de un modelo de desarrollo desigual, que externaliza sus costos sobre territorios y poblaciones históricamente vulnerabilizadas.
Más allá de los paisajes degradados y los testimonios dolorosos, lo que el tour revela es una realidad latente y profundamente preocupante para toda la Zona Metropolitana de Guadalajara: la existencia de un territorio en el que la degradación ambiental, la desigualdad social y el abandono institucional conviven como parte de un mismo sistema. Este panorama no es una excepción aislada, sino una advertencia sobre los riesgos de un modelo económico que privilegia el beneficio industrial sobre la vida humana y ecológica. Reconocer esta realidad no es suficiente; implica asumir la responsabilidad colectiva de transformarla. Ello requiere voluntad política, cambios estructurales y una ciudadanía activa que, inspirada en experiencias como la de “Un Salto de Vida”, coloque en el centro la ética del cuidado, la justicia ambiental y la defensa de lo común. Solo así será posible imaginar un futuro donde la vida, en todas sus formas, pueda desarrollarse con dignidad y plenitud.
Fuentes, L. M. (19 octubre de 2023). La contaminación del río Santiago: un problema ambiental y de salud pública. CRUCE.
https://cruce.iteso.mx/la-contaminacion-del-rio-santiago-un-problema-ambiental-y-de-salud-publica/
Olcina, M. (1 de junio de 2009). Contaminación en El Salto. Ecologistas en Acción. https://www.ecologistasenaccion.org/20343/contaminacion-en-el-salto/
Soto, J. (7 de febrero de 2021). Río Santiago, donde el dinero manda sobre la salud y el medio ambiente. El Economista.
https://www.eleconomista.com.mx/estados/Rio-Santiago-donde-el-dinero-manda-sobre-la-salud-y-el-medio-ambiente-20210207-0002.html