ISSN : 2992-7099

Therian. La identidad al límite

Ilustración: Horacio Leonardo Vázquez García

Saúl Sánchez López

Saúl Sánchez López

https://orcid.org/0009-0008-8747-4335

Licenciado en Psicología, Maestro en Psicología Social y Doctor en Sociología por la Universidad de París. Ha impartido decenas de cursos de licenciatura y posgrado en varias disciplinas, desde la Psicología hasta la Ciencia Política. Ha dado múltiples conferencias y ponencias a nivel nacional e internacional, en español y francés. Entre sus campos de investigación se encuentran la Psicología de la Religión, la Psicología Política y la Teoría Social. Es autor del libro: “El mito de las sectas. Ciencia y religión en el imaginario social”, publicado por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Además de su producción académica, ha publicado numerosos artículos de opinión sobre política y sociedad en diferentes periódicos, revistas y plataformas, en español, inglés y francés. Su columna “Oveja negra” es publicada por cinco medios de comunicación diferentes, entre los cuales el primero fue PopLab. Actualmente, se desempeña como profesor de tiempo parcial en la Universidad Iberoamericana, León, Guanajuato.

28 abril, 2026

Mucho ruido y pocos therians(1)

Recuerdo perfectamente la extrañeza que sentí al ver aquella publicación de Facebook invitando a un “mega convivio therian”, acompañada con imágenes de lo que yo identificaba hasta entonces como furros.(2) Simplemente no pude resistir la tentación de ir a ver aquel acontecimiento. La sorpresa —mía y de muchos— fue descubrir, ese día en el Arco de La Calzada (en la ciudad de León, estado de Guanajuato), que no había ningún therian; solo curiosos que, como yo, acudieron por morbo, digo, por una sana curiosidad investigativa. 

Después de un rato, apareció un hombre disfrazado de león, quien, cual artista callejero, hizo una pequeña performance de poses “amenazantes” y algunos rugidos más bien lastimeros. Posteriormente, en una entrevista, afirmó sentirse como “una fiera que es fuerte y nunca se rinde”, pero luego aclaró que todo empezó cuando el club homónimo quedó campeón del fútbol mexicano seis años atrás; desde entonces decidió convertirse en “fieraman” (Muñoz, 2026). Más tarde apareció otra persona, una mujer maquillada como jaguar… No hizo performance alguna, solo se limitó a dar su testimonio: ella no se sentía jaguar, pero le gustaba imaginar cómo se vería nuestro mundo desde una perspectiva no humana. Suscribía creencias “nuevaeristas”, específicamente chamánicas, y explicó que en los calendarios prehispánicos hay una especie de signo zodiacal de animales guía según la fecha de nacimiento, y el suyo era justamente el jaguar. De ahí su theriotipo. Investigando sobre la fuerza espiritual del felino, descubrió características con las que se identificaba y otras que le daban “fuerza espiritual” (Esquivel, 2026). 

¡Oh, decepción! El primero estaba más cerca de ser un “pambolero” que un therian, y a la segunda podría calificarla solo como una esotérica. ¿No se suponía que los therian era gente que se sentía animal? Desengañado, volví a mi casa solo para enterarme de que había ocurrido otro “mega convivio” en la tarde, al que acudieron, para variar, un grupo de adolescentes. Estas chicas llevaban máscaras y accesorios “animalísticos”, como orejas, garras y cola, pero aclararon que lo hacían por pura diversión: “Sabemos que somos humanos; no creemos que seamos literalmente animales” (Esqueda, 2026). Esta reunión amistosa y casual fue, en la práctica, totalmente indistinguible del cosplay, particularmente el kemonomimi

La primera reunión therian realizada en León fue, pues, un rotundo fracaso —al menos en términos cuantitativos—. Se trató sin duda de un evento fantasma, organizado por quién sabe quién, para quién sabe qué. No se trataba de un movimiento orgánico, sino de uno promovido artificialmente. Se generó una falsa expectativa completamente desconectada de una “comunidad therian” marginal, sino es que inexistente. Lo mismo pasó en Ciudad de México (CDMX) y Pachuca, la capital del estado de Hidalgo (Proceso, 2026), pero también en otros países de Hispanoamérica, como España, Argentina y Uruguay (Calatrava, 2026; Herrero, 2026; González, 2026;). “Casualmente”, todos estos encuentros tuvieron lugar en el mes de febrero. ¿Qué conclusión es posible sacar de esta primera oleada de manifestaciones therian?

 

Bestiario

Dentro de la “ideología” therian es posible encontrar tres grandes narrativas. La más superficial y, por ende, también la menos problemática es aquella en donde la identificación con el animal es más bien una afinidad y la imitación es básicamente una afición. Uno se disfraza por moda y se practican los llamados quadrobics(3) por gusto, como una especie de deporte emergente (similar al parkour). Es decir, se trataría solo de un pasatiempo extravagante. Sin embargo, según la narrativa dominante, no podríamos hablar en este caso de “verdaderos” therian, sino de lo que ellos denominan otherpaw

El discurso mainstream, y que se ha vuelto un lugar común en los medios de comunicación, es que existe una identificación “psicológica y espiritual” con el animal en cuestión, sea lo que sea que esto signifique. En este caso, la persona se reconoce como biológicamente humana, pero considera que hay algo profundo en su ser que es animal, y esta parte de su identidad la integra como parte de su estilo de vida. Es decir, que asume, al menos parcialmente, una identidad animal. Así pues, tenemos “gente” que se considera en parte felina, que tiene rasgos de personalidad que asocia, digamos, con un delfín, o que dice sentir una conexión especial, por ejemplo, con los osos. De nuevo, sea lo que sea que esto signifique, porque si hay algo que distingue al mundo therian es la diversidad y el relativismo (en este sentido, se trata de una típica manifestación postmoderna). 

Hay diferentes formas de vivir, experimentar y expresar esta presunta identidad animal. Hay quienes la exteriorizan a través de comportamientos animales en público; otros, solo en video, y algunos nunca la exteriorizan de ese modo. Unos usan disfraces, otros no. Existen aquellos que dicen guardar un vínculo con varios animales a la vez (polytherian), los que se identifican con animales extintos (paleotherian), con una familia entera de animales (cladotherian), o incluso con animales fantásticos (otherkin).(4) En este mosaico aparece con claridad el aspecto fantasioso, lúdico y, sobre todo, voluntario del fenómeno. Esto sugiere que se trata de una elección consciente más que de una identidad intrínseca. Vale la pena señalar también el curioso paralelismo que guarda la retórica therian con el movimiento LGBT en cuanto a la expansión progresiva y compleja de sus categorías (sexo-genéricas de un lado, theriotipos del otro), y los debates en torno a ellas dentro de la misma comunidad (Fawkes, 2026). 

Finalmente, tenemos el ala más radical del fenómeno therian, según el cual, los therian serían básicamente animales atrapados en cuerpos humanos. En otras palabras, transespecie. Ya no hablamos entonces de identificación, sino de identidad en el sentido pleno de la palabra. Este sector minoritario plantea que ser therian es algo incontrolable. Incluso hablan de un fenómeno denominado shifting, entendido como episodios espontáneos —supuestamente involuntarios— de comportamiento o percepción animal: desde ladrar, maullar, saltar, morder o lamer, hasta experimentar sensaciones como tener garras, sentir un instinto animal o percibir una conexión profunda con su theriotipo. Podemos considerar que el discurso de este sector imita al de la comunidad trans en el sentido de que plantean una identidad psíquica animal real, cual si fuera una identidad de género; una identidad de especie. Este grupo es el que busca, por ejemplo, reconocimiento público o leyes especiales, como la presentada por el abogado Mauricio Castillo, acompañado de un hombre caballo (¿Bojack Horseman?), para proteger a las “personas therian” de la discriminación y el bullying (Garrido, 2026). Esta comunidad superminoritaria, pero muy vocal, es la máxima responsable de la estigmatización y sensacionalismo alrededor del movimiento therian. 

 

Ni enfermos mentales ni almas reencarnadas… solo jóvenes

En la literatura científica se describe la “theriantropía clínica” como una creencia delirante en la que la persona realmente cree que es o se siente animal y actúa como tal. Está asociada a la enfermedad mental, particularmente a trastornos psicóticos (Blom & Sharpless, 2025). La ideología therian más dogmática y radical que plantea una identidad animal psíquica, real e involuntaria, implicaría que se tiene un trastorno mental: un pensamiento delirante y totalmente fuera de la realidad. No obstante, la cuasitotalidad de los therians son, de hecho, gente funcional que separa perfectamente su vida humana de su personaje animal. Así que esta narrativa queda descartada por completo. Si de verdad fuera el caso que alguien tuviera episodios o ataques animalescos como los supuestos shiftings, no es difícil pensar que se trataría de algo perturbador e indeseable; la persona estaría asustada y querría curarse cuanto antes, ¡no disfrutarlo en comunidad! Imaginemos que alguien empieza un día, por ejemplo, a tener ataques epilépticos. La persona acudiría al psiquiatra o a consulta con su médico general. No crearía un grupo de Facebook para compartir videos de sus crisis y convocar a otros a tener ataques en público. Esto sin mencionar comportamientos que denotan un claro componente humano, como la necesidad de disfrazarse de animal, pero seguir usando ropa; así como su visible necesidad de validación y reconocimiento social. 

A partir de este trabajo, considero que no existe una identidad therian como tal. Una cuestión es que la persona sienta una identificación fuerte y seria, con uno o varios animales, del tipo que sean, sin asumirse ella misma como animal en ningún sentido —sea biológico, psicológico o espiritual. Lo cual es posible y válido. Sin embargo, no es esto lo que plantea el sector therian más dogmático. Hay que poner sobre la mesa, entonces, la posibilidad de que la “identidad” therian, en este sentido “duro”, sea en el fondo nada más que un autoengaño(5), o de plano una identidad falsa: quieren creer que realmente son de algún modo animales o se lo quieren hacer creer a otros. Seguramente porque eso suena más sofisticado —y menos vergonzoso— que admitir que les gusta jugar a ser animales.

Si hubiera una dimensión clínica que valga la pena explorar, acaso convendría preguntarse qué tan satisfechas se sienten estas personas con su vida cotidiana y con sus vínculos sociales. En algunos casos, la búsqueda de una identidad paralela podría leerse como una forma de sobrellevar malestares subjetivos o experiencias de insatisfacción personal. Dado que el fenómeno therian parece concentrarse sobre todo en población joven, cabría indagar también si entre algunos de sus miembros existen dificultades en las relaciones interpersonales —familiares, afectivas o escolares—, así como sentimientos de aislamiento o de no pertenencia, experiencias relativamente comunes en ciertos momentos de la juventud. El fracaso social, la sensación de no pertenecer y las dificultades para encajar con los pares es algo común en esa etapa, por ejemplo, en personalidades introvertidas y tímidas, que también pueden ser propensas a dinámicas observables en otros fenómenos colectivos como los incel y hikikomori (Estébanez, 2015; Morales, 2025).

Por otro lado, frente a la falta de racionalidad que explique la supuesta identidad animal de los therian, quedará siempre el recurso de lo sobrenatural. Esta es la narrativa mística del movimiento. Muchos therian afirman que su conexión con el mundo animal es algo más bien espiritual; una relación íntima y profunda que excede los límites de la razón —como sucede en el tonalismo y el nahualismo, donde la persona tiene un vínculo co-esencial o bien puede transformarse en su animal guía (lo que explicaba la mujer jaguar que acudió al Arco de la Calzada). Sin embargo, en todo ello aparece también el carácter humano, propiamente cultural, del fenómeno, pues los lazos con el movimiento New Age son más que evidentes. No solo con el neochamanismo, sino también como un resabio de las sociedades élficas de los 70, que están en el origen de las identidades otherkin (Baldwin & Ripley, 2020). Estas tenían justamente por principio traer la fantasía a la realidad. Se trataba de revivir lo mágico frente al desencantamiento del mundo moderno planteado por Weber (2016).

De todos modos, lo cierto es que la presunta conexión espiritual con un animal es algo esencialmente extracientífico y, por ende, irrefutable. Pertenece al ámbito de lo inefable o, en palabras de Mircea Eliade, lo sagrado. Solo la persona sabe en el fondo de su corazón lo que siente, y sobre ello nada puede decirse. Como escribió Wittgenstein (2009): “de lo que no se puede hablar, hay que callar” (proposición 7). Sin embargo, se debe tener cautela al momento de usar estos argumentos para defender la existencia de individuos transespecie, como se ha pretendido hacer. Si bien se ha comprobado una y otra vez la posibilidad de tener un sexo biológico diferente a la identidad de género, considero que lo mismo no puede decirse sobre tener la identidad de una especie, pero la biología de otra. Eso sería simplemente imposible desde la perspectiva de estudio que aquí he propuesto. Dicho planteamiento solo tendría sentido dentro de un paradigma estrictamente religioso, propio del budismo o el hinduismo, con base en el concepto de reencarnación. Bajo este supuesto, se podría plantear que hubo algún tipo de accidente cósmico, y un alma animal terminó por error en un cuerpo humano. De otro modo, tampoco se puede apelar a lo sobrenatural para defender este tipo de ideas. 

La aproximación más realista y crítica que puede haber es justamente la que el discurso therian niega categóricamente, a saber, que es básicamente un juego de rol: hay gente que se identifica tanto con un determinado animal que le gusta imitar o “jugar” a que es él, al punto que se ha creído o quiere creer que realmente lo es. Los seres humanos somos imaginativos por naturaleza, de ahí que nos guste el cine, la literatura, el teatro, la ciencia ficción, los cómics, en fin, todo aquello que nos presente historias y personajes fascinantes con los cuales sentirnos identificados o, incluso, asumir, como ocurre en los videojuegos y juegos de mesa. Nos gusta fingir que somos alguien o algo más que encontramos genial. Esto lo vemos sobre todo en los niños, quienes juegan constantemente a ser otra cosa: soldados, policías, doctores, bomberos, superhéroes, robots, dinosaurios y animales en general. Nada de malo tiene mantener vivo ese carácter lúdico y fantasioso como adultos, al contrario, resulta deseable para la salud mental (hasta se usa como recurso en corrientes psicológicas como la terapia narrativa). El problema es no distinguir la fantasía de la realidad. 

En cuanto a la identificación con los animales, la humanidad siempre ha proyectado en ellos toda clase de elementos simbólicos y formas de asociación —desde las culturas ancestrales que representaban dioses, fuerzas de la naturaleza o conceptos vitales, hasta la moderna cultura de masas que los utiliza como imagen de cereales, equipos deportivos, marcas y publicidad, sin mencionar animaciones. Ciertos animales funcionan como verdaderos arquetipos de poder, inteligencia, belleza, elegancia y demás atributos humanos universalmente deseables. A lo largo de distintas épocas y culturas, han sido investidos de un fuerte valor simbólico (en el mundo náhuatl de los mexicas, por ejemplo, los guerreros águila y jaguar representaban la élite militar). 

En la modernidad, emblemas como el caballo rampante de Ferrari o el caballo de Porsche siguen asociando la figura animal con potencia, velocidad y prestigio. Desde esta lógica simbólica no sorprende la escasa diversidad de theriotipos en los que suelen concentrarse las identidades therian —lobos, leones, tigres—, animales que en el imaginario humano evocan fuerza, autonomía y fiereza; en suma, cualidades que son cool. En cambio, ¡nadie quiere ser el chico catarina o la mujer charal! Esto se parece a la creencia en vidas pasadas (casualmente todos en su otra vida fueron emperadores, princesas o generales; nadie fue un simple campesino, un mesero o un barrendero). Los perros y gatos también abundan en el bestiario therian por ser animales domésticos muy valorados y cercanos. No solo son populares, sino que, su importancia social, tanto en lo cultural como en lo económico, va en claro ascenso. Esta es otra prueba de que la identidad therian es un constructo consciente y voluntario (lo que no le resta legitimidad alguna), y no una identidad intrínseca, psicológica o espiritual. 

En este sentido, podríamos considerar que el therianismo está más emparentado con los furries y el cosplay de lo que se quiere admitir. La diferencia es que los therians pretenden “vender su pasatiempo como una identidad verdadera”. Para muchos furries, sus fursonas son también algo serio y parte de su identidad individual, solo que no llegan al punto de plantear que sean en algún sentido reales. Además, está el hecho, no menor, de que muchos therians que hablan de una conexión espiritual con un animal, no sienten de hecho la necesidad de disfrazarse ni comportarse como tal, como el caso de Ninoo, una joven que se identifica desde hace años, íntima y profundamente como búho, pero que no lo expresa de ninguna forma exterior porque no siente que lo requiera para vivir su identidad animal (Romero et al., 2026). Cabe plantear la hipótesis de que los “verdaderos therian” pasan desapercibidos porque no tienen necesidad de ser reconocidos ni exhibirse públicamente como tales, mientras que los personajes que se han vuelto virales serían básicamente “posers”. 

Discutir seriamente el fenómeno therian, por pequeño que sea, exige primero que nada desmitificarlo, abandonar lugares comunes y no dejarnos llevar por un progresismo acrítico que legitima ipso facto cualquier narrativa identitaria sin más. 

 

¡La identidad no es un juego! 

Lejos de ser tabú o motivo de burla, la práctica de disfrazarse en nuestras sociedades, está totalmente normalizada y, de hecho, forma parte de la cultura moderna —por ejemplo, en Halloween o en las convenciones de anime, ciencia ficción y cultura pop en general. Es decir, en nuestras culturas occidentales y occidentalizadas no está socialmente sancionado disfrazarse, pero hay espacios y momentos bien definidos para hacerlo. El problema con los therians es que pretenden romper la cuarta pared y llevar su fantasía a la realidad (como lo proponían las sociedades élficas). También buscan que la sociedad los reconozca públicamente, lo cual pudiese ser problemático.

Hasta aquí, es preciso hacer una distinción entre las identidades sociales “fuertes” —de raza, etnia, religión, nacionalidad, género, orientación sexual— y las “débiles” —de moda, música, pasatiempos, aficiones, filosofía y estilo de vida—. Dicha distinción no opera en términos de superioridad/inferioridad, sino en un sentido postmoderno (Bauman, 2003; Vattimo, 1988): formas de adscripción voluntaria, articuladas en torno a afinidades ideológicas, modos de vida, gustos e intereses compartidos. Se trata de movimientos, agrupaciones y “subculturas” que, a partir de la obra de Michel Maffesoli (2000), han sido agrupados bajo la noción de “tribus urbanas”: emos, metaleros, góticos, punks, pero también hipsters, skaters, runners, crossfiteros, pamboleros, gymbros, finance bros, geeks, gamers, kpopers, otakus, cosplayers… y therians. Estas “tribus urbanas”, si bien giran en torno a cuestiones significativas para sus miembros, se enmarcan finalmente en la cultura de masas, por lo que no pueden equipararse ni deben ser tratadas del mismo modo que las identidades y categorías sociales tradicionales o fuertes —cuyas implicaciones psicosociales fueron estudiadas por Henri Tajfel (1984)— por más que estas también sean subjetivas y relativas. 

Los grupos sociales postmodernos han venido mostrando una tendencia creciente a la experimentación, de tal suerte que podríamos considerar que la deconstrucción y la innovación identitaria han devenido un auténtico ejercicio lúdico. Encontramos cada vez más identidades emergentes arbitrarias, caprichosas o que tienen una motivación puramente ideológica que, sin embargo, buscan pasar como algo innato. No obstante, es preciso distinguir siempre entre la forma de construcción y funciones entre las identidades “débiles” y las “fuertes” para acercarnos a un entendimiento más concreto desde estas perspectivas socio-antropológicas.

Podemos considerar que los therians tienen claramente una identidad social, pero como tribu urbana, subcultura o movimiento juvenil, no en el mismo sentido que aquellas identidades articuladas en torno a la religión, la historia social o el género. Conviene subrayar esta distinción. Y en este sentido, y retomando las perspectivas socio-antropológicas mencionadas, mi opinión muy particular es que no parece evidente que ameriten reconocimiento público por parte del Estado ni un trato diferenciado. Al igual que los metaleros, crossfiteros, otakus, cosplayers o furries, tienen derecho a expresarse sin miedo a ser agredidos ni acosados, siempre y cuando tampoco amenacen ni violenten a terceros (Infobae, 2026). Pedir que exista un reconocimiento público de su comunidad como si se tratara de una identidad “fuerte”, como lo plantea la “ley therian”, resulta, cuando menos, cuestionable.(6) 

La identidad social (e individual) no puede reducirse a una categoría arbitraria, y sería problemático legitimar sin mayor discusión cualquier nueva forma de autoidentificación que surja.(7) Hace falta que la expresión de las identidades tribales urbanas encuentre cauces y contextos adecuados, so pena de caer en formas de convivencia difíciles de regular. Si la comunidad therian (si es que realmente existe) insistiera en buscar su reconocimiento “jurídico”, correría el riesgo de presentar como identidad fuerte lo que parece corresponder más bien al ámbito de las identidades tribales o subculturales. Pedir el reconocimiento “jurídico” de cada tribu urbana como si fuera una identidad fuerte no es necesariamente un signo de tolerancia ni de respeto; puede implicar, más bien, una banalización de la identidad social.

 

De perrhijos, cyborgs y nuevas fronteras de lo humano 

También hay que evitar caer en el otro extremo: el alarmismo. Los therians parecen tener una presencia limitada fuera del espacio digital e, incluso ahí, son una comunidad relativamente marginal. Mientras no reciban un trato diferenciado por parte del Estado, difícilmente tendrían mayor relevancia pública, y es posible que, con el tiempo, el fenómeno pierda visibilidad por sí solo. No constituyen una señal del fin de los tiempos, ni un síntoma inequívoco de decadencia social, ni mucho menos el supuesto instrumento de una agenda woke, como sostienen algunos sectores reaccionarios.

A propósito de este último punto, no concuerdo con mis correligionarios de izquierda ni con nuestros adversarios en forzar una lectura política del movimiento therian y su viralización en los medios. No encuentro elementos de izquierda en el therianismo, en su discurso ni en su práctica. Parece, en todo caso, una mera afición inocua. El pánico moral suscitado por la extrema derecha, que lo interpreta como la última perversión identitaria del progresismo, solo se sostiene por el ala más radical del movimiento y su retórica basada en la identidad de género y la “familia tradicional”. En este sentido, el fenómeno therian se presenta como insumo vital para la ultraderecha y su discurso de odio contra la diversidad. Y hay que decir que ésta supo explotar muy bien las manifestaciones fantasma para desprestigiar al “wokismo” (Mendoza & Munárriz, 2026). 

Por su parte, la izquierda tampoco resistió la tentación de caer en teorías de conspiración, viendo en las convocatorias una maniobra para desviar la atención de problemas nacionales y agendas conservadoras, como la reforma laboral en Argentina (Ramírez, 2026). En ambos casos, sin embargo, me parece que no solo se exageró el fenómeno, sino también la reacción al mismo. Si cabe una tesis conspiracionista, yo apuntaría más bien a la mano visible del mercado: es muy sospechoso que tan solo un día después del fallido encuentro en León, aparecieran anuncios publicitarios de una “escuela therian” como la que hay en Argentina (Salazar, 2026; Te Amo GTo, 2026). Todo parece indicar que se trató de detonar artificialmente el movimiento con miras a crear un nuevo mercado de máscaras, orejas, colas y demás accesorios, del que la fundación de “escuelas” sería el negocio estrella. Más que un perverso proyecto político, la viralidad fugaz de los therians podría responder a un exótico emprendimiento fallido.

Al día de hoy, el fenómeno therian es fundamentalmente sociodigital y su viralidad se debe, no a la identificación con el mismo, sino al sensacionalismo y curiosidad que genera. La —escasa— afluencia presencial que tuvieron las convocatorias se explica, en todo caso, por las leyes de imitación de Tarde (2021). Sin la propaganda masiva que hubo, esa comunidad de por sí marginal seguiría invisibilizada en la red y en internet. Todo esto no impide que se pueda hacer una lectura profunda del fenómeno. A diferencia de la mayoría de mis colegas, yo interpreto el “revival” y la viralidad del movimiento como síntoma de un cuestionamiento antropológico y radical sobre lo humano y su relación con la naturaleza. 

Desde la modernidad, la especie humana se ha venido distanciando cada vez más de su  dimensión animal y de su pertenencia a la naturaleza; particularmente, en la “civilización occidental” y en las culturas que de ella se derivan. No es casualidad que, mientras más gente humaniza a sus mascotas, vistiéndolas, disfrazándolas, paseándolas en carreolas, comprándoles accesorios innecesarios y, en general, tratándolas como personas (los famosos perrhijos y gatijos), surjan individuos que se sienten y actúan como animales. Este “giro zoomórfico”, por caprichoso que parezca, podría estar respondiendo (en el fondo) a la misma inquietud de borrar los límites entre nosotros y el resto de la fauna terrestre. Los therians nos recuerdan —quizá inconscientemente— que, aun siendo la especie dominante, seguimos siendo criaturas de este mundo y estamos íntimamente emparentados con el resto de los seres vivos, tal y como lo plantea la ecología profunda de Arne Naess (1989).

Cabe destacar que existen otras tendencias contemporáneas que también están cuestionando fuertemente lo humano, como la Inteligencia Artificial y el transhumanismo. La primera viene a poner en tela de juicio el máximo atributo que, desde Descartes, se ha asociado a nuestra especie: la razón. Si una máquina, un programa, llega a superarnos en distintos tipos de inteligencia —matemática, lingüística, artística, estratégica—, entonces, ¿qué somos ya? Por su parte, el transhumanismo nos concibe como cyborgs a fin de ampliar o incluso superar ciertos límites biológicos mediante la incorporación de tecnología y la modificación de nuestras condiciones naturales, aumentando nuestra memoria, alargando nuestras vidas, entre otras potencialidades. 

En suma, vivimos una época en la que se amplían las fronteras de lo que entendemos por humano: tratamos a los animales como personas, mientras hay personas que actúan como animales, y otras más que buscan trascender su humanidad. Parece haber una insatisfacción generalizada con la condición humana. Descifrar cómo se interconectan estas tendencias y cuáles son sus implicaciones amerita no solo un enfoque interdisciplinario, sino una auténtica perspectiva de especie. 

 

Bibliografía y fuentes consultadas

Baldwin, C., & Ripley, L. (2020). Exploring other-than-human identity: A narrative approach to otherkin, therianthropes and vampires. Qualitative Sociology Review, 16(3), 8–26. https://doi.org/10.18778/1733-8077.16.3.02

Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.

Blom, J. D., & Sharpless, B. A. (2025). A systematic review on clinical therianthropy and a proposal to conceptualize zoomorphism as a diagnostic spectrum. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 174, Article 106193. https://doi.org/10.1016/j.neubiorev.2025.106193

Calatrava, A. (27 de febrero de 2026). “Adolescentes ‘therians’: Una tendencia viral en Argentina que despierta atención y desconcierto”. AP. https://apnews.com/article/argentina-therians-adolescentes-identificacion-animales-c875246b50381ecd0911da068089c156

Esqueda, C. (22 de febrero de 2026). “‘No comemos croquetas’: Estos fueron los testimonios de la reunión de therians en León”. Periódico Correo. https://periodicocorreo.com.mx/leon/2026/feb/21/no-comemos-croquetas-estos-fueron-los-testimonios-de-la-reunion-de-therians-en-leon-150965.html

Esquivel, E. (21 de febrero de 2026). “‘Mi nahual en la cultura indígena es un jaguar’: Lili.” La Silla Rota. https://lasillarota.com/guanajuato/local/2026/2/21/mi-nahual-en-la-cultura-indigena-es-un-jaguar-lili-587194.html

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Herrero Alonso, I. (28 de febrero de 2026). “¿Pero de verdad existen los therians? Las quedadas en las ciudades reúnen más militantes de Vox en su contra que adeptos de esta tendencia”. Infobae. https://www.infobae.com/espana/2026/02/28/pero-de-verdad-existen-los-therians-las-quedadas-en-las-ciudades-reune-mas-militantes-de-vox-en-su-contra-que-adeptos-de-esta-tendencia/

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Vattimo, G. (1988). Dialéctica, diferencia, pensamiento débil. En G. Vattimo & P. A. Rovatti (Eds.), El pensamiento débil (pp. 23–42). Cátedra.

Weber, M. (2016). El político y el científico. Colofón.

Wittgenstein, L. (2009). Tractatus logico-philosophicus. Alianza Editorial.

 

NOTAS

  1. Las interpretaciones, analogías y juicios de valor expresados en este texto corresponden exclusivamente a su autor y son responsabilidad de quien los formula. 
  2. Término que proviene del inglés furry, que significa peludo o con pelo. En este contexto, se refiere a personas interesadas en animales antropomórficos.
  3. Desplazamiento en cuatro “patas” (pies y manos) imitando movimientos animales, incluyendo saltos.
  4. Los otherkin incluyen no solo animales, sino otro tipo de seres, sobre todo fantásticos, así que una persona que se identifique, por ejemplo, como un “dragón”, pertenecería a ambas categorías, therian y otherkin.
  5. El autoengaño es un fenómeno más común de lo que se cree. Muchas personas llegan a convencerse de poseer cierto talento —por ejemplo, para el canto— sin que ello necesariamente sea así; de igual modo, otras sostienen la creencia de que una relación romántica tiene futuro aun cuando los hechos apunten en otra dirección. También puede apelarse a la autosugestión, cuya influencia ha sido ampliamente reconocida, como ilustra el efecto placebo.
  6. Cabe mencionar que también es algo completamente innecesario. Los ciudadanos ya están protegidos por ley contra la discriminación, y el bullying está prohibido en las escuelas, no solo contra los therian, sino contra cualquier estudiante. Además, se debe evaluar seriamente su comportamiento como therians dentro de las escuelas. Nuevamente, hay tiempo y lugar para todo.
  7. Esa sería una evolución bastante “natural” de los therian, humanos que se reconocen como animales de otra especie. De ahí solo hay un paso a identificarse como otra especie no terrestre.

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