ISSN : 2992-7099

Somos islas fragmentadas observando luces de bengala

Ilustración: Horacio Leonardo Vázquez García

Jorge Ulloa Caceres

Jorge Ulloa Caceres

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Escritor y economista, graduado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, con maestría en Estudios Latinoamericanos por el IHEAL en la Sorbonne Nouvelle–Paris 3. En la administración pública trabajó en investigación socioeconómica en el área de pobreza y desigualdad. Como consultor e investigador se ha enfocado en las políticas públicas. Actualmente, coordina proyectos de desarrollo territorial en República Dominicana y el Caribe. Es autor de ensayos, relatos y cuentos, escritos desde su condición insular.

27 febrero, 2026

 

“Ya no estás solo

estamos todos en naufragar”.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Canción para naufragios.

 

Aquel futuro de antes

Cayendo sin vergüenza en la tentación de la nostalgia e idealizando un pasado aún reciente, diré que en su momento Facebook alcanzó la cúspide de las redes sociales. Hará más de una década. Nos recuerdo organizando fiestas para celebrar el fin de año en septiembre. Alguien subía un póster, se hacía una leve curaduría de invitados y, a la espera de esa noche, se llenaba el muro del evento con las canciones que queríamos escuchar. 

Las redes sociales han funcionado como una sala preparatoria de la vida: lo que se posteaba no aspiraba a ser una realidad autónoma, sino un modo de coordinar y compartir. Hasta el anticapitalismo fue optimista: se las pensó como espacio para gestar movimientos, incluidos sus correlatos reaccionarios, todavía al servicio de los intereses del mundo exterior. Mientras tanto, crecía el deslumbramiento y la omnipresencia de lo digital avanzaba sin freno. 

No importa si los millennials, “estamos ya para bastón y caja de dientes”, tampoco si ya estamos entrando a la singularidad tecnológica o en qué parte de la curva nos movemos. Solo nos consta que en un momento estábamos en una posición horizontal, mirando hacia adelante en el tiempo y, al poco rato, ya estamos apuntando hacia arriba, donde solo hay velocidad y deslumbramiento. 

Podemos considerar que, como generación, nos gusta pensarnos especiales. Hoy se recuerda como bonita y única aquella noche analógica donde nos divertimos jugando con velas, como luego nos emocionó ver un amanecer digital que traía tantas posibilidades. Ahora, presentimos la oscuridad de lo que puede ser una nueva noche. Algo romántico tienen las transiciones, sean lentas o inmediatas, sea que las prodigamos o que nos sorprendan antes de entenderlas. 

Las pantallas no se hicieron ya necesariamente más grandes, sino que se acercaron a nuestras caras. Durante el mediodía digital, cuando Zuckerberg aún parecía un nerd inofensivo y no un señor “tecnofeudal” –a su vez vasallo del peor poder político–, no percibimos que los datos ya volaban lejos. Cada registro se volvió mercancía y, con ello, se manipularon mercados y elecciones políticas. Peor aún: la plataforma se deformó hasta volverse una telaraña de idiotez. 

A partir del 2012, cuando el mundo se acabó, Instagram se le fue de las manos a los hipsters, se democratizó, capturó a los más jóvenes, mientras Facebook era tomado por la tercera edad. Después, el último engulliría a la primera para que nacería Meta. Yo creía que el avance tecnológico como retroceso de lo social pertenecía todavía a la ficción. La Ley de Moore seguía vigente y un nuevo celular venía con mejoras significativas en cámaras y, así, la promesa era una captura del mundo, para multiplicarlo en el ciberespacio y replicar con más fuerza lo vivencial. 

Esto era profundamente ingenuo. Las decisiones se tomaban por detrás del sistema. No siempre conscientes, sí funcionales, sí pragmáticas; aunque se destruyeran empresas en el proceso, inevitable dinámica del capital. Así, se deshabilitaron funciones y disminuyó la agencia del usuario. El anzuelo era más sofisticado, menos grotesco, más visual y atractivo, y apenas se sentía al morderlo. 

Con la popularización del internet móvil se dio paso al scroll, una versión aún más sencilla que requiere un solo dedo. La innovación de Instagram fue su enfoque en lo visual y su optimización para el teléfono. Luego llegó su paulatina transformación hacia el modelo hoy dominante: el reel como aglutinante del contenido, extendido desde Snapchat hasta TikTok. Me quedo con Instagram para hablar de lo que quiero hablar, porque es la que uso y porque considero que, aún dispuesto a asumirme dependiente, hay que saber tomar ciertas decisiones existenciales básicas, como no usar opioides, ni abrirse una cuenta de TikTok.

 

La saturación

Abro la aplicación. Sin entrar aún demasiado en la cuestión del algoritmo, se puede decir que la lectura de la vida en Instagram avanza como ritornelo; una repetición de los temas vigentes sobre el molde actual, hasta su irremediable variación, olvido y eventual retorno. La evolución de los memes, la evolución de los rostros, la evolución de los cuerpos, la evolución de un genocidio, la evolución de la filosofía barata (hoy representada por la caricatura que han hecho del estoicismo), la evolución de la publicidad y la evolución de ese nuevo placer culpable que uno no entiende, pero tampoco puede parar de mirar. 

Un sonido de la calle me distrae de la distracción. ¿Cuánto llevo aquí? ¿Cómo puedo pasar tanto tiempo en un no-lugar? Me indigno conmigo mismo y cierro molesto mi conexión, y la vuelvo a abrir dos segundos después, y vuelvo a cerrar más molesto, jurando que ahora sí que no. Porque a todo esto, el signo más distintivo de entrar y salir de Instagram compulsivamente es que todo ocurre sin una gota de entusiasmo. 

Sospechando que ya ha alcanzado la categoría de adicción, hago lo que haría ante un problema serio: miro hacia los demás. Les pedí a algunos amigues que me enviaran una captura de su uso de Instagram promedio diario durante el último mes. Fue un sondeo de reducida muestra, donde apenas procuré alguito de representación de género, mientras me aseguré de que fuera lo más sesgado posible, pidiéndole su participación a aquellas personas que presentía más enviciados. Respondieron 13. En promedio, pasaron 1 hora 33 minutos diarios. Descubrir lo perdidas que estaban me volvió a dar tranquilidad. O para ponerlo, no sé si más bonito: descubrí que mi miseria individual es compartida. Y para no perturbarme, me mantengo sin mirar mi propia data, observando más allá de mi entorno. El Digital Global Statshot Report sitúa el promedio global en 1 hora 10 minutos para usuarios activos.(1)

¿Es esto poco, mucho o demasiado? Podemos poner el tiempo en relación con lo que le dedicamos al cepillado, a cocinar, y a todas las rutinas de autocuidado que son nuestras piedras de Sísifo. Sigue siendo poco, una pequeña concesión a la nada, frente a la jornada laboral de ocho horas. El uso se cuela en cada instante de tregua, entre una actividad y otra, en cada aparente vacío y, luego, internamente en medio de cada actividad que lo permita. No hay reparo en repetir. Es la ineficiencia pura, una y otra vez lo mismo. Un pequeño refugio aparentemente cómodo para atenuar la mente ansiosa y realimentar un nuevo ciclo de ansiedad. He aquí la paradoja de una sociedad que exige eficiencia mientras obliga a fulminar el tiempo. O, quizá, esto mismo lo explica: las redes funcionan como fármacos y, a la vez, como una economía en sí. 

 

El algoritmo será mejor; no sé de ti 

Lo temporal y lo gratuito siempre son ilusorios. Una de las claves para que las redes sociales funcionen tan bien, como máquinas “tragatiempo”, es que no sentimos su costo. Hablemos del consumidor pasivo. Qué lindo se ha vuelto ser explotados cuando ni trabajamos ni creemos comprar. El producto somos nosotros. Y eso lo hace más interesante desde la teoría del valor-trabajo, aunque no tan sexy como se quisiera pensar: no somos oscuros objetos del deseo, solo blancos, targets, audiencia. No puedo hablar por los creadores de contenidos ni influencers; son la otra cara inseparable de esa moneda pero, por el momento, les considero parte de otra patología.

Tu mundo es todo aquello a lo que le prestas atención. Aunque las neuronas estén jugando frisbee sin atrapar nada, hay un foco puesto y definido no por lo que se ve, sino por lo que se deja de ver. El espejo es lo que se deja de hacer, ese es el sacrificio. Nos tranquiliza pensar que ‘nada’ pasa en nuestro tiempo de consumo de redes: que en ese rato no íbamos a curar una enfermedad ni a volvernos tecnócratas billonarios, pero sí utilizaríamos el tiempo para dedicar parte del día a lo que nos hace felices. Pero las empresas detrás de las redes ganan con la captación del tiempo liberado (o arrebatado), con la data que se produce en nuestro desvarío mental, ya sea para ajustar la publicidad que se nos dirige, o para vender nuestros datos y preferencias de consumo a terceros.

Lo que llamamos el algoritmo –como si fuese una cosa única y centralizada– es en realidad toda una economía de circulación, compra y venta de valor, con sus propias reglas (en mutación) y donde existe una jerarquía en precios de cada tipo de interacción (like, post, visualización, etc.) ponderadas por el engagement. Esto como principio. A partir de ahí, solo sabemos que los algoritmos actuales obran de maneras misteriosas y, hoy día, podríamos considerar que ni sus gestores conocen necesariamente a detalle cómo funcionan. Se programan con base en una serie de objetivos y se aplican algunas reglas; luego la codificación ocurre cada vez más de la mano de la Inteligencia Artificial, que la optimiza para el cumplimiento de sus fines, sin que se controle el cómo lo hace. 

Sí vemos el resultado: millones de contenidos con sus formas libran una batalla masiva a cada instante. Sus interacciones son ignoradas o premiadas, y ganan el derecho, o no, a replicarse. Por tanto, lo que llamamos el algoritmo es en realidad una síntesis de las lógicas que organizan el valor simbólico, el cual, a su vez, es síntesis de valor que sí tiene correspondencia con la economía real: productos, accesos, lugares, personalidades, estéticas. Un macro-escaparate que contiene y jerarquiza la economía –mediada por lo digital– en sus tramos de intereses y posibilidades de alcance. En lo que sucede ese rejuego, el mundo humano sigue, vive, desea, goza y también se desborda.

 

Conjuntividad y conectividad 

Mejores cámaras, más ángulos ocultos,  más “democratización” y representación del mundo a nivel global, y aún más desdoblamiento entre lo real y lo virtual. Por eso, perderse lo que ocurre en las redes también deja una sensación de vacío. Porque en ellas hay algo propio que no ocurre allá afuera. Para lo bueno, para lo malo. Sin embargo, esta capacidad de exageración, falsificación y aparente perfección implica que, al volverse referencia y asomarnos a ella, se genere un constante estado de expectativa y deseo, leña para la ansiedad. Como dice el filósofo italiano Bifo Berardi, “Ese camino en común no se halla inscripto en un código genético, en una pertenencia cultural; es, mejor dicho, el descubrimiento de una posibilidad compartida como punto de encuentro en la deriva singular del deseo. La comunidad que resulta de este proceso de recomposición es una comunidad de deseo, y no de necesidad”.(2) Así, la imposibilidad de alcanzar deseos sublimados por su exageración, por ser espejos deformados vendidos como realidad, se convierte en una fórmula para la ansiedad. No es simplemente nuestra exposición; somos el panóptico, lo vemos todo. Pero pasa que ponemos un foco especial en lo que nos falta. 

Si algo nos afecta –a nosotros y a nuestros cercanos–, la forma de vincularnos está obligada a cambiar. En su Fenomenología del fin, Berardi caracteriza la era digital por la transformación de las relaciones humanas –que habían sido, desde el paleolítico hasta las tres décadas recientes, relaciones predominantemente conjuntivas– a un actual predominio de las relaciones conectivas. “Mientras que la conjunción es el encuentro y la fusión de cuerpos esféricos o irregulares que están continuamente serpenteando su camino sin precisión, repetición o perfección, la conexión es la interacción puntual y repetitiva de funciones algorítmicas, de líneas rectas y puntos que se superponen perfectamente y se enchufan o desenchufan según modos discretos de interacción que vuelven las diferentes partes compatibles a un estándar preestablecido”.(3) Entonces, en la noción de Berardi, lo que caracteriza a las relaciones conectivas es su cantidad, velocidad e inmediatez, en contraposición con las relaciones conjuntivas, donde prevalece un relativo conocimiento mutuo con cierta profundidad marcada por las experiencias y el espesor del vínculo.

Creo que pocas cosas lo ejemplifican tan bien como la redefinición de la amistad a la de seguidores mutuos. Personas que están conectadas entre sí, se enteran del otro, interactúan por medio del gesto virtual por excelencia. el like y la reacción, mientras que no implican un mínimo conocimiento sobre el otro más allá del avatar. ¿Cuántas veces, ante la pregunta de si alguien es tu amiga/o, la respuesta va de un: “sí… o bueno, no sé, nos seguimos desde hace mucho”? Encima de este vacío e incertidumbre sobre nuestras relaciones sociales se genera una pérdida de sentido de comunidad, es decir,  una desterritorialización, como lo llamarían Deleuze y Guattari.

 

Un síndrome de la época: del espacio liso a las islas rocosas

Volviendo a la imagen del internet y la navegación con el scroll sin fin, perdimos el timón y dejamos que el barco se fuera a pique. Hoy somos náufragos, cada quien en su isla, no atolones del Pacífico, sino rocas afiladas en mares del norte. Las mareas son flujos de sentido que corren tan frías y veloces que no permiten ni una brazada. Habitamos islotes próximos separados por corrientes infranqueables: vemos el archipiélago, estamos cerca, pero nadar hacia otra roca roza la locura, quizá se salvan quienes sí sepan leer las mareas y adivinar sus virajes. Lo que se evapora es el territorio habitable en común y queda la ilusión de cercanía. Cada isla es un perfil, una orilla privada donde el algoritmo deposita sedimentos de sentido no nacidos de la vida compartida, sino de cálculos de atención. La comunicación es endeble y azarosa, como la de náufragos que dependen del mensaje en una botella o de interpretar una luz de bengala.

¿Qué hay más allá de nuestros archipiélagos? Hay otros: es un síndrome de la época. Su medicina paliativa también es individual –a decir de Berardi, la deserción. Pero la deserción tiene su costo y viene con su riesgo de pérdida, porque no se deserta siempre hacia otro territorio. Afuera del feed tampoco hay garantías de conjunción si habitamos en ciudades fracturadas y comunidades donde lo “vincular” se opaca frente a otras formas de relaciones. Sin territorio, con el espacio fragmentado y con la palabra “conexión” vaciada de sentido –si se va el internet–, no pueden nacer respuestas comunes. Y la pose “indie global” sigue planteando la nostalgia como defensa; el regreso como salida, la desconexión tecnológica –que suena a poco más que una nueva tendencia vintage, con sus limitaciones atadas a la moda y al capricho.  

Lo contrario sería asumir la complejidad y abordar el desdoblamiento entre ese mundo virtual y real. Ante ello, uno puede elegir y poner límites: asumir el avatar como máscara para operar en no-lugares como Instagram y aprovechar su potencia conectiva –que tampoco es todo infierno–, en la medida en que nos permita existir también fuera de ahí, en eso que sigo llamando mundo real.

Más difícil es el control, porque así como una cosa es el burro, otra la silla y otra quien lo apareja; una cosa es la aplicación, otra el dispositivo y otra el ser humano. Ese ser debería, en teoría, comprender y gobernar a las dos primeras, pero sucede que va perdiendo poder y comprensión a medida que se complejizan. Aceptamos sin leer las condiciones de uso; mejor sería escribir las nuestras, que respiren a nuestro ritmo y deseo. No se trata de recuperar el continente, menos si el mar sigue subiendo, sino de procurar comprender que nuestras islas no son tan lejanas y pueden formar conjuntos. 

Notas

  1. DataReportal. (2025). Digital 2025: April Global Statshot Report. https://datareportal.com/reports/digital-2025-april-global-statshot 
  2. Berardi, F. (2017). Fenomenología del fin: Sensibilidad y mutación conectiva. Caja Negra, p. 28.
  3. Ibid., p. 30.

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