Relación/no-relación entre la participación y la representación democráticas: aportes críticos a partir del legado y los desafíos de la propuesta dusseliana

Guillermo Recanati

Universidad Católica de Santiago del Estero - Argentina

guillermorecanati7@hotmail.com

Profesor de Filosofía; licenciado en Ciencias Religiosas por la Universidad Católica de Córdoba (Argentina); es especialista en Epistemologías del Sur por CLACSO (Brasil); también tiene un Diplomado Superior en Estudios Latinoamericanos y Caribeños por CLACSO (Brasil); así como un Diplomado en Educación Superior por la Universidad Católica Boliviana (Bolivia). Es doctor en Filosofía por la Universidad del Salvador (Argentina). Ha realizado estudios de posdoctorado en Ciencias Sociales, Humanidades y Artes en el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Actualmente es profesor en la Universidad Católica de Santiago del Estero en Argentina, en la Universidad Católica Boliviana (Cochabamba, Bolivia), y en la Universidad Nacional de Villa María (Córdoba, Argentina). Ha sido profesor en la Universidad Católica de Salta (Argentina) y profesor adscrito en la Universidad Católica de Córdoba. También es investigador (en el ámbito de la filosofía latinoamericana) en la Universidad Católica de Córdoba, y forma parte del Consejo de Stipendienwerk Lateinamerika-Deutschland – ICALA (Intercambio Cultural Alemán-Latinoamericano) con sede en Río Cuarto (Córdoba, Argentina).

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Relación/no-relación entre la participación y la representación democráticas: aportes críticos a partir del legado y los desafíos de la propuesta dusseliana

Relation/non-relation between democratic participation and representation: critical contributions from the legacy and challenges of the Dusselian proposal

Recibido: 18 de julio de 2025. Aceptado: 26 de febrero de 2026.

Cómo citar: Recanati, G. (2026). Relación/no-relación entre la participación y la representación democráticas: aportes críticos a partir del legado y los desafíos de la propuesta dusseliana. Revista Tlatelolco: democracia democratizante y cambio social. Dossier Especial - Enrique Dussel: la praxis y la teoría de la liberación, XX-XX.

Resumen

En general, quienes repensamos las democracias en, para y desde América Latina sostenemos que la base o fundamento último de los sistemas democráticos es la participación de la ciudadanía; sin esta, no existe una auténtica democracia. Tal participación (producto de la potentia –al modo spinoziano–) es ejercida en el acto. Sin embargo, por sus carencias, en el marco de nuestra realidad sociopolítica-económica actual, esta instancia necesita ser reinstitucionalizada. Por su parte, la representación de quienes gobiernan es delegada –la representación es institucionalizada como delegación–, por lo cual, se trata de un servicio al pueblo; no es un programa personal, partidista o de algún sector de interés, sino un instrumento para efectuar la voluntad popular, para materializar los “contenidos”. Es esta la razón de ser de la instancia representativa; si la misma no cumple con sus objetivos o se encuentra distorsionada es necesario, entonces, transformar la institución representativa, desinstitucionalizarla, “destruirla”, “dar la vuelta” para volver a empezar. De la mano de Dussel, quien vincula estos ámbitos en lugar de analizarlos por separado, intentamos reflexionar, a partir de su legado,  los desafíos que presenta su propuesta y ensayar algunos aportes para el debate actual.

Palabras clave:

Dussel, democracias, América Latina, participación, representación 

Abstract

In general, those of us who rethink democracy in, for, and from Latin America maintain that the ultimate foundation of democratic systems lies in citizen participation; without it, there can be no genuine democracy. Such participation—understood as the expression of potentia in the Spinozian sense—is exercised in practice. However, given its limitations within the framework of our current socio-political and economic reality, this sphere requires re-institutionalization. Representation, for its part, is delegated: representation is institutionalized as delegation. Consequently, it constitutes a service to the people rather than a personal, partisan, or sectoral project. Its purpose is to serve as an instrument for realizing the popular will and materializing substantive political contents. This is the very rationale of representative institutions. When they fail to fulfill their objectives or become distorted, it becomes necessary to transform them—to de-institutionalize, dismantle, or fundamentally reconfigure them in order to begin anew. Drawing on the work of Enrique Dussel, who connects these dimensions rather than treating them as separate spheres, this article reflects on the challenges posed by his proposal and, from the perspective of his intellectual legacy, seeks to contribute to contemporary debates on democracy and political representation.

Keywords:

Dussel, democracies, Latin America, participation, representation

Introducción

Uno de los temas cruciales en el debate latinoamericano contemporáneo sobre la democracia, es cómo alcanzar una participación ciudadana más amplia, efectiva y sustantiva en los procesos de toma de decisiones colectivas. Forma parte del imaginario social —e, incluso, cultural en tanto se encuentra arraigado experiencias históricas concretas—, la percepción de una marcada distancia entre la limitada (aunque indispensable) intervención de la ciudadanía en la esfera política, frecuentemente reducida al ejercicio periódico del voto, y la capacidad efectiva de decisión de quienes resultan electos para ocupar cargos de representación.  De hecho, durante las primeras décadas del siglo XXI, amplios sectores de la ciudadanía —particularmente en América Latina, aunque el fenómeno posee alcances globales— experimentan una creciente desilusión, frustración e impotencia frente a instituciones y prácticas políticas sobre las que perciben escasas posibilidades de incidencia y respecto de las cuales mantienen un profundo escepticismo.

La tensión entre la aspiración a una democracia ideal y las realidades prácticas de su implementación ha sido una constante en la evolución de los sistemas democráticos. Desde su origen en las ciudades-estado de la Grecia clásica en el siglo V a.C., ha existido un esfuerzo continuo por equilibrar la participación ciudadana con la representación, la gestión y la toma de decisiones gubernamentales (Rodríguez, 2017). Durante la era de Pericles, en Atenas, se dio la oportunidad para que los ciudadanos participaran activamente en el proceso decisional, marcando el primer experimento conocido de aquello que más tarde se denominaría democracia participativa. Sin embargo, las condiciones excepcionales de desarrollo democrático en la antigua Grecia han sido difíciles de replicar; principalmente, debido a su naturaleza de sociedad homogénea y tamaño reducido, que permitía una relación directa entre los ciudadanos (Rodríguez, 2017).

Después del declive de la democracia griega, el término “democracia” prácticamente desapareció hasta la llegada de la Modernidad europea. En su lugar, surgió el concepto de “República”. Durante la Edad Media, los monarcas de ciertos países convocaban a asambleas compuestas por nobles, clérigos y burgueses para tratar asuntos estatales, creando un sistema representativo y excluyente. De ahí, emergió la idea y formación del Parlamento. Ya en el Renacimiento, la participación política dejó de ser un mero tema teórico para convertirse en una exigencia social. La primera manifestación significativa de esta demanda tuvo lugar en los movimientos Levellers y Diggers en la Inglaterra del siglo XVII, que abogaban por la igualdad ante Dios (Rodríguez, 2017). Con el tiempo, la representación política se consolidó como el mecanismo principal para expresar la voluntad popular. El voto ciudadano se convirtió en el medio más eficaz para manejar la tensión histórica entre representación y participación (Rodríguez, 2017).

No obstante, el debate entre democracia participativa (o directa) y democracia representativa se intensificó durante la Modernidad europea en los siglos XVII y XVIII, especialmente tras la Revolución Francesa de 1789. Por un lado, estaban los defensores de la representación ––influenciados por pensadores como Montesquieu, Sieyés, Stuart Mill y Madison––, quienes abogaban por sus virtudes mientras exploraban formas de institucionalizar la participación popular. Por otro lado, se encontraban los defensores de la democracia directa, inspirados en Rousseau y su obra El contrato social. Rousseau argumentaba que cuando un pueblo delega su soberanía en representantes, la pierde junto con su libertad (Hernández, 2002). También sostenía que el pueblo inglés se piensa libre, pero en realidad se engaña: es libre solamente durante la elección de los diputados, volviendo luego a sus condiciones de esclavitud (Rousseau, 1999). La Revolución Francesa marcó el inicio de un intento por reconciliar estas dos posturas, frecuentemente vistas como opuestas.

En el siglo XIX, las masas comenzaron a tener un impacto significativo en la política impulsadas por la Revolución Industrial, los cambios en el sector rural y los procesos migratorios que concentraron a un gran número de trabajadores urbanos. Este fenómeno llevó a una mayor conciencia sobre la homogeneización de las condiciones de vida y a la lucha por los derechos políticos (Rodríguez, 2017). Las Revoluciones liberales en Europa, durante la primera mitad del siglo XIX, también influyeron en estos cambios, destacándose la lucha por el sufragio universal, la cual condujo al surgimiento de partidos políticos que apoyaban la democracia representativa (Rodríguez, 2017).

En síntesis, a partir de la Revolución Francesa comenzó a consolidarse, aunque no sin resistencias y controversias, la idea de articular los ideales de participación directa defendidos por Rousseau con las instituciones de la democracia representativa. Con el tiempo se reconoció que la democracia directa es difícilmente aplicable en los Estados modernos debido a factores como la extensión territorial, la densidad poblacional y la complejidad de la vida contemporánea. La participación permanente de toda la ciudadanía en cada una de las decisiones públicas se consideró impracticable, lo que condujo al desarrollo de sistemas democráticos basados en la representación política y sus diversas modalidades institucionales (Hernández, 2002).

A pesar de ello, la participación directa no ha sido completamente descartada. Aunque algunos sectores la consideran difícilmente compatible con las exigencias del Estado de derecho moderno, continúa siendo una alternativa vigente y, en diversos contextos, cada vez más relevante dentro de los regímenes democráticos contemporáneos. La democracia participativa, sustentada en la voluntad popular, incorpora mecanismos como el referendo, la iniciativa ciudadana, la consulta popular y otras formas de intervención directa de la ciudadanía en los asuntos públicos. Como se analizará más adelante, estas modalidades de participación no necesariamente se oponen a la representación política; por el contrario, pueden complementarla y fortalecerla. En este sentido, Hernández Valle (2002) sostiene que existen argumentos para defender la compatibilidad del referendo con una democracia representativa. La idea es que, siendo el gobierno representativo un modelo indispensable, los mecanismos de democracia semidirecta complementan y fortalecen la legitimidad democrática de los sistemas representativos. 

Durante el siglo XIX, en Europa, el predominio del constitucionalismo liberal hizo que la política estuviera dominada por los partidos y el Parlamento. No fue sino hasta el período de entreguerras, cuando el constitucionalismo comenzó a incluir el referendo como un mecanismo de participación directa en la toma de decisiones públicas relevantes. Esta medida buscó superar las crisis que el sistema parlamentario había generado en varios países europeos. Tras la Segunda Guerra Mundial, el uso del referendo se extendió y fue incorporado, con distintas modalidades, en países como Italia, Francia y Bélgica. Desde la década de 1960, tanto este mecanismo como otras prácticas de participación directa han experimentado un creciente proceso de institucionalización en países de Europa, América Latina y otras regiones del mundo (Hernández, 2002).

Coincidimos, en gran medida, con la preocupación de diversos autores —entre ellos el pensador latinoamericano Enrique Dussel— por repensar constantemente las posibilidades de una democracia que articule representación y participación, y en la que la ciudadanía pueda ejercer efectivamente funciones de vigilancia, control y fiscalización de los asuntos públicos. En distintas latitudes se han desarrollado experiencias que muestran la viabilidad de estos mecanismos y sus potencialidades democratizadoras. No obstante, los avances alcanzados distan de estar consolidados. De ahí la necesidad de sostener un esfuerzo permanente orientado tanto a preservar y profundizar los logros obtenidos como a imaginar e institucionalizar nuevas formas de participación ciudadana acordes con los desafíos contemporáneos.

En este trabajo nos proponemos explorar el legado y los desafíos que plantea Enrique Dussel en torno a la relación entre participación y representación democráticas, destacando tanto la potencia de sus aportes teóricos como las tensiones que surgen al intentar traducirlos en prácticas e instituciones concretas. En este sentido, nuestro objetivo no es únicamente exponer sus principales postulados, sino también recuperar críticamente algunas de sus intuiciones para abrir nuevas reflexiones sobre las condiciones que harían posible una participación ciudadana más efectiva en los procesos de decisión política.

1.Articulación y complementariedad entre la participación y la representación a partir del legado dusseliano

Tal como señalamos en la introducción, coincidimos con diversos autores, entre ellos el pensador Enrique Dussel, en que la democracia participativa y la democracia representativa no deben ser concebidas como modelos opuestos, sino como dimensiones complementarias de un mismo proceso democrático. Considerarlas de manera aislada impide una mejor comprensión de su funcionamiento, en la medida en que ambas se encuentran interrelacionadas y se codeterminan mutuamente (Dussel, 2022). En este sentido, estos momentos pueden entenderse como partes de una totalidad que hace posible la realización del sistema democrático. La separación histórica entre ambas dimensiones ha contribuido, a lo largo de la modernidad y hasta la actualidad, a que la democracia representativa liberal tienda en ocasiones a concentrarse en el ámbito de los partidos políticos, que monopolizan la práctica política delegada, mientras que ciertos enfoques que privilegian la democracia directa o participativa han enfrentado dificultades significativas en su implementación institucional (Dussel, 2012).

Enrique Dussel considera que, si estos conceptos se integran y se llevan a la práctica de manera conjunta, se avanzará hacia una “revolución popular mundial”. Esta sería una verdadera democracia participativo-representativa, donde los movimientos y organizaciones sociales desempeñan un papel central, estableciendo nuevas estructuras institucionales que, aunque más complejas, fomenten la participación activa del pueblo. La participación es esencial para expresar los intereses sociales y exigir reformas o transformaciones en estructuras e instituciones que no satisfacen las necesidades populares. Como afirman García Moraga y León Félix (2018), dado que la participación ciudadana no es un fin en sí misma, sino un medio para alcanzar objetivos, debe estar presente en los planes de desarrollo municipal, estatal, regional y federal e incorporarse en leyes que integren a los colectivos sociales dispuestos a participar en la toma de decisiones públicas. 

El concepto de democracia como un sistema que permite la participación ciudadana mediante el sufragio y la elección de representantes, y que se sustenta en la soberanía popular, forma parte de un consenso amplio en la teoría política contemporánea. Sin embargo, estos principios han sido tensionados en América Latina —y en otras regiones del mundo— por dinámicas políticas, institucionales e ideológicas que han afectado su realización efectiva y, en algunos casos, han distorsionado su funcionamiento (Vega, 2019).

Continuando con Enrique Dussel, su propuesta sobre la democracia se vincula estrechamente con su crítica de la modernidad eurocéntrica. En 1492: El encubrimiento del otro, sostiene que la modernidad occidental se constituyó históricamente a partir de procesos de exclusión, subordinación y explotación de los pueblos no europeos (Dussel, 2021). Esta crítica se extiende al concepto de democracia occidental, al que considera insuficiente para dar cuenta de las realidades de las sociedades poscoloniales y periféricas. Desde esta perspectiva, la participación democrática debe ir más allá de los marcos eurocéntricos dominantes y asumir la diversidad de experiencias históricas, culturales y políticas de los pueblos oprimidos.

Dussel propone un enfoque "transmoderno" de la democracia, que implica una superación de la Modernidad a través del diálogo intercultural y la incorporación de las voces subalternas. Este enfoque no solo rechaza el universalismo abstracto de la democracia liberal, sino que también plantea una reconfiguración del poder desde las bases y con una mayor inclusión de las comunidades históricamente marginadas.

Quienes reconsideramos las democracias en América Latina en sintonía con la propuesta dusseliana sostenemos, en términos generales, que la participación ciudadana constituye un fundamento central de los sistemas democráticos; sin ella, difícilmente puede hablarse de una democracia consolidada. Esta participación, entendida como expresión de la potentia en sentido spinoziano, se manifiesta en la acción política concreta. No obstante, debido a las limitaciones que presenta en el contexto socio-político y económico contemporáneo, esta dimensión requiere ser reconfigurada e institucionalmente fortalecida (Recanati, 2018).

La propuesta de Enrique Dussel sobre la participación democrática introduce una relectura crítica de la democracia liberal. Para él, la verdadera democracia es aquella que se construye desde el pueblo, con el pueblo y para el pueblo, y no puede limitarse a estructuras representativas que excluyen a las mayorías. La clave de su pensamiento está en la creación de una democracia participativa que asegure la vida digna de todos, especialmente de los más oprimidos, y que promueva una transformación estructural de la política en favor de la justicia social.

Según Dussel, la participación debe ser “propositiva”, es decir, expresar los intereses, demandas y necesidades de la comunidad política, así como orientar la búsqueda de soluciones adecuadas. Asimismo, debe desempeñar una función de supervisión del desempeño de los gobernantes, a fin de identificar y apoyar aquellas acciones que beneficien a la ciudadanía, así como para señalar, advertir y corregir errores, desviaciones o irresponsabilidades. Este momento de supervisión es crucial para legitimar la acción política. Sin embargo, en las democracias contemporáneas este ejercicio aún no se encuentra suficientemente institucionalizado (Recanati, 2018).

La potentia ––fuente del poder político de la sociedad y fuerza creadora del pueblo––  se materializa en la participación de las y los ciudadanos en la comunidad. Esta participación es la forma primordial del ser político y del poder político. Tanto la política como el poder político tienen su base en la participación ciudadana. Según Dussel, participar es comprometerse y asumir la responsabilidad de la comunidad en nombre de los demás. Es la expresión original de la “Voluntad de Vida”. Una comunidad con poder político es sólida, vital, participativa y corresponsable. Además, la “Voluntad de Vida”, la unidad producida por el consenso y los recursos que facilitan la vida política son frutos de la participación activa de los miembros de una comunidad (Dussel, 2012).

El concepto de participación evoluciona de una noción descriptiva —un “ser participativo”— hacia un principio fundacional del orden político. En este sentido, la participación puede entenderse como un elemento estructurante del campo político en su conjunto, a partir del cual se interpretan los distintos fenómenos políticos (Dussel, 2012). Desde esta perspectiva, la participación constituye un criterio central de legitimidad, en la medida en que los acuerdos políticos requieren de la intervención efectiva de los sujetos involucrados. Sin dicha participación, los procesos de legitimación pierden su anclaje en la voluntad popular. La legitimidad, por tanto, se sostiene en la presencia activa del pueblo (Recanati, 2018).

Dussel entiende que el Estado no debe ser eliminado, como proponen algunas teorías anarquistas o de extrema derecha, sino transformado. El Estado, según el pensador mexicano/argentino, debe ser el espacio en el que se institucionalice la participación popular, pero a partir de nuevas bases, donde la potentia del pueblo sea siempre prioritaria. La participación no debe limitarse a los mecanismos establecidos por el sistema actual, sino que debe crear nuevas formas de institucionalidad que reflejen el poder del pueblo. Así, la transformación radical del Estado supone no solamente la reforma de sus instituciones, sino también la creación de nuevas formas de organización política que garanticen la participación real del pueblo (Dussel, 2006).

Por otro lado, es importante reconocer que, sin condiciones de simetría en la participación, esta pierde su carácter propiamente democrático y puede derivar en formas de legitimación distorsionadas. La ausencia de tales condiciones genera situaciones de injusticia, en las que los sujetos afectados por procesos de exclusión no han podido intervenir en la definición de los acuerdos que inciden sobre sus derechos y su bienestar, ni han tenido posibilidad de cuestionarlos o modificarlos (Dussel, 2012). En este sentido, la legitimidad se vincula estrechamente con la participación efectiva, entendida como un principio estructurante de la comunidad política.

Además, es preciso señalar que la participación está ligada a la dignidad de la persona humana. La soberanía es la autorreferencia de la participación de cada uno de los miembros de la comunidad, quienes constituyen la comunidad de manera real y concreta (Recanati, 2018). De este modo, la comunidad se afirma a sí misma como soberana gracias a la participación de sus miembros ⎯primer momento⎯, y esta es la base de la legitimidad de la representación política ⎯segundo momento⎯ (Dussel, 2012).

Para transformar el Estado es esencial repensar una democracia más participativa que se sustente sobre un conjunto de instituciones adecuadas. En esta línea, la sociedad debe realizar un ejercicio de supervisión constante sobre los representantes y estar dispuesta a ejercer el poder soberano, incluyendo la constitución de un “Poder ciudadano” y un “Poder electoral”. La gobernabilidad democrática no está amenazada ni debilitada por este poder popular soberano; por el contrario, su viabilidad y legitimidad dependen de él (Recanati, 2018).

En definitiva, Dussel (2006) parte de una crítica radical a la democracia liberal moderna, la cual considera insuficiente para garantizar la verdadera participación de los pueblos oprimidos. Las democracias contemporáneas se centran en aspectos formales y procedimentales, como las elecciones y los partidos políticos, pero dejan de lado la participación real y sustantiva de la ciudadanía, especialmente de los sectores más vulnerables. Esta noción de democracia liberal, centrada en el procedimiento electoral y en el ámbito de las élites que toman decisiones en nombre de todo el pueblo, resulta insuficiente para garantizar una verdadera justicia social.

Enrique Dussel considera que esta democracia formal se apoya en la "lógica de la representación" que muchas veces excluye a las mayorías y permite la perpetuación de sistemas de dominación. El hecho de que la ciudadanía solo participe a través del voto, a la hora de elegir a los gobernantes, no garantiza una democracia sustantiva, ya que las estructuras de poder permanecen controladas por élites políticas y económicas. En contraste con la democracia liberal, Dussel (2006) propone una democracia más participativa que se basa en la implicación directa de la ciudadanía en la toma de decisiones. Esta democracia participativa tiene sus raíces en toda su propuesta liberacionista, donde los sectores oprimidos no son meros objetos pasivos de las decisiones de las élites, sino sujetos activos capaces de transformar las estructuras de poder.

Dussel, en su obra, introduce el concepto de "pueblo" como un actor central de la democracia participativa. En su concepción, el pueblo no es una abstracción, sino el conjunto de los sectores populares y excluidos que, desde abajo, tienen la capacidad de transformar la sociedad. La democracia participativa es, por lo tanto, una herramienta que permite que estos sectores no solo sean escuchados, sino que también tomen las riendas del poder político. Así, el “pueblo” es el auténtico protagonista de la vida política. Es quien, desde su lugar de exclusión y opresión, puede llevar adelante el proceso de transformación radical de las injustas estructuras de poder (Dussel, 2006).

Por otra parte, resulta necesario destacar que Dussel vincula estrechamente su teoría de la democracia participativa con su ética de la liberación. La vida política democrática debe estar orientada por una ética que coloque a los oprimidos al centro de su quehacer.  En este sentido, la democracia no es solo un conjunto de procedimientos, sino un estilo de vida que tiene como objetivo la liberación de los excluidos. El autor considera que toda política debe estar orientada por el “criterio de la vida” de los oprimidos. Así, la democracia participativa debe ser un instrumento al servicio de quienes han sido excluidos de las decisiones políticas (Dussel, 2006). Esta ética implica que la participación democrática no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar la justicia social. En este contexto, Dussel aboga por una participación que no solo sea más inclusiva, sino que esté orientada hacia la transformación radical de las estructuras de opresión (Dussel, 2006). 

Siguiendo el pensamiento dusseliano, la representación política debe entenderse como una forma de delegación del poder (potestas), orientada al servicio de la comunidad política. En este sentido, no puede concebirse como un proyecto personal, partidista o sectorial, sino como un medio para canalizar la voluntad popular y atender sus intereses y necesidades. La instancia representativa debe cumplir con estos fines; cuando ello no ocurre o se ve distorsionado su sentido, no basta con ajustes superficiales, sino que se vuelve necesario replantear sus fundamentos. Dussel (2006) critica, en efecto, la concepción liberal de la representación, al señalar que con frecuencia los representantes no se subordinan efectivamente al mandato popular, sino que tienden a alinearse con intereses de élites económicas y políticas. Desde esta perspectiva, una democracia auténtica requiere que el pueblo conserve un control sustantivo sobre las decisiones fundamentales, sin reducir su participación a la mera delegación del poder en una clase política. En este marco, se impone la necesidad de repensar la política desde sus bases, lo que implica una reflexión sobre el concepto mismo de poder y sobre la articulación entre participación y representación en las democracias contemporáneas.

Dado que en comunidades de gran escala la participación directa de todos los ciudadanos resulta difícil de implementar de manera sostenida, los sistemas democráticos han tendido a organizarse mediante esquemas de representación política. Sin embargo, esta forma de organización no está exenta de riesgos, en la medida en que puede generar una distancia entre los representantes y la voluntad de la sociedad. En ciertos casos, los actores políticos pueden orientar sus decisiones hacia intereses propios o hacia la defensa de grupos particulares, en lugar de responder al mandato ciudadano (Recanati, 2018).

 

La instancia representativa, en tanto concreción de la voluntad popular, puede adquirir un carácter ambivalente. Por un lado, puede ser entendida como el ejercicio delegado del poder orientado a la obediencia del mandato ciudadano; por otro, puede devenir en un mecanismo mediante el cual el poder político se ejerce en beneficio de intereses propios o de grupos particulares. En este segundo caso, se configura un fenómeno de corrupción en el ejercicio de la representación. En las últimas décadas, amplios sectores de la ciudadanía en América Latina han percibido la persistencia de estas prácticas como un rasgo recurrente de la vida política.

Así, dado que el momento representativo resulta necesario pero está atravesado por ambigüedades estructurales, se vuelve crucial explorar formas más desarrolladas de participación que trasciendan las instancias tradicionalmente establecidas. Para lograr una mejor articulación con la representación y reducir la distancia entre las demandas ciudadanas y la acción política efectiva, es necesario replantear las formas institucionales de la representación. Este replanteamiento no implica necesariamente su mera reforma superficial, sino una transformación más profunda de sus mecanismos y principios de funcionamiento.

Con relación a lo anterior, Dussel también destaca el concepto de “democracia deliberativa”, en la que los ciudadanos deben participar en debates y discusiones sobre políticas públicas antes de que se tomen decisiones. Este tipo de democracia, según él, facilita el empoderamiento del pueblo y fomenta un sentido de responsabilidad colectiva hacia el bien común. En este punto, Dussel otorga un papel crucial a los movimientos sociales como agentes de transformación democrática (Dussel, 2009). Estos movimientos representan una fuerza desde abajo que desafía las estructuras de poder tradicionales, al tiempo que exige una mayor participación en la toma de decisiones. Para el autor, los movimientos sociales son la verdadera expresión del poder popular, pues surgen de las necesidades reales de los sectores oprimidos y son capaces de transformar el sistema desde dentro (Dussel, 2009). Este enfoque está en sintonía con las experiencias históricas de resistencia en América Latina, donde los movimientos indígenas, campesinos, feministas y populares han jugado un papel decisivo en la lucha por la justicia social y la democratización de la sociedad.

Otro de los conceptos clave en la obra de Dussel es el de “poder obediencial”, que asume del zapatismo (“los que mandan obedeciendo, no mandan mandando”). Este concepto implica que el poder no debe ser ejercido por una élite que se impone sobre el pueblo, sino que debe ser ejercido en obediencia al mandato del pueblo (Dussel, 2006). Insistimos, el poder legítimo, según Dussel, es aquel que emana del pueblo y se ejerce en beneficio de este.

En síntesis, el pensador de la liberación sostiene que la política debe ser comprendida como un espacio de autoorganización popular, donde el pueblo pueda deliberar sobre los asuntos que afectan sus vidas cotidianas (Dussel, 2006). Para él, la verdadera democracia es aquella que se construye desde abajo, mediante la participación directa y continua de la ciudadanía. En este sentido, Dussel considera que el poder político auténtico es obediencial: está al servicio de los intereses y necesidades del pueblo, y no de las clases dominantes.Este momento obediencial no es únicamente un fundamento normativo del orden político, sino también de creación histórica, ya que es el nuevo momento de acción crítica y transformadora de la “Voluntad de Creación” que surge de la “Voluntad de Vida” y que toma postura frente a la “Voluntad de Poder” (Dussel, 2006). 

Se trata de las víctimas históricas que irrumpen desde la exterioridad y niegan el poder fetichizado que las ha condenado a muerte. En este horizonte, la noción “hiperpotencia”, desarrollada en la Política de la liberación, alude a la capacidad creadora de transformación histórica que emerge desde los sujetos oprimidos (Dussel, 2022; Torres, 2023). Este enfoque se vincula con su crítica radical de la representación liberal, en la cual el poder se concentra en manos de una minoría que, a menudo, toma decisiones alejadas de las necesidades del pueblo. En ese sentido, el poder obediencial propone una horizontalización del poder, donde los gobernantes están en constante diálogo y obediencia a la voluntad popular. De hecho, la democracia solo puede ser genuina cuando las mayorías excluidas tienen el poder de decidir ⎯de manera simétrica⎯ sobre su propio destino, y cuando el poder político se ejerce en obediencia a dicha voluntad popular.

2.Desafíos en torno a la participación democrática a partir de la propuesta dusseliana

Uno de los principales desafíos que nos presenta el pensamiento ético-político liberador de Dussel es la implementación práctica de sus ideas sobre la participación democrática. Aunque su crítica a la democracia liberal y su propuesta de una democracia radical y participativa son influyentes en el campo teórico, la traducción de estas ideas en políticas concretas enfrenta dificultades. Los sistemas políticos actuales están profundamente enraizados en estructuras de poder que se resisten a la redistribución y la participación de los sectores más excluidos.

El desafío radica en cómo transformar estas estructuras desde dentro sin reproducir las dinámicas de poder que Dussel critica. La democratización de las instituciones políticas, la creación de espacios para la participación directa de las comunidades y la construcción de un poder político verdaderamente inclusivo son tareas complejas que requieren no solo un cambio en las estructuras formales, sino también una transformación cultural y social.

Otro desafío significativo, a partir de la propuesta dusseliana, es la tensión entre la participación democrática y la necesidad de “autoridad política”. Dussel reconoce que la participación directa de todos los sectores sociales es esencial para una democracia genuina, pero también es consciente de la necesidad de contar con “autoridad o liderazgo” para coordinar y gestionar la vida política. La cuestión radica en cómo equilibrar la autoridad política sin caer en formas autoritarias de gobierno y, al mismo tiempo, garantizar que la participación democrática no se diluya en formas de poder burocráticas o tecnocráticas. La propuesta surgida de la experiencia zapatista resulta especialmente relevante para repensar la democracia desde una lógica participativa y comunitaria. No obstante, su implementación enfrenta importantes obstáculos culturales, políticos e institucionales. En amplios sectores sociales persiste la concepción, según la cual, quien gobierna ejerce el mando de manera vertical y autónoma, más que en obediencia a la voluntad colectiva. Esta comprensión del poder responde, en buena medida, a un proceso histórico de fetichización mediante el cual las estructuras de dominación han logrado presentar el ejercicio del poder como una facultad propia de quienes gobiernan y no como una atribución delegada por la comunidad política.

Tal vez, la principal tarea sea la de proponer, nuevamente, la misión del intelectual orgánico (docente, líderes sociales, etc.), cuya labor es la de colaborar en la toma de conciencia del pueblo en torno a cómo su poder le ha sido arrebatado, y sobre la necesidad imperiosa de liberarse de esas esclavitudes ideológicas tomando las riendas de su propio destino. En el orden práctico, uno de los obstáculos principales para una mayor participación ciudadana radica en la falta de actualización de los mecanismos de participación. Nos parece pertinente que se estén explorando métodos como el "voto electrónico" en elecciones presidenciales, legislativas y durante el mandato de los gobiernos. Sin embargo, es crucial abordar esta transición con precaución para evitar fomentar prácticas corruptas que podrían aprovecharse de la nueva tecnología.

En relación con lo anterior, resulta pertinente señalar que la incorporación de tecnologías digitales a los procesos electorales y a los mecanismos de supervisión ciudadana constituye una tendencia cada vez más relevante en diversas democracias contemporáneas. Estas herramientas han comenzado a ampliar las posibilidades de participación, seguimiento y control de la gestión pública, dando lugar a nuevas formas de interacción entre la ciudadanía y las instituciones políticas. Entre los beneficios destacados que brindan estas tecnologías se encuentra el mencionado "voto electrónico", que permite participar mediante dispositivos electrónicos como computadoras, máquinas de votación electrónicas e incluso teléfonos móviles (Tula, 2012). Insistimos en que el mayor desafío, al adoptar el "voto electrónico", es garantizar la seguridad. De acuerdo con Tula (2012), numerosos expertos han identificado riesgos para la integridad y la privacidad del voto en sistemas sin controles exhaustivos. Las pruebas piloto realizadas en los últimos años han mostrado que los sistemas de votación electrónica son vulnerables; de hecho, los intentos de hackeo y manipulación externa han sido observados en casi todas las ocasiones (Tula, 2012).

A pesar de estos retos, no debemos desistir; la tecnología ha llegado para quedarse y ⎯así como se ha integrado exitosamente en otros ámbitos sociales, económicos y culturales⎯  también debe adoptarse en el campo de la democracia participativa y representativa. El avance tecnológico abre la puerta a una participación ciudadana más amplia, ofreciendo formas más completas y eficientes de experiencia democrática. No obstante, este progreso no es uniforme, y varía según las realidades culturales, las demandas sociales, las posibilidades concretas y las intenciones políticas en cada región. Por lo tanto, el uso de la tecnología en procesos electorales y los mecanismos de supervisión ciudadana debe ser manejado con cautela, discernimiento y consenso entre los diferentes actores sociales y representantes de diversos sectores.

3.Repensando la incorporación de prácticas de participación democrática a partir de nuestras raíces culturales precolombinas y afroamericanas

Una de las mayores preocupaciones de Enrique Dussel, a lo largo de su itinerario intelectual, ha sido la de repensar la realidad latinoamericana desde nuestras perspectivas y categorías propias, y no simplemente repitiendo perspectivas, experiencias, conceptos, juicios y tradiciones de otros “lugares” ⎯como las concepciones del “centro” o eurocéntricas⎯. Estas concepciones se han convertido históricamente en autoconcepciones que han perpetuado la “colonización del mundo de la vida” o simplemente no nos han permitido pensar de manera más auténtica y libre desde nuestra propia realidad al interior del Sur Global. Sin dejar de lado la herencia europea, que forma parte irrenunciable de nuestro “ser latinoamericano”, es menester atender a nuestras raíces precolombinas y afroamericanas que también constituyen nuestro “ser latinoamericano”. 

Lo dicho responde a la propuesta dusseliana, arriba mencionada, de un enfoque “transmoderno” a la hora de repensar los sistemas democráticos actuales. Reformular la participación democrática no solo desde la tradición europea, sino también desde estas culturas que han conformado ––y conforman–– nuestra identidad es una obligación, una necesidad y un acto de justicia. Las prácticas de participación de estas culturas se encuentran presentes en nuestras raíces culturales y sociales, así como también forman parte de nuestro “mestizaje cultural”. La tarea será la del reconocimiento histórico de dichas prácticas y la planificación para implementarlas en nuestros sistemas democráticos actuales. 

De hecho, gracias a numerosos estudios que se han llevado a cabo sabemos que, si bien las prácticas de “participación democrática” en las culturas precolombinas y afroamericanas fueron diversas y no se ajustan a las concepciones modernas de democracia, manifestaron una serie de mecanismos comunitarios, deliberativos y de consenso que promovieron la participación activa de los miembros de la comunidad en la toma de decisiones. Algunas investigaciones que se han llevado a cabo como las de Herrera Salazar (2023), León-Portilla (2017), Murrua (2002), entre otras, nos aportan elementos para repensar las prácticas de participación en nuestras democracias actuales. De hecho, estas propuestas pueden enmarcarse en una visión más amplia de las democracias participativo-representativas latinoamericanas, donde se reconozcan las tradiciones ancestrales y convivan con los contextos contemporáneos para fomentar una ciudadanía más activa.

En la actualidad, por ejemplo, en Bolivia, el concepto de “Estado Plurinacional” ha sido un referente que muestra cómo es posible reconocer las formas de participación de los pueblos originarios en la Constitución Nacional/Plurinacional. Este tipo de enfoque puede extenderse a otros países para fortalecer la autonomía y las prácticas de participación popular de los pueblos precolombinos y afrodescendientes. No se trata de volver al pasado, sino de conectar los valores democráticos tradicionales de los pueblos originarios y afroamericanos (que conforman nuestra identidad) con las dinámicas actuales de gobernanza en América Latina. Para ello, es crucial no solo reconocer y visibilizar estos sistemas ancestrales, sino también adaptarlos a las realidades contemporáneas por medio de políticas públicas inclusivas, procesos participativos y una educación intercultural que promueva la diversidad y la justicia social.

4.Reflexiones finales

Con base en el análisis anterior, podemos afirmar que no se trata de reemplazar al sistema representativo por el participativo, sino de vincular dichos sistemas ⎯o instancias de un mismo proceso⎯ de manera adecuada, a fin de que las decisiones políticas sean las decisiones del pueblo soberano y no las de unos pocos que se adueñan del poder por más que este haya sido otorgado por la mayoría de ese pueblo.

Para lograrlo, es necesario que quienes, desde nuestras epistemologías del Sur, hemos desarrollado una conciencia crítica de esta realidad y contamos con algún grado de responsabilidad social —por ejemplo, como docentes, investigadores e investigadoras comprometidos con la formación de las nuevas generaciones en América Latina, el Caribe y otros Sures— asumamos activamente esta tarea. En ese sentido, al modo del intelectual orgánico de Gramsci (1981) —siempre desde una perspectiva crítica y abierta a la revisión—, contribuyamos a la formación de conciencias auténticamente democráticas.

En América Latina hemos sido víctimas, a lo largo de nuestra historia, de mitos o fetichismos engañosos, a través de los cuales nos han colonizado externa e internamente. No compartimos el optimismo de algunos intelectuales latinoamericanos en cuanto a la posibilidad inmediata de emancipación. Sin embargo, coincidimos en la necesidad —y en la posibilidad— de impulsar cambios graduales que permitan, paso a paso, transformar las estructuras que sostienen un orden social injusto. Tales cambios deberán efectuarse comenzando por un profundo debate acerca de las percepciones (epistemologías/interpretaciones) que tenemos sobre nuestra propia realidad, es decir, sobre una auténtica o inauténtica toma de conciencia de nuestra situación de víctimas. Si carecemos de un adecuado diagnóstico, careceremos de soluciones reales. Deberá llevarse a cabo, incluso, una seria revisión y autocrítica epistemológica en cuanto a nuestras maneras de pensarnos, revisando de modo permanente nuestros presupuestos, preconceptos, prejuicios, etc. con los que construimos nuestras argumentaciones “sureñas”. Además, será necesario llevar, al nivel del consenso, propuestas claras, precisas y concretas a fin de que la añorada liberación de los oprimidos no quede atrapada en el ámbito de lo formal o discursivo, sino que pueda realizarse de manera efectiva. 

Tal como hemos señalado, uno de los modos de participación popular en las decisiones políticas o económicas y en la fiscalización de la gestión de gobierno es el “voto electrónico”; el cual, no debe reducirse al momento de la elección de los gobernantes, sino que debe ser una práctica frecuente a través de referendos, plebiscitos, etc. a lo largo del mandato otorgado por el pueblo. Al respecto, algunas propuestas interesantes se vienen desarrollando en diferentes países, incluso mediante el posible uso de las redes sociales como medio de participación popular. 

Como hemos señalado, numerosos especialistas en la materia no comparten este optimismo y advierten más riesgos que beneficios. Entre ellos destacan la persistencia de las desigualdades sociales, las diferencias en el acceso a internet y a las tecnologías digitales, los problemas de seguridad informática, las tensiones entre anonimato y privacidad, así como las brechas generacionales, entre otros factores. Más allá de estas posiciones divergentes, el debate permanece abierto y resulta especialmente relevante para la reflexión sobre la democracia participativa y representativa. Quienes asumimos la tarea de seguir pensando, en, para y desde nuestros Sures, formas más participativas, justas y democráticas de vida colectiva, debemos continuar reflexionando críticamente sobre las posibilidades, los límites y las condiciones de implementación de las tecnologías digitales en el ámbito político, procurando que estas se orienten al fortalecimiento de la comunidad y al bien común.

Ahora bien, es necesario ser cautelosos, ya que el gran riesgo es la fetichización. Esta ha estado siempre presente, ya sea en los ámbitos de poder, en las formas de representación de las víctimas o incluso en la visión del propio “intelectual orgánico”. Por ello, es fundamental mantenerse atentos, pues los sistemas tienden a totalizarse y a fetichizarse. No se trata, por ejemplo, de imaginar la erradicación definitiva de las relaciones de dominación o de conflicto. Siempre existirán tensiones, asimetrías y nuevas formas de ejercicio del poder, incluso dentro de los grupos que buscan transformarlo. Por lo tanto, no debemos aspirar a una sociedad política perfecta; ello constituiría un error considerable, una ilusión sin fundamento. Tal vez la clave, como sugiere Hinkelammert (1977), sea aprender a “vivir el presente eterno”. Si esperamos la revolución para comenzar a vivir, dejaríamos de habitar el presente. Más aún, toda transformación auténtica exige pensar el futuro desde el presente y actuar sobre este. Así, la política tiene el deber de dar sentido a la presencia y al presente, revelando en ellos la figura del ausente, es decir, del oprimido que reclama justicia y liberación. Para lograrlo de manera efectiva, debemos transformar las estructuras que producen exclusión y construir cotidianamente un orden más equitativo, capaz de reducir el número de víctimas.

El legado de Enrique Dussel en el campo de la participación democrática es profundo y desafiante. Su crítica a la modernidad y al liberalismo político, junto con su propuesta de una democracia radical y participativa, ofrece una visión alternativa para las sociedades contemporáneas, especialmente en el contexto latinoamericano. Sin embargo, la implementación práctica de estas ideas enfrenta importantes obstáculos, tanto a nivel institucional como cultural. Los desafíos que plantea su pensamiento siguen siendo relevantes en un mundo donde la democracia enfrenta nuevas amenazas y donde la inclusión de los sectores oprimidos sigue siendo una tarea pendiente.

Desde nuestra perspectiva, el primer paso consiste en avanzar hacia un reconocimiento real y concreto del “Otro”, lo cual exige tomar conciencia de la propia “Alteridad, Exterioridad y de la del Otro”. Esta toma de conciencia es posible, ya que la experiencia histórica de América Latina ha sido —y continúa siendo, en muchos sentidos— la de una alteridad excluida y explotada por una racionalidad que no ha reconocido plenamente su diferencia. A partir de allí, es posible continuar el proceso de cambio mediante pequeñas y mutuas actitudes de respeto, reconocimiento, autorreconocimiento y valoración. Aunque estas acciones quizá no transformen por sí solas la “historia”, sí pueden, desde los espacios frecuentemente relegados a la “no historia”, contribuir a la gestación de un horizonte esperanzador de justicia y liberación. Ese será —junto con el de Dussel— el legado que aspiramos a transmitir a las futuras generaciones.

Bibliografía y fuentes consultadas

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Dussel, E. (2009). Política de la liberación. La arquitectónica. Volumen II. Trotta. 

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Dussel, E. (2022). Política de la liberación: crítica creadora, Volumen III. Trotta.

García, R., y León, R. (2018). Democracia representativa y participativa. En R. Ortega, R et al. (Coords.), Teoría, impactos externos y políticas públicas para el desarrollo regional (pp. 1-24). UNAM. 

Gramsci, A. (1981). Cuadernos de la cárcel (6 vols.). Ediciones Era.

Hernández, R. (2002). De la democracia representativa a la democracia participativa, Anuario Iberoamericano de justicia constitucional, (6), 199-220.

Herrera, G. (2023). Filosofía maya: Antes de la invasión. Editorial Las cuarenta. 

Hinkelammert, F. (1977). Las armas ideológicas de la muerte: El discernimiento de los fetiches, capitalismo y cristianismo. DEI.

León-Portilla, M. (2017). La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. UNAM.

Murra, J. (2002). El mundo andino: Población, medio ambiente y economía. IEP Ediciones.

Recanati, G. (2018). La institucionalización de la participación democrática: Aportes filosófico-políticos desde el horizonte de los postulados dusselianos. En H. Lell (Comp.), Actas del II Congreso Internacional “Instituciones e interdisciplina: Alcances jurídicos, económicos y epistemológicos” (pp. 175-191). EdUNLPam.

Rodríguez, A. (2017). Democracia participativa y representativa: Desafíos de la democracia costarricense en la actualidad. Humania del Sur, (22), 101-116. 

Rousseau, J. (1999). El contrato social. El Aleph.

Serpa, C. (2019). De la democracia-representativa a la participativa. El Heraldo de México. https://www.elheraldo.co/de-la-democracia-representativa-la-participativa-121434 

Torres, J. (2023). [Reseña del libro Política de la liberación: Crítica creadora. Volumen III, por E. Dussel], Piezas, 14(37). 

Tula, M. (2012). Democracia, elecciones y nuevas tecnologías. El voto electrónico, Revista Mexicana de Análisis Político y Administración Pública, 1(2), 9-21.