Licenciado en derecho por la Universidad Anáhuac, maestro en Derecho Constitucional y Derechos Humanos por la Universidad Panamericana y doctor en Derecho con mención honorífica por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Ha participado en la impartición de congresos, cursos y seminarios en instituciones públicas y privadas, abordando los temas de acceso a la información, protección de datos personales y el derecho a la privacidad. En el campo profesional ha colaborado en el ejercicio y protección de los derechos de acceso a la información y protección de datos personales, así como en la difusión y acceso a derechos culturales.
El presente ensayo busca entender los alcances del llamado “derecho al olvido”, como la posibilidad de desindexar cierta información que puede ser descontextualizada por otros usuarios causando afectaciones al autor de dicho contenido. Este derecho fue reconocido judicialmente en la resolución C-131/12 del Tribunal de Justicia de la Unión Europea en un proceso identificado como “caso Costeja”, desde donde se ha replicado en diferentes partes del mundo.
Cabe señalar que la memoria importa, por ejemplo, en tanto cualidad del buen gobernante, según filósofos como Sócrates o Platón –quienes desarrollaron en sus teorías la importancia de la memoria. El propósito de este ensayo es analizar algunas ideas sobre la memoria y su desarrollo, tomando como referencias planteamientos surgidos desde la antigüedad. Esto ayudará a exponer y entender que en la actualidad su contraposición con el olvido no es nueva ni dependiente de los avances tecnológicos actuales; escapa a la era digital y nos demuestra que su conflicto ha sido considerado desde tiempos antiguos.
La memoria y el olvido se han presentado como una dualidad. En los Diálogos de Platón, en el Libro VII de la República o de lo justo, el filósofo griego señala cómo Sócrates habla del “buen gobernante”: “Es preciso, además, que tengan memoria, voluntad, amor al trabajo y a todo género de trabajo, sin distinciones” (Platón, 2019, p. 882). También enumera los elementos que constituyen el espíritu filosófico: a) amar apasionadamente la ciencia; b) el horror a la mentira; c) tener gusto solo por los placeres puros del alma; d) que no haya nada bajo en el alma; y e) la facilidad o dificultad para aprender, teniendo una excelente memoria, pues quien olvide todo no sería apto para convertirse en el filósofo-rey (Rabasa, 2022).
Platón continúa, en su Carta VII, señalando que:
[…] de modo que quienes no sean aptos por naturaleza ni afines a la justicia ni a las otras cosas bellas, por mucha memoria y facilidad para el aprendizaje que tengan en unas cosas u en otras, ni tampoco cuantos sí posean esa afinidad, pero sean lentos y no retengan nada de su memoria: ninguno de ellos logrará aprender jamás, llegado el caso, la verdad de la virtud o del mal. (Platón, 2014, p. 105)
Entonces, podemos ver esa valoración antigua por el recuerdo entendido no como una evocación en sí misma, sino como un valor social en relación con el individuo que lo invoca: es decir, memorizar en relación con un bien ulterior y la distinción entre la virtud y el mal.
La memoria ha sido analizada a lo largo de la historia no por sí sola, sino como una contraposición natural que deviene en su ausencia y que se representa en la figura del olvido. Al respecto, el autor Paul Ricoeur (2019) recuerda la metáfora de la cera de Sócrates, en la que se une a la memoria y al olvido en relación con un bloque maleable de cera donde podemos imprimir y recordar lo que permanezca ahí; sin embargo, aquello que se borre o que no podamos imprimir lo olvidamos y, por tanto, no lo conocemos. De ahí, observamos el principio de la dualidad de la memoria como símbolo de lo que permanece y el olvido, como aquello que no fue registrado y se pierde en su consumación. Por su parte, para Lledó, la memoria y el olvido nacen juntas en la antigua Grecia: la memoria como un espacio para el aprendizaje y la experiencia, mientras que el olvido se parece más a la muerte (Leal et al., 2014).
La memoria se concibe como un valor para el gobernante, quien debe recordar el pasado para gobernar mejor el presente. Asimismo, el gobernante tiene la responsabilidad de buscar nuevos modos de registrar el pasado a fin de que perdure en su propia memoria para, así, ser parte de la memoria colectiva, mientras que el olvido es la omisión de dicha acción o valor.
Cicerón refirió como una máxima clásica que “la historia es maestra de la vida” (Cruz, 2017, p. 39): es una guía, un acercamiento a la naturaleza humana de aprender de los errores, tanto a nivel individual como colectivo. No obstante, no debemos maximizar a la memoria como valor absoluto de prudencia humana y beneficio social. Como señala Huyssen, no hay que confundir a la memoria con un sustituto de la justicia (Cruz, 2017). No solo por recordar el pasado, o en su defecto por olvidarlo, el buen gobernante cumple su función y brinda justicia.
En suma, la memoria es necesaria para recordar el pasado. Sin embargo, un gobernante, únicamente memorioso, no cumpliría con su función de forma adecuada; la memoria está ligada a la búsqueda de la justicia, como una herramienta, pero no como un valor absoluto, ya que puede ser manipulada y encausada para otros fines ajenos al bien común.
Otra aportación interesante se relaciona con Sócrates y el concepto de la epistemología, señalando que conocer es recordar, y la forma de recordar es con preguntas y cuestionamientos: por ejemplo, enseñando a un esclavo geometría con interrogantes básicas que lo llevan a conclusiones legítimas (Rabasa, 2022).
Es decir, para Sócrates, el buen gobernante debe tener un buen maestro que lo ayude a distinguir entre la memoria y el razonamiento, sin que la virtud pueda obtenerse por la ciencia, pero sí descubrirse a través de la capacidad de raciocinio del individuo. Incluso, como lo señala Paul Ricoeur (2019) al referirse al mito de la cera: la dualidad entre memoria y olvido escapa a la temporalidad de las sociedades modernas y ha producido abusos en el uso de la memoria, al generar una cierta falsa identidad, manejando la propia historia y la memoria pública con el fin de manipular grupos sociales para fines determinados.
Por su parte, el olvido siempre ha sido un tema controversial: la historia de la humanidad ha estado ligada a la forma de perdurar, de crear registros para la posteridad, de buscar la manera de recordar y dejar huella del paso de las distintas culturas y civilizaciones. Planteado lo anterior, el olvido parece un antivalor, un camino contrario a la vocación de la humanidad y una desviación en la misión del recuerdo eterno.
En ese contexto, Nicole Loraux (2008) expone un escenario en las polis griegas en el año 403 a. de C., en donde los ciudadanos de Atenas proponían al olvido como una vía para superar la devastación y dolor de una guerra civil, evitando recordar los males del pasado, “como si la memoria de la ciudad se fundara en el olvido de lo político como tal” (p. 42), y “como si al jurar no recordar el pasado, la ciudad ateniense hubiera fundado otra vez su existencia política en una pérdida de memoria” (p. 42). En este caso se llega al extremo, por los atenienses, de inclinar la balanza de forma absoluta, de satanizar un valor sobre el otro; cuando, en realidad, la memoria y el olvido tienen una dualidad en la vida del individuo en sociedad.
Loraux (2008) continúa exponiendo que el pasado como “memoria política consistía en desactivar mutuamente el presente y el pasado lejano, para olvidar el pasado más reciente” (p. 268). Esto significa controlar al pasado a través del presente, permitiendo un olvido selectivo para superar diferencias y reunificar a una nación.
Finalmente, cabe señalar que la posición ateniense, por preferir el olvido, sucede en el año 403 a. de C., siendo que Sócrates vivió del año 470 a. de C., al 399 a. de C., y Platón del 427/429 al 348/347 a. de C. Probablemente, dicha decisión forme parte de sus críticas al mal gobierno, prefiriendo a Platón y la memoria como virtud del buen gobernante, aunque siempre ligada a otras virtudes y fines, a efecto de que el filósofo-rey pueda acercarse a buscar la justicia.
Podemos considerar que en la era digital continúa vigente la aproximación de Sócrates y Platón a la memoria. Internet facilita la vocación de recordarlo todo. Sin embargo, a la luz de estos autores se vuelve relevante acordarse de que existe una antigua dualidad entre olvido y memoria. En ocasiones, el buen gobierno considera una balanza entre ambos, en tanto herramientas para acercarse a la justicia, pero sin abusar de uno u otro para manipular el camino político que siguen las sociedades.
Si bien la memoria siempre debe preferirse como virtud sobre el olvido, no se deja de lado que, en ocasiones, el recuerdo atemporal y descontextualizado sirve para dividir y vulnerar; sobre todo, cuando el buen gobernante busca distinguir con lo que sabe, entre la virtud y el mal.
Cruz, M. (2017). Cómo hacer cosas con recuerdos. Sobre la utilidad de la memoria y la conveniencia de rendir cuentas. Katz Editores.
Leal, N.y Ortiz, G. (2014). Memoria y olvido colectivo. En G. Ortiz, Coord., Memoria y olvido colectivo. Una perspectiva dentro del ámbito político (46-89). Universidad Nacional Autónoma de México.
Loraux, N. (2008), La ciudad dividida. El olvido en la memoria de Atenas. Katz Editores, traducción de S. Vassallo.
Platón (2014). Carta VII. Ediciones Cátedra, traducción de Cano Cuenca, Jorge.
Platón (2019). Diálogos. Libro VII, de la República o de lo Justo. Editorial Porrúa.
Rabasa Gamboa, E. (2022). Historia del pensamiento político. La antigüedad clásica: la política como ética y el problema de la justicia. Tomo I. Movimiento Ciudadano.
Ricoeur, P. (2019). La memoria, la historia, el olvido. Editorial Docencia, traducción de A. Nera.
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