ISSN : 2992-7099

La política maximalista israelí y la guerra con Irán de 2026

Ilustración: Horacio Leonardo Vázquez García

Moisés Garduño García

Moisés Garduño García

ORCID: https://orcid.org/0000-0002-3407-6578

Académico mexicano especializado en estudios árabes e islámicos contemporáneos, con una sólida trayectoria en investigación, docencia y divulgación. Es licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México, maestro por El Colegio de México y doctor con mención Cum laude por la Universidad Autónoma de Madrid. Realizó un posdoctorado en el CIESAS.

Desde 2014 forma parte de la planta académica de la UNAM, donde actualmente es profesor titular de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, además de investigador nivel II del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras.

Es autor de numerosas publicaciones en varios idiomas, incluyendo libros, artículos y capítulos académicos. Destaca su obra Los Combatientes del Pueblo de Irán, reconocida internacionalmente por la International Convention of Asia Scholars. Ha participado en múltiples proyectos de investigación nacionales e internacionales, así como en espacios editoriales y académicos de alto nivel. Su labor docente y formativa es amplia, con decenas de estudiantes dirigidos y evaluados. Asimismo, mantiene una presencia activa en medios como CNN en Español y Aristegui Noticias, contribuyendo a la divulgación del conocimiento. Ha sido reconocido con diversos premios, entre ellos el de la Academia Mexicana de Ciencias, consolidando una trayectoria destacada en las ciencias sociales.

27 marzo, 2026

Introducción

El presente texto tiene como objetivo analizar cómo el proyecto del Gran Israel ha actuado como catalizador para la consolidación del maximalismo israelí como marco explicativo de la rivalidad entre Irán e Israel (este último apoyado por Estados Unidos). Para defender este argumento, el texto se estructura en cinco secciones que conectan el nivel internacional de análisis con el estudio de caso concreto de las guerras entre Israel e Irán. 

En primer lugar, se establece el contexto general del “giro autoritario”, caracterizado por la erosión del orden liberal y el ascenso de liderazgos populistas que operan bajo la “lógica del más fuerte”. Se argumenta que figuras como Donald Trump personifican este cambio, proporcionando un paraguas político y material que permite a actores revisionistas como Israel actuar con impunidad ante el evidente debilitamiento del derecho internacional. 

Una segunda sección profundiza en el concepto del “Gran Israel”, demostrando cómo las élites de ultraderecha israelí han transformado este anhelo escatológico en una política de “fronteras elásticas”, apoyada por un flujo inédito de ayuda militar estadounidense y por la influencia del sionismo cristiano en Washington. 

El tercer apartado despliega el marco estratégico de este expansionismo: la fragmentación territorial. Se menciona el Plan Yinon como referente para explicar cómo Israel ha aplicado sistemáticamente una estrategia para desmembrar a sus adversarios regionales en unidades menores, desde la ocupación de los Altos del Golán hasta la partición de Iraq y Siria. 

Las dos secciones finales funcionan como la evidencia empírica del texto, analizando las guerras contra Irán de 2025 y 2026. Así, la cuarta sección del texto examina la “Guerra de los Doce Días” como un primer conflicto directo basado en la percepción de debilidad iraní, para,luego detallar, en la última sección, la guerra de 2026 como intento para consolidar el “Gran Israel”. 

En este análisis se contrasta la estrategia israelí-estadounidense de decapitación y desgaste con la respuesta iraní basada en la profundidad geográfica, el control del Estrecho de Hormuz y una doctrina de saturación de misiles, demostrando que el conflicto existencial actual es la evidencia más clara que hay para estudiar el enfrentamiento entre el maximalismo israelí y la política regional iraní en el Medio Oriente.

El Giro Autoritario y el maximalismo israelí

El orden internacional atraviesa un “giro autoritario” que se caracteriza por la erosión del liberalismo, como base común del entendimiento global, para dar lugar a discursos autócratas y prácticas políticas populistas que culpan a la globalización, la migración o la cultura islámica de todos los problemas contemporáneos (Garduño, 2024). Este fenómeno, encarnado en figuras como Donald Trump, Viktor Orbán o Javier Milei –entre muchos otros– se distingue por un uso selectivo de la democracia con el cual se buscan intereses en zonas estratégicas en un momento donde las instituciones internacionales no han podido evitar que las potencias globales operen bajo “la lógica del más fuerte”. 

En este sentido, el control militar y el avance de la tecnología de la vigilancia (con ayuda, cada vez más clara, de la Inteligencia Artificial) acompaña el impulso económico y territorial sin consecuencias legales –tal como se aprecia en la invasión rusa en Ucrania de 2022, el secuestro del presidente Nicolás Maduro por el ejército estadounidense en 2025, la presión unilateral de Estados Unidos contra Cuba y, por supuesto, la reciente agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán en 2026.

En el caso particular de Oriente Medio, el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha desempeñado un papel fundamental en la revitalización del gobierno de ultraderecha en Israel que se instaló en 2022, al grado de solicitar un indulto para el primer ministro, Benjamín Netanyahu, en noviembre de 2025 por tres casos de corrupción en curso (Cabasés, 2025). De acuerdo con Weizman (2007), la ultra derecha israelí ha impulsado desde hace décadas un proyecto de expansión territorial con base en una política de “fronteras elásticas” donde la idea general es aumentar no solo el territorio actual del Estado, sino también convertirlo en la potencia regional de todo Oriente Medio.

Estas ideas, conocidas en la literatura especializada como el Proyecto del “Gran Israel” (Shah, 2025), han transitado de un anhelo ideológico marginal basado en interpretaciones bíblicas y escatológicas, hacia una política estatal activa que aprovecha la erosión del orden liberal a nivel estructural y el apoyo de Donald Trump a nivel coyuntural, contando particularmente con el apoyo del sionismo cristiano que opera entre las élites políticas adineradas de Washington (Spector, 2009). Para el sionismo cristiano, que históricamente se introdujo en Estados Unidos medio siglo antes que el sionismo judío, se define como una “teopolítica” que apuesta por el Estado moderno de Israel, en tanto hogar judío, como forma de acelerar el retorno del Mesías mirando, al mismo tiempo, al extremismo islámico como una de las principales amenazas (Spector, 2009).

Para darse una idea del apoyo de Estados Unidos a Israel, con base en datos de Masters y Merrow (2025) es posible decir que, desde su fundación, Israel ha sido el mayor receptor acumulativo de ayuda proveniente de Washington, al recibir más de 300 mil millones de dólares en asistencia económica y militar combinada. A través de un Memorando de Entendimiento (MOU), vigente hasta 2028, Estados Unidos ha acordado proporcionar 3.8 mil millones de dólares por año, de los cuales 500 millones están destinados específicamente a sistemas de defensa antimisiles. Desde el ataque del 7 de octubre de 2023, el Congreso de Estados Unidos autorizó al menos 16.3 mil millones adicionales que se otorgan generalmente mediante subvenciones del programa Foreign Military Financing (FMF), que permite a Israel comprar equipo militar estadounidense. Una ventaja única, para Israel, es que puede usar un porcentaje de estos fondos para comprar directamente a sus propias empresas de defensa israelíes –beneficio que otros países no tienen. 

Así, el concepto del “Gran Israel” o Eretz Israel Hashlema, que reclama territorios “desde el río Nilo de Egipto hasta el río Éufrates en Iraq”, ha ganado una legitimidad sin precedentes en el discurso oficial del populismo de derecha en Israel donde no solo Benjamín Netanyahu, sino también líderes como Itamar Ben-Gvir o Bezalel Smotrich se han identificado directamente con este discurso maximalista con el cual han librado la crisis en Gaza de 2023, las invasiones a Líbano y Siria en 2024 y las guerras contra Irán de 2025 y 2026 respectivamente. Como se puede apreciar, el elemento militar acompaña de cerca este impulso económico y territorial ignorando las resoluciones vinculantes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), como la 242, que exigen la retirada de Israel de territorios ocupados desde 1969.La disputa

La disputa regional por el Medio Oriente

Después de la crisis en Gaza de 2023, el gobierno de ultraderecha israelí implementó una política basada en hechos consumados a través de la expansión de asentamientos y un estado de emergencia permanente. De acuerdo con Khan (2015), un pilar fundamental del expansionismo israelí en Medio Oriente, desde la época de la Guerra Fría hasta el mundo actual, es la estrategia de fragmentar a los estados vecinos en pequeñas unidades étnicas o sectarias para asegurar la hegemonía israelí. Esto se conoció como el Plan Yinon (Khan, 2015; Shahak y Yinon, 1982), el cual establecía la disolución de Estados, como Siria e Iraq, en provincias basadas en denominaciones religiosas o étnicas, similares al modelo de fragmentación observado en el Líbano durante el colonialismo francés.

Este marco estratégico propone que la supervivencia de Israel depende de su capacidad para fragmentar las potencias regionales árabes y no árabes del Medio Oriente, para convertirlas en pequeñas unidades sectarias que actúen como satélites israelíes. De acuerdo con los especialistas, este proyecto comenzó a partir de la década de 1970, tras la guerra de 1967 y la derrota de Gamal Abdel Nasser, lo cual produjo un cambio fundamental en la mentalidad israelí para transitar de una ocupación militar clásica a una colonización en forma de administración marcial de la vida civil palestina. 

Liderado por figuras como Ariel Sharon, después de 1967, Israel utilizó la planificación urbana y la arquitectura pública como herramientas tácticas de desposesión y estableció asentamientos en las colinas para lograr un mando topográfico y una dominación visual sobre la población palestina y libanesa, lo que responde a la vitalidad de ocupar, al tiempo de escribir estas líneas, los Altos del Golán (Pappe, 2007). 

La fragmentación territorial del enemigo no se limita a la superficie terrestre, sino que opera en una “política de la verticalidad” donde Israel mantiene el control soberano sobre las capas superiores (espacio aéreo) y las profundidades (acuíferos y túneles), mientras que la población palestina queda confinada a enclaves fragmentados. Esta estructura crea una “tierra hueca” (Weizman, 2007), donde la partición se realiza en tres dimensiones que permiten la continuidad de los asentamientos israelíes sin renunciar al control total del territorio. Dicha estrategia se ha querido implementar en el sur de Líbano, al menos desde 2006, y con más agudeza durante la guerra de 2024 en el marco del genocidio contra Gaza (Mesa, 2007).

Después de la invasión y ocupación de Iraq en 2003, del derrocamiento en Libia de Muammar Qadafi en 2011 y de la caída de Bashar al Assad en Siria en 2024, la partición de Irán es el proyecto más actual que deviene de esta política sistemática de fragmentación territorial. Dicha política ofrece garantías de seguridad a minorías favorables a la división, como las minorías kurdas o baluchíes (Garduño, 2026). Convertir a estos Estados fragmentados en “satélites” de Israel es lo que dotaría a Tel Aviv de una fuente de legitimación política y control imperial regional, lo que explica por qué los líderes israelíes y sus aliados, en el sionismo cristiano estadounidense, ven a estos territorios como claves profundas y flexibles que se expanden o contraen según las necesidades de “seguridad” del “Gran Israel”.

Percibir a Israel como un hegemón agresivo capaz de realizar operaciones militares masivas (como la “Guerra de los 12 días de 2025), para desmantelar la oposición regional, es un método útil para comprender la propuesta de forjar coaliciones para la partición de adversarios estratégicos como Irán, integrando esta expansión en el marco de la defensa de los intereses occidentales frente a potencias como Rusia o China. Algunos de estos aliados han sido las milicias kurdas del Gobierno Regional del Kurdistán o movimientos baluchíes en el sudeste iraní que, en el contexto de la era Trump, se han convertido en opciones viables gracias al dinero y las armas que fluyen prometiendo el desmantelamiento definitivo de la oposición regional iraní y territorios autónomos o Estados independientes (The Economist, 2025).

Todo lo anterior se enmarca en el vacío de poder dejado por la retirada parcial de Estados Unidos durante la administración de Joe Biden, el cual fue rápidamente aprovechado por otras potencias como Rusia y China para reconfigurar sus alianzas y rivalidades regionales. Por ejemplo, de acuerdo con datos de reportes actuales, Rusia incrementó su influencia de manera oportunista, cultivando relaciones tanto con países tradicionalmente antiamericanos como Irán y Siria, así como con aliados históricos de Washington como Arabia Saudí, Israel y Turquía, quienes buscan contrapesar las políticas impredecibles de la primera administración Trump (The National Institute for Defense Studies, 2019). Paralelamente, la rivalidad por la hegemonía se manifiesta en múltiples escenarios, desde las tensiones entre Israel e Irán por la consolidación militar iraní en Siria (frente al Eje de la resistencia apoyado por Irán), hasta una compleja “lucha por el poder” en el Cuerno de África y el Mar Rojo, donde los Houthíes (también aliados de Irán) han desempeñado un papel importante en el flujo comercial del Estrecho de Bab Al Mandeb (Bajoghli, 2019).

En medio de este complejo tablero geopolítico, el conflicto palestino-israelí se encuentra atravesado en favor de intereses estratégicos más amplios donde las dos presidencias de Donald Trump han apoyado la normalización de relaciones diplomáticas con Israel a través del “acuerdo del siglo y, posteriormente, con los denominados Acuerdos de Abraham. Al mismo tiempo, se ejerce la mencionada “máxima presión” contra Irán a través de sanciones internacionales y asesinatos selectivos. Recientemente, esto va acompañado de un supuesto “Consejo de Paz para Gaza” que ha dejado fuera a actores preponderantes del sistema internacional, particularmente las resoluciones de la Asamblea General y del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas. 

La guerra de los Doce Días 

Considerando lo anterior, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, de 2026, tiene su antecedente inmediato en la guerra relámpago de junio de 2025, conocida como la “Guerra de los 12 Días”, con un ataque sorpresa israelí que conmocionó por momentos a la élite política en Teherán. 

La “Guerra de los 12 Días” se implementó en un contexto donde Irán enfrentó una crisis de legitimidad interna y un deterioro económico severo. La inflación se había disparado entre un 32% y un 50%, provocando la caída del rial en diciembre de 2025; lo anterior redujo un 84% la capacidad de compra de la ciudadanía y generó protestas que comenzaron en el Gran Bazar de Teherán y que se extendieron por todo el país para ser brutalmente reprimidas por el gobierno. De hecho, algunos centros independientes afirmaron que la represión de las protestas había dejado más de 7 000 víctimas fatales hasta febrero de 2026 (Human Rights Activists News Agency, 2026).

Paralelamente, en el escenario internacional y regional, el expansionismo israelí propinó golpes devastadores a la red de aliados regionales de Irán –el “Eje de la Resistencia”–, que, aunque sin colapsar, estaba mostrando signos de debilitamiento (Kdour, 2024). La ofensiva israelí –que incluyó una estrategia de asesinatos selectivos de altos mandos como Yahya Sinwar, Hassan Nasrallah e Ismael Haniyeh, entre otros, además del derrocamiento de Bashar al-Asad en Siria, en diciembre de 2024– supuso la pérdida de un corredor logístico vital para Irán, obligando a Teherán a cambiar su doctrina de una defensa a través de terceros –guerras por encargo o proxy wars por una disuasión más directa y soberana basada en la preparación militar autónoma.

Si bien Estados Unidos, Turquía, Qatar y Arabia Saudí apoyaron la transición en Siria, Israel se mostró en desacuerdo. Precisamente, el comportamiento agresivo y expansionista de Israel en el Levante forzó un realineamiento de las potencias regionales para buscar una mayor autonomía estratégica frente a las políticas de la ultraderecha israelí. Por una parte, se fraguó el pacto Estratégico Pakistán-Arabia Saudí firmado en septiembre de 2025, donde se establece una defensa mutua y donde Pakistán ofrece su disuasión nuclear a Arabia Saudí, que busca reducir su dependencia de Estados Unidos. Por otro lado, se produjo el acercamiento histórico entre Turquía y Egipto para formar un bloque de cooperación que contenga a Israel. Por su parte, Irán y Egipto también reanudaron relaciones diplomáticas en febrero de 2026 (Mosly, 2025).

Ante estos realineamientos, pensando que Teherán estaba debilitado tanto a nivel doméstico como regional, Israel decidió atacar a Irán el 13 de junio de 2025, lo que fue el primer conflicto directo entre Irán y Estados Unidos e Israel de toda la historia. En este escenario, Irán adoptó una postura de “autonomía estratégica”, donde su verdadera disuasión ya no residió en el “Eje de la Resistencia”, sino en sus misiles de precisión, drones y su ambigüedad nuclear. Giustozzi (2025) establece que, durante este periodo, las fuerzas iraníes mostraron un desempeño mínimo donde sus defensas aéreas, incluyendo los sistemas S-300 y los Bavar-373 de fabricación local, fueron neutralizadas rápidamente por infiltraciones de fuerzas especiales y ataques de precisión. No obstante, el conflicto demostró que las salvas masivas de misiles iraníes pueden agotar rápidamente los interceptores de defensa aérea de Estados Unidos (THAAD), dejando a Israel expuesto (Lair, 2025). 

Para los analistas de este conflicto, el programa de misiles es el pilar más importante de Irán para obstaculizar el expansionismo israelí en todo el Medio Oriente (Garduño 2025). Para Tel Aviv y Washington, la verdadera amenaza iraní no es su programa nuclear (altamente vigilado), sino su programa de misiles balísticos, sobre el cual hay poca información y que Irán se niega a negociar. Aunque la guerra de junio terminó por un cese al fuego ante un tweet que publicó Donald Trump prometiendo que “había terminado con las ambiciones nucleares de Irán”, en realidad el programa de misiles iraníes quedó intacto y, por lo tanto, la herramienta de contención más efectiva contra el expansionismo israelí seguía latente.

La guerra de 2026: expansionismo israelí versus seguridad duradera iraní

El nuevo ciclo de hostilidades entre el eje Washington-Tel Aviv y Teherán inició el 28 de febrero de 2026, tras un asalto a gran escala por parte del Comando Central de Estados Unidos bajo la operación “Epic Fury”, en medio de negociaciones mediadas por el Sultanato de Omán. En las primeras semanas del conflicto, la coalición atacó aproximadamente 6 000 objetivos en territorio iraní gastando alrededor de 5.6 mil millones de dólares. A diferencia de 2025, Irán centró su capacidad en el remanente de misiles balísticos y el uso estratégico de la geografía, particularmente en el Estrecho de Hormuz, lugar por donde transita el 20% del petróleo mundial (Marzbanmehr, 2025). 

La respuesta iraní en esta guerra fue más contundente prohibiendo toda navegación a través del Estrecho de Ormuz, especialmente dirigida contra tanqueros vinculados a la coalición agresora, utilizando minas marinas y drones suicidas para imponer un “control inteligente” sobre el flujo energético global. 

Al día 25 de la guerra, ya era posible decir que no se trataba de un evento aislado, sino que se enmarca en una reconfiguración del orden regional que se caracteriza por el “Giro Autoritario” y el proyecto del Gran Israel. De acuerdo con los postulados de los líderes israelíes, la estrategia de la coalición busca minar la condición de Irán como potencia regional, llamando abiertamente a la partición del país para disolver su poder central y cambiar el mapa de Oriente Medio para siempre (Yaghoubian, 2026). 

Como se mencionó al inicio de este texto, bajo el amparo de la era Trump, Israel ha sido percibido como un actor que busca expandir sus fronteras y desmantelar definitivamente la oposición regional, que ve el conflicto con Irán de 2026 como el paso final para consolidar el control sobre el Levante y el Golfo pérsico. Sin embargo, Irán utilizó el Estrecho de Hormuz como elemento capaz de desatar un tornado económico debido a su participación en las cadenas de valor global. Al tiempo de escribir estas líneas, con el tráfico de tanqueros reducido en un 90% en marzo de 2026, los precios del petróleo Brent escalaron hacia los 120 dólares por barril, obligando a la Agencia Internacional de Energía (AIE) a realizar la mayor liberación de reservas de emergencia en su historia (unos 400 millones de barriles); lo cual, no obstante, no ha logrado calmar las preocupaciones de los inversionistas y de los mercados energéticos (Sharma, 2026).

La operación “Epic Fury” marcó el fin de una era de moderación calculada por parte de Irán. Este cambio de paradigma implicó que Irán concibe el actual conflicto como una guerra existencial, una transformación que redefine las reglas de enfrentamiento en la región y que, por lo tanto, implica un riesgo para las élites políticas aliados de Washington en el Consejo de Cooperación del Golfo.

Un dato particularmente relevante es que el 95% de los costos de la guerra lanzada por Estados Unidos (unos 3.5 mil millones de dólares) no estaban presupuestados, lo que evidencia la falta de una planificación financiera y estratégica a largo plazo que sostenga una guerra prolongada. Por su parte, la nueva doctrina iraní no busca una confrontación simétrica en el campo de batalla, sino el desgaste del enemigo mediante el consumo acelerado de sus recursos defensivos. El pilar de esta capacidad es su infraestructura subterránea, pues es sabido, al menos desde hace diez años, que Irán ha desarrollado durante décadas un sistema de “ciudades de misiles”; bases profundas, búnkeres y túneles que albergan hasta 60 silos de lanzamiento cada una (Izewicz, 2017). Con un estimado de 25 de estas instalaciones, la capacidad balística iraní se vuelve prácticamente indestructible mediante bombardeos aéreos convencionales, ya que, incluso cuando las estructuras de superficie son dañadas, la maquinaria interna permite reabrir accesos y continuar los lanzamientos en cuestión de horas. 

La efectividad de esta doctrina se evidenció en los primeros cinco días del conflicto, cuando Irán lanzó más de 400 misiles y casi 1000 drones (ACLED, 2026). Esta cifra no es arbitraria; responde a una lógica de saturación. Dado que los sistemas defensivos como el THAAD o el Patriot requieren múltiples interceptores para derribar un solo misil balístico iraní, la tasa de consumo de municiones defensivas estadounidenses e israelíes fue de 1000 y 1500 interceptores en los primeros dos días, lo que planteó desde un principio un riesgo crítico de agotamiento. 

La estrategia iraní –combinando misiles balísticos precisos, hipersónicos y drones avanzados como el Shahed-136 y el Hadid II (capaces de alcanzar 500 km/h)– busca precisamente colapsar las defensas aéreas israelíes para abrir corredores a sus misiles de largo alcance. Con esta estrategia iraní, la guerra ha trascendido rápidamente el marco bilateral para dirigirse no solo contra bases militares estadounidenses (16 fueron atacadas en la primera semana del conflicto), sino contra la red de intereses económicos de Estados Unidos e Israel en los países árabes del Golfo. 

Esta estrategia abrió frentes secundarios en Líbano (con Hezbollah e Israel), Azerbaiyán-Armenia, el Mar Rojo y la frontera entre Pakistán y Afganistán, lo que activa a aquellos actores preocupados por el expansionismo israelí. Sin embargo, el frente más significativo sigue siendo el económico, donde los mercados financieros reaccionaron con extrema volatilidad.

Más allá de las operaciones militares, el conflicto ha exacerbado las tensiones internas en la región del Medio Oriente. El asesinato del Líder Supremo, Ali Jamenei, lejos de paralizar al Estado iraní, activó sus estructuras de resistencia. No obstante, la sociedad iraní enfrenta una profunda paradoja. Mientras las bases del régimen se movilizan, los críticos internos se debaten entre la oposición al gobierno y el rechazo a una invasión extranjera; la cual es ilegal en todo el mundo excepto Israel donde la población, al 23 de marzo de 2026, apoyaba en un 90% el lanzamiento de las operaciones bélicas (Middle East Eye, 2026).

Este conflicto, concebido por Irán como una guerra existencial, ha demostrado que la asimetría, combinada con la profundidad geográfica y la capacidad de infligir daño económico, puede neutralizar la superioridad tecnológica y financiera de Occidente. Mientras Estados Unidos busca evitar una guerra larga debido a su coyuntura electoral y sus limitaciones económicas internas, Israel parece orientar sus esfuerzos hacia la destrucción del Estado iraní como proyecto regional, apostando por la inestabilidad social y un cambio de régimen. Sin embargo, como lo evidencia la reacción iraní tras la decapitación de su liderazgo, la naturaleza del régimen en Teherán ha demostrado ser más resistente a los ataques externos de lo que los modelos de intervención previa sugieren. Al tiempo de escribir estas líneas, la guerra se encuentra actualmente en una fase de desgaste, donde la única posibilidad de cambio de régimen podría darse mediante una invasión terrestre, una opción de altísimo costo humano y geopolítico. Para detener el conflicto, Irán ha establecido garantías de “seguridad duradera” no solo para buscar un cese al fuego, sino también para garantizar que Estados Unidos e Israel no volverán a atacar ni a Irán ni a ningún otro vecino regional (Tasnim News, 2026).

Reflexión final

A lo largo de este análisis, se ha tratado de demostrar la conexión indisoluble entre el contexto internacional actual, influenciado por la administración Trump, la implementación del proyecto maximalista israelí conocido como el “Gran Israel” y el intento de redibujar el mapa político del Medio Oriente a través de la Guerra con Irán de 2026.

En concreto, el texto ha argumentado que el debilitamiento de las instituciones liberales y el apoyo incondicional de Donald Trump no solo han proporcionado impunidad a Israel, sino que han actuado como un catalizador para que su gobierno de ultraderecha ejecute una clara expansión territorial activa y una fragmentación regional, desafiando abiertamente el derecho internacional y la soberanía de naciones como Palestina, Líbano, Siria e Irán. 

En este sentido, el texto exploró cómo esta ideología, que reclama territorios desde el río Nilo hasta el Éufrates, también ha sido viable gracias al respaldo militar y financiero del sionismo cristiano. Las operaciones militares israelíes en Gaza, Líbano, Siria y, finalmente, contra Irán, entre 2023 y 2026, no son eventos aislados, sino que responden a una estrategia sistémica de “fronteras elásticas” y fragmentación territorial, conceptualizada décadas atrás en el Plan Yinon, tal como se argumentó.

En el ámbito regional, la invasión de Iraq, el derrocamiento de al-Assad y la presión sobre Irán constituyen, desde esta perspectiva crítica, etapas en la disolución de los Estados centrales de la región para convertirlos en satélites israelíes o Estados clientelares. Para comprobar o defender cómo Estados Unidos ha arropado a Israel se mencionaron los datos duros sobre la ayuda militar estadounidense, como los 3.8 mil millones de dólares anuales garantizados hasta 2028 y los fondos adicionales tras la operación del 7 de octubre de Hamás. Adicionalmente, la evolución discursiva es clave, tal como lo evidencian las declaraciones de líderes como Ben-Gvir o Smotrich, quienes reclaman abiertamente la partición de naciones vecinas y muestran cómo se ha normalizado en la política estatal y populista la política militar maximalista.

Finalmente, el caso de la guerra de 2026 sirve para evidenciar, de modo más contundente, el intento de decapitar al liderazgo iraní no como una victoria táctica inmediata, sino como intento para anular la condición de Irán como potencia regional. La respuesta iraní, por su parte, se ha basado en el control del Estrecho de Hormuz y la saturación de defensas israelíes con misiles, conduciendo a un callejón sin salida de desgaste para todos los actores, lo que al mismo tiempo se convierte en una forma eficaz de contener el expansionismo israelí. 

Tal vez el error más profundo, hasta el momento, por parte del maximalismo israelí y de Estados Unidos ha sido subestimar la resiliencia del adversario y su capacidad de adaptación operativa. Irán, consciente de su vulnerabilidad a los ataques de decapitación, implementó una versión de la “doctrina mosaico” que no solo descentraliza el mando y control, sino que garantiza la circulación de élites de la segunda generación de la Guardia Revolucionaria, cuyo objetivo es garantizar la supervivencia de su capacidad ofensiva para alargar el conflicto, lo cual significa garantizar la supervivencia del régimen.

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Tasnim News. (22 de marzo de 2026). “Iran Sets Six Terms to End War”. Tasnim News. https://www.tasnimnews.ir/en/news/2026/03/22/3546532/iran-sets-six-terms-to-end-war

The Economist. (27 de marzo de 2025). “Israel courts the Middle East’s minorities”. The Economist. https://www.economist.com/middle-east-and-africa/2025/03/27/israel-courts-the-middle-easts-minorities 

The National Institute for Defense Studies (2019). The Middle East: Intensifying Competition for Hegemony over a New Regional Order.  Strategic Annual Report 2019.

https://www.jiia.or.jp/eng/upload/eng/JIIA-Strategic%20Annual%20Report-2019-09-The%20Middle%20East%20Intensifying%20Competition%20for%20Hegemony%20over%20a%20New%20Regional%20Order.pdf 

Yaghounian, E. (7 de marzo de 2026). “Who benefits from the ‘break Iran apart’ narrative?”. The Jerusalem Post. https://www.jpost.com/opinion/article-889172 

Weizman, E. (2007). Hollow Land: Israel’s Architecture of Occupation. Verso.

 

Nota

  1. Texto elaborado en el marco del proyecto PAPIIT-DGAPA IN300226 “La reconfiguración política en Medio Oriente tras la crisis de Gaza de 2023”.

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