ISSN : 2992-7099

La intrusa

Ilustración: Horacio Leonardo Vázquez García

SOFÍA GABRIELA BLANCO GODOY

SOFÍA GABRIELA BLANCO GODOY

Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Católica Andrés Bello, con mención en Artes Audiovisuales (2018). Cursó un diplomado en Guion en el Instituto del Cine de Madrid (2021) y una Maestría en Creación Literaria por la Universidad Internacional de Valencia (2023). Ha vivido en Colombia, Portugal y actualmente en México, experiencias que han marcado su mirada errante y una escritura atravesada por el desarraigo y la búsqueda de sentido.
Se dedica a la escritura y a la enseñanza creativa, acompañando a otros en el descubrimiento de su propia voz narrativa. En su boletín literario “Esto es un ensayo” comparte reflexiones, relatos y exploraciones literarias sobre la vida, el tiempo y la memoria.

6 febrero, 2026

¡Tengo una pepa en el coño… No me avergüenza decirlo!

Todo comenzó el miércoles por la tarde después de que Moretti se fue del apartamento. Siempre “cogemos” en mi piso porque en el suyo están su mujer y los niños. No se arriesga. Ni siquiera en horario de oficina. Prefiere lo seguro. Conducir media hora desde Punta Carretas hasta Bella Vista, con tal de echar un polvo y correrse en mis sábanas frías, húmedas por el invierno.

Un par de horas después, mientras miraba la televisión y hacía scroll en Instagram sentí una punzada en la vulva. Un ardor que rápidamente se transformó en fuego. Corrí a la ducha a bañarme y luego me miré en el espejo del polvo compacto. Estaba sucio, empañado de maquillaje y de las huellas de mis dedos. No alcancé a ver qué era, así que saqué el celular y me tomé una foto. Sin flash, con flash, modo retrato, video.

Al principio me pareció un grano, como los que me salían en la barbilla cuando era adolescente. Aunque en otra foto tenía forma de lunar, medialuna y hasta de herpes. Fue eso lo que encendió mis alarmas. Busqué comparaciones en internet. Síntomas. Migraña. Fiebre. Dolor muscular. Comencé a sentirme medio rara. No tenía termómetro, así que me puse la mano debajo de la axila y después la llevé a  mi vientre para compararla. Una técnica que usaba mi mamá y que, según ella, nunca fallaba.

De inmediato le escribí a Moretti. Le dije que necesitaba plata para ir al médico. En el bar no me pegaban sino hasta el día treinta, y apenas íbamos por la primera semana del mes, y ya me había gastado la quincena en la renta, enlatados y unas velas para ambientar el cuarto cuando él viniera a visitarme.

Me leyó y me dejó en visto.

—No estoy embarazada —aclaré—. Tengo una pepa en el coño y ChatGPT dice que puede ser una ETS.

Pasaron los días y la pepa comenzó a robarse mi tiempo. Me incomoda al caminar, al bañarme, al estar más de doce horas de pie atendiendo a los clientes en el bar. Me ardía cuando algún imbécil tiraba del delantal para pedirme otro trago y especialmente cuando me soltaban piropos sudados al oído.

Estaba harta. Quería deshacerme de la pepa. Probé con las cremas de venta libre en la farmacia. Clorotrimazol. Metronidazol. Miconazol. Nada funcionó. En vez de ayudar, se ponía cada vez peor. Aumentaba en tamaño y me miraba como si poco a poco fuera a apoderarse de mi cuerpo.

No aguanté más y busqué un médico. Encontré un consultorio en Google Maps con buenas reseñas y pinta de barato. Moretti no me había transferido ni un peso, así que tuve que pedirle un adelanto a mi jefe a cambio de horas extras.

La fachada era la de una casa colonial. Adentro olía a coleto mal seco y esencia de vainilla. Una mujer de uñas postizas y cejas tatuadas me recibió con una sonrisa exagerada, que dejaba al descubierto unas muelas cubiertas de amalgamas metálicas. No hizo falta mucho para que supiera que no era de aquí: mis eses aspiradas, la falta de voceo y las palabras prestadas que se me escapaban delataron mi origen al instante.

Alzó las cejas y me pidió la cédula con un tono cortante. Intentó disimular su incomodidad, pero se le notaba. Mientras yo hurgaba en la cartera, la vi murmurar algo a su compañera, reírse y volver a mirarme. Por un instante, sentí vergüenza de mi abrigo comprado en el supermercado, de las tres capas de ropa que llevaba para ahuyentar al frío y de mi cartera de cuero falso, que ya comenzaba a descascararse. Sonreí para disimular, aunque intuía que era evidente. Me encogí sin querer, hecha bolita, como las pelusas que se acumulan en mis medias lavadas mil veces.

La mujer agarró la cédula con sus uñas de plástico. La agitó como si fuera un papel cualquiera. Como si no bastaran los trescientos pesos que le había pagado al gestor. Las cinco horas de cola frente a migración. La incomodidad de poner los dedos y que no marcara ninguno. Por culpa de este frío de mierda. De la alergia que me abría la piel. Que, de a poco, me iba borrando las huellas.

—Te van a llamar por ese número —dijo, devolviéndome la cédula, antes de retomar el chismesito con su compañera.

Mientras esperaba, saqué un libro que me había robado de la casa de Moretti, la única vez que me dejó subir a su piso.

Estábamos en el estacionamiento de su edificio. A veces nos veíamos ahí para acortar el tiempo, para que él no tuviera que subir a mi apartamento ni manejar media hora hasta mi zona y después regresar antes de las seis. Mientras su mujer buscaba a los chicos en el colegio o los llevaba a clases de pádel y natación, nosotros cogíamos a diez metros por debajo de su cama. Moretti solía correrse en mi boca, para evitar derrames en el tapizado de cuero de su Mercedes. Y yo, bueno… yo me aguantaba hasta que volviéramos a encontrarnos en mi piso.

Esa tarde le dije que no podía esperar.

—¡Es urgente, coño! No querrás quedarte con olor a mierda en el carro —insistí, mientras él intentaba descifrar si era cierto.

Eso era lo que realmente le preocupaba: el tiempo extra que le iba a costar llevar su Mercedes al autolavado.

—Pero que sea rápido —dijo, entregándome las llaves.

Asentí como si me importara mientras caminaba hacia el ascensor que abría directamente en la puerta de su penthouse con vista al Río de la Plata.

El espacio era impresionante. El blanco intenso de las paredes me quemaba los ojos. Las cortinas de lino apenas rozaban el suelo. Todo se sentía tan exquisito, tan impecable, como si nadie hubiera vivido jamás en ese lugar.

En el camino vi fotografías de Moretti con su mujer. Los chicos en un viaje a la Patagonia, otro a Disney. Me dejé caer en su cama, imaginando cómo sería  despertar allí cada mañana. Abrí el armario y encontré cientos de blusas, tacones, pantalones perfectamente planchados. Deslicé la mano por el borde de la ropa, abrí las gavetas, me probé las joyas y relojes, olí su perfume y hasta rocé mis labios sobre su labial.

Nunca llegué al baño. No me estaba cagando. Solo quería saber qué se sentiría vivir allá arriba.

Estaba por irme cuando, entre los libros de la biblioteca, vi su nombre. El nombre de ella. Escondí el libro en la cartera y regresé al estacionamiento.

—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó Moretti cuando regresé al carro. Tenía los vidrios abajo, un cigarro entre los labios. Así de nervioso estaría.

—La mierda esa de tu inodoro no bajaba —inventé—. Tuve que darle con el chupón para que no se quedara flotando.

—¿Cuál chupón? —preguntó sorprendido.

—La vaina esa que se mete en la poceta. Que absorbe… Ay, olvídalo —dije resignada. Seguro que nunca había tenido que limpiar su propio baño.

Desde entonces, llevaba el libro a todas partes. Era raro y un poco morboso tener a su mujer en mi cartera. Pero me gustaba la sensación. Quizá el poder de haberme quedado con una parte de ella. Y aunque al inicio decidí leerla para confirmar mis sospechas que era una arpía, una bruja, una víbora, tal como Moretti la había descrito, poco a poco se fue desdibujando esa imagen, apoderándose igual que la pepa de mi cabeza y mi tiempo.

En el consultorio, mientras las mujeres entraban y salían, yo abrí la página donde me había quedado y retomé la lectura.

Hablaba de una relación que se acababa, pero sin nunca mencionar el nombre de los personajes ni a qué se dedicaban ni cómo hablaban cuando hablaban. Sabía que ella se levantaba puntualmente a las cuatro de la mañana, se preparaba un café negro, se tomaba una pastilla de rivotril, salía a correr y regresaba cuando él se estaba yendo al trabajo.

Dejaba siempre servilletas por toda la casa con recordatorios, frase sueltas, papeles que recogía antes de irse a dormir y doblaba perfectamente debajo de la almohada.

Me perdía en sus palabras, en las descripciones de una tarde en la que se había pasado las horas mirando a la gente por la ventana. Contando los pasos de la rambla al autobús y del autobús a su piso. Inventando nombres para gente que no conocía, que nunca llegaría a conocer.

Y, por alguna razón, la sensación de saberlo me hacía querer sentirlo. De que me gustara el café negro, de levantarme a las cuatro de la mañana, tomarme un rivotril y salir a correr. De que mi marido me diera tan igual que ni siquiera recordara el nombre de la empresa en donde trabajaba. Que tuviera tanta plata que pudiera darme el lujo de pasar una tarde entera mirando por la ventana.

La pareja se desvanecía, y era como si algo más estuviera roto, algo que no se puede tocar, algo que cuando cae al piso, en vez de astillarse, solo hay silencio.

Qué libro de mierda, pensé… me hacía sentir triste. Me hacía pensar en él, en su mujer, en las sábanas blancas, cálidas por la calefacción, en la vajilla lustrada, en el piso de granito y en las alfombras mullidas por las que había caminado descalza.

Quise abandonarlo. Devolver el libro. Nunca haber subido a ese apartamento. Decirle que no, que no podía darle mi número, que mi piso no estaba a unas cuadras del bar. En vez de abrirle la puerta, encender las velas, cambiar todas las noches las sábanas, ásperas y arrugadas. Quise no haber conocido nunca a Moretti. Evitar la piel con piel, la lengua, los gemidos. El ardor y las punzadas. Arrancarme de una vez la pepa en el coño y regresar a cuando…

Una voz me llamó desde el pasillo. Guardé el libro en la cartera y caminé con mis tres capas de ropa sudada, a causa de la calefacción, hasta un pequeño consultorio donde la enfermera me tomó la tensión y me pidió que me subiera a la báscula.

—Setenta y tres —dijo en voz alta, como si necesitara recordarme que desde que había llegado al Sur los kilos iban a aumento. Medialunas, lunchs, y comida callejera que saciaba el hambre a cambio de unos cuantos pesos.

Mientras esperaba en la salita sentí un subidón en el cuerpo. Ese tipo de escalofrío que me sobrevenía cuando estaba a punto de hacer algo incorrecto. Me quedé completamente desnuda, saqué el libro de la cartera y comencé a escribir en los márgenes.

Página 54, capítulo seis. La intrusa.

¿Alguna vez has estado esperando algo que nunca llega?

Cuando la enfermera y la doctora me encontraron así, de pie, con el bolígrafo en la mano, los senos colgando y el coño a la vista, se espantaron y me pidieron que me vistiera. No tuve tiempo de acabar la frase. De explicarles que no me habían dejado una bata como de costumbre sobre la silla, que al final solo era un cuerpo desnudo, nada más, como solía decir mi madre.

—Nada más córretela —insistió la doctora—, cuando me tumbé en la camilla después de que regresaran.

Apenas me miró por encima de la costura de la pantaleta. Y aunque insistí en que había ido porque tenía una «protuberancia», mejor que utilizar pepa para no sonar tan ordinaria, apenas me puso atención.

—No veo nada —insistió.

Intenté correrla lo más que pude hacia la ingle. Apunté directamente hacia el coño, intenté inclinarme, contraer el abdomen para poder mirarme entre las piernas  y mostrarle. Ahí, ahí, insistí, pero según su revisión al ojo por ciento, lo que tenía no era más que un pelo encarnado.

—No deberías afeitarte tanto.

La doctora me pasó una receta de pastillas anticonceptivas que no había pedido y una de las cremas de venta libre que ya había utilizado.

Me sentí estafada. Y de repente comencé a preguntarme si era verdad lo que tenía o si acaso me lo había inventado.

Cuando salí del consultorio, la recepcionista me hizo señas para que me acercara al mostrador. Me pasó la cuenta y acercó el terminal bancario.

—No vio nada —dije.

La mujer me miró desconcertada. No sabía qué decir.

Antes de que fuera por la doctora, salí del consultorio y comencé a caminar de regreso a mi apartamento. Tenían mis datos, podían llamar para cobrarme, podrían meter mi caso en tribunal, pero aún así seguiría insistiendo en que la doctora no me había visto.

Claro que no me veía, ¿cómo iba a hacerlo? Llevaba ropa prestada, palabras prestadas, dinero prestado.

Me subí al autobús entre codazos y volví a sacar el libro.

Ahora hablaba de grabaciones que se habían hecho para mandar al espacio. Ruidos para que alguien nos identificara. ¿Coño? ¿Habrán grabado algún rastro del cuerpo de una mujer? ¿Habrán explicado cómo funciona el amor? Te metes con un tipo en la cama, te enrollas y no hay forma de sacártelo de la cabeza.

Ella hizo su propia lista. No la mandaría al espacio, aunque pensó que podría hacerlo si tuviera suficiente dinero. ¿Cuánto es suficiente? Creo que si yo tuviera suficiente no mandaría nada al espacio, sería una pérdida de tiempo. En cambio, me compraría… No volvería a trabajar, o tal vez sí, tal vez en algo que me guste. Iría a un médico decente, de esos y quizá con un abrigo… no solo me vería la pepa en el coño, sino hasta me diría que me queda bonita.

Hablo de ella como si la mujer y el personaje fueran la misma persona. No es cierto. No puedo saberlo. Pero por alguna razón cuando la leo pienso en ella.

Era estúpido, pero comencé a escribir mi propia lista en los márgenes.

Palabras que grabaría si algún día tuviera la oportunidad de que alguien las enviara al espacio.

Coño, vulva, pepa. ¡Qué mierda!

 

El bar está cerrado los domingos y los lunes.

 

Los borrachos siguen pidiendo, aunque no hay nadie que los atienda.

 

Cuando llegué al apartamento me había olvidado casi por completo de la pepa. Estaba extasiada. En la noche, antes de dormir, había escrito al menos unas cien palabras, decenas de frases. El libro se había convertido en mi propio diario de expropiación.

Antes de cerrar los ojos, me llevé ligeramente la mano entre las piernas. Ahí estaba… claro que ahí seguía.

Esta mañana antes de ir al bar, antes de que la neblina se dispersara por la rambla y los repartidores llenaran los carriles de bicicletas con sus mochilas cuadradas al hombro, me puse mi mejor ropa y me subí a un Uber que pagué con el dinero que debería haber utilizado para la consulta.

Son apenas las seis de la mañana cuando me bajo frente al edificio de Moretti. No me ha llamado desde el miércoles. No atiende mis mensajes.

A veces pasa… no soy insistente. No puedes ser una buena amante si, además, eres molesta.

Una buena amante, me repito, mientras le hago señas al vigilante.

Me conoce, me abre la puerta. Dice que Moretti no está, pero insisto que me deje pasar, que me estará esperando, y le guiño el ojo.

No tengo la tarjeta para subir en el ascensor y no puedo pedírsela al vigilante. Sabe que soy la de abajo, la que espera en el estacionamiento, no tengo derecho a subir. Así que me planto frente a un Volvo, saco la llave de mi departamento, como si fuera la del carro y me quito el abrigo a pesar del frío que se cuela dentro de las capas de mi ropa.

A los pocos minutos baja alguien. Pero no sirve, tiene que ser alguien que suba. Así que espero un poco más. Escucho el sonido de la reja, después el motor. Respiro. Que no sea él, me digo, mientras giro el rostro. Es un hombre como de sesenta. Conduce un BMW. Huele a perfume, a tabaco. Hago como que salgo del coche y lo sigo. Sonrío y me subo con él al ascensor. Registro en mi cartera, una copia de Carolina Herrera y me disculpo, nunca sé donde tengo la tarjeta.

—¿A qué piso? —pregunta, mientras pega la de él al lector.

—Penthouse —respondo, y siento cómo las palabras me salen choretas. Cómo me quedan grandes.

Cuando estoy arriba frente a la puerta, dudo.

Tengo el libro entre las manos. Escucho ruidos detrás de la puerta. Me pongo nerviosa. Lo hago rápido. Me subo al ascensor y esperó a que alguien lo llame. Las puertas se cierran y, aunque no sé si funcione, marco la planta baja. En ese momento me doy cuenta de que para bajar no hace falta tarjeta.

Me despido del vigilante. Le digo que me cansé de esperarlo. Que volveré más tarde, aunque estoy segura de que jamás pisaré de nuevo ese piso.

Camino por la rambla y me detengo cuando estoy a unos metros de distancia del edificio. Subo la mirada, me fijo en las ventanas del último piso.

De fondo, el río choca contra el malecón y el chispido del rocío me salpica los tobillos.

Me pregunto si lo habrá leído. Si lo sabrá. Si ahora también inventará mi nombre, si contará mis pasos.

Por un momento, me parece ver una silueta a través de las cortinas. ¿Eres tú?, pero nadie responde. Estoy sola. Y aunque quiero irme no avanzo, los pies me pesan, la piel me arde debajo de la piel. No puedo irme, porque si me voy desaparezco. Y esto es lo único que me queda.

Yo soy la pepa en el coño.

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