Licenciado en economía por la Facultad de Economía de la UNAM, con especialización en historia del pensamiento económico. Maestría y doctorado en el Programa de Posgrado en Filosofía de la Ciencia. Realizó una estancia postdoctoral en el Centro de Ciencias de la Complejidad de la UNAM. Realizó estancias de investigación en el CPNSS de la London School of Economics (2015) y en el Departamento de Historia y Lógica de la Ciencia de la UNED (Madrid, España – 2012). Es miembro fundador del seminario de filosofía de la economía de la UNAM. Su principal línea de investigación es la racionalidad limitada, la heurística y las políticas públicas. Actualmente es Profesor Investigador de la División de Estudios Multidisciplinarios del Centro de Investigación y Docencia Económicas.
Este año 2026 inició con el gobierno de Donald Trump bombardeando a la República Bolivariana de Venezuela y secuestrando al presidente constitucional de ese país: Nicolás Maduro. Se trató de un operativo militar totalmente ilegal que rompió con absolutamente toda la institucionalidad y el derecho internacional. Con este tipo de acciones no hay garantías de paz global. Es claro que el trumpismo amenaza la gobernabilidad global porque busca instaurar la ley del más fuerte. De manera abierta, admiten sus acciones; por ejemplo, el bombardeó a la ciudad de Caracas y el asesinato de más de 100 personas. Buscan controlar los mayores yacimientos de petróleo en el mundo que, justo, están en Venezuela.
En este contexto, vamos a presentar un breve análisis geopolítico y geoeconómico de este hecho. Para ello, en el segundo apartado vamos a realizar el análisis del imperialismo estadounidense en el segundo gobierno de Donald Trump, destacando el papel que tiene América Latina en la nueva doctrina Monroe en el contexto de la guerra económica con China. El tercer apartado presenta la escalada del asedio imperialista contra Venezuela que se ha mantenido desde hace 26 años y ha ido incrementando. El cuarto apartado habla de la supuesta narcodictadura y de cómo se ha utilizado ese término para intentar justificar la acción militar estadounidense contra el gobierno de Maduro.
Estados Unidos está en un proceso de decadencia hegemónica desde hace varias décadas. Si bien sigue siendo la máxima potencia militar, a nivel económico ha ido perdiendo terreno frente a China (Dabat, 2022). Hoy, el sector manufacturero del gigante asiático es cuatro veces más grande que el de Estados Unidos, y en cuanto a la producción naval mundial, la mitad la concentra China (Romero, 2025). Por su parte, el Producto Interno Bruto (PIB), si se mide en paridad de poder de compra, es ya superior al de Estados Unidos. En el campo de la Inteligencia Artificial, China le disputa el liderazgo a Estados Unidos y si se mantienen las tendencias, en unos años puede superarle (Andrew, 2025). En materia de industria automotriz, China tiene el liderazgo en la producción de coches eléctricos, lo mismo que en robótica. Y en materia de tierras raras, un insumo fundamental para las industrias de semiconductores, electrónica y militar, China tiene una clara ventaja al concentrar cerca del 80% de la cadena global de valor. Cabe señalar que la guerra económica entre China y Estados Unidos ocurre desde la primera administración de Donald Trump (2017-2021) y, desde entonces, han sucedido diversos enfrentamientos que solo han profundizado la crisis de hegemonía de Estados Unidos, pues los productos y capital chino tienen, cada vez más, una mayor influencia en todo el mundo.
El segundo gobierno de Trump (2025-2029) ha respaldado el genocido en Palestina provocado por el gobierno de Israel que encabeza Benjamin Netanyahu. El rol de este país es disputar Medio Oriente para imponer la hegemonía de Estados Unidos, debilitando gobiernos y poderes regionales como el de Irán. Actualmente, esta última nación se encuentra en un proceso de desestabilización contra el régimen surgido por la revolución islámica; ello muestra que el telón de fondo del actuar de Estados Unidos, en todo el mundo, es revertir su crisis de hegemonía global debilitando gobiernos de países adversarios que no están alineados al hegemón norteamericano en todos los continentes. Recordemos, en este contexto, también el golpe de estado de la llamada generación Z en Nepal.
Es importante señalar que en la administración de Joe Biden se inició una guerra en Ucrania luego de muchos años de conflictos, con Rusia por Crimea y el Dombás, entre sectores pro-rusos y anti-rusos. Frente a ello, Donald Trump ha buscado, de manera reiterada, generar un pacto con Vladimir Putin para lograr terminar la guerra. Esa guerra es muy costosa, incluso para Estados Unidos que, al final del día, es la potencia principal que está detrás de la capacidad militar de Ucrania. El apoyo de Europa ha sido cada vez más irrelevante. Por su parte, Trump ya ha dicho, incluso en confrontación con Europa, que ya no apoyará la guerra en Ucrania. Así que serán los propios gobiernos de la Unión Europea los que estén financiando la guerra en Ucrania contra Rusia. Lo preocupante es que la militarización de los países de la Unión Europea es un hecho inocultable.
En este contexto global es muy claro que la atención geopolítica del trumpismo está más centrada en controlar todo el continente americano (Hernández, 2025); desde Groenlandia hasta la tierra del fuego en el sur de Argentina y Chile. De ahí que, desde 2025, se haya recrudecido la presión del imperialismo estadounidense contra el gobierno de Maduro en Venezuela. También ha generado una agresiva política de aranceles que le han servido para presionar a sus socios comerciales más dependientes, destacando a México. Y esto lo hace para lograr más concesiones económicas y políticas en la negociación del T-MEC, que está prevista llevarse a cabo en el verano de 2026. Además de ello, el gobierno de Trump ha estado impulsando a las extremas derechas en toda la región latinoamericana. Lo vimos interviniendo en las elecciones intermedias de Argentina con amenazas de cortar toda ayuda económica en caso de que no ganara la facción de Javier Milei; en Brasil defendiendo a Jair Bolsonaro por las condenas que recibió del poder judicial tras su complicidad en la trama golpista; en Honduras ha impulsado también al candidato de extrema derecha Nasry “Tito” Asfura; en Chile es conocida su relación de cercanía con Jose Antonio Kast; y en Bolivia con el gobierno de Rodrigo Paz. Mientras tanto, ya tiene de aliados a los gobiernos de Javier Milei en Argentina, y de Bukele en El Salvador. Pero a Estados Unidos le hace falta terminar de controlar otros gobiernos, particularmente Colombia, Cuba, Nicaragua y Venezuela. Mientras tanto, amenaza a México con ataques terrestres contra los carteles de la droga.
Desde que Hugo Chávez inició su gobierno, en 1999, tuvo lugar un creciente conflicto con los gobiernos de Estados Unidos. Primero, con George Bush (2001-2009); luego, con Barack Obama (2009-2017); después, con el primer gobierno de Trump (2017-2021) y con Joe Biden (2021-2025); y, ahora, otra vez con el de Trump. En 2002 se intentó hacer un golpe de Estado (Hugo Chávez apenas tenía tres años en el poder) que fracasó. En 2002-2003, EE. UU. intentó hacer un boicot petrolero para ahorcar las finanzas públicas de Venezuela. En 2006, cuando el gobierno de Chávez decidió no renovar la concesión a Radio Caracas TV (en gran medida porque este monopolio mediático apoyó el golpe de 2002), la oposición venezolana, ya con María Corina Machado y Leopoldo López como principales dirigentes, llamó a las y los estudiantes y a las juventudes a formar “guarimbas”(1) y a enfrentarse con las fuerzas del régimen en violentas confrontaciones callejeras. Este llamado a la violencia subió de intensidad y magnitud en los siguientes años, particularmente en 2016. Las manifestaciones de las guarimbas llegaron a ser muy extremas y llegaron a quemar vivos a simpatizantes chavistas. El gobierno de Estados Unidos, por medio de la USAID, había financiado a una oposición venezolana muy violenta, dio entrenamiento a dirigentes infiltrados que buscaban dar “golpes blandos” (soft-power) como en Ucrania, y buscó cooptar elementos de las fuerzas armadas bolivarianas. Incluso intentó formar un gobierno alternativo en 2019 con el autoproclamado Juan Guaidó, quien nunca pudo obtener legitimidad interna en Venezuela.
La oposición venezolana, con el apoyo del imperialismo norteamericano, también ha impulsado una guerra económica donde ha contribuido a desquiciar la economía, especulando con los precios y generando escasez. La crisis económica de Venezuela iniciada en 2013 vino de la mano de una caída de los precios del petróleo, y también de una espiral inflacionaria que llegó a ser de más de tres dígitos. Por ello, tuvo lugar una dolarización de la economía que, de facto, ha generado mercados cambiarios paralelos y mercados negros que minan la soberanía monetaria del país. A eso podemos sumar el bloqueo económico y, más recientemente en 2025, la destrucción de lanchas y el secuestro de barcos petroleros por parte de las fuerzas militares del gobierno de EE. UU.
Como podemos ver, el papel de los diferentes gobiernos de Estados Unidos siempre ha sido lamentable, pues todos –tanto de partidos republicanos como demócratas y desde 2001– han buscado intervenir de diversas formas en Venezuela. Han apoyado a una oposición venezolana profundamente antidemocrática, violenta y revanchista. Han generado un embargo económico y amenazas permanentes de intervención militar. Ya Trump cumplió con esas amenazas perpetrando el secuestro del presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela el 3 de enero de 2026.
En este contexto, el mismo Trump reconoce que no hay necesidad de imponer a María Corina Machado en el gobierno de Venezuela. Esto es así porque ella no garantiza control territorial, pues carece del apoyo y del respeto del pueblo bolivariano. Su imposición generaría una movilización nacional venezolana en su contra. Por lo tanto, la estrategia de dominación imperialista es otra. Basta con la coacción al gobierno bolivariano, que ahora enfrenta una gran asimetría de poderes, mediante amenazas constantes de bombardeos y secuestros de otros altos funcionarios; a lo anterior, se suma la guerra mediatica con narrativas engañosas que insisten, en diversas partes del mundo, con la versión del fin de una dictadura.
Al imperialismo estadounidense, ahora lo admiten abiertamente, le interesa el control y la extracción del petróleo. De manera cínica dijo Trump en su conferencia de prensa: vamos a formar un gobierno de transición y vamos a traer las inversiones de nuestras empresas para que exploten el petróleo de Venezuela. El interés de intervenir en el país sudamericano siempre ha sido el control de los energéticos para garantizar su acumulación de capital. El trumpismo busca reindustrializar su país y, con ello, su apetito por las materias primas es voraz. Ya lo dijo con toda claridad el mandatario norteamericano: el operativo militar para derrocar al gobierno de Maduro muestra el poderío de su ejército, y están dispuestos a hacerlo de nuevo para derrocar gobiernos acusados de “narcoterrorismo”.
Además, hay un despliegue cínico de la doctrina Monroe. Se dice que el petróleo venezolano es de Estados Unidos. Sin embargo, para recuperar lo que es “suyo” (del imperio), no hay necesidad de invadir todo un país, ni necesidad de imponer un régimen revestido de los ropajes de la democracia liberal, al menos por ahora. Queda claro que a Estados Unidos nunca le interesó el tema de los derechos humanos ni tampoco el de la democracia. Su ambición siempre fue por el petróleo. Para Trump, lo único que importa es que la élite que quede gobernando en Venezuela, independientemente de su orientación ideológica, coopere, bajo coacción, con el imperialismo. Incluso, ya amenazó a Delcy Rodríguez: o cooperas o te irá peor que a Maduro. Este último ya había aceptado la cooperación económica con Estados Unidos antes de ser secuestrado. Por lo tanto, Delcy Rodríguez tendrá que lidiar con una situación geopolítica muy adversa.
La situación de Venezuela ya se había agravado cuando fue bloqueada por el presidente de Brasil, Luis Inácio Lula da Silva, para entrar al BRICS, por razones que secundaron a las del imperialismo estadounidense: la falta de la presentación de las actas en el proceso electoral que habían dado el triunfo a Maduro en las últimas elecciones presidenciales. Esto evidentemente tuvo repercusiones económicas muy fuertes. Venezuela, a su vez, no tiene alianzas militares estratégicas con China y Rusia. Y esos países no van a enfrentar al imperialismo estadounidense para apoyar a Venezuela. Por su parte, los gobiernos progresistas latinoamericanos van perdiendo terreno ante el avance de las extremas derechas en los recientes procesos electorales, donde izquierdas timoratas como la de Chile han quedado rebasadas y hasta desprestigiadas. Así, Venezuela, aislada internacionalmente, con una economía que estaba recuperándose y logrando la soberanía alimentaria, ahora buscará sobrevivir al asedio del imperio para evitar la crisis humanitaria.
Los medios de comunicación de diversos países han estado reproduciendo un error categorial básico: confundir dictadura y un gobierno que defiende su soberanía. Algunos líderes de opinión dan por sentado que Nicolás Maduro es un dictador sin siquiera argumentar por qué. Esta manera irresponsable de hablar sobre hechos políticos tiene una consecuencia lamentable: empobrece el nivel del debate público y justifica la intervención militar de una potencia nuclear sobre un país periférico y en desarrollo. Algunos comentócratas dicen que no están de acuerdo con la intervención militar estadounidense, pero critican a la llamada “dictadura bolivariana”. Ofrecen análisis “objetivos” porque se consideran “equilibrados”: dan un argumento a favor y uno en contra. Así no se comprometen con nada y, políticamente, resultan ser pusilánimes, alimentando así la confusión ideológica por medio de una noción simplista de objetividad que despolitiza el análisis.
Hay que ser rigurosos en el uso de los términos en ciencias sociales. Una dictadura es una forma de gobierno donde hay una concentración del poder (en un sólo individuo, o en una junta militar, o en una junta civil). En las dictaduras desaparece la división de poderes (todo lo controla el poder ejecutivo); desaparecen los parlamentos, desaparecen los medios de comunicación y los partidos políticos de oposición porque se ilegalizan. El dictador se perpetúa en el poder y no se somete a procesos de elección popular. El pueblo no puede elegir; todas las decisiones se concentran en un sólo sujeto (o junta de gobierno). Ejemplos de dictadores son los siguientes: Julio César (que disolvió el parlamento romano), Napoleón Bonaparte, Porfirio Díaz, Adolfo Hitler, Benito Mussolini, Francisco Franco, Joseph Stalin, Augusto Pinochet, Jorge Rafael Videla, entre otros.
Nicolás Maduro, pese a lo que muchos piensan de manera prejuiciosa, nunca fue dictador. Lo mismo que Hugo Chávez. El proceso histórico de Venezuela de transformación y revolución bolivariana no generó una dictadura porque nunca se disolvió el parlamento, y siempre ha permitido la existencia de la prensa y de partidos políticos de oposición. Además, hubo elecciones en las cuales se presentó la oposición venezolana. Lo que hay en Venezuela es un régimen de democracia popular, con elementos de democracia representativa y, sobre todo, participativa; además de que hay referéndums, así como la formación de comunas. En la República Bolivariana de Venezuela hay división de poderes, pero no son tres, sino cinco: ejecutivo, legislativo, judicial, ciudadano y electoral.
Por otro lado, Hugo Chávez tuvo un gran carisma y le tocó gestionar una etapa de bonanza petrolera. Fue una figura símbolo, el dirigente político en toda la extensión de la palabra. Ya cuando falleció, a Nicolás Maduro le tocó enfrentar una situación económica muy desesperada, así como un incremento en la violencia multidimensional por los asedios imperialistas. Maduro, sin embargo, no dió el paso para volverse un dictador: no ilegalizó a la oposición y a la prensa opositora, no disolvió el parlamento, no envió a sus enemigos a campos de concentración o prisiones, ni tampoco impuso una colectivización forzada del campo ni una industrialización obligada. No hizo purgas, tal y como sucedió durante el estalinismo. Maduro siguió gobernando dentro de las reglas básicas de la democracia representativa y participativa. En cambio, le tocó ser víctima de un secuestro que carece de toda justificación legal, ética y política, vulnerando así la soberanía del pueblo bolivariano y generando una incertidumbre global por la violación del derecho y de la institucionalidad internacional.
Como pudimos ver en este escrito, en el trumpismo no hay hipocresía disfrazada de la exportación de la democracia liberal y del american way of life. Lo que hay es cinismo, amenazas y pragmatismo. Lo que hay es un ejercicio del poder militar para fortalecer el poderío económico. El trumpismo busca materias primas y energéticos para reforzar la reindustrialización en Estados Unidos y reafirmar el control continental de los mercados, expulsando la presencia de capital chino. Busca controlar el petróleo de Venezuela y las tierras raras de Groenlandia, así como lograr el control del triángulo del litio y el control del canal de Panamá para seguir sosteniendo su guerra económica contra el gigante asiático. Lo anterior, en un mundo multipolar donde la economía mundial se configura aceleradamente bajo las reglas de las confrontaciones y competencias abiertamente imperialistas. En este contexto, los países no imperialistas, los países del Sur Global tienen que fortalecer su unidad nacional interna, impulsar el desarrollo de sus propias fuerzas productivas, garantizar sus soberanías alimentarias, industriales, tecnológicas y en materia de seguridad.
La unidad nacional en cada país y la solidaridad internacionalista de los países de América Latina es fundamental para resistir a las ofensivas del imperialismo yanqui en nuestra región. Ayer fue Venezuela, luego puede ser otro país. Queda claro que el trumpismo es la principal amenaza a la estabilidad regional. Solo la unidad nacional e internacional podrá mantener la soberanía y dignidad de los pueblos del Sur Global. Con condenas diplomáticas no se podrán revertir los efectos de las agresiones militares de unos Estados imperialistas hacia otros que no lo son. Hoy, la respuesta de repudio de los pueblos latinoamericanos debe ser unificada, fuerte y contundente, exigiendo la liberación de Nicolás Maduro. Es muy importante que los pueblos rechacen los golpes de Estado y que defiendan el derecho a la libre autodeterminación de los pueblos y la soberanía nacional. Solo así, con movilizaciones sociales continentales que incluyen a la propia ciudadanía de Estados Unidos, se podrá poner un alto a los atropellos de Donald Trump y a los intereses corporativos que operan detrás de él.
1) Guarimba es un término venezolano utilizado para referirse a las barricadas callejeras durante protestas y manifestaciones.
Dabat A. (2022). Del agotamiento del neoliberalismo: hacia un mundo multipolar, inclusivo y sostenible. Akal.
Gressani, G. y Storchan, V. (10 de septiembre de 2025). IA: ¿Está China superando a Estados Unidos? Grand Continent. https://legrandcontinent.eu/es/2025/09/10/ia-esta-china-superando-a-estados-unidos/
Hernández J. (8 de agosto de 2025). “México en el laberinto de la geopolítica y geoeconomía trumpista”. Contralínea. https://contralinea.com.mx/interno/semana/mexico-en-el-laberinto-de-la-geopolitica-y-geoeconomia-trumpista/
Romero J. (31 de octubre de 2025). “El imperio agotado”. La Jornada. https://www.jornada.com.mx/2025/10/31/opinion/023a1eco