Doctor en la Hochschule für Philosophie, München (Alemania). Grado de Doktor phil. Realizó sus estudios de maestría en filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su principal área de investigación es: en las Teorías Críticas (filosofía, teología, pedagogía, historia, etcétera) y la filosofía de los pueblos originarios de Abya Yala. Tiene diversas publicaciones y actualmente es profesor de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
Cómo citar: Contreras, J. (2026). Enrique Dussel: maestro de la coherencia y la solidaridad. Revista Tlatelolco: democracia democratizante y cambio social. Dossier Especial - Enrique Dussel: la praxis y la teoría de la liberación, XX-XX.
En el texto se expone un testimonio personal sobre la vida y obra del filósofo Enrique Dussel, resaltando su coherencia entre pensamiento y acción, así como su solidaridad con el movimiento social en general y con el movimiento estudiantil en particular. El autor narra su acercamiento al pensamiento de Dussel a través de la Filosofía de la liberación y describe cómo sus clases de ética transformaron la visión y vida de muchas y muchos jóvenes universitarios al introducir categorías como locus enuntiationis, alteridad, crítica, responsabilidad y liberación. También se expone el compromiso ético-político crítico universitario que desplegó como rector interino de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y como promotor de la formación política de las personas militantes de izquierda, de tal forma que se presenta a Dussel no solamente como un pensador de la liberación, sino como un maestro que encarnó en su vida la ética crítica y la responsabilidad liberadora hacia las personas oprimidas.
filosofía, liberación, crítica, coherencia, solidaridad, ética, política.
The text presents a personal account of the life and work of philosopher Enrique Dussel, highlighting his consistency between thought and action, as well as his solidarity with social movements in general and student movements in particular. The author narrates his introduction to Dussel’s thought through the philosophy of liberation and describes how his ethics classes transformed the vision and lives of many university students by introducing concepts such as locus of enunciation, alterity, critique, responsibility, and liberation. It also highlights the critical ethical-political commitment he displayed as interim rector of the Autonomous University of Mexico City (UACM) and as a promoter of the political training of left-wing activists, thus presenting Dussel not only as a liberation thinker, but as a teacher who embodied in his life critical ethics and liberating responsibility towards oppressed people.
philosophy, liberation, critique, coherence, solidarity, ethics, politics.
Mucho se ha escrito sobre los temas, problemas y autores que abordó y desarrolló el profesor Enrique Dussel a lo largo de la arquitectura de su pensamiento crítico-liberador. Incluso él mismo escribió una autobiografía que denominó “Autopercepción intelectual de un proceso histórico”, la cual constituye el texto central de un número especial de la revista española Anthropos. Huellas del conocimiento (1998). Participó en interesantes entrevistas orientadas a profundizar sobre su genealogía y el despliegue de su pensamiento, como la que tuvo lugar en la Universidad Veracruzana de la ciudad de Xalapa, Veracruz, titulada Imágenes de la Filosofía Iberoamericana. Entrevista a Enrique Dussel, bajo la dirección de Alfredo Castro Ortigoza (2007). Incluso, protagonizó la realización de dos documentales bio-bibliográficos: uno titulado Caminante no hay camino… un autorretrato documental, del cineasta Sergio García-Agundis (2014) y otro denominado Dussel: La filosofía es un don para un mundo sin sentido, de la documentalista y activista argentina Cecilia Fiel (2025).
El presente escrito no busca exponer el análisis o la problematización de algún tema particular del pensamiento liberador dusseliano, más bien, trata de dar un testimonio ––en tanto mi experiencia como estudiante, asistente, discípulo y colega que fui del maestro Dussel–– sobre cómo ese pensamiento crítico-emancipador se cristalizó también en su propia vida siempre con coherencia entre lo que pensaba, decía y hacía. Fui testigo, de primera mano y durante su trayectoria, de cómo Enrique Dussel respondía con inteligencia, solidaridad y generosidad a las interpelaciones que le hacían las personas, las comunidades o los movimientos que padecían alguna necesidad, problemática o injusticia social.
Muchos nos percatamos de que no era indiferente ante el dolor ajeno y de que honestamente se esforzaba por cristalizar, desde sus humanas limitaciones, el pensamiento ético-político crítico que exponía en sus clases, en una conferencia o en algún debate. Algo que el maestro Dussel repetía con cierta regularidad era lo siguiente: “en el caso de América Latina […], el pensar supone un recorrido biográfico”. Todo ello le otorgaba una autoridad moral que, como estudiantes y activistas universitarios con deseos de cambiar muchas cosas que considerábamos injustas, nos persuadía y entusiasmaba para seguir luchando. Por ello, sirva el presente aporte como un humilde testimonio, inevitablemente escrito en primera persona —por lo cual ofrezco anticipadamente una disculpa—, de lo que vi y oí en mi caminar junto a Enrique Dussel como maestro de la coherencia y la solidaridad.
Mi primer contacto con el pensamiento del filósofo Enrique Dussel Ambrosini ocurrió al leer uno de sus artículos, titulado Discernimiento: ¿Cuestión de ortodoxia u ortopraxis?, publicado en Concilium. Revista Internacional de Teología en noviembre de 1978. Su lectura formaba parte del seminario de Moral Fundamental, impartido por uno de los teólogos de la liberación más importantes de México: el compañero Jorge Domínguez Rojo de la Orden de Frailes Menores o Franciscanos.
Poco tiempo después, y en el marco de la pregunta “¿cuál debería ser nuestra opción racional y ética ante un hecho (el 1492) que marca un hito en la historia mundial, ciertamente, pero banalizado por la propaganda, por las disputas superficiales o los intereses políticos, eclesiales y financieros?” (Dussel, 1992, p. 12), asistí, por invitación del entonces estudiante de filosofía Francisco Javier Sierra, a la serie de conferencias que el Dr. Enrique Dussel dictó en un local contiguo a la Alberca Olímpica Francisco Márquez, en la Ciudad de México. Estas conferencias servirían de base para las ocho que expondría, de octubre a diciembre de 1992, en la Johann Wolfgang Goethe-Universität de Frankfurt am Main, Alemania, y que posteriormente fueron publicadas con el título 1492. El encubrimiento del Otro: hacia el origen del mito de la modernidad. Mi acercamiento al pensamiento de Enrique Dussel fue propiciado también por el Dr. Marcio Luís Costa, filósofo y pedagogo brasileño que realizó sus estudios de posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM con el profesor Dussel y cuyo tema de investigación doctoral giraba en torno a la ética de Emmanuel Levinas y a la recepción que la Filosofía de la liberación hacía de ella.
Los textos de Enrique Dussel que leía me gustaban porque me ayudaban a entender mi realidad situada. Yo venía de provincia y sabía de las muchas necesidades materiales que padecía mi comunidad, del abuso que los sectores económicos y políticos privilegiados realizaban contra mi pueblo en la compra de sus productos agrícolas. Yo sabía lo que significaba ser campesino y pequeño comerciante porque mi familia lo era. Mi mamá apenas había terminado la secundaria y mi papá indígena jamás asistió a la escuela, pues tuvo que trabajar desde niño para ayudar a su numerosa familia. A pesar de esa historia familiar, fui el primero en realizar estudios universitarios. Todo ello me permitió tener, a flor de piel, una cierta sensibilidad crítica hacia la injusticia y también una cierta inclinación, propiciada principalmente por mi padre, hacia la lucha política para transformar la realidad. En los textos de Filosofía de la liberación encontré un eco a mis inquietudes, así como herramientas teóricas para comprender el qué hacer y cómo hacerlo.
Al concluir mis estudios sobre Ciencias de la Religión en la Universidad La Salle de la Ciudad de México ––gracias al incondicional y generoso apoyo de mi pareja Sara Heydy Godfrey––, donde trabajé el concepto de “la Iglesia de los pobres” en la eclesiología de Leonardo Boff, y tras asumir un serio compromiso, desde abajo y desde adentro, como parte de los comités 1º de Enero de la Colonia Ajusco y después del Centro de Coyoacán en apoyo al EZLN, mi amigo Javier Sierra me recomendó profundizar mi formación filosófica en la UNAM. Me compartió una lista de nombres de profesoras y profesores con quienes debía estudiar si quería tener una sólida cultura filosófica: Leopoldo Zea, Adolfo Sánchez Vázquez, Luis Villoro, Abelardo Villegas, Juliana González, Ambrosio Velazco, María Noel Lapoujade, Cesáreo Morales, Bolivar Echeverría, Mauricio Beuchot, Lorenzo Acosta, Daniel Cazes, Alicia Puente Lutteroth y, por supuesto, Enrique Dussel.
Movido por aquella recomendación, presenté por primera vez mi examen de ingreso a la UNAM en 1995. Cuando se hicieron públicos los resultados de la evaluación, me encontré con la tremenda noticia de que no había sido aceptado. El 2 de agosto de ese mismo año, varios activistas de la UNAM convocaron a una reunión a los “estudiantes excluidos”, a la que asistí para comprender lo qué había pasado y ver de qué manera podía afrontar aquella desilusionante situación. Para el 9 de agosto, con el apoyo de una “dirigencia” de activistas universitarios, más de cuatro mil “estudiantes excluidos” conformamos, en el Auditorio Che Guevara de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, el primer Movimiento de Estudiantes Excluidos de la Educación Media Superior y Superior. La versión definitiva de nuestro pliego petitorio exigía ocho demandas, todas orientadas para el aumento de la matrícula estudiantil y el incremento del presupuesto a la educación en el país: 1) construir los cinco planteles del CCH que faltaban para completar el proyecto original; 2) crear el tercer turno en la Escuela Nacional Preparatoria; 3) utilizar al máximo la capacidad de las instalaciones de la Universidad; 4) revisar los exámenes de admisión, pues no había sido “transparente” la forma cómo se aceptaba o rechazaba a los estudiantes; 5) construir un nuevo campus de estudios superiores; 6) fortalecer el Sistema de Universidad Abierta; 7) demandar el aumento del presupuesto destinado a la educación, y 8) incrementar la oferta de enseñanza en otras instituciones (Ramírez, 1997, p. 43).
Las acciones realizadas por el primer Movimiento de Estudiantes Excluidos para visibilizar sus demandas y exigir la solución de las mismas incluyeron protestas, marchas y quejas ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos, así como una huelga de hambre y la toma de las instalaciones ––principalmente, la torre de Rectoría––. Gracias a esas medidas de presión, se obligó a las autoridades administrativas de la UNAM a dialogar con el propósito de llegar a un acuerdo para la solución del conflicto. Sin embargo, en las distintas mesas de diálogo, la autoridad supo administrarlo, pues hacía propuestas estratégicas que no solucionaban la problemática pero sí dividían y debilitaban al movimiento. Por su parte, la dirigencia estudiantil, que se había posicionado al frente de las personas excluidas, mostraba en las negociaciones y en el plan de acción que impulsaba no solo pragmatismo, sino también que no estaba a la altura de las circunstancias. Y si a ello sumamos que algunos estudiantes excluidos aceptaron las migajas que la autoridad universitaria ofrecía durante las negociaciones, el fracaso del movimiento quedó prácticamente garantizado.
Traigo a colación esta anécdota porque quienes fuimos excluidos, incluso de entre aquellos que posteriormente lograron ingresar a la UNAM a partir de ese movimiento, decidimos organizar círculos de estudio para prepararnos mejor con miras al siguiente examen de ingreso. Como grupo autogestivo, solicitamos a los activistas del cubículo autodenominado “Cachumbambé”, de la Facultad de Filosofía y Letras, que nos permitieran tomar clases ahí. También acudimos con profesoras y profesores de distintas áreas de la UNAM para pedirles que, en la medida de sus posibilidades, nos apoyaran con conferencias, clases o asesorías. La respuesta fue solidaria y muy favorable. Recuerdo particularmente a dos profesores que nos acompañaron y formaron con gran entusiasmo: el Dr. Eduardo López Betancourt, de la Facultad de Derecho, y el Dr. Enrique Dussel, de la Facultad de Filosofía y Letras. Ese acto de solidaridad hacia los estudiantes excluidos, por puntual que haya sido, no lo olvidaremos jamás quienes estuvimos ahí.
El 25 de febrero de 1996 volví a presentar el examen de ingreso a la UNAM. Los resultados se publicaron el 1 de abril del mismo año. Con temor revisé detenidamente la lista de números de comprobante con la esperanza de encontrar el mío. Cuando lo vi publicado, me invadieron sentimientos encontrados: por un lado, una alegría inmensa, pues había logrado ingresar a la máxima casa de estudios del país; por el otro, una profunda tristeza al pensar en las y los jóvenes —generalmente de escasos recursos, al igual que yo— que quedarían excluidos de la formación universitaria, así como en el dolor o la rabia que ello traería también a sus familias. Eso lo conocía muy bien.
Ingresé a la carrera de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en el primer semestre del ciclo escolar de 1997. Tenía la ilusión de que, en esa ocasión, sí podría elegir a mis profesoras y profesores. Sin embargo, la decepción me invadió cuando recibí mi comprobante de inscripción, en el que ya se me asignaban seis materias (Estética, Ética, Introducción a la Filosofía, Lógica I, Principios y Técnicas de la Investigación Filosófica e Historia de la Filosofía I), así como el turno en que debía cursarlas (matutino). Desgraciadamente, entre el profesorado asignado no estaba el Dr. Enrique Dussel. No obstante, por mis compañeros de clase me enteré de que el profesor Dussel impartía el curso de Ética en el turno vespertino, por lo que de inmediato hice las gestiones necesarias para tomar su clase.
Recuerdo con mucha emoción el primer día que tomé clase con el profesor Dussel. El salón 114, uno de los más grandes de la Facultad ¡estaba a reventar en afluencia de alumnos! Aunque era un curso del primer semestre de la carrera de Filosofía, el profesor Dussel admitía a todos los oyentes posibles, fueran o no de la carrera, de la Facultad o de la UNAM. Teníamos que llegar con mucho tiempo de anticipación si queríamos alcanzar alguna butaca, de lo contrario, nos tocaba sentarnos en el suelo. El tema fundamental de la clase era su Ética de la liberación en la edad de la globalización y la exclusión, obra que exponía y discutía tanto con los estudiantes de licenciatura como con los de posgrado.
Su figura y presencia llamaban mucho mi atención: un hombre maduro, de cabello y barba completamente blancos, generalmente vestido de color café —saco, chaleco, pantalón y zapatos—, con una personalidad firme que despertaba respeto y, al mismo tiempo, generaba simpatía. Las y los estudiantes nos arremolinábamos a su alrededor desde que llegaba a la Facultad. Preguntas sobre la clase, invitaciones a conferencias, solicitudes de asesoría o de dirección de tesis, convocatorias para publicar un artículo, peticiones para firmar solidariamente algún pronunciamiento, invitaciones a participar en un mitin, etcétera. Todo ello formaba parte de la lluvia de solicitudes que recibía del sector estudiantil y a las cuales accedía con gusto, siempre y cuando su agenda se lo permitiera. Cuando impartía clases llevaba consigo dos valijas de cuero negro: una, tipo portafolio, donde transportaba libros o tesis concluidas, junto con el texto engargolado que estaba exponiendo; y otra más pequeña, tipo bandolera, donde guardaba sus lentes para leer de cerca, una pequeña agenda, algunos bolígrafos, el borrador y, en aquellos tiempos, los gises dentro de una bolsita de plástico.
También me llamó la atención una persona joven que acompañaba al profesor a todas partes, desde que llegaba hasta que se retiraba de la Facultad. Dicha persona interactuaba con las y los estudiantes del curso: llevaba el control de nuestras asistencias mediante una hoja de firmas, nos entregaba las copias que debíamos leer para la clase y, cuando el profesor se ausentaba, era ella quien impartía la sesión. Por mis compañeras y compañeros me enteré de que se trataba de su asistente registrada ante el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), era la maestrante Carmen Camarillo, con quien el Dr. Dussel siempre iniciaba las clases en el horario programado y, a pesar de que éramos tantas las personas que abarrotábamos el salón, el silencio era total una vez que él comenzaba a hablar. Abría la sesión con preguntas, dudas, objeciones o críticas al texto que debíamos leer previamente. Después de aclarar y justificar argumentativamente su postura frente a los cuestionamientos del grupo, continuaba exponiéndonos su libro: Ética de la liberación.
El curso de Ética cambió radicalmente el horizonte filosófico de muchos de nosotros como estudiantes. El profesor Dussel no exponía la tradicional historia de la ética —a pesar de las constantes críticas de algunos de sus colegas de la Facultad— ni se limitaba a explicar lo que otros filósofos, generalmente europeos y eurocéntricos, habían dicho o decían sobre ese tema fundamental de la filosofía; más bien presentaba su propia ética. Así, éramos testigos, aunque sin plena conciencia histórico-política de lo que ello significaba, de la gestación y la arquitectónica de la ética de la liberación, ya no solo latinoamericana, sino de proyección plenamente mundial.
En el despliegue arquitectónico de su pensamiento en torno a la ética de la liberación, nos introdujo desde el primer semestre de la carrera la distinción fundamental entre varios conceptos, a decir: ética y moral; criterio y principio; ética de valores y ética de principios; deconstrucción y arquitectónica; teoría tradicional y teoría crítica; totalidad y alteridad; proxemia y proximidad; apatía e interpelación; indiferencia y responsabilidad; alienación y liberación; dialéctica y analéctica; centro y periferia; sistema hegemónico vigente y víctimas del sistema hegemónico vigente; positividad del sistema hegemónico y negatividad del sistema hegemónico; el bloque social de los opresores y el bloque social de los oprimidos, etcétera.
Con ese marco hermenéutico, que íbamos construyendo poco a poco, simultáneamente nos introdujo en el pensamiento de los autores clásicos de la ética y en los debates en los que estos habían participado, y que él subsumía críticamente en el despliegue de la arquitectónica de su Filosofía de la liberación para fundamentar, tanto sus criterios como sus principios éticos. En “el principio material”, por ejemplo, retomó desde la metaética analítica de G. E. Moore, quien negaba que la ética normativa pudiera desarrollarse desde una racionalidad con validez empírica, hasta la afirmación de la “felicidad para las mayorías” propia de la ética utilitarista. En “el principio formal”, traía a colación el debate entre la ética comunitarista, de inspiración histórica y valorativa (en pensadores como: A. MacIntyre, Ch. Taylor y M. Walzer), y las éticas formales (en pensadores como: I. Kant, K.-O. Apel y J. Habermas). Cabe destacar que, en “el principio de factibilidad”, hacía una creativa apropiación de la pragmática (retomando a autores como: Ch. Peirce y H. Putnam), de la teoría de sistemas (desde el pensamiento de N. Luhmann), y de la crítica de la racionalidad utópica (inspirado en las ideas de F. Hinkelammert).
Pero eso no era todo. Disfrutábamos enormemente escuchar su testimonio cuando regresaba de algún viaje al extranjero y nos platicaba o exponía los debates que había sostenido sobre la fundamentación de la ética con filósofos de primer orden a nivel mundial: K.-O. Apel, P. Ricoeur, G. Vattimo, R. Rorty, J. Habermas o F. Hinkelammert. En sus cursos nos actualizamos en relación a los temas, problemas y autores más relevantes de la discusión filosófica contemporánea, fundamentalmente en las áreas de la ética, la filosofía política, la filosofía de la cultura y la filosofía de la educación.
Una categoría en la que ponía especial énfasis al explicar con profundidad a sus estudiantes era la de locus enuntiationis. Partiendo del principio hermenéutico fundamental de que todos los seres humanos tenemos la ineludible condición de interpretar, sostenía que no podíamos dejar de interpretar, porque ser persona equivalía a ser intérprete. Sin embargo, jamás accedemos de manera inmediata a la realidad: siempre lo hacemos desde un determinado lugar que condiciona nuestra mirada y nuestras interpretaciones. A ese lugar se le denomina locus enuntiationis o lugar de enunciación. Nos decía que el significado de locus enuntiationis refiere a aquello que enunciamos, anunciamos y denunciamos desde nuestras representaciones de las personas, las cosas o los acontecimientos que vivimos, así como desde nuestra identidad cultural, nuestro contexto socioeconómico, nuestras creencias religiosas, nuestra formación educativa, nuestra preferencia sexual, nuestra militancia política y nuestras convicciones éticas, entre otros aspectos. Asimismo, señalaba que todas estas condiciones de interacción social estaban interrelacionadas y atravesadas por relaciones de poder que generan distintas y complejas formas de opresión o privilegio. Por eso destacaba la importancia de los fundamentos éticos y políticos para conocer nuestro propio locus enuntiationis.
El lugar de enunciación de la Filosofía de la liberación que él practicaba era el de las personas empobrecidas o las víctimas que necesariamente genera el sistema hegemónico vigente —burgués-capitalista en su despliegue neoliberal— en su propia lógica de reproducción. Por ello, para él, el proceso de liberación —la eliminación de la discriminación, la opresión y la dominación que sufren las personas empobrecidas y las víctimas en general del sistema económico a nivel mundial— pasaba necesariamente por la toma de conciencia crítica; es decir, por la concientización de las intersecciones que condicionan nuestra lectura de la realidad y nuestra práctica social. Desde esa perspectiva, era necesario, como diría Walter Benjamin, pasar el cepillo a contrapelo sobre nuestro lugar de enunciación, con el fin de no reproducir representaciones y prácticas hegemónicas de privilegio y dominación.
Otra de las categorías fundamentales, y quizá la central, de su pensamiento es la de “la crítica”. Sus propias definiciones de filosofía así lo dejaban ver: “la filosofía piensa lo no filosófico: la realidad” y “filosofía es dar razón crítica de la realidad” (Dussel, 2001, p. 15). Retomando la concepción que Hermann Cohen expone en el prólogo de su texto La religión de la razón (2004), para el profesor Dussel la crítica ético-política consistía en saber situarse en el lugar de los pobres y desde ahí efectuar el diagnóstico de la patología del Estado, con la finalidad de comprenderlo, deconstruirlo (desmontarlo críticamente) y transformarlo de raíz, porque, desde una perspectiva ética y política —es decir, racional—, no es el mejor posible.
Resulta importante agregar que, cuando el profesor Enrique Dussel quería llamar nuestra atención, utilizaba magistralmente y de manera didáctica una metáfora conceptual que, de alguna manera, resumía todo lo anterior: “el sospechómetro”, el cual representaba con un “foquito encendido” que generalmente dibujaba en la esquina superior izquierda del pizarrón. Nos decía: “hay que aplicar a todo el sospechómetro”. A partir de sus explicaciones, fui reconstruyendo algunas ideas sobre lo que significaba dicho concepto: a) era la actitud crítica que debemos mantener ante todo tipo de conocimiento, discurso, argumentación o situación que busca orientar nuestro pensamiento y voluntad hacia una determinada dirección; b) era saber discernir, identificar y explicitar los componentes ideológicos que, de manera sutil, encubren un discurso o una práctica determinada; c) era la actitud epistemológica no ingenua que nos ayuda a aproximarnos a la verdad y a la justicia por coherencia y consecuencia con el “sentipensar” humano; y d) era saber ponerse en el lugar del otro (la persona empobrecida, enferma, viuda, huérfana o extranjera) para poder interpretar y transformar la realidad que niega y encubre su otredad, es decir, su dignidad infinita.
Dussel tenía una personalidad que a nadie dejaba indiferente. Sus dichos y hechos generaban reacciones a favor y en contra; particularmente, entre los académicos, pues las y los estudiantes, en su inmensa mayoría, estábamos a favor de su “sentipensar” liberador y de su apasionante forma de exponerlo. Dussel creía realmente lo que decía y escribía. La manera de fundamentar y justificar sus ideas ––no solo argumentativamente, sino también vivencialmente–– nos persuadía a muchos de sus estudiantes mediante la razón.
En una de sus clases mencionó que, del 7 al 11 de octubre de 1996 tendría lugar en el Centro Universitario Cultural (CUC) un diplomado internacional titulado: Cuestiones de ética para América Latina, el cual era organizado de manera conjunta entre el Instituto Franciscano de Filosofía y Teología (IFFT) y la Asociación Filosofía y Liberación (AFyL) que presidía el mismo Dr. Dussel. Dado que se trataba de un diplomado gratuito, decidí asistir. Entre las y los ponentes se encontraban la Dra. Elsa Cecilia Frost (México), la Dra. Teresa Kwiatkowska (Polonia), el Dr. Francis Guibal (Francia), el Dr. Manuel Anaut (México), el Dr. Ricardo J. Gómez (USA), el Dr. Germán Gutiérrez (Costa Rica) y los entonces doctorantes Marcio Costa (Brasil) y Silvana Rabinovich (Argentina). Ahí, el profesor Dussel tuvo dos relevantes intervenciones: una relacionada con los “aspectos éticos y políticos de la ecología” y otra donde expuso algunos elementos de la arquitectura de su pensamiento en torno a la ética de la liberación.
Un año después, en la primer semana del mes de octubre de 1997, fuimos testigos presenciales de lo que significaba una etapa más en el debate filosófico a nivel mundial entre la obra: Ética de la liberación de Enrique Dussel y la Ética del discurso de Karl-Otto Apel, cuando asistimos, por invitación del mismo profesor Dussel, al “Coloquio de filosofía 1997. Encuentro con el Dr. Karl-Otto Apel: Teoría Crítica, Liberación y Diálogo Intercultural”. El evento fue organizado por el Dr. Raúl Fornet-Betancourt de la fundación Missio de Alemania y el Dr. Bruno Gelati de la Escuela de Filosofía de la Universidad Intercontinental.
A finales de ese mismo mes, y como si se tratara de una continua cascada de acontecimientos filosóficos, el profesor Dussel profundizó e hizo una recepción de la filosofía de Emmanuel Levinas, quien había sido su maestro en Francia y que falleció el 25 de diciembre de 1995. A tal grado nos impactó su lectura politizadora del pensamiento levinasiano, que varios de sus estudiantes conformamos un colectivo estudiantil, denominado “Grupo Alteridad”, con la finalidad de organizar actividades académicas, culturales y de activismo estudiantil de izquierda.
La primera actividad que organizamos como colectivo estudiantil, a pesar de la reticencia por parte de autoridad administrativa de la Facultad de Filosofía y Letras, fue un Coloquio en torno al pensamiento filosófico-pedagógico de Paulo Freire, el cual tuvo lugar en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, del 29 al 31 de octubre de 1997. Varios factores explican el éxito rotundo que tuvimos, como colectivo estudiantil, con dicho evento: 1) se trató de una especie de homenaje a Paulo Freire, pues no hacía mucho había muerto (2 de mayo de 1997). El Colegio de Pedagogía de la facultad no había realizado actividad alguna al respecto; 2) la relevancia de la temática (el vínculo entre la Filosofía de la liberación y la pedagogía del oprimido); 3) el número de estudiantes de El Colegio de Pedagogía era el más numeroso de toda la facultad; y 4) la relevancia del cartel de profesoras y profesores invitados como ponentes, quienes habían sido amigos, colegas y discípulos de Paulo Freire: el Dr. Guillermo Almeira, el Dr. Miguel Escobar Guerrero, la Dra. Stella Araújo-Olivera y, por supuesto, el Dr. Enrique Dussel.
Los miembros del colectivo estudiantil denominado “Grupo Alteridad” devenimos, poco a poco, en activistas estudiantiles, aunque siempre tuvimos la clara conciencia de que el mejor acto revolucionario que podía realizar un estudiante era estudiar a profundidad, con responsabilidad y disciplina, para servir mejor al pueblo que había cristalizado nuestro derecho a la educación. En nosotras y nosotros resonaba una anécdota que regularmente contaba el profesor Dussel en relación con el joven Karl Marx, cuando presentó su Abitur (examen de conclusión del bachillerato y de ingreso a la Universidad), en el que respondió a la pregunta: “¿Cuáles son las razones para elegir una profesión?”. Según nos explicaba el profesor, el aspirante a estudiante universitario respondió que la razón fundamental para elegir una profesión no era la búsqueda de riqueza, poder, fama o privilegios individuales, sino lograr hacer felices al mayor número posible de personas.
Nuestro colectivo, que tenía una clara influencia de la Filosofía de la liberación dusseliana, participó como protagonista ––junto con otros colectivos y grupos estudiantiles de la facultad––, en los paros que se hacían como medida de presión para que el entonces Consejo Universitario desistiera del cobro de cuotas en la universidad. Ahí coincidimos con los compañeros René González, Miguel “el Bakunin”, David “el Manito”, Gema y Diana Fuentes, quienes tenían una mayor afinidad con el Dr. Bolívar Echeberría, el Dr. Adolfo Sánchez Vázquez o el Mtro. Gabriel Vargas Lozano. A pesar de la presión política que ejercimos la gran mayoría de los estudiantes universitarios, vino la imposición de las cuotas por parte de la autoridad universitaria. Como respuesta, el movimiento estudiantil decidió estallar la huelga universitaria el 20 de abril de 1999.
Durante 10 meses, el Consejo General de Huelga (CGH) mantuvo bajo su control las instalaciones universitarias bajo la exigencia de no cobrar cuotas y en defensa de la educación pública. El rector Barnés de Castro fue obligado a renunciar y, en su lugar, el entonces presidente Ernesto Zedillo impuso como nuevo rector de la UNAM al Dr. Juan Ramón de la Fuente. Sin embargo, debido a que los diálogos con la autoridad universitaria para solucionar el conflicto no prosperaron, la Policía Federal Preventiva (PFP) ingresó violentamente a la universidad el 6 de febrero de 2000. La PFP detuvo a muchos estudiantes y persiguió a otros más, principalmente a los que teníamos órdenes de aprehensión que la propia autoridad universitaria había promovido en nuestra contra por ser activistas del movimiento huelguista.
Cabe destacar que, dada la situación de persecución y el riesgo de prisión que enfrentábamos como integrantes del movimiento estudiantil, decidimos contactar, con el debido sigilo, a una Comisión de Garantías integrada por algunas y algunos de los profesores más reconocidos y respetados de la Facultad de Filosofía y Letras. Su propósito era impedir la detención de quienes teníamos órdenes de aprehensión y coadyuvar en el proceso de liberación de quienes ya se encontraban privados de su libertad. En esa comisión participaban el Dr. Ambrosio Velasco, la Dra. Margo Glantz, el Dr. Luis Villoro, el Dr. Federico Álvarez y la Dra. Mariflor Aguilar. Los enlaces estudiantiles éramos Diana Fuentes y yo.
El 14 de febrero de 2000 se reanudaron las actividades académicas en la UNAM. Al finalizar un seminario que impartía el profesor Enrique Dussel sobre la Escuela de Frankfurt, me pidió platicar con él. En realidad, se trataba de una invitación para que colaborara como su asistente de investigador nacional en su nuevo proyecto: “Filosofía Política”. Acepté la propuesta inmediatamente, lo que me alegró sobremanera. Inicié actividades el 3 de abril de 2000, labor que se extendió hasta el 1 de mayo de 2003. Durante ese periodo, los vínculos de camaradería se hicieron más estrechos y la confianza entre maestro y discípulo se volvió más sólida. Las discusiones sobre filosofía, política y la realidad nacional e internacional ocupaban gran parte del tiempo de nuestras reuniones de trabajo en su oficina de Coyoacán. Dada la cercanía que también teníamos por la vecindad, no era extraño que me llamara por teléfono y me preguntara si era posible que fuera a verlo para conversar sobre algunos temas que estaba investigando y compartirle mi “sentipensar” sobre ellos.
Simultáneamente a esa inesperada invitación por parte del Dr. Enrique Dussel, los ex huelguistas —muchos de ellos y ellas alumnos suyos— decidimos participar, mediante una fórmula estudiantil que denominamos “Dialéctica”, en el proceso electoral para renovar la representación estudiantil tanto en el Consejo Técnico de la Facultad de Filosofía y Letras como en el Consejo Universitario de la UNAM, con el propósito de impulsar desde los órganos de gobierno un Congreso Universitario (CU) que refundara a la UNAM en la línea de la reciente lucha estudiantil. El 28 de abril, la fórmula “Dialéctica” arrasó en las urnas: ganamos 10 de los 11 Colegios y obtuvimos la representación en el Consejo Universitario. El 21 de junio rendimos protesta en el CU como consejeros alumnos, propietario y suplente, de la Facultad de Filosofía y Letras: Juan Manuel Contreras Colín y Diana Grisel Fuentes de Fuentes.
La ahora consejera universitaria Diana Fuentes formaba parte de la Comisión de Títulos y Grados, mientras que yo integraba la de Legislación Universitaria. En reiteradas ocasiones buscamos articular un frente de lucha de ex huelguistas dentro del Consejo Universitario; sin embargo, ello resultó muy difícil debido a la amplia mayoría con la que contaba el rector Juan Ramón de la Fuente, respaldado por las y los directores y por los representantes estudiantiles de orientación conservadora. Sin embargo, estas dificultades no hicieron menguar nuestra convicción ni nuestro compromiso con la construcción de un Congreso Universitario de carácter refundacional para la UNAM.
En una ocasión se presentaron en nuestro cubículo de la Facultad de Filosofía algunos miembros del Comité Estudiantil Metropolitano (CEM). Al frente venía el muy querido compañero Higinio Muñoz García, con quien ya habíamos trabajado de manera articulada durante la huelga del CGH. El comité nos solicitaba que presentáramos ante el Consejo Universitario el caso de la compañera universitaria Ericka Zamora Pardo, quien había sido injustamente detenida, torturada y recluida en una cárcel de máxima seguridad para varones. Después de escucharlos, dialogamos colectivamente y acordamos asumir el compromiso derivado de la solicitud que nos hacían los compañeros del CEM.
En la sesión del 23 de marzo del 2001 presentamos, en el pleno del Consejo Universitario, el caso de la compañera universitaria Ericka Zamora Pardo, el cual fue turnado “a la Comisión de Legislación Universitaria, para que reuniera elementos adicionales sobre el mismo e integrara un pequeño grupo que trabajara directamente con el Secretario General en darle seguimiento al asunto, así como presentar los elementos reunidos por ambos grupos en la siguiente sesión del pleno” (UNAM, 2001, p. 4).
Al formar parte de la Comisión de Asuntos Legislativos, me integré y presidí el pequeño grupo encargado de trabajar directamente con el Secretario General de la UNAM para dar seguimiento al caso. Ya como parte del gobierno universitario y con el mandato del pleno del Consejo Universitario, la comisión —en coordinación con algunos integrantes del CEM— reunió el expediente completo y elaboró una ruta de trabajo que contempló reuniones con las más altas autoridades universitarias e incluso con el propio Secretario de Gobernación. El objetivo era lograr la liberación de la compañera universitaria Ericka Zamora Pardo. El proceso no era sencillo y se prolongó durante un largo periodo. Sin embargo, el compromiso y la determinación de las y los compañeros del CEM —en especial de Higinio Muñoz, Citlalli Hernández, David Zaragoza, Alicia Mendoza, Ana Gutiérrez y Arlen Serna— fueron inquebrantables y estuvieron siempre guiados por la convicción de la justicia de su causa.
En el marco de ese complejo proceso de diálogo interinstitucional entre la UNAM y el Gobierno Federal para conseguir la justa liberación de la universitaria Ericka Zamora Pardo, la entonces Procuraduría General de la República (PGR) inició, el 15 de agosto de 2001, una campaña masiva de desprestigio en mi contra. A través de la radio y de varios periódicos oficialistas, se me vinculó “con grupos subversivos por el simple hecho de hacer una defensa de los derechos humanos de Ericka Zamora” (Avilés, 2001, p. 10).
El fantasma de una detención arbitraria me acompañaba a todas partes. Sin embargo, el jueves 16 de agosto, la respuesta de quienes conocen mi trayectoria académica y mi compromiso como representante estudiantil no se hizo esperar. Ese día se hizo pública una carta que, en su tercer punto, sostenía: «Repudiamos cualquier vínculo —sin fundamento— de universitarios con supuestos grupos armados; en particular, las insinuaciones que relacionan estas actividades subversivas con el trabajo en defensa de los derechos humanos que realiza Juan Manuel Contreras, estudiante de esta Facultad y consejero universitario» (La Jornada, 16 de agosto de 2001, p. 2). La carta estaba firmada por el Dr. Ambrosio Velasco Gómez (director de la FFyL), el Dr. Miguel Soto Estrada (secretario general de la FFyL), la Dra. Mariflor Aguilar (consejera universitaria profesora), mi compañera de fórmula Diana Fuentes (consejera universitaria alumna) y los académicos Gabriel Vargas, José Ignacio Palencia y, por supuesto, el profesor Enrique Dussel, quien conocía de cerca todo el proceso y, como en tantas otras ocasiones, brindó a sus estudiantes su solidaridad y respaldo moral y político.
Ingresé a la Maestría en Filosofía en octubre de 2001. A propuesta mía, el Comité Académico tuvo a bien designar al profesor Enrique Dussel como mi tutor de estudios. Mi área de conocimiento fue la filosofía política, en coincidencia con la investigación que el Dr. Dussel desarrollaba entonces en torno a su Política de la liberación. También fue mi director de tesis de maestría, dedicada al estudio de la filosofía y la praxis de liberación en Ignacio Ellacuría, autor jesuita que había conocido gracias a su curso de Ética durante la licenciatura y cuya propuesta político-liberadora consideré necesario estudiar entonces con mayor profundidad. El Dr. Ambrosio Velasco Gómez, quien había dirigido mi tesis de licenciatura, me había obsequiado tiempo atrás la obra completa de los escritos políticos de Ellacuría, un insumo fundamental que me permitió profundizar en su pensamiento con toda la riqueza y complejidad que este entraña.
Nuestro compromiso político como representantes estudiantiles y activistas iba de la mano con las clases, el estudio y la organización de eventos académicos de gran relevancia. Por ejemplo, del 12 al 14 de marzo de 2002, nuestro colectivo, el Grupo Alteridad, organizó junto con la AFyL del profesor Enrique Dussel, la organización Missio del profesor Raúl Fornet-Betancourt y el Goethe-Institut alemán, el IX Seminario Internacional Norte-Sur, que denominamos “Teoría y práctica de la democracia en las culturas”. En el transcurso de ese evento académico de relevancia internacional se presentaron, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, el Prof. Dr. Karl-Otto Apel (Alemania), con la conferencia magistral Teoría práctica de la democracia; el Dr. Ambrosio Velasco (México), director de la Facultad, quien reaccionó a la ponencia del Prof. Apel con el tema Apel y la transformación de la filosofía. Los siguientes días fueron igualmente importantes: el Prof. Franz Hinkelammert (Alemania-Costa Rica) presentó la conferencia titulada Democracia y globalización; el Prof. Georges Labica (Francia) abordó la temática Globalización, democracia y socialismo; y el Prof. Raúl Fornet-Betancourt (Alemania) expuso el tema Democracia y marxismo en América Latina. Cada una de las ponencias recibió comentarios, entre otros, del Dr. Joseph Estermann, el Dr. Mario Rojas y, por supuesto, del Dr. Enrique Dussel.
El 30 de mayo de 2002, gracias a la presión de diversos sectores sociales, de personalidades académicas y políticas, de centros de derechos humanos, de la generosidad y constancia de activistas universitarios —en especial del CEM— y de la gestión del CU de la UNAM, Ericka Zamora Pardo fue liberada en Chilpancingo, Guerrero. Después de un pequeño mitin en la Alameda de esa ciudad, emprendió el viaje hacia la Ciudad de México. Allí ya la esperaban, en una abarrotada aula magna de la Facultad de Filosofía y Letras, entre otros, el Dr. Adolfo Gilly, el General José Francisco Gallardo, el Dr. Ambrosio Velasco y el Dr. Enrique Dussel, con el propósito de celebrar su excarcelación y el ejercicio de su justa libertad.
En mi colaboración como asistente del profesor Enrique Dussel no solo asumí la responsabilidad de apoyarlo en sus cursos de licenciatura y maestría en la UNAM, sino que también emprendimos el proyecto de digitalizar toda su obra, tanto inédita como publicada, mediante un programa de Servicio Social que gestioné en la Facultad de Filosofía y Letras. El resultado fue un disco compacto (CD) que reunía su obra digitalizada y que él compartía generosamente al término de sus conferencias y cursos, tanto en México como en el extranjero. Ese CD constituyó el antecedente inmediato de la biblioteca virtual que, años más tarde, pondría gratuitamente a disposición del público a través de su página web personal.
Gracias al Dr. Manuel Arias, presidente del Consejo México Sur de Intercambio Cultural Alemán Latinoamericano (ICALA), recibí una beca para realizar mis estudios de doctorado en Alemania. Compartí de inmediato la noticia con el profesor Enrique Dussel, quien se alegró y me recomendó desarrollar mi investigación bajo la dirección del Prof. Dr. Axel Honneth, de la Johann Wolfgang Goethe-Universität de Frankfurt am Main, con el propósito de profundizar el diálogo entre la Filosofía de la liberación latinoamericana y la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt. El propio Dussel le escribió al representante más importante de la “tercera generación de la Escuela de Frankfurt” para poder presentarme, una iniciativa que acepté con mucho gusto. El 27 de agosto de 2002 le escribí al Prof. Dr. Honneth y, al día siguiente, lo hizo el profesor Enrique Dussel. Para el 29 de ese mes, el Prof. Honneth me respondía con la noticia de que había sido aceptado no solo como su doctorando, sino también como interlocutor e invitado a participar en su coloquio de investigación sobre temáticas de filosofía social y filosofía política. El tema que le propuse trabajar fue La lucha por el reconocimiento político y ético de los indígenas chiapanecos del EZLN.
En ese mismo año, el profesor Dussel nos convocó a varios de sus discípulos (Mario Rojas Hernández, Juan José Bautista, Rafael Soto y yo) para incorporarnos a un seminario permanente de discusión en la recién fundada Universidad de la Ciudad de México (UCM). Lo anterior tenía la finalidad de crear, junto con otros dos equipos —uno latinoamericanista y otro de la tradición analítica—, la nueva licenciatura de Filosofía e Historia de las Ideas. El seminario era coordinado por el Dr. Pedro Reygadas, quien era, además, el primer Coordinador del Colegio de Humanidades y Ciencias Sociales. Fue un trabajo muy complejo de discusión filosófica y construcción colectiva de un programa de estudios. El profesor Dussel siempre estuvo presente: aportó la perspectiva crítica (desde las víctimas) en cada una de las áreas que conformaron el plan de estudios de dicha licenciatura e impulsó a las y los jóvenes a escribir, argumentar, debatir, escuchar y construir consensos con miras a crear una plataforma de formación filosófica crítica. Desde entonces, mantengo un vínculo con la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). He tenido la fortuna, gracias al profesor Dussel, de coincidir con tres personas que han marcado mi ser y quehacer filosófico: mi querida Francesca Gargallo, con quien compartí cubículo durante varios años, y mis ahora amigos y compañeros de luchas, el Dr. Mario Rojas y el Dr. Pedro Reygadas, este último mi compañero y cómplice en ambiciosos proyectos de investigación filosófica crítica.
En 2004, René González —también alumno del profesor Enrique Dussel en la UNAM, entonces estudiante del Colegio de Historia y ya vinculado al Gobierno de la Ciudad de México— invitó al doctor a impartir un curso de formación política a una veintena de jóvenes militantes de izquierda. El curso tuvo lugar durante un semestre en las instalaciones del Antiguo Palacio del entonces Gobierno del Distrito Federal. El profesor Dussel me pidió acompañarlo y, cada semana, de 18:00 a 21:00 horas, expuso a las y los participantes los avances de su Política de la liberación.
Dada la complejidad de la temática y la especificidad del abordaje filosófico, le propuse que, desde un punto de vista didáctico, resultaba más adecuado —para quienes no provenían de una formación filosófica— estudiar su filosofía política mediante tesis que sintetizaran el contenido fundamental de cada una de las categorías y núcleos críticos de su pensamiento político. Me propuse elaborar dicha síntesis, pero no recibí respuesta. A la semana siguiente, el profesor Dussel ya exponía su filosofía política en forma de tesis. De regreso del Centro de la Ciudad a Coyoacán, me preguntó qué me había parecido su exposición y le respondí que muy bien, que ese era el contenido básico y fundamental de la Política de la liberación que debía manejar todo militante de izquierda. Esa anécdota fue relatada posteriormente por el propio Dr. Dussel en varias conferencias.
Ese ejercicio fue el antecedente inmediato de lo que en 2006 publicaría por primera vez como 20 tesis de política. El éxito del nuevo formato fue tal que la obra también fue publicada en alemán, inglés, francés, italiano y portugués, además de contar con varias ediciones en español. Dada la eficacia de este formato para la divulgación de su pensamiento, el profesor Dussel decidió publicar también en forma de tesis su economía política y su ética. A la primera obra la tituló 16 tesis de economía política: interpretación filosófica y a la segunda, 14 tesis de ética. Hacia la esencia del pensamiento crítico, publicadas en 2014 y 2016, respectivamente.
El camino de nuestra relación de amistad no terminó ahí. Continuamos trabajando juntos incluso desde Europa y en diálogo con ella —cuando me fui a realizar mis estudios de doctorado en la Hochschule für Philosophie de Múnich, con el Prof. Dr. Norbert Brieskorn, y en la Julius-Maximilians-Universität Würzburg (JMU), donde tuve como maestro al Prof. Dr. Richard Nebel—, con el propósito de tender puentes entre la Filosofía de la liberación y la Filosofía social alemana.
En diciembre de 2009 volvimos a coincidir personalmente, debido a que el Dr. Hans Schelkshorn, de la Universidad de Viena, organizó la conferencia internacional Modernity. Approaches from Arab, Latin American and European Philosophy. Ahí compartimos largas horas de discusión filosófica y análisis político sobre la situación del país con el Dr. Bolívar Echeverría, la Dra. Raquel Serur y el Prof. Enrique Dussel, pues nos hospedamos en el mismo edificio universitario vienés.
Aquí enuncio que fue el Prof. Enrique Dussel quien, solidaria y responsablemente, asumió, a solicitud de un movimiento estudiantil, académico y de trabajadores, la rectoría interina de la UACM para evitar su intervención policiaca y la suspensión de la huelga que se mantenía en dicha casa de estudios debido a un conflicto generado por la rectoría en turno. Ahí lo acompañé, por solicitud del propio Prof. Dussel, como su coordinador de asesores de rectoría desde el primero hasta el último de los días de su rectorado itinerante, mediante el cual posicionó a la UACM como un referente de educación superior crítica a nivel nacional.
Preocupados por la situación del país y ante la necesidad de formar críticamente a la militancia de izquierda regional y continental, fundamos también, junto con otros dos compañeros, la Escuela de Formación Política Carlos Ometochtzin, con el propósito de brindar herramientas teóricas y metodológicas que permitieran fundamentar y justificar una praxis político-liberadora fundada en la ética de la liberación.
Sirva, pues, todo lo anterior para dar testimonio de una vida comprometida con la transformación radical de la realidad en función de las personas más empobrecidas y desde ellas, pues en ellas se reconoce el lugar que da verdad. El profesor Enrique Dussel se esforzó por hacer de su vida una “diakonía”, es decir, un servicio de amor al pueblo. Se ubicó desde el lugar del empobrecido y, desde ahí, hizo no solo el diagnóstico de la patología del Estado, sino que también lo desmontó críticamente y, con base en ello, desplegó una arquitectura o propuesta de acción deseable, posible y permisible. Intentó, en la medida de sus humanas posibilidades, ser coherente y consecuente entre su pensar, decir y hacer.
Lo anterior le otorgaba una autoridad político-moral que a muchas personas nos persuadía. Particular afinidad tenía con las y los jóvenes: veía en ellas y ellos esperanza, posibilidad y compromiso. Fueron muchas las personas formadas, acompañadas y apoyadas por el profesor Enrique Dussel. Su presencia, como maestro y amigo, se hizo sentir en los momentos más difíciles de la vida política de muchos de sus estudiantes. Lo mínimo que podemos hacer como agradecimiento es continuar caminando la ruta que nos mostró a través de su vida y obra.
Avilés, K. (17 de agosto de 2001). Rechaza el rector que se involucre a toda la UNAM con guerrilleros. La Jornada. https://www.jornada.com.mx/2001/08/17/010n1pol.html
Castro, A. (Director). (2007). Imágenes de la filosofía iberoamericana: Entrevista con Enrique Dussel [Video]. Universidad Veracruzana. https://www.youtube.com/watch?v=7JC5K6lckxI
Cohen, H. (2004). La religión de la razón desde las fuentes del judaísmo. Anthropos Editorial.
Dussel, E. (1992). 1492: El encubrimiento del Otro. Hacia el origen del “mito de la Modernidad”. Nueva Utopía.
Dussel, E. (1998). Autopercepción intelectual de un proceso histórico. Anthropos. Huellas del conocimiento: Enrique Dussel. Un proyecto ético y político para América Latina, (180), 13-36.
Dussel, E. (2001). Filosofía de la liberación. Primero Editores.
Dussel, E. (2006). Ética de la liberación en la edad de la globalización y la exclusión. Editorial Trotta.
Fiel, C. (Director). (2025). Dussel: La filosofía es un don para un mundo sin sentido. [Video]. YouTube https://www.youtube.com/watch?v=VSepCwxWne
García-Agundis, S. (Director). (2014). Caminante no hay camino… un autorretrato documental (Biografía intelectual de Enrique Dussel) [Video]. Vimeo. https://vimeo.com/114714858
Ramírez, G. (1997). El conflicto de los excluidos en la UNAM, 1995 [Tesina de licenciatura, Universidad Nacional Autónoma de México]. Tesis Digitales UNAM.
https://repositorio.unam.mx/contenidos/los-excluidos-de-la-unam-reportaje-sobre-la-lucha-estudiantil-de-1995-153032?c=9jRBna&d=false&q=*:*&i=5&v=1&t=search_0&as=0
UNAM (2001). “Sesiones ordinarias y extraordinarias del pleno del Consejo Universitario”. UNAM. https://consejo.unam.mx/comisiones/CU/info/20230217200551.pdf