En busca del placer de la lectura

Ilustración: Horacio Leonardo Vázquez García

Anniel Humberto Pérez Yera

Anniel Humberto Pérez Yera

Licenciado en Lengua y Literatura francesas (Portugués como segunda lengua), Universidad de La Habana. Miembro de la Alianza Francesa de Cuba y miembro de la Cátedra Eça de Queiroz de la Universidad de La Habana. Ha realizado ponencias como: “Mis lazarillos en Perse” (en el XVI Simposio Internacional de Traducción Literaria celebrado en La Habana entre el 28 y 29 de noviembre del 2023); “As frases idiomáticas na língua portuguesa: história e cultura” (en el V Colóquio Cubano de Estúdios Lusófonos, celebrado en La Habana en noviembre del 2023), y “Paisaje de Nieve: Tres poetisas quebequenses” (en el V Coloquio de Estudios sobre Canadá, celebrado en La Habana en junio del 2024); entre otros. También ha publicado: “La huella del profe Ángel”, en Revista Cubaliteraria; “7 Poetisas libanesas”, en Revista Cubaliteraria, y “Jean Cocteau y Charles Chaplin: los gestos” en Revista Cubaliteraria, entre otros.

12 diciembre, 2025

En 1973, Roland Barthes publicó Le plaisir du texte (El placer del texto). En este ensayo, el autor francés se refiere a un texto –el que todo lector con suerte merece encontrar– que “contenta, llena, nos pone en un estado de euforia” (Barthes, 1973, p. 25) y no tanto en términos de placer, sino de gozo. Un texto que “nos desconcierta, […] que hace vacilar los fundamentos históricos, culturales y psicológicos del lector, así como la consistencia de sus gustos, de sus valores y recuerdos, y que, además, pone en tela de juicio su relación con el lenguaje” (Barthes, 1973, p. 25). De esta forma, Barthes nos convoca a crear una posible lista de fragmentos que provoquen tal estado de gozo y placer en los lectores.

En el siguiente trabajo, después de un breve recorrido por la historia de la lectura y tras acercarme a algunas de las particularidades de la relación lector-autor, salgo en busca del placer que me produce la lectura. Para responder al deseo de Barthes, acompaño tal pesquisa con una lista de fragmentos extraídos de diferentes obras para sustentar la afirmación a la que nos conduce este inventario literario y que no resulta nueva: el placer de la lectura es individual, nace de un cara a cara entre lector y texto.

El placer de la lectura 

El término placer(1) (del latín piacēre) está asociado a otros conceptos como regocijo, satisfacción, gozo. Las clasificaciones van desde lo corporal hasta lo psíquico, pasando por lo emocional y lo intelectual. La lectura aparece comúnmente como un ejercicio de intelectuales. No obstante, también tiene mucho que ver con los placeres del cuerpo y de la psique. Más allá de esto, es importante señalar cómo en Le plaisir du texte, el autor propone la confección de una posible lista de textos que provoquen tal estado de gozo y placer en los lectores: “expondríamos ese cuerpo textual […], así como el psicoanálisis ha expuesto el cuerpo erótico del hombre” (Barthes, 1973, p. 30). Claro que, en su ensayo, Barthes no olvida mencionar un importante detalle: no existen normas que nos permitan decir este texto sí, y aquel no, cumple con tales condiciones, por lo que la lista que nos propone confeccionar correría totalmente por cuenta de los lectores. Solo ellos pueden dar fe del placer de la lectura. 

La historia de la lectura

Y a veces, cuando los astros nos son favorables,

leemos con la respiración entrecortada, recorridos por un temblor,

como si alguien o algo hubiera caminado sobre nuestra tumba.

Alberto Manguel

“Porque yo podía transformar simples trazos en realidad viviente, yo era dueño de un poder infinito”, nos revela Alberto Manguel (1996, p. 18), quien en su fascinante historia de la lectura cuestiona la existencia de una “historia de la literatura”,(2) y propone la historia del acto de leer como “la propia historia de cada uno de los lectores”, pues “leer no consiste en un proceso automático de aprehensión […] sino en un asombroso proceso laberíntico de reconstrucción, común a todos, y, sin embargo, personal” (Manguel, 1996, p. 56).(3) También el autor, como todo lector apasionado, se interesa por el placer de la lectura. Así, por ejemplo, nos recuerda aquello que pensaba Kafka sobre el asunto: “Kafka escribía a su amigo Oskar Pollak en 1904, que solo deberíamos leer aquellos libros que en verdad nos mortifican y no nos dejan tranquilos. Si el libro que leemos no nos despierta como con un fuerte golpe en la cabeza, ¿para qué leer?” (Manguel, 1996, p. 118). 

Además, Manguel explica cómo el placer de leer no está completo sin una cierta comodidad —que variará mucho de un lector a otro—, y hasta un contraste entre el libro que se lee y el lugar en el que nos encontramos durante la lectura.(4) Y si en el ensayo de Barthes (1973), el placer de la lectura es comparado con un juego erótico, Manguel (2996), por su parte, prefiere presentarlo como si se tratara de un placer culinario: “[…] nosotros, los lectores, hablamos de saborear un libro, de encontrarlo nutritivo, de devorarlo de una vez, de rumiar ciertos pasajes, de detenerse a sorber los versos de un poeta, de entregarse a un festín de poesía, o contentarse con seguir una dieta de novelas policíacas” (p. 207). Esto no quiere decir que el lector sea un simple consumidor del texto: al mismo tiempo, hay que verlo como un ser (se habla, aquí, por supuesto del lector en el momento del placer de la lectura) dominado por una increíble gourmandise(5) y que reinventa y reelabora cada una de las tajadas o migajas que se lleva a la imaginación. Lo cual nos permite hablar de un lector-autor, uno que se toma la libertad de jugar con el texto. 

El lector-autor 

En su ensayo titulado Éloge du mauvais lecteur (Elogio del mal lector), Maxime Decout(6) se refiere a las mil y una lecturas posibles a las que está expuesto cualquier texto. El autor señala que basta intentar compartir con alguien nuestra experiencia de lectura de un libro que ambos conocemos para advertir, de inmediato, que cada lectura se desplaza y difiere de la otra (Decout, 2021). Así, plantea que si existiera un punto de equilibrio entre las distintas lecturas de un texto —y si lo hubo, ya quedó absorbido por la historia literaria y la crítica—, lo importante sería entonces entregarse con libertad al juego del lector con el texto (Decout, 2021).

Cabe señalar que, en su ensayo, el autor hace alusión a varios tipos de lectores que, a lo largo de la historia, han optado por dicho juego —quizá, hasta sin saberlo. Primero, está el lector que se identifica por completo con uno de los personajes, al punto que cualquier otro detalle del libro deja de tener importancia para él. Decout lo llama un lector “víctima del libro”.(7) También se refiere a un lector que sería el caso opuesto, un lector al que el texto que lee le causa cierto malestar e incluso un poco de hastío y, por tanto, decide reinventarlo. Lo recrea, intentando extraer de él un mínimo de provecho o, simplemente, para repararlo a su manera.(8)  

Por otra parte, para facilitarnos la vida a los malos lectores, y a los que se proponen llegar a serlo, Decout (2021) ofrece su lista de Prácticas del mal lector, la cual recoge tres tipos de lectura: 1) Lectura desobediente: Se trata de una lectura distraída y desordenada. Se toman aquí y allá algunas palabras, se salta esta frase o aquel párrafo, de manera que el lector va construyendo otro texto, otra historia; 2) Lectura artesanal: Aquí el lector, de manera consciente, altera el orden de la historia, dispone de otra manera sus elementos; y 3) Lectura intervencionista: Sería la suma de las anteriores. El lector se acerca a un texto con todas las intenciones de modificarlo, de intervenir y ejercer todo su derecho como lector-autor en busca del placer de la lectura.

El placer de la lectura

No sé si les ocurra a todos los lectores de poesía lo que al autor de estas notas cuando lee algún cuento o una novela: no me interesa tanto la historia como los pequeños detalles, las descripciones que me asombran;(9) imágenes creadas entre el narrador y yo,(10) frases que esperaban a que las leyera porque son el principio de otra historia. De tal manera que, junto a la supuesta trama del cuento o novela, surge otra a partir de estos instantes de verdadero placer de la lectura. Solo el encuentro de esa trama vale la pena leer. Ahora sigo la sugerencia de Barthes (1973) de crear una lista (muy personal) de frases en las que tuve no solo la suerte de dar con este placer, sino lo que es más difícil: releerlas y que me conduzcan al estado mismo de la escritura.(11)

Así, en un primer grupo, colocaría esos fragmentos que por sí solos son como pequeños poemas. En ellos me asombra la fuerza de la imagen que me transmiten. Los leo y releo como si fueran versos de Saint-John Perse, Gabriela Mistral, Cecília Meireles o  César Vallejo(12)  y que, de algún modo, se entremezclaron con la trama. En “Bajo el amor de los almendros, el barro huele a carne de mujer”, Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias, es la pluralidad de sentidos(13) que salta de la sucesión “amor de los almendros”, “barro”, “carne de mujer”, la que me sorprende y hace que encuentre en esta frase de Miguel Ángel Asturias (que se lee casi de pasada en Ahora que me acuerdo, de sus Leyendas de Guatemala) el placer de la lectura.

Ampliación de la realidad

Los fragmentos de este segundo grupo me recuerda aquello que contaba Enrique Saínz en una entrevista: “No me interesan el espíritu francés, inglés, hispanoamericano, etc., me interesan Vallejo, Huidobro, Gabriela Mistral, Neruda, me interesan las personas que han visto la realidad de una manera dilatada”.(14) Es la realidad dilatada de los poemas. Dar con un detalle en el que ni siquiera habíamos reparado, o que no recordábamos, nos pone en una situación poética de descubrimiento, que es la misma del niño abriéndose paso entre la luz del mundo. En cada uno de los fragmentos que presento a continuación está esa realidad ampliada de los poemas: “[…] un marinero náufrago que refrescaba en el agua la punta del pie”, La ballena y su garganta de Rudyard Kipling, y “El loro que se mordisqueaba una uña…”, Zazie dans le métro de Raymond Queneau. En ambos casos, se trata de detalles de los cuales podría prescindir la historia contada, pues ni la punta del pie del marinero ni lo que hacía el loro tenían mucho que ver con lo que se venía contando. Sin embargo, en cuestiones de poetas y poesía, tales líneas se convierten en salvadoras de esos instantes.(15) 

Casi como una invitación

Hay frases ante las cuales el lector —y más si se trata de un lector que escribe— siente el deseo de intervenir, de partir hacia otra historia preferentemente inventada por él. Puede que una buena parte de los cuentos y novelas, que hoy leemos, tengan su origen en alguna línea (o hasta palabra) que el autor leyó y, después, sintió la necesidad de sentarse a escribir: “[…] los pájaros volaban para matar el tiempo”, Les jeunes filles de Montherlant, y “Los hombres miraban las nubes y juzgaban que el presente aún no había comenzado”, O dia dos prodigios de Lidia Jorge.

En El tigre en la vitrina de Alki Sei, tanto la primera frase como la segunda piden que se les convierta en otra historia. Y en el caso del tigre es muy particular.  Se trata del título del libro; un libro que nunca he leído, ni consultado tal como lo describe la autora: “durante algunos años me he conformado con inventar una historia tras otra sobre lo que puede o no hacer ese tigre en la vitrina, y he llegado a fantásticas conclusiones, tanto así que he preferido no leer las páginas de Alki Sei”. Ya lo decía Italo Calvino (1979):

No hay de otra: cada uno debe inventar la biblioteca de sus propios clásicos. Esta debería comprender una primera mitad de libros que ya hemos leído y que fueron importantes para nosotros, y otra mitad de libros que nos proponemos leer y que creemos que también puedan llegar a tener cierta importancia, dejando una sección vacía para las sorpresas y descubrimientos ocasionales. 

En esta biblioteca imaginaria, diseñada por Calvino (1979) en su libro Se una notte d’inverno un viaggiatore, iré acomodando los caprichos de mi placer por la lectura. En el estante de los libros ya leídos —y que no olvidé del todo—(16) colocaré los cuentos de Onelio Jorge Cardoso, y las Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias junto con Hombres de maíz. Este último ha sido una lectura desobediente, pues lo he ido leyendo conforme abro al azar el libro. También situaría los poemas de Gabriela Mistral —sobre todo, aquellos donde palabras como “Anáhuac”, “mexitlis” y “milpa”(17) sorprenden al lector. Además, pondré el Nuevo Catauro de Cubanismos de Fernando Ortiz, y una traducción al español (la que hallamos en Cuba, con Phil acostado sobre la yerba y el rostro de Vinca desparramado por el cielo) de Le blé en herbes (El trigo en ciernes) de Colette.

Me hace falta también ese espacio para las lecturas sorpresa, no planificadas, que pueden ir desde un poema, o una palabra,(18) hasta una página entera. Pero debo colocar, sin falta, —y quizás necesite otro estante para eso—, el placer de la lectura que van despertando en mí ciertas traducciones; por ejemplo, en la leyenda brasileña de la Iara, me encuentro con “O acarequissaua está branco, porém o aracuã ainda não cantou”. Aquí no sé qué hacer con las palabras acarequissaua, el dormitorio de las garzas y el aracuã, un pájaro del Amazonas.  De esta dificultad al traducir, y durante ese tiempo que toma pensar en una posible solución, surge también en mí el placer de la lectura.

Conclusiones 

En este mundo existen diferentes tipos de lectores:  lectores que olvidan casi todo lo que leen (como Montaigne); lectores que prefieren la tranquilidad de la habitación (como Marcel Proust); y otros que consideran que no todos los libros son buenos para leer tumbados en una cama, ya que existe una relación entre los libros y el lugar donde se lee (quizá sin llegar al extremo de Italo Calvino, que nos propone leer mientras montamos a caballo…). También hay lectores que quieren y se desviven por cambiar la historia que leen (como Michel Tremblay con Blancanieves).

El placer de la lectura no puede ser menos particular: hay uno para cada lector y existen mil maneras de entregarse a la aventura de la lectura. Y la urgencia está en entregarse a este placer con total libertad, concibiendo la lectura como un ejercicio de creación. 

Notas

1.- Ver, por ejemplo, Sanguineti, J. J. (2014). Placer. En F. Fernández Labastida & J. A. Mercado (Eds.), Philosophica: Enciclopedia filosófica online. http://www.philosophica.info/archivo/2014/voces/placer/Placer.html  (Consultado el 20 de marzo de 2025).

2.- Barthes Roland (1960). La obra es, sobre todo, contradictoria. Como constituye, al mismo tiempo, signo de una historia y resistencia a la misma, nunca disponemos de una historia de la literatura, sino de una historia de literatos. Histoire et littérature: à propos de Racine. In: Annales. Economies, sociétés, civilisations. 15(3), 524-537; ver también Joël Loehr (2010). Pour une histoire littéraire au rebours. Poétique : Revue de théorie et d’analyse littéraire, pp.37–62.

3.- Esto nos recuerda a Borges, con una idea que Marguerite Duras hallaba tan caprichosa como magnífica: el escritor argentino decía que Shakespeare no existía, porque Shakespeare era solo él, el propio Borges, durante el momento de la lectura.

4.- “Sabía que todos los libros no son buenos para leer tumbado en la cama. Las novelas policíacas y los cuentos fantásticos eran para mí los más favorables para tener un sueño pacífico. Para Colette, el libro perfecto para leer en el silencio de la habitación era Los Miserables […] W.H. Auden también estaba de acuerdo en que existe una relación entre un libro y el lugar donde lo leemos” (Manguel, 1996, p. 184).

5.- En Le plaisir du texte, “gourmandise” no solo significa gula o glotonería. Para Barthes, el término suele referirse a un apetito sensual, refinado, casi lúdico; un gusto que se demora en el detalle y en el goce.

6.- Profesor de Literatura francesa en la Universidad de la Sorbona. Miembro del Instituto Universitario de Francia. Entre sus obras publicadas figuran: Albert Cohen: les fictions de la judéité (Classiques Garnier, 2011) y Éloge du mauvais lecteur (Minuit, 2011).

7.- En Un ange cornu avec des ailes de tôle, Michel Tremblay nos cuenta su experiencia: “El primer personaje novelesco con el que me sentí totalmente identificado, al punto casi de enfermar, fue Robert Grant, el joven héroe de Los hijos del capitán Grant”. Tremblay, M. (1994), Un ange cornu avec des ailes de tôle, Québec, Babel, p.79.

8.- “Pero no era por estas razones que yo devoraba todas las versiones que lograba encontrar de este cuento (Blancanieves…). Era a causa del final. Me parecía insoportable” (p. 100). En Un ange…, Michel Tremblay nos cuenta acerca de sus esfuerzos por inventarle otros finales a esta historia que no le parecía tan infantil. 

9.- Neruda, P. (2007), “No hay albedrío para los que somos /fragmento del asombro”, Poesía, Cuba, Casa de las Américas.

10.- “El valor de la imagen depende de la belleza del chispazo obtenido”, Manifeste du surréalisme, p.59, citado por Ferdinand Alquié (1977) en Philosophie du surréalisme. Flammarion, p.12.

11.- “En estado de escritura”. Con estas palabras, Marguerite Duras explicaba su experiencia de lectura de la obra de Proust. Y añadía: “Supongamos que una persona, durante toda su vida, lee solo una obra, la de Proust. Acto seguido, y como contaminada, podrá dedicarse a la escritura, iluminada, de pronto, por la lucidez de su ser interior, de su existencia particular”.   Marguerite Duras en entrevista para RTF-Radio-Teledifusión Francesa. Disponible en https://www.radiofrance.fr/franceculture/podcasts/les-nuits-de-france-culture/la-lecon-de-marcel-proust-selon-marguerite-duras-2169974  (Consultado el 20 de marzo del 2023).

12.- De estos poetas atesoro imágenes como: “espectro de langostas”, del poemario Vents, Perse, SJ. (2004), Vents, Francia, Ediciones Gallimard, “En la luz solo existen/eternidades verdes”, del poema El maíz, Mistral, G. (2008), Poesías, Cuba, Casa de las Américas. “color de ropa antigua”, “miel quemada”, del poema Absoluta, Vallejo, C. (1975), Obra poética completa, Cuba, Casa de las Américas. “el cristal de los orujos”, del poema 4, Elegía, Meireles, C. (2012), Apenas una rosa, Cuba, Editorial Arte y Literatura.

13.- […] realidades dispares, se presentan de un solo golpe ante nuestros ojos (Octavio Paz, 1956, p. 110).

14.- Entrevista realizada por Rainer M. Companioni Sánchez y Alex J. Martínez Peña (2018). Ver en Traducir poesía, otra forma de crear, Olga Sánchez Guevara, Diálogos con Rainer M. Rilke. La traducción de poesía, elemento mediador entre escritores de lenguas diferentes. Disponible en http://www.cubaliteraria.cu/descargas/ 

15.- “La poesía osa decir desde la modestia aquello que ninguna voz osa confiar al sanguinario Tiempo. Y la poesía salva al instante en perdición”, Char, R. (2004), Éloge d’une Soupçonnée, Francia, Gallimard.

16.- Pues la desmemoria también persigue a los lectores. Por ejemplo, en su ensayo Comment parler des livres que l’on n’a pas lu ?, Pierre Bayard (2007), refiere el caso extremo de Michel de Montaigne.

17.- El maíz, Mistral, G. (2008). Poesías. Casa de las Américas.

18.- En la canción Violeta ausente, de Violeta Parra, me encontré con la palabra pequén. Durante meses intenté adivinar su significado y entonces pequén fue para mí un instrumento musical (imaginé uno de viento), un pájaro, una prenda, un amuleto… Hasta que fui y vi qué cosa era.

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