Antropólogo social egresado de la Escuela Profesional de Antropología, de la Facultad de Ciencias Sociales en la Universidad Nacional de Trujillo, con maestría “En Dirección y Gestión Pública Local”, organizada por la Unión Iberoamericana de Municipalistas (UIM) de Granada, España, y Master Executive Internacional de “Gobernanza de Ciudades y Territorio” de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (Granada, España). También ha realizado cursos y diplomados en Planificación Participativa, Gobernabilidad Democrática, Gestión Pública, Desarrollo Local, Monitoreo y Evaluación de Programas, Proyectos Sociales y Desarrollo Económico Local, entre otros. Es miembro integrante de la Unión Iberoamericana de Municipalistas.
El sábado 3 de enero del presente año, el gobierno norteamericano invadió el territorio de la República Bolivariana de Venezuela para secuestrar al presidente Nicolás Maduro —junto con su esposa— y llevarselos como “rehenes” a los Estados Unidos, para que fuesen sometidos a juicio mientras permanecen encarcelados en dicho país, supuestamente, por ser parte del “Cartel de los soles”. Posteriormente, los organismos de justicia del país del norte desmintieron la existencia de aquella organización criminal, así como el vínculo del presidente venezolano con el supuesto cartel.
Sin embargo, con dicha acción, el presidente Donald Trump ha demostrado que el gobierno norteamericano está por encima de organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN), o la Organización de los Estados Americanos (OEA), así como por encima del derecho internacional. Se burla de los tratados multilaterales de respeto a la soberanía de los pueblos y a la no intervención; de no injerencia política en otros países; de respeto a los derechos humanos. Incluso, elabora argumentos “para que Vladimir Putin haga lo mismo contra Ucrania”. Esto probablemente también podrá servir como estrategia para que China ataque Taiwan o a Corea del Sur.
Frente a este avasallamiento —por parte de un país imperialista hacia un país vecino del Sur Global— podemos considerar que estamos ante un acontecimiento que rompe con los conceptos tradicionales del liberalismo, de la libre determinación de los pueblos a organizarse política, económica y jurídicamente, y hace posible invadir y destruir ciudades y territorios, con el propósito de demostrar superioridad y, con ello, obtener los recursos naturales del país invadido. Es decir, vivimos momentos en los que, como describió Lenin “el imperialismo es la fase superior del capitalismo” mediante el cual se sigue colonizando a otros países hasta lograr su completa dependencia y subordinación.
Tras este proceso de invasión y secuestro de la máxima autoridad del Estado Bolivariano de Venezuela, existen dos maneras de interpretar este accionar por parte de Estados Unidos. La primera busca describir el hecho sin lograr interpretar sus causas. La segunda, se refiere al análisis de fondo con base en el estudio sobre cómo se ejerce el poder, sobre sus contradicciones e intereses.
Entender lo que acontece en América es considerar que los conceptos de imperialismo, colonialismo, invasión —como la que se vivió luego de la Segunda Guerra Mundial, y que se desechó dentro del análisis e interpretación para entender el nuevo orden y la geopolítica mundial que se configuraba— no han desaparecido del discurso y análisis político e ideológico; por el contrario, tiene que ver con la desesperación del gobierno norteamerticano y su grave crisis económica y política, razón por la cual comienza a ser desplazado por otras potencias emergentes con crecimiento económico acelerado.
Además de ello, debemos notar que, ante la incapacidad de poder mantener el liderazgo mediante la diplomacia, la política o la economía, el gobierno norteamericano acude al uso de la fuerza, la violencia y la invasión militar hacia los países, con el propósito de demostrarle al mundo que puede intervenir en cualquier lugar y momento sin, aparentemente, rendirle cuentas a nadie. Por lo tanto, ante estos hechos sociopolíticos con un importante trasfondo económico, encontramos que existen argumentos, teorías, conceptos y categorías que nunca se extinguieron en el análisis; y por el contrario, hoy tienen mayor vigencia que nunca, pues permiten analizar la dominación de países imperialistas sobre otros. Así, podemos hablar de una nueva manera de colonización que implica transitar de la multipolaridad económica y comercial a la unipolaridad político–militar.
Tras la caída de la bipolaridad —a fines de la década de los ochenta del siglo pasado, cuando existía la contradicción socialismo real vs. capitalismo— se mantenía una jerarquía política en el mundo que se dividía entre los países imperialistas conformados por Estados Unidos y la Unión Soviética; alrededor de ellos estaban los países occidentales y asiáticos, y en un siguiente plano se encontraban los países en vías de desarrollo, particularmente ubicados en África y América. Dentro de esta jerarquía, los últimos eran invadidos y convertidos en colonias —el famoso “patio trasero” de los países imperialistas u occidentales. Otros más, sin embargo, luchaban por mantener su independencia. En todo ello se sintió la “herencia colonial”, junto a categorías analíticas como colonialismo interno, semicolonialidad, etc.
Dentro de este contexto, la bipolaridad era considerada como la pertenencia de los países en desarrollo hacia uno de los dos bandos: el Capitalismo como sinónimo de democracia y libertad, y el Socialismo relacionado al autoritarismo y planificación. Pero esta estructura del mundo cambió con la caída de la Unión Soviética —que era expresión del socialismo real y sus satélites—, para pasar a la unipolaridad, mediante el supuesto triunfo de la democracia occidental, la implementación del neoliberalismo, la economía de mercado, y la libre determinación de los pueblos. Por lo tanto, aquellos países que no se alineaban a esto eran sancionados tanto económicamente como política y militarmente. Muchos gobernantes tuvieron que someterse al nuevo orden unipolar, con el predominio de los organismos financieros internacionales y el nuevo imperialismo norteamericano.
En ese proceso de homogeneidad y mundialización, hubo países en desarrollo que comenzaron a independizarse del yugo imperial capitalista o socialista. Por lo tanto, muchos académicos, intelectuales, filósofos, historiadores, etc., de tendencia liberal, se apresuraron a hablar sobre el “Fin de la Historia y de las Ideologías” —como fue el caso de Francis Fukuyama, quien manifestó el cierre de dicha etapa para iniciar una nueva era para el mundo. Uno de sus principales argumentos era que la democracia liberal había triunfado mundialmente, por lo que la determinación de los pueblos era un paso fundamental en esta etapa, donde iban a desaparecer las dictaduras, invasiones, colonizaciones, etc.
Dicha tesis —que se sostuvo por un corto periodo de tiempo— fue desterrada por la realidad y los hechos sociales que se dieron posteriormente; el imperialismo norteamericano, defensor de la democracia liberal, comenzó a intervenir, invadir, saquear los recursos naturales de países que, supuestamente no se alineaban a la democracia liberal occidental —particularmente, lo hizo en medio oriente con Irak en 1991, y luego, desde los inicios del presente siglo, con otros países de la misma región, bajo el argumento de que se estaba combatiendo al “terrorismo internacional”, o de que se estaban construyendo bombas nucleares y químicas que amenazarían al mundo.
De esa manera, se buscaba tener un pretexto para invadir e intervenir en un determinado país; pero esas acciones no eran novedad. Particularmente, en nuestro continente americano, hace más de cinco siglos, los españoles llegaron para evangelizar y civilizar a la población en nombre de la “verdadera fe”. Pero en el fondo, nos colonizaron y se apropiaron de las riquezas de nuestras culturas milenarias. Así, España se convirtió en un país rico y poderoso, aunque por un corto tiempo.
Ahora, bajo el argumento del narcotráfico, el terrorismo o la construcción de los narcoestados, tal como lo describe el antropólogo mexicano Roger Bartra (2018) en su libro Territorios del terror y la otredad —la ONU lo describe como el “Crimen Organizado” en su famoso “Tratado de Palermo”—, vemos que el imperialismo interviene en países como Venezuela, aunque con otro tipo de estrategias político-militares, teniendo como finalidad el control y saqueo de sus recursos naturales. Con estas acciones, Estados Unidos busca afianzar su control sobre América, por ello, está desplegando su nueva estrategia geopolítica.
En estos últimos tiempos, el discurso de verdad, por parte del gobernante norteamericano, está teniendo eco en los diversos medios de comunicación afines, logrando generar desinformación y “fake new”. Eso ha implicado que la comunicación que se nos impone desde dichas plataformas venga plagada de mentiras, falacias, inconsistencias en sus argumentos y, por lo tanto, sin evidencias para demostrar la veracidad de sus argumentos.
Pero la finalidad de Trump es justificar acciones de invasión y avasallamiento, mediante un discurso basado en el miedo y el terror, y así, poder hacer uso de acciones bélicas que tengan como objetivo justificar acciones graves como “consecuencias” de la autodefensa de los regímenes “autoritarios”, tales como pérdida de vidas humanas, destrucción de territorios, bloqueos, sanciones, saqueos, etc. Es pues, el proceso de legitimación para el uso de la fuerza de las armas —el “modus operandi” de los gobiernos imperialistas—, que deja de lado a la democracia representativa y el respeto a la soberanía y a los tratados internacionales.
Sin embargo, aunque el país agredido intente demostrar que la información asociada a tales acciones es falsa, sus argumentos suelen ser ignorados por gran parte de la comunidad internacional y los medios corporativos de comunicación. La narrativa difundida por el poder imperial y amplificada por grandes conglomerados mediáticos, termina imponiéndose y transformándose en una “verdad” ampliamente aceptada. Al mismo tiempo, sus aliados internacionales legitiman las intervenciones promovidas por el gobierno estadounidense. En este contexto, el país afectado busca constantemente desmontar esa narrativa, aunque revertirla resulta difícil frente a la magnitud de la ofensiva política y mediática desplegada, como ha ocurrido en el caso de Venezuela.
Como hemos señalado, Venezuela ha sido invadida y, al no contar con los suficientes espacios mediáticos para demostrar las falsas narrativas del imperialismo, ha dejado de tener el apoyo y respaldo de los organismos internacionales, lo que demerita su credibilidad. Aunado a ello, algunos líderes y lideresas opositoras al gobierno bolivariano, como Corina Machado —quien no defiende la soberanía del país y se subordina al poder político, económico y/o militar, de norteamérica—, trabajan para que el país del gran Libertador de América Simón Bolívar se convierta en colonia. De allí nace lo que el premio nobel y “derechista”, Mario Vargas Llosa (2010), desarrolla en su libro La verdad de las mentiras: “la realidad puede ser tergiversada o manipulada de acuerdo a los intereses del agresor, para realizar acciones y conseguir un objetivo determinado”.
Un elemento fundamental para la creación de las condiciones políticas, sociales, económicas, culturales y militares para intervenir en un determinado país, son las estrategias mediáticas. Tal es el caso del “bombardeo comunicacional” que realizan los imperios, mediante la tipificación del gobierno como un “Estado Fallido”; tal como describió Noam Chomsky, en sus famosos libros Estados Fallidos y Hegemonía y supervivencia. Particularmente, en el primer libro, Chomsky (2022) nos relata cómo el gobierno norteamericano utilizó dicho concepto para demostrar que los estados soberanos y constitucionales, donde van a intervenir o invadir, no pueden gobernar de manera normal, ni tener una estabilidad democrática. Por ello, “deben intervenir militarmente a fin de poner orden, fortalecer la democracia y gobernabilidad, generar estabilidad económica y acabar con la corrupción y el narcotráfico”.
Es importante mencionar que para desestabilizar a un país se conjugan dos aspectos sumamente importantes: primero, los imperios deben construir un discurso de información sustentado en las “Fake news”, es decir, en narrativas fantasiosas que sean “creíbles” ante la opinión pública a nivel nacional e internacional; y, segundo, deben contar con aliados dentro del país que provoquen caos y ayuden a esa inestabilidad a través de cualquier tipo de estrategias.
Con el “triunfo” del capitalismo se pensaba que la unipolaridad en el mundo iba a convertirse en un escenario basado en la diplomacia, en la tolerancia, en la economía de mercado y en el derecho internacional. Pero la realidad y los hechos demostraron todo lo contrario. No fue suficiente la imposición de un modelo de desarrollo neoliberal que lograra homogeneizar al mundo junto con la globalización, sino que, además, se han generado una serie de disparidades y desigualdades económicas y sociales entre países, se ha favorecido la concentración de la riqueza en pocas manos, y la expansión de la pobreza en muchos países en el resultado de estas políticas, así como el deterioro ambiental.
La jerarquía económica mundial se dividió en lo que se denominó “el grupo de los 7”; luego vinieron los países emergentes denominados el grupo de los 26 y, por último, quedaron los países en desarrollo. El mundo se dividió bajo esta arquitectura. Este proceso implicó la creación de los Tratados de Libre Comercio (TLC), que permitió a países afines organizarse en bloques económicos constituidos por grupos de naciones cercanas, para comercializar e intercambiar sus productos con base en una serie de beneficios arancelarios. Así se conformó, por ejemplo, el TLC de EE.UU, Canadá y México, la Comunidad Económica Europea, y los Tigres de Asía, entre otros.
No obstante, podemos considerar que el predominio económico norteamericano comenzó a decaer, al tiempo que otros países, como China, comenzaron un crecimiento económico acelerado. Sinesio López lo describe de la siguiente manera:
Desde 1980, [China] tuvo un crecimiento promedio anual del 10% durante 38 años y entre 2013 y 2016 su crecimiento promedio anual fue del 7,2%; sobrepasando al Norte Global; 2,1% de Estados Unidos, 1,2% para la zona euro, 1,1% de Japón. El PIB, medido por la paridad del poder adquisitivo, es 20% mayor que el de EE.UU., y como sistema bancario mundial superó a la Eurozona. Sus exportaciones mundiales pasaron del 3,16% en el año 2000 (a precios actuales) al 10,6 en 2018 según el Banco Mundial convirtiéndolo en el primer exportador del mundo. El mercado interno es el motor de crecimiento chino, algunos datos lo ilustran: los salarios industriales promedio se triplicaron en la última década. En la competencia global disputa los primeros lugares en las ramas de mayor complejidad económica; la transnacionalización de sus empresas, la internacionalización del yuan y el establecimiento del petroyuan se abren paso en la economía mundial. China ocupa ya el primer lugar en la revolución científica y tecnológica. (López, 2022)
De igual manera, podemos mencionar a otros países como Rusia, Irán, India, cuyos Productos Internos Brutos (PIB) vienen creciendo de manera acelerada, han desplazado a la economía norteamericana. Incluso han llegado a consolidar una alianza económica y política denominada los BRICS,(1) que busca promover la cooperación estratégica y mejorar su posición en la geopolítica mundial, al tiempo que se expande comercial y económicamente en diferentes continentes, particularmente en América.
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, 2025), en su última publicación titulada “Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe 2025”, nos describe el crecimiento de India y China, que supera al de Estados Unidos en los años 2024 y 2025; y las proyecciones estimadas para el presente año 2026, que también están dentro de ese nivel de crecimiento. Estos datos comparativos son proporcionados por organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y el Banco Mundial (BM). La siguiente tabla muestra la tasa de crecimiento real del PIB en 2024, y las proyecciones para 2025 y 2026.
¿Podemos considerar que la unipolaridad ha sido desplazada por la multipolaridad económica? Lo cierto es que el imperialismo norteamericano busca recuperar su poderío mediante la estrategia militar.
La pugna entre los “imperios” —Rusia, China y Estados Unidos— por generar crecimiento económico, ha llevado a expandir sus economías, mirando algunos continentes para realizar intercambios comerciales; particularmente en América debido a sus grandes recursos naturales. Incluso Rusia y China han incrementado sus inversiones en dicho continente. Nuevamente, Sinesio López, nos dice:
El comercio entre China y América Latina ascendió a 206 mil millones de dólares en 2017, con un aumento de 18,8% interanual, convirtiéndose en el principal socio comercial de Suramérica. Mientras la participación de las importaciones latinoamericanas desde Estados Unidos descendió del 50% del total en el 2000 a 33% en 2016, en ese mismo periodo las importaciones latinoamericanas provenientes de China aumentaron del 3 al 18%. En materia de inversiones América Latina se convirtió en el segundo receptor de Inversión Extranjera Directa (IED) desde el gigante asiático con un 14%, luego de Asia. Desde el año 2003 China ha invertido más de US$ 110.000 millones (hasta 2017), y más de la mitad fue en los últimos cinco años. Los bancos públicos de China prestaron más recursos a países latinoamericanos y caribeños que el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en la presente década. (López, 2022)
Podemos decir que desde la década de los 90 y hacia adelante, América, particularmente del cono sur, se convirtió en receptor importante de Inversión Económica Directa (IED), preferentemente de Europa y China; desplazando a Estados Unidos.
Lo anterior ha implicado que el gobierno norteamericano, en estos últimos años, comience a mirar su “Patio trasero” como una amenaza económica y política, ya que se ha convertido en la “puerta abierta” para la presencia de otros países imperialistas e inversores, que se encuentran interesados en recursos naturales como minerales y petróleo. Recordemos que la liberalización de la economía y su respectiva privatización ha implicado el acceso de empresas transnacionales a diversos rubros como servicios, materias primas e industrialización. Frente a ello, existe un retroceso de Estados Unidos en materia de inversiones económicas en la región, mientras que otros actores internacionales han aumentado su presencia. En este contexto, el petróleo sigue siendo uno de los recursos naturales más importantes y representa un fuerte atractivo para la inversión en países como Venezuela y México.
Cabe señalar que en ambos países, los recursos energéticos estratégicos se encuentran principalmente bajo control del Estado. Esto limita la participación directa de empresas privadas, ya que estos sectores son considerados fundamentales para el desarrollo nacional. En este escenario, Venezuela se había convertido en un espacio de cooperación con países como Rusia, Irán y China, con los que había establecido acuerdos en distintos ámbitos, entre ellos el político, económico y tecnológico. Además, durante cerca de 25 años Venezuela había impulsado un proyecto político propio, denominado “Socialismo del Siglo XXI”, como una alternativa a las políticas neoliberales.
En el resto de América Latina también hubo otros países que, en distintos momentos del siglo XXI, optaron por proyectos políticos distintos al neoliberalismo. Entre ellos se encuentran Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, México, Paraguay, Perú, Uruguay y Colombia, cuyos gobiernos experimentaron giros hacia posiciones de izquierda. Sin embargo, muchos de estos procesos no se mantuvieron. En algunos casos fueron derrotados electoralmente o enfrentaron divisiones internas; en otros, como Paraguay y Perú, hubo crisis políticas que llevaron a la destitución de sus gobiernos. En cambio, en países como México el proyecto político ha logrado cierta continuidad. Actualmente, se observa un escenario de alternancia política en la región. Algunos países mantienen proyectos que se presentan como “alternativas” al neoliberalismo (como México), mientras que en otros —como Argentina, Ecuador o Bolivia— los cambios de gobierno han implicado modificaciones en el rumbo político.
Venezuela había sido uno de los pocos países que mantuvo su independencia, soberanía y proyecto político diferente a quienes siguieron con el modelo neoliberal. Este modelo de desarrollo se inicia tras el famoso “Caracazo”, a fines de la década de los 80 del siglo pasado, bajo el gobierno del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez —quien al asumir la presidencia se alineó al neoliberalismo, con lo cual comienzan con una serie de reformas estructurales con graves consecuencias en la vida económica, social, cultural y política del país. Además, hubo muchas pérdidas humanas de estudiantes de pregrado, jóvenes, adolescentes, maestros que se movilizaban contra el alza del costo de vida. Esto motivó a que un gran sector de la población, particularmente la clase media y pobre del país, saliera a protestar contra las medidas neoliberales que impuso el gobernante de aquel momento. Así, se constituyó un gran movimiento liderado por el comandante del ejército venezolano Hugo Chávez, quien fue detenido y encarcelado, pero la movilización social exigió su liberación.
A partir de ese momento, Chávez asume el liderazgo del movimiento, dando inicio a un proceso democrático revolucionario y realizando cambios estructurales en la política económica, social y educativa del país. Una de las acciones que implementó fue la nacionalización de las empresas estratégicas que estaban en manos del sector privado extranjero, cuyas ganancias no se reflejaban en el desarrollo y crecimiento del país. Y como presidente de Venezuela, tenía claro su objetivo, por lo que comenzó a orientar su gobierno hacia los sectores populares y el combate de la pobreza extrema. Al poco tiempo fundó el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), con lo que da inicio al proyecto político denominado “Socialismo del Siglo XXI”, teniendo el respaldo mayoritario de los diversos sectores sociales del país.
De esa manera, el Estado y las instituciones públicas se acercaron más a los sectores pobres, implementando políticas sociales de protección y bienestar, de mejoramiento de la calidad de vida, de acceso a una educación de calidad y gratuita, a una buena alimentación, a una buena vivienda, etc. Lo más importante, sin embargo, fue la incorporación y el fortalecimiento de la democracia participativa, como alternativa a la democracia representativa y liberal. Además, a través de un referéndum se cambia la Constitución Política Venezolana, con una serie de artículos beneficiosos para el país. De esta manera se da inicio a la transformación social, política y económica liderada, en su primera etapa, por Hugo Chávez. Su fallecimiento no impidió que continuara el modelo “Socialismo del Siglo XXI” impulsado por el chavismo.
Cabe destacar que, producto del proceso revolucionario que se venía realizando en Venezuela, y como parte de la gestión del gobierno imperialista norteamericano —presidido por Obama— se iniciaron medidas restrictivas, particularmente mediante bloqueos económicos, hacia el modelo; medidas similares a las que viene sufriendo Cuba. Ante este escenario, la situación económica comienza a agravarse: altos índices de déficit, pobreza, desempleo, etc., además, los gobiernos de Nicolás Maduro no le dieron prioridad al proceso de industrialización del petróleo y sus derivados. No obstante, sí se pudo iniciar un proceso de recuperación, particularmente a partir de los últimos tres años, tal como se puede observar en el siguiente gráfico presentado por la CEPAL (2025b).
Como podemos observar, entre los años 2014 y 2022, y como resultado del bloqueo económico que sufrió, el Producto Interno Bruto (PIB) de Venezuela fue negativo. Posteriormente, el PIB ha comenzado a crecer significativamente. Para 2025, por ejemplo, el siguiente gráfico muestra que el PIB de Venezuela tuvo una proyección de crecimiento de 3.1%, superando a diversos países como Perú, Paraguay, Estados Unidos, Colombia, Brasil, Chile, Bolivia, Canadá, Ecuador y México (CEPAL, 2025a). Podemos afirmar, que la tierra de Simón Bolívar comenzó a recuperarse después de un tiempo de déficits y pobreza.

Desde la fecha en que invadió y secuestró al presidente Maduro y a su esposa, el gobierno de Donald Trump tiene como objetivo controlar el petróleo de Venezuela. En ese contexto, Trump ha centrado su discurso en cuatro ideas principales: a) el gobierno venezolano es narcoterrorismo, pues enviaba droga a Estados Unidos; b) el gobierno venezolano exportaba criminales como el “Tren de Aragua”, al país del norte; c) había que recuperar el petróleo que les fue arrebatado (a los norteamericanos); y d) es necesario dirigir la transición democrática. Ante esta estrategia político-militar por parte del gobierno norteamericano, el pueblo soberano de Venezuela había respondido de manera pacífica, principalmente, a través del uso de las redes sociales; así, las y los venezolanos han demostrado su unión y han exigido el regreso de su presidente y de su primera dama. También, por medio de las redes se han difundido diversas movilizaciones de ciudadanos venezolanos, quienes de manera pacífica salen a la calle a reclamar y exigir la excarcelación de Maduro.
En este contexto —tal como lo describió Lenín y Mao Tse tung respecto a una invasión extranjera—, lo que se tiene que hacer es mantener la unidad de un pueblo para enfrentar y expulsar a las tropas invasoras. Esa estrategia la viene asumiendo el gobierno venezolano, cuya contradicción principal ha sido reemplazada por la defensa de la soberanía, la autonomía del país y la continuación del proyecto político “Socialismo del Siglo XXI”. Hacia ese derrotero se viene encaminando el pueblo junto con su gobierno, que podría dar inicio a la tercera etapa del proyecto político democrático.
Bartra, R. (2018). Territorios del Terror y la otredad, Fondo Cultural Económico.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), (2025a). “La inversión Extranjera Directa en América Latina y el Caribe 2025”. Naciones Unidas.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), (2025b). “Panorama Social de América Latina y el Caribe”. Naciones Unidas.
Chomski, N. (2022). Estados fallidos. El abuso de Poder y el ataque a la Democracia. Penguin Random House.
López, S. (11 de enero de 2026). “La trumpeadera decadente y el gran acelero chino”, Diario La República, Perú.
Vargas Ll. M. (2010). La verdad de las mentiras, Santillana.