Socióloga por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Escribe y dibuja desde la experiencia cotidiana para pensar la cultura y la clase. En 2024 obtuvo el tercer lugar del concurso ciudadano La CDMX en movimiento: miradas artísticas de nuestra vida diaria, con la ilustración titulada “Los lirios danzantes”.
El martes 19 de diciembre de 2025 asistí a uno de los ocho conciertos de Bad Bunny, en su regreso a México tras su última aparición en 2022. Conseguir boleto fue una historia aparte: me formé en una fila virtual con 177 000 personas delante de mí y esperé pacientemente a que la página se buggeara(1) para reordenar la fila y posicionarme en los primeros números. Como imaginarán, aquello no sucedió en el primer intento, ni en el segundo, ni en el tercero: tampoco en el octavo. No pasó siquiera cuando, dos semanas antes del concierto, liberaron los últimos boletos para poder acceder al evento. Cada intento fue una promesa breve y una negativa inmediata. Un amigo del trabajo se burló de mis intentos coronándome como “la reina de las migajeras”, después de tanta insistencia.
Después de varios meses –apelando más al cansancio que al poder de la manifestación– expresé en redes sociales mi deseo de asistir y la esperanza, ya mínima, de conseguir boletos a tan solo unos días de sus presentaciones en México. Entonces ocurrió lo improbable: una amiga me ofreció entradas, sin recargos, en General A, algo casi inverosímil después de meses de reventa y precios inflados por la alta demanda. Parecía que la espera, al fin, tenía su recompensa.
Me repetí a mí misma –casi como un consuelo aprendido– aquella frase sobre la paciencia: “es un árbol de raíz amarga y frutos dulces”. Pero algo en mí se resistía a creerla del todo. Esa idea, tan autocomplaciente, parecía ignorar el hecho de que no se trataba de paciencia ni mérito individual, sino de una maquinaria más amplia –capitalista, racializada y excluyente– que me había llevado exactamente hasta este punto. Dicho de otro modo: estos boletos nunca estuvieron realmente en disputa. Desde el principio tuvieron nombre y apellido: el mío y el de cualquiera que pudiera permitirse desembolsar 4 500 pesos o más, por entrada. Una cifra que equivale, más o menos, a la mitad de un salario mínimo mensual en México; el mismo salario que sostiene –con dificultad– al 37 o 40 por ciento de la población.
Por supuesto, nada de esto lo pensé en el momento. Las preguntas llegaron después, ya de regreso a casa, cuando el remordimiento y el hastío alcanzaron por fin mi realidad. Porque debo admitir que durante días me preparé para el concierto de Benito Antonio Martínez Ocasio, consumiendo todo tipo de contenido relacionado con su música y figura mediática: canciones, notas periodísticas, reels, etc. Una práctica absurda, compulsiva y obsesiva en torno a un hombre que, según algunas estimaciones, ganaría alrededor de 19 millones de pesos mexicanos por cada show presentado en la Ciudad de México. Mientras escribo esto, me incomoda –casi repulsa– reconocer en qué me convertí: una espectadora consumista, vaciada y completamente absorta de su presencia musical.
En paralelo, fui también testigo del debate público que precedió a su presentación en México, centrado en el reordenamiento del escenario con la llegada de “La Casita”.
Cuando Ocesa –esa maquinaria corporativa que hace tiempo dejó de vender conciertos para administrar y monetizar el deseo de pertenencia– liberó el mapa final de los ocho conciertos y ubicó uno de los escenarios más esperados de la gira, “La Casita”, en una zona cuyos boletos rondaban los 2 000 pesos. La indignación era “obvia”: pagar más te otorga el derecho de estar más cerca del artista. Ocesa ofreció a las y los compradores dos opciones: exigir un reembolso o aceptar, sin mayor negociación, las nuevas condiciones del escenario.
Las quejas no tardaron en multiplicarse, al mismo tiempo que aparecían quienes veían en Benito Martínez un redentor de los pobres y portavoz de las minorías históricamente segregadas. Como parte de esta defensa, algunos medios de comunicación subrayaron el potente simbolismo político de situar “La casita” en una zona de menor exclusividad –como apuntó Nélyda Saldaña en El Soberano. En la misma sintonía, la escritora mexicana Dahlia de la Cerda manifestó en su cuenta de X, el día el 3 de diciembre, su respaldo absoluto a Bad Bunny y a su decisión de “expropiarle un pedacito del espectáculo a quienes más tienen, para dárselo al pueblo…”. Yo misma aplaudí ese gesto y, en mi imaginario, empecé a trazar la figura de un redentor de la miseria y la segregación: un Robin Hood contemporáneo que nos devolvía lo sustraído y colocaba en el centro del debate el derecho al ocio, sin distinción de clase social.
El día del concierto desperté con la determinación solemne de escuchar a Bad Bunny todo el día, como quien se prepara para un examen profesional o un ritual de iniciación. El éxtasis era indiscutible, casi corporal, como una fiebre compartida. Ya lo había visto en 2022, en aquel primer día de su concierto donde a cientos de personas se les negó la entrada pese contar con un boleto legalmente adquirido. El concierto tuvo que arrancar con más de la mitad del Estadio Azteca vacío. Por supuesto, eso no se debió a un error o tropiezo técnico. Fue una clara demostración de que el sistema no falla porque está diseñado para fallarnos: una arquitectura corporativa que nos recuerda, con clara brutalidad, que pagar no garantiza entrar, solo garantiza nuestra participación en el simulacro del acceso.
Aquel 9 de diciembre de 2022, Bad Bunny salió al escenario resignado para decir: “pues vamos a darle, ya estamos aquí”. Conocí un conejo con el ego herido por la falta de asistencia, una versión menor, deslucida, casi ofendida. Ese concierto, además, estaba destinado a formar parte de un documental oficial sobre Benito, pero después de aquella herida tan visible –casi humillante– al ego del puertorriqueño, México dejó de ser material útil para el archivo, no entró en la narrativa pulida de la idolatría al rey del reggaetón y dembow, y nuestro país quedó expulsado del relato como se expulsa aquello que no confirma la grandeza, sino que la pone en duda.
Por todo eso, para mí era una noche importante. La viviría como una oportunidad de redimir a aquel joven nacido en Bayamón, Puerto Rico.
“Un preview” de la fiesta antes del filtro
La noche no esperó y después de coordinarme con mi hermana, una amiga, su sobrina y dos amigas más, emergimos de la estación Puebla de la línea 9 del metro y emprendimos la caminata hacia el acceso principal del estadio. En el trayecto fuimos eclipsadas por un tumulto de jóvenes que se hacían presentes y visibles a fuerza de lentejuelas, tacones, abrigos de peluche, maquillaje impecable y peinados elaborados con una dedicación casi ceremonial, cada outfit parecía pensado como para ser fotografiado, subido a redes sociales y compartido: un gesto de gratitud hacia el evento, una ofrenda anticipada al espectáculo. Al llegar a los primeros puestos de mercancía, cedí sin demasiada resistencia a la dulce seducción del consumo y compré dos playeras del tierno Concho con la frase “Debí tirar más fotos”: una para mí y otra para mi hermana, como un recordatorio amable –casi doméstico– de esa promesa no verbal de seguir creciendo una a lado de la otra. Luego mi atención fue secuestrada por un gorro invernal de aviador, réplica del que usa Bad Bunny en lo que, para mí, es uno de los videos más chingones de toda su carrera: “La mudanza”. Tenía que ser mío. Al ponérmelo sentí un clic inmediato: encajaba conmigo, con el outfit soso que había elegido para esa noche, como si el accesorio viniera a completar algo que yo no había sabido nombrar.
Ingresamos al estadio GNP y el desfile humano se prolongó hasta las puertas de acceso a nuestra zona. Ahí, mi amiga, su sobrina y amigas se despidieron de nosotras deseándonos disfrute y gozo. –¡Gritan un chingo! Mañana nos mandamos audios afónicas, dijeron entre risas, como quien sabe que el gozo también se mide por el desgaste del cuerpo.
La revolución “callaíta” que no incomoda a nadie
Finalmente, ingresamos al estadio. En la pantalla de alta definición aparecía un trío puertorriqueño llamado Chuwi, que daba la bienvenida a los asistentes con una mezcla de ritmos caribeños atravesados por la música electrónica, el jazz y el estilo musical urbano; una invitación a mover el cuerpo antes de que el espectáculo mayor terminara de encenderse. Me detuve, antes de internarme del todo en el tumulto de personas, para comprar una cerveza con mi hermana. Doscientos pesos. Tecate o Heineken –Madres, pensé. Que pinche cara está la cerveza y luego Tecate… ni pedo. Mi hermana optó por dos chelas escarchadas, invocando a sorbos el recuerdo de una michelada lagunera bien hecha en un barrio cuidadosamente despojado de sus costos populares.
Nos internamos entre el gentío y lo primero que me saltó a la vista fue una marea de cuerpos altos y blancos, atravesados por acentos importados y entusiasmos previsibles, especulando sobre los artistas invitados y las sorpresas del evento. Pero, como eterno recordatorio sociológico, me cuidé de no reducir la escena a mi mirada parcial y limitada, consciente de que toda observación dice tanto del objeto como del lugar desde donde se enuncia.
El grupo telonero ya había terminado y, tras cuarenta minutos de espera, las luces se apagaron y la multitud quedó suspendida cuando en la pantalla apareció un corto: el preludio final para recibir al puertorriqueño. Dos morros, atrapados en diálogos que solo los guionistas de “La Rosa de Guadalupe” podrían haber concebido, invocaban con solemnidad a Benito. El conjuro era, en realidad, la prosa que antecede la parte musical de “La mudanza”.
Concluyó el corto y la pantalla se apagó para volver a encenderse al golpe del dembow, bañada por luces estroboscópicas. Entonces apareció Benito: los ojos cerrados como en rezo, el cuerpo impecable, los lentes evocando la escena salsera puertorriqueña de los sesenta, abriendo el show con “Un aplauso pa’ mami y papi, porque en verdad rompieron”, entraron las trompetas y…
…nada, absolutamente nada. Nadie bailó a mi alrededor, nadie se movió, estaba rodeada de cuerpos rígidos observando inmóviles al rey del dembow, como si el ritmo no fuera una invitación al cuerpo, sino un objeto más para ser contemplado. Con algo de vergüenza, decidí hacerme presente a través del baile y sacudí la timidez con movimientos salseros: era mi canción favorita y no iba a negarme el derecho de bailarla. A mi izquierda, dos jóvenes me miraron de reojo, con un desprecio apenas disimulado hacia mis gestos; una chica, con un rictus de asco, repudió mi entusiasmo, como si el movimiento del cuerpo debiera reservarse para lo privado y en lo público solo cupiera la contemplación disciplinada.
Benito pidió emoción y compromiso para convertir el martes en una noche inolvidable, y yo –quizá– me lo tomé demasiado personal. Durante la primera parte del concierto canté y grité reclamando la pequeña victoria de haber conseguido dos boletos: uno para mí y otro para mi hermana. Pero también bailé como un gesto ritual, haciendo del cuerpo un homenaje a la salsa, ese pulso que atraviesa “Debí Tirar Más Fotos” y que, para mí, reivindica un género históricamente relegado a las sombras, pese a haber sido durante décadas uno de los lenguajes más icónicos y representativos de la música latinoamericana.
El error, entendí después, está en suponer que todos sentimos lo mismo, que la historia musical nos atraviesa de manera uniforme –o quizá solo soy una “mamadora”–. A mi alrededor, muchos asistentes permanecían absortos en el celular, subiendo historias, ajustando ángulos, preocupados por verse atractivos incluso bajo los filtros; más atentos a la imagen que al gesto político que implicaba resucitar un género largamente condenado al barrio. Por supuesto, no se trata de juzgar las formas ajenas de disfrutar la música. Lo que señalo, en todo caso, es la insensibilidad que habita estos espacios, escenarios que convocan a testificar un evento que históricamente se ha construido desde el cuerpo y para el cuerpo, pero que hoy lo excluyen y lo castigan, a menos –claro– que ese cuerpo sea idolatrado en redes sociales.
Después de todo el set salsero –que ocupó más de una hora del espectáculo– la multitud se desplazó hacia el centro de la zona general, buscando aproximarse lo más posible a “La Casita”. Si antes la voluntad de la tibieza no se había doblado, aquí terminaría de ser gobernada por el perreo. Y así fue cuando “Veldá” inauguró el perreo sucio, como debe ser, sin concesiones, expulsando los convencionalismos. Me celebré a mí misma por acercarme a la zona general B y alejarme de la frivolidad de los boletos obscenamente caros y del ambiente mortuorio que los rodeaba.
Entonces “La Casita” se iluminó. Y, al hacerlo, alumbró cuerpos mayoritariamente femeninos de una estética que reinscribía –aunque nunca de manera explícita– el centro de la deseabilidad femenina en un cuerpo específico: blanco o blanqueado, delgado, joven, normativo. Nada de esto era neutral, ni accidental. Era una operación de poder.
¿A esto se reducía el centro de la polémica que había puesto en el debate público “el derecho al ocio, sin distinción de clase social”? ¿Este es el rostro de la “expropiación para el pueblo”? Por supuesto, no se trata de criticar a quienes vieron en esta decisión –colocar “La Casita” en la zona general B–, una acción que reivindicaba el derecho de acceder al ocio por igual, sino al hecho vil y macabro donde en colectivo trazamos –mea culpa – la posibilidad de que Bad Bunny fuera una figura incómoda y consciente políticamente. En su lugar vimos un hombre que reproducía una lógica de escaparate; no era hogar, sino vitrina con un mensaje implícito peligroso: todos pueden luchar, pero no todos pueden ser vistos. Las personas que quedan fuera –racializadas, gordas, trans, discapacitadas, no normativas– vuelven a ocupar el lugar histórico de la ausencia, incluso en espacios que se presentan como progresistas.
En “La Casita” no estaban quienes han sido expulsados, sino quienes expulsan: empresarios, influencers, figuras públicas con poder. Los mismos cuerpos que hoy hacen posible el despojo de la población originaria de Puerto Rico gracias a la exotización del barrio convertida en mercancía. Y, entonces, los últimos años de vida pública del puertorriqueño –codeándose con los principales responsables de aquello que decide denunciar– te golpean en la cara como un despertar violento. No es un luchador social, sino un hombre con poder que refuerza, en toda su escena musical, una revolución permitida: aquella que se tolera precisamente porque no incomoda a nadie.
Fuimos ilusos, incluso absurdos, al centrar el debate público en el reordenamiento del espectáculo cuando el verdadero conflicto estaba en otro lado: somos parte de un sector que desplaza y traiciona a los menos favorecidos al acceder a estos eventos, celebrarlos y sostenerlos. Perpetuamos la limpieza racial de un género musical que, durante años, denunció el despojo y que esa noche terminó capitalizado, domesticado y reducido a la frivolidad del show.
“Si estuviésemos juntos” el goce no sería un privilegio
No escribo esto para dictar sentencia ni para clausurar el goce. El baile no es el enemigo y el disfrute no es el problema. El deseo de estar ahí –de cantar, sudar, perrear, gritar– no nos vuelve automáticamente cómplices ni traidores. El ocio siempre será un derecho y un espacio donde el cuerpo descansa de la intemperie. Lo que urge no es renunciar a él, sino aprender a habitarlo con conciencia, a preguntarnos desde dónde gozamos y a costa de quién.
Tal vez la pregunta no sea si debimos quedarnos fuera, sino qué hacemos estando dentro y qué miramos cuando miramos, a quién celebramos cuando aplaudimos, qué cuerpos se nos enseñan como deseables y cuáles quedan, una vez más, fuera del encuadre. Porque incluso –y sobre todo– en la fiesta se reproducen jerarquías, se limpian memorias y se reordena el mundo; y reconocerlo no mata el goce: lo vuelve más honesto, más propio, más político.
Salí del concierto con esa incomodidad vibrándome en el cuerpo como una invitación suave pero firme a no conformarnos con la revolución permitida. A no confundir representación con justicia. A bailar, sí, pero sin cerrar los ojos. A exigir más de quienes admiramos y también de nosotres mismos. Porque “si estuviésemos juntos” –de verdad juntos– el gesto radical no sería ocupar ni acercarnos a “La Casita”, sino atrevernos a imaginar y sostener una fiesta donde nadie tenga que desaparecer para que otros brillen.
El término “Buguear” (derivado del inglés bug, error) significa provocar un fallo, un error técnico o el mal funcionamiento en un programa, aplicación o videojuego. Es un término coloquial que se utiliza para señalar que algo no funciona correctamente, se queda congelado o presenta comportamientos inesperados.