ISSN : 2992-7099

Diferencia, otredad y alteridad: el malestar en la globalización

Ilustración: Horacio Leonardo Vázquez García

Fernanda García Ledesma

Fernanda García Ledesma

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales - UNAM

Estudiante de la licenciatura de Antropología con especialidad en Antropología Social en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Forma parte del comité juvenil U-Report México perteneciente a UNICEF México donde se ha desempeñado como tallerista, ponente y activista juvenil en distintos espacios y foros.
En diciembre de 2023 obtuvo mención honorífica por su ensayo titulado: “Participación ciudadana: La clave para el Estado Abierto como solución a la pérdida del sentido de existencia colectiva” para el Primer Concurso de Juventudes Universitarias del Instituto de Transparencia, Acceso a la Información Pública, Protección de Datos Personales y Rendición de Cuentas de la Ciudad de México.
Se especializa en las temáticas de: Derechos Humanos, Educación, Violencias y Perspectiva de género.

19 noviembre, 2025

Introducción

La “diferencia” es innata, pero la “diferencia jerarquizada” no lo es. Considerar y distinguir al otro como diferente a nosotros es parte de un proceso biológico donde los sentidos (vista, oído, olfato, gusto y tacto) y el aprendizaje social se complementan para formar una idea de comprensión sobre el mundo: en específico, sobre aquello que percibimos como igual o similar a lo que conocemos y somos, y sobre aquello que consideramos diferente y aparentemente lejano. 

Sin embargo, ¿qué ocurre cuando esta acción de distinción viene acompañada de una fuerte carga de opresión y dominación? ¿Qué impactos tiene la “diferencia” cuando se socializa bajo lógicas estructurales de poder y desigualdad? ¿Cómo distinguir entre un proceso biológico de diferenciación y un sistema estructural creador para reproducir desigualdades sociales? ¿Cuál es el papel de América Latina dentro de esta “diferencia jerarquizada”?

Estas son algunas preguntas que se tratarán de responder en este ensayo, distinguiendo entre aquello propio del ser humano –al catalogar y distinguir atributos y características sobre el mundo que lo rodea– y aquello aprendido y reproducido socialmente y que, a lo largo de los años, ha sido naturalizado para perpetuar lógicas violentas de racismo y discriminación. Asimismo, se analizará el papel que juegan los medios de comunicación masiva y las narrativas digitales en la producción de imaginarios sociales, en particular en América Latina, donde dichas representaciones contribuyen a reforzar antagonismos y desigualdades en el marco de la globalización.

Diferencia 

Desde tiempos históricos, la interacción entre grupos humanos ha propiciado el intercambio de prácticas, ideas, creencias y lenguajes. La historia evolutiva de nuestra especie da cuenta del carácter social del aprendizaje y de cómo la convivencia con otros ha sido clave en la construcción de la experiencia humana. En este sentido, lo colectivo —la cooperación y la unión entre grupos de personas, tanto afines como diversos— fue lo que aseguró no sólo la sobrevivencia de la especie, sino también el desarrollo de herramientas, la organización social y las instituciones sociales, la división del trabajo y la actividad económica, que son fundamentales para su protección y evolución.

No obstante, no solamente la cuestión racional y utilitaria fue lo que llevó a los seres humanos a generar lazos sólidos de cooperación con los demás, sino que, también, se necesitó la presencia de lo afectivo, lo simbólico, lo ritual y la noción de identidad para unificar y gestar un escenario de cuidado y seguridad. Así, los sentimientos de pertenencia se conforman, subjetiva e identitariamente, a través del reconocimiento sobre quiénes somos nosotros y quiénes son los demás.

Al respecto, el filósofo y sociólogo Cornelius Castoriadis (2001) plantea 3 posibles escenarios al momento del encuentro con un grupo humano diferente al nuestro: 

  1. Considerar al Otro como igual a nosotros; es decir, proceder diciendo “ellos son culturalmente diferentes a nosotros, pero eso no los hace tener más o menos valor que nosotros”. 
  2. Considerar al Otro como inferior a nosotros; es decir, proceder diciendo “la cultura de ellos, como no es tan buena ni tan verdadera como la nuestra, los hace ser inferiores en valor a nosotros”.
  3. Considerar al Otro como superior a nosotros; es decir, proceder diciendo “aunque nuestra verdad identitaria sea buena, debemos reconocer que la de ellos es superior en valor a la nuestra”.

 

De estas tres posibilidades, la segunda, que implica considerar al “otro” como inferior a nosotros, “ha sido la más recurrente a lo largo de la historia, en todos los tiempos y las culturas hasta el día de hoy” (Gall, 2004); esto es así ya que “todo grupo humano se autopercibe y autodefine por oposición a la manera como percibe y define a otro grupo humano, al que considera diferente de sí” (Gall, 2004).

Por tanto, la cuestión de la “diferencia” sobre lo similar, igual y cercano, y sobre lo diferente, lejano y distante fue clave para la producción de significados, la formación de lenguaje, la conceptualización de imágenes y, sobre todo, para lo cultural. Además, la “diferencia” importa porque “es esencial para el significado; sin ella, el significado no podría existir” (Hall, 2010); y esto es porque se formula bajo antagonismos y oposiciones binarias. 

Empero, estas diferencias entre opuestos pueden reflejar una manera reduccionista y jerarquizada de ver el mundo al ser dominante uno de los polos dentro de lógicas culturales y discursivas, ya que “siempre existe una relación de poder entre los polos de una oposición binaria” (Hall, 2010), es decir: blanco/negro, hombres/ mujeres, joven/viejo, alto/bajo, clase alta/clase baja, alma/cuerpo, blanco/indígena, padre/hijo. 

Específicamente, dentro del ideal de lo nacional, la “diferencia” se socializó y se convirtió en un sistema clasificatorio y jerarquizante cuyo papel fue constituir una de las “maquinarias centrales del poder y la dominación, contribuyendo fuertemente a la creación de desigualdades entre grupos humanos” (Sosa, 2009). Así, podemos considerar que la “diferencia” deja de ser algo meramente biológico dado –en cuanto a características genéticas, hormonales, corporales, fisiológicas, etarias y físicas– para cargar con un peso simbólico de poder y valorización. 

Por consiguiente, ya no solo se percibe al otro como diferente, sino que, también, se le ve, trata y habla como si fuese inferior. Aquí, los rasgos fenotípicos y culturales se convierten en determinantes para la exclusión sistemática de comunidades y pueblos que se salen de la representación asignada como válida (dominante) y moralmente correcta, atribuyéndoles erróneamente comportamientos e ideologías “naturalmente dados”. 

Construcción Histórica de la Otredad 

Es así como, a partir de la conformación de los Estados-nación a fines del siglo XVIII, se estableció una determinada forma de organización política donde elementos como territorio, sistema jurídico, gobierno y soberanía, fueron los cimientos necesarios para la concepción de una población que se identificara como parte de una misma colectividad de carácter nacional alejada de los “otros”.  

Esto se fortaleció mediante el nacionalismo, doctrina que “implica cultivar ideas, símbolos e instituciones que distinguen a la población ‘nacional’ de quienes son los otros.” (Rodríguez et. al., 2020). Asimismo, fungió como medio para imponer la identidad nacional marcando parámetros, discursos y prácticas políticas estatales que sostenían una comunidad imaginada, y política y culturalmente aceptada. 

La conceptualización de la otredad fue parte de una “operación diferenciadora que estableció y produjo significados desacreditadores” (Sosa, 2009) sobre aquellos que no son considerados parte del grupo, país, comunidad o sociedad nacional. Así, la otredad se conforma de “manera binaria y está inmersa en relaciones de poder y saber” (Sosa, 2009) donde su representación se reproduce mediante estereotipos, prejuicios y fetichismo, reduciendo y naturalizando la complejidad y diversidad de los grupos humanos que son situados en posiciones inferiores respecto a los que son dominantes. 

La otredad, en un primer momento, fue objeto de estudio de Ciencias Sociales como la Antropología y la Sociología, ambas conformadas bajo una epistemología occidentalista y eurocéntrica que buscaba conocer lo diferente desde sus propios parámetros y subjetividades, lo cual impedía comprenderlo. Así, la colonización hacia culturas e identidades no europeas estuvo inmersa en constantes creaciones discursivas de la otredad bajo regímenes de representación que se alejaban de la identidad nacional y del ideal de población; esto bajo la errónea premisa de que existía la población pura y original en cuestión de raza, tal como ocurrió en la dominación y asimilación europea hacia grupos indígenas de América Latina a lo largo de la historia. 

Identidad y Alteridad

Las identidades se conforman a través de antagonismos y conceptos dicotómicos que permiten reconocer y darle significado a un “nosotros” a partir de un “ellos”. Asimismo, hay una asignación de atributos que es reconocida por los demás (de nuestro grupo o no) y por nosotros mismos. Esto también implica “la creación de un propio lugar de enunciación y la significación del estar” (Sosa, 2009), lo que posibilita otorgarle sentido a la vida de las personas.

De igual forma, la identidad se constituye cuando tomamos conciencia de un “otro” que representa y cuenta con características y atributos diferentes a nosotros. Por tanto, a este reconocimiento de la diferencia, de acuerdo con la antropóloga María Cristina Chiriguini (2004), se le denomina “alteridad”. Dicho proceso no solamente implica el conocimiento superficial del “otro”, sino también la aceptación y comprensión de la condición, existencia y percepción en cuanto a su identidad, contexto, valores, creencias, cultura e identidad, aunque todo ello difiera de lo propio.

Sin embargo, para justificar los procesos de colonización, exterminio, opresión y exclusión hacia determinados grupos en el contexto de América Latina, se desarrolló una serie de discursos sobre los “otros” no considerados partes de la identidad nacional por su “condición étnica”. Por tanto, la alteridad deja de ser un proceso dialógico de reconocimiento entre los “otros” y “nosotros”, para dar paso a un proceso de  homogeneización, reducción y desvalorización de la otredad, ya sea para modificarla mediante políticas asimilacionistas –como ocurrió durante las campañas de alfabetización de José Vasconcelos en México (1921 y 1924) dirigida hacia personas indígenas– o para criminalizar y revictimizar a personas racializadas en los medios de comunicación como sucede actualmente.

Globalización y construcción narrativa del otro

La reconfiguración del tiempo y del espacio producida por la globalización creó diversos escenarios y circunstancias de la vida social. La experiencia de las personas cambió a través de la tecnología, los medios de comunicación y los nuevos flujos económicos y transnacionales. Este proceso se desarrolla “en la segunda mitad del siglo XX, cuando la convergencia de procesos económicos, financieros, comunicacionales y migratorios genera nuevas estructuras de interconexión supranacionales” (García, 2000).

Aquí, las culturas y las identidades se reestructuran acentuando aún más la distinción cultural, ya que el proyecto de Estado-nación y su producto de identidad nacional fueron un fracaso al finalizar la Modernidad. Sin embargo, a pesar de que la globalización permite una mayor variedad de estilos de vida, esta elección es de acceso restringido pues está condicionada por la estructura de clases y sus respectivas representaciones.  

A pesar de que la identidad es multidimensional y podemos elegir aquello que nos gusta, aquello que nos interpela y aquello que nos es útil para nuestra vida diaria, podemos señalar que dicha elección y dichos gustos están condicionados a la posición social que tenemos. También que detrás de todos los modos de vida existentes se encuentra sedimentado un proyecto imperial que establece y reproduce, en los medios de comunicación y redes digitales, regímenes de representación sobre grupos específicos; imaginarios tales como: el imaginario del Imperio del Mal (Estados Unidos), El Terrorismo (Medio Oriente), y la pobreza y delincuencia (pueblos indígenas y personas racializadas en América Latina). 

Reflexiones finales

podemos señalar que, a partir de los años 80 se gestó un nuevo panorama de inestabilidad estructural en América Latina, acompañada de una violencia interna manifestada en genocidios, etnocidios y odio hacia la otredad. Discursivamente se dijo que la región estaba pasando por un proceso de democratización mediante la creación de instituciones “democráticas”, el reconocimiento de libertades, y el intento de garantizar los derechos humanos para todas y todos, etc.

Sin embargo, se desataron diversos escenarios de violencia hacia la “diferencia”, vista como un malestar que tenía que ser “atendido”, creando representaciones negativas que involucraron la religión, la cultura y la raza; a pesar de que esta última ha sido cuestionada y deslegitimada como artefacto distintivo que sigue siendo utilizado para reforzar la jerarquía entre personas bajo la señalización de rasgos fenotípicos. 

Consideramos que actualmente, sigue permeando la distinción de la “diferencia” no para referirse a un proceso de alteridad, sino para justificar políticas, discursos y propaganda que desacredita la forma de vida de las personas que son diferentes al canon occidentalizado, normalizado. En América Latina siguen reproduciéndose regímenes de representación sobre personas racializadas y personas pertenecientes a culturas indígenas mediante la exclusión y desacreditación constantes a través de noticias, Tik Toks, posts de Facebook, tweets, e historias de Instagram. Por otra parte, en Estados Unidos y su gobierno actual, también se difunden mensajes discriminatorios y racistas bajo la justificación de la búsqueda de seguridad, y por la incertidumbre que se ha venido alimentando en la comprensión de la otredad, en este caso hacia las personas que no son parte del ideal de blanquitud heteronormado estadounidense (los migrantes principalmente). 

Las diferencias son innatas, pero todas las prácticas violentas de relaciones de poder y dominación que surgen en torno a ellas, no lo son. Concebir a alguien como diferente a nosotros es parte de nuestra identidad, pero señalarlo y brindarle un trato desigual e inferiorizarle, no lo es. Aquí, la violencia se convierte en una suerte de certeza para la “purificación cultural, política y étnica” promovida por los grupos de élite a través de la reproducción de falacias sobre identidades, naciones y pueblos unificados y “puros”. Así, seguir visibilizando y nombrando todo este cúmulo de violencias donde la “diferencia” no debería ser vista como un malestar sino como una existencia que enriquece la diversidad, es una tarea que sigue pendiente.

Bibliografía

Castoriadis, C. (2001). Reflexiones en torno al racismo. Debate Feminista, 24, 15-29.

Chiriguini, M. (2004). Identidades Socialmente Construidas. En María Cristina Chiringuini, comp. Apertura a La Antropología, (pp. 94-128). Proyecto Editorial.

Gall, O. (2004). Identidad, exclusión y racismo: reflexiones teóricas y sobre México, Revista Mexicana de Sociología, 66(2), 221-259.

García, N. (2000, 23 al 27 de agosto). La globalización: ¿productora de culturas híbridas? [Conferencia] III Congreso Latinoamericano de la Asociación Internacional para el Estudio de la Música Popular, Bogotá, Colombia. https://sedici.unlp.edu.ar/handle/10915/161303 

Hall, S. (2010). El espectáculo del ‘Otro. En Stewart Hall, ed., Representation. Cultural Representations and Signifying Practices, (pp. 223-290). SAGE Publications.

Rodríguez, J; Morales, D; Gall, O & Iturriaga, E. (2020). ¿Qué es y cómo se manifiesta la xenofobia? Reflexiones didácticas en torno al racismo y a la xenofobia en México, Consejo Nacional Para Prevenir la Discriminación (CONAPRED). 

Sosa, E. (2009). La otredad: una visión del pensamiento latinoamericano contemporáneo. Revista Letras, 51 (80), 349-372.

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