Descolonizando el discurso del combate a la corrupción: diálogo entre el Enfoque de la Corrupción Estructural y la Política de la Liberación

Irma Eréndira Sandoval Ballesteros

Instituto de Investigaciones Sociales (IIS-UNAM) – México

ORCID – https://orcid.org/0000-0003-4192-5926

Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Directora del Laboratorio de Documentación y Análisis de la Corrupción y la Transparencia. Investigadora Nacional, nivel III del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras. Es doctora en ciencia política por la  Universidad de California, en Santa Cruz, Estados Unidos. Cuenta con dos maestrías: una en ciencia política, en esta misma universidad, y otra más en estudios latinoamericanos por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. También cuenta con dos licenciaturas: una en sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, y otra más en economía, por la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es autora de múltiples artículos científicos y libros que abordan diferentes temáticas en torno a la política y la administración pública. 

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Descolonizando el discurso del combate a la corrupción: diálogo entre el Enfoque de la Corrupción Estructural y la Política de la Liberación

Decolonizing Anti-Corruption Discourse: A Dialogue between the Structural Corruption Approach and the Politics of Liberation

Recibido: 14 de octubre de 2025 - Aceptado: 26 de marzo de 2026

Cómo citar: Sandoval, I. (2026). Descolonizando el discurso del combate a la corrupción: diálogo entre el Enfoque de la Corrupción Estructural y la Política de la Liberación. Revista Tlatelolco: democracia democratizante y cambio social. Dossier Especial - Enrique Dussel: la praxis y la teoría de la liberación, XX-XX.

Resumen

Este artículo propone un diálogo crítico entre la política de la liberación de Enrique Dussel y el Enfoque de la Corrupción Estructural (ECE), con el objetivo de descolonizar el discurso dominante sobre la corrupción en el contexto de la policrisis neoliberal contemporánea. Frente a las visiones liberal-institucionales que reducen la corrupción a desviaciones individuales o fallas administrativas, el texto sostiene que la corrupción constituye una forma histórica de dominación social anclada en diferenciales estructurales de poder. A partir de la crítica dusseliana al mito de la modernidad y a la fetichización del poder, se argumenta que la corrupción estructural representa una expresión empírico-material del poder fetichizado, en tanto implica la autonomización de la potestas respecto de la potentia popular. Esta ruptura produce un doble fraude: la captura institucional y la exclusión de la voz ciudadana. 

El artículo analiza las convergencias epistemológicas entre ambas perspectivas, particularmente en su crítica al liberalismo, al institucionalismo formal y a la separación entre ética y política. Asimismo, sostiene que el combate a la corrupción no puede limitarse a reformas tecnocráticas, sino que exige una transformación estructural orientada por el principio ético-material de la vida. En este marco, el concepto dusseliano de poder obediencial emerge como horizonte normativo para rearticular la soberanía popular y democratizar radicalmente al Estado. Se concluye que la anticorrupción debe concebirse como un proyecto político emancipador inscrito en la disputa material por el control del poder y del excedente social.

Palabras clave:

descolonización, corrupción, política de la liberación, discurso

Abstract

This article develops a critical dialogue between the Philosophy of Liberation of Enrique Dussel and the Structural Corruption Approach (SCA) in order to decolonize dominant anticorruption discourse within the context of the contemporary neoliberal polycrisis. Against liberal-institutionalist perspectives that reduce corruption to individual misconduct or administrative failure, the paper argues that corruption constitutes a historical form of social domination grounded in structural power differentials. Drawing on Dussel’s critique of the myth of modernity and the fetishization of power, the article contends that structural corruption represents a concrete material expression of fetishized power, insofar as it entails the autonomization of potestas from popular potentia. This rupture generates a double fraud: institutional capture and the silencing of citizen voice. 

The paper highlights key epistemological convergences between both frameworks, particularly their critique of liberalism, formal institutionalism, and the separation between ethics and politics. It further argues that combating corruption cannot be confined to technocratic reforms, but requires a structural transformation guided by the ethical-material principle of the reproduction of life. Within this horizon, Dussel’s concept of obediential power emerges as a normative alternative for rearticulating popular sovereignty and radically democratizing the state. The article concludes that anticorruption must be conceived as an emancipatory political project embedded in the material struggle over power and social surplus.

Keywords:

 decolonization, corruption, liberation politics, discourse

Introducción

Hoy, en medio de la policrisis neoliberal que atestiguamos y que incluye facetas sociales, ambientales, económicas, financieras y geopolíticas es un buen momento para afirmar desde el “Enfoque de la Corrupción Estructural” (ECE) que la corrupción afecta al Estado, al mercado y a la sociedad y que, tanto el crecimiento económico como las sociedades supuestamente desarrolladas, coexisten con las más diversas prácticas corruptas en una amplia gama de culturas del Norte y del Sur global. Por ello, resulta impostergable “descolonizar” el discurso de la corrupción y abordar su análisis y reflexión tomando en cuenta los aspectos más complejos de las relaciones Estado-sociedad que se presentan en todo el orbe. La corrupción no es un fenómeno exclusivo de las culturas del sur, ni de las sociedades menos “desarrolladas”.

La obra de Enrique Dussel puede comprenderse como uno de los ejercicios más exhaustivos y sistemáticos del pensamiento filosófico de la contemporaneidad en América Latina.  Su obra extensa y profunda atraviesa diversos ámbitos de la filosofía, la pedagogía, la historia y la cultura. Entre la extensa arquitectura de su obra podemos identificar ciertos conceptos que atraviesan las barreras disciplinarias de la filosofía y que tienen un amplio espectro epistémico, como la herramienta conceptual de la “descolonización” y el discurso de la liberación.

En este artículo me propongo dialogar desde el Enfoque de la Corrupción Estructural (ECE) con la visión de la “Política de la liberación” de Enrique Dussel para encontrar vasos epistémicos comunicantes entre los esfuerzos de la agenda por descolonizar el discurso anticorrupción insertos en el ECE y su crítica al neoliberalismo, y los esfuerzos por desfetichizar el poder que el maestro Enrique Dussel desarrolló detenidamente en sus textos sobre descolonización y transmodernidad. Nuestro punto de partida común es la crítica al liberalismo y al institucionalismo formal. Dussel critica la concepción liberal-formal del poder que se apoya en los mitos modernizantes de la “legalidad abstracta” y en la supuesta neutralidad institucional. Igualmente, en nuestras contribuciones, hemos criticado reiteradamente  al institucionalismo y neoinstitucionalismo por su tendencia a erigir un muro epistemológico entre las esferas de lo político y lo económico. Dadas estas evidentes coincidencias, nuestro artículo se dividirá en cuatro apartados. Primero, expondremos las críticas tanto al liberalismo como al institucionalismo formal desde las cuales parten ambas perspectivas. En un segundo momento, abordaremos el concepto de “poder fetichizado” en Dussel y lo pondremos en diálogo con el concepto de “corrupción estructural” (Sandoval Ballesteros, 2024). En un tercer momento, abordaremos el tema de la emancipación y el actor central de esta tarea histórica, en ambas teorizaciones. Desde el discurso de la descolonización, el sujeto político central es el “pueblo emancipado” del sur; y desde el ECE se apuesta por una potente “voz ciudadana” en el combate estructural a la corrupción. Finalmente, en el cuarto y último apartado ofreceremos una comparativa de las avenidas para la transformación que cada uno de estos enfoques y teorizaciones ofrecen. Desde el pensamiento de Dussel se apuesta por una transformación del poder obediencial en el concepto de la transmodernidad y desde el ECE por un combate estructural de la corrupción y la democratización profunda de la vida pública.

Cuando hablamos de transmodernidad queremos referirnos a un proyecto mundial que intenta ir más allá de la Modernidad europea y norteamericana (razón por la cual no puede inscribirse en el posmodernismo, porque éste es una crítica parcial todavía europeo-norteamericana a la Modernidad). Se trata en cambio de una tarea, en nuestro caso filosófica, que tiene como punto de partida afirmar lo declarado por la Modernidad como la Exterioridad desechada, no valorizada, lo “inútil” de las culturas, entre las que se encuentran las filosofías periféricas o coloniales, y luego desarrollar las potencialidades, las posibilidades de esas culturas y filosofías ignoradas; acciones llevadas a cabo desde sus propios recursos, en diálogo constructivo con la Modernidad europeo-norteamericana. (Dussel, 2016, p. 29)

1. Crítica al liberalismo y al institucionalismo

Abordar la descolonización, desde las epistemologías del Sur global representa, para Dussel, un proyecto político y epistemológico de naturaleza muy profunda. Es decir, las epistemologías enteras deben descolonizarse, pero este ejercicio de acuerdo con nuestro autor, no es una tarea axiológica, sino de la racionalización de sus procesos. En su crítica a la razón moderna, Dussel es cuidadoso en no cerrarle la puerta a las racionalidades alternativas que pueden servir para la emancipación: 

La crítica de la razón moderna no le permite a la Filosofía de la liberación confundirla con la crítica de la razón como tal, y con respecto a sus tipos o ejercicios de racionalidad. Muy por el contrario, la crítica de la razón moderna se hace en nombre de una racionalidad diferencial (la razón ejercida por los movimientos feministas, ecologistas, culturales, étnicos, de la clase obrera, de las naciones periféricas, etc.) y universal (como la razón práctico-material, discursiva, estratégica, instrumental, crítica, etc.) La afirmación y emancipación de la diferencia va construyendo una universalidad novedosa y futura. La cuestión no es diferencia o universalidad, sino universalidad en la diferencia y diferencia en la universalidad. (Dussel, 2015, p.48.)

En el pensamiento de Dussel, la definición del mito de la modernidad es la piedra angular para describir qué implica descolonizar, pues para el autor la modernidad es el mito fundacional para justificar la praxis irracional de la violencia. “Los mitos, narrativas simbólicas entonces, no son irracionales ni se refieren solo a fenómenos singulares, tienen un ‘doble sentido’, lo cual exige para su comprensión todo un proceso hermenéutico que descubre las razones” (Dussel, 2013, p. 13). De ahí que una de las herramientas que propone para deconstruir el discurso de la modernidad sea identificar sus mitos nodales. Él señala que el mito de la modernidad se compone de siete premisas: 1) la civilización moderna es superior; 2) su superioridad la obliga a desarrollar a los más primitivos; 3) el desarrollo es dictado por Europa; 4) en caso de oposición del bárbaro es legítimo usar la violencia para generar modernización; 5) la violencia es interpretada como un acto inevitable, parte de un sacrificio; 6) el bárbaro es culpable y la modernidad emancipadora; y 7) el carácter civilizatorio de la modernidad coloca al mundo periférico colonial como víctima de la irracionalidad (Dussel, 2013).

A través del análisis de los mitos, y del mito mismo de la modernidad, Dussel no solamente presenta una visión alternativa para comprender la visión europea, sino una reflexión sobre la irracionalidad del propio discurso hegemónico: “El discurso filosófico no destruye al mito, aunque si niega aquellos que pierden capacidad de resistir el argumento empírico de dicho discurso […] Por otra parte, hay elementos míticos que contaminan también los discursos aun de los grandes filósofos. Por ejemplo, Immanuel Kant argumenta en la Dialéctica trascendental de su Crítica de la razón práctica, en favor de la ‘inmortalidad del alma’ para solucionar la cuestión del ‘bien supremo’ (ya que recibiría después de la muerte la felicidad merecida en esta vida terrenal)” (Dussel, 2016, p. 20-21). 

El mito como unidad discursiva eurocéntrica, que combina una epistemología y un contenido práctico en los estudios de la corrupción, se materializa de forma contundente reafirmando el papel de atraso de las denominadas culturas corruptas vinculándose con las “teorías de la modernización” que consideran que la corrupción es resultado del atraso y del “subdesarrollo”. Asimismo, de forma intencional, se enlaza este discurso con la llamada “cultura de la legalidad”. Tales planteamientos, que Dussel llamaría “eurocéntricos”, han logrado generar un amplio consenso tecnocrático que, como remedio para todo tipo de corrupción, propone modernizar burocracias, mejorar incentivos de mercado y educar a la sociedad para así ascender rápidamente hacia los añorados primeros lugares del Índice de Percepción de la Corrupción (CPI, por sus siglas en inglés) de Transparencia Internacional. (Sandoval Ballesteros, 2016). 

Debido a ello, he insistido en mis obras (Sandoval Ballesteros, 2013, 2016; 2024) que el uso y abuso del discurso de la corrupción y sus derivados como el discurso de la transparencia para las relaciones públicas (Sandoval Ballesteros, 2016) —junto a otros mitos de la modernidad política—, necesitan de un análisis estructural descolonizador que nos permita analizar la realidad social y sus desafíos como la corrupción, más allá de los índices de percepción internacional de la misma, y que también rebasen las políticas públicas tecnocráticas, o las normativas estandarizadas. Estas cuestiones implican que la transparencia no debe ser utilizada como un instrumento del poder político, ya que esto no ayuda a combatir la corrupción, “porque el entrelazamiento entre las esferas política y económica implica que, en las nuevas democracias, el acceso al poder garantiza el acceso a la propiedad y que el acceso a ésta sea lo que permite la llegada al primero” (Sandoval Ballesteros, 2016, p. 126). 

Por este motivo, es necesario, como propone Dussel, realizar un análisis del contexto. De acuerdo con el autor, llamamos análisis textual al descubrimiento de la estructura del texto desde el texto mismo; el análisis contextual o ideológico, por el contrario, es la referencia del texto a su función práctica, política, de legitimación, justificación o encubrimiento de la realidad dada. En último término, el análisis ideológico define el sentido real del texto (Dussel, 1983).  

Sin embargo, el análisis de los discursos míticos requiere una reconstrucción histórica que sea capaz de aclarar los términos del uso del discurso. Por ejemplo, Dussel –analizando el discurso del populismo, uno de sus primeros objetos de estudio– encuentra que el término es utilizado de acuerdo con cinco tesis: Tesis 1) El “populismo” histórico que se asocia a la Revolución mexicana de 1910, y otros movimientos en América Latina; Tesis 2) “pseudo- populismo” que se usa para denigrar a los oponentes al “consenso de Washington” y al neoliberalismo; Tesis 3)  El populismo según el diálogo con lo “popular” y del “pueblo”; Tesis 4) El populismo relacionado con la creación de instituciones democráticas; y Tesis 5) El liderazgo populista como ejercicio axiológico (Dussel, 2013). 

De la misma forma, el discurso de la corrupción y sus ramificaciones tienen diferentes acepciones; por ejemplo, sobre transparencia en trabajos previos identifiqué, al igual que Dussel, parte de sus ramas semánticas según su contexto, las cuales clasifiqué como el “discurso de la transparencia burocrática” y el “discurso de la transparencia para las relaciones públicas” (Sandoval Ballesteros, 2013). El discurso burocrático de la transparencia se funda en la idea de que la corrupción es un problema de servidores públicos de bajo perfil que llenan sus bolsillos a expensas de la ciudadanía. La concepción de la transparencia, para las “relaciones públicas”, es el discurso que abusa del lenguaje de la transparencia y la rendición de cuentas con el objeto de lograr la legitimidad y estabilidad del gobierno, así como alcanzar la confianza de inversionistas y otros actores sociales que pugnan por atacar de raíz la corrupción y terminar con la opacidad. En otras palabras, esta aproximación desde las "relaciones públicas", ve a la transparencia únicamente como una herramienta de legitimación (Sandoval Ballesteros, 2013). 

Ambas ramificaciones tienen una visión de la corrupción colonizada que sirve para deslegitimar las instituciones denominadas, de forma eurocéntrica, desarrolladas —acotando la corrupción a una naturaleza interna al Estado y lo político—. Esto es lo que Dussel denomina la fetichización del poder, “El no referir, el aislar, el cortar la relación del ejercicio delegado del poder determinado de cada institución política […] con el poder político de la comunidad (o pueblo) […] absolutiza, fetichiza, corrompe el ejercicio del poder del representante en cualquier función” (Dussel, 2010, p. 14). Sin embargo, además de una visión fetichizada del poder sobre la corrupción, se entrelaza con la propia violencia de la colonización auspiciada por el sistema capitalista, que se orienta más a la reproducción de la muerte que de la vida. “Marx juzga al sistema capitalista como enajenante, injusto, victimario, sacrificial; como siendo una estructura histórica que niega la vida del trabajador, que lo oprime, desrealiza, empobrece, mata” (Dussel, 1998, p. 320). Por este motivo, deben entrelazarse los conceptos con su contexto, porque una vez que se entiende a la corrupción como “dominación social”, es posible comprender que existe un problema de desigualdad social, el cual está enraizado en cada uno de los sistemas políticos del mundo, no solamente en los “subdesarrollados”.

El diálogo que propongo con Dussel —que se liga más a lo político— permite desde otras líneas de trabajo analizar la relación entre capitalismo, ideología y, en menor medida, corrupción. Sobre esto, en su libro Ética de la liberación, el autor rescata un fragmento de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 de Carlos Marx que dice: “Por esto la economía, pese a su mundana y placentera apariencia, es una verdadera ciencia moral, la más moral de las ciencias” (Dussel, 1998, p. 324).

Si bien la fetichización del poder es una cara de la corrupción, descolonizar su discurso y abordar su análisis o reflexión implica comprenderla como un problema estructural y político. La corrupción, todos concuerdan, implica la ausencia de controles institucionales, políticos y sociales que frenan el abuso de poder. Pero lo que enfatizamos —desde nuestro propio constructo teórico del Enfoque de la Corrupción Estructural (ECE)—  es que, para explicarla, comprendida como un problema estructural y político, el poder no siempre aparece formalmente instituido. Los auténticos poderes, muchas veces, no se ubican en las instituciones tradicionales, sino en poderes que habitan, se producen y reproducen fuera de las instituciones —y aquí estamos hablando de los poderes fácticos, esos que en complicidad con los poderes formalmente establecidos, socavan vertiginosamente la credibilidad institucional— (Sandoval Ballesteros, 2024).

De ahí la propuesta de nuestro propio constructo conceptual para estudiar la corrupción desde una perspectiva estructural. Ofrezco la siguiente definición de corrupción estructural: “una forma específica de dominación social sustentada en un diferencial de poder estructural en la que predominan el abuso, la impunidad y la apropiación indebida de los recursos de la ciudadanía” (Sandoval Ballesteros, 2016, p. 123). La corrupción es “histórica” y sus “prácticas concretas” adquieren una gran variedad de modalidades que emergen con más claridad en aquellos periodos en los cuales la relación Estado-sociedad opera deficitariamente y en contra de los más elementales principios de justicia y legitimidad que tendrían que caracterizar esta interacción. Los principales actos, prácticas y dimensiones que ha tomado la corrupción han variado de forma distinta a lo largo de la historia, por ello hablamos de una forma específica y por lo tanto histórica.

En la actualidad, mientras que algunos ejemplos de corrupción incluyen conductas ilícitas y delincuenciales, otras prácticas asociadas a este fenómeno pueden ser de perfecta legalidad, pero de cuestionable moralidad. En ese sentido, la corrupción estructural no debe verse reducida solo a un enfoque normativo o legalista, sino como una forma específica de dominación social. Y bien puede emerger del ámbito público o privado sin ninguna relevancia para efectos de su definición como corrupción (Sandoval Ballesteros, 2016). 

Por otro lado, el objetivo final de la corrupción no siempre radica en obtener un beneficio pecuniario, sino también, y cada vez de forma más creciente, en acumular poder y privilegios de forma ilegítima. Los enfoques burocráticos que abordan el fenómeno de la corrupción como un problema de agencia o de desencuentro entre “principal” y “agente” tampoco han resultado ser muy útiles a la hora de confrontar el problema. No siempre tiene que ver con la predisposición personal o la volición de los actores sociales o los “agentes”, dado que ella muchas veces se encuentra vinculada con inercias sociales e institucionales que permiten su reproducción continua. La corrupción es un problema social, estructural, institucional y político que exige soluciones igualmente estructurales.

Sistematizando, mientras que nuestro enfoque de la corrupción estructural critica frontalmente su visión individualista, el paradigma legalista-procedimental señala que su idea es solo desviación moral o incumplimiento normativo. Desde su visión filosófica, Dussel hace una profunda crítica a la separación entre ética y política que los filósofos de la Modernidad han enarbolado siempre. Para él, ese tipo de enfoques fetichizan el poder y lo convierten en una entidad separada del pueblo o de los pueblos del mundo y de su condiciones materiales y vida concreta. En esa línea, nuestro ECE muestra que la corrupción no es un accidente, sino una forma sistémica y estructural de ejercicio del poder en el capitalismo contemporáneo. Este fenómeno se refleja en trabajos anteriores donde he sostenido que la desigualdad en la población permite que muchos cargos públicos sean utilizados para obtener beneficios económicos, ya que en diversos países la clase política se vuelve sinónimo de clase económica, porque “implica que, en las nuevas democracias, el acceso al poder garantiza acceso a la propiedad y que el acceso a ésta sea lo que permita la llegada al primero” (Sandoval Ballesteros, 2016, p. 133).

Dussel critica, como ya hemos señalado, la concepción liberal-formal del poder que se apoya en los mitos modernizantes que buscan encubrir su violencia. La convergencia epistemológica central es que ambos paradigmas rechazan la visión liberal-institucional abstracta y colocan el análisis en las estructuras materiales del poder, porque no se enfocan en “sacar las ‘manzanas podridas’ de la ‘canasta social’ sino en observar las estructuras, los tejidos y los incentivos intrínsecos a esta misma ‘canasta’ que permiten que la corrupción florezca dentro de ella” (Sandoval Ballesteros, 2016, p.127).

2. Poder fetichizado (Dussel) ↔ Corrupción estructural (Sandoval Ballesteros)

Desde el ECE hemos sostenido que economía y política no pueden concebirse como ámbitos autónomos ni divorciados entre sí. A lo largo de la historia, los sistemas de poder y dominación han estado íntimamente entrelazados con los sistemas de producción y explotación. Esto no solo implica su combate desde las instituciones, prácticas y reglas, sino un cuestionamiento más profundo de cada una de las sociedades y las desigualdades que permiten que este fenómeno se reproduzca. Esta cuestión implicaría el reconocimiento de que algunos grupos poseen ventajas sobre otros. Desde esta perspectiva, resulta indispensable comprender la compleja dinámica política que subyace a las decisiones económicas adoptadas durante las décadas de la mal llamada “liberalización”, o, más precisamente, de la “neoliberalización”. Es en este cruce, entre economía y política, donde adquiere centralidad analítica la actuación de los poderes fácticos, cuya intervención no solo ha distorsionado los procesos democráticos y capturado al Estado, sino que ha producido una doble defraudación: por un lado, la de las instituciones y de la legalidad mediante prácticas de captura, evasión y simulación; y, por otro, la de la sociedad en su conjunto, al erosionar las bases materiales, éticas y democráticas de la rendición de cuentas. Como he descrito en mi más reciente obra 

La corrupción ha demostrado ser inmune a los cambios políticos y las grandes transformaciones en nuestro país. Todas las evaluaciones nacionales e internacionales demuestran que ni la transición democrática de finales de los noventa ni la alternancia política del 2000 ni la llamada cuarta transformación del 2018 pudieron acabar con su presencia estructural. Todo lo contrario, las mediciones de este fenómeno durante los últimos años han confirmado un franco incremento en nuestro país y en el mundo. (Sandoval Ballesteros, 2024, p.5)

Asimismo, la corrupción, como una forma específica de poder, requiere una relectura descolonizante de lo que conocemos como “poder”, más allá de la óptica del contrato social o de una visión absolutista. 

Comparto con Dussel que el poder en “la modernidad eurocéntrica, desde la invasión y la posterior conquista de América en 1492, el pensamiento político ha definido por lo general el poder [... ] como dominación” (Dussel, 2006, p. 23). Estos estudios o apreciaciones eurocéntricas sobre el poder fueron adoptados en las regiones poscoloniales sin haber realizado una revisión histórica al sometimiento político a las que estuvieron sujetas durante casi trescientos siglos. Por ello, resulta necesario que se genere una nueva teoría del poder, que sirva de contraposición a la doctrina clásica europea, que permita racionalizar estos elementos históricos para alcanzar lo que Dussel denomina como una “política de la liberación”.

Contradictoriamente, desde el ángulo de la política de la liberación es donde es posible iniciar una deconstrucción de lo que es el poder.  El propio Dussel hace especial énfasis en que el poder político de la comunidad (potentia) se deriva en el poder que ejercen las instituciones (potestas) (Dussel, 2006). Sin embargo, esto no se debe de inscribir como un elemento de dominación, sino como de consenso dentro del espacio público.

Asimismo, de forma dialéctica, la política de la liberación nos debe decir mucho de su antítesis, a la que llamo “corrupción estructural” la cual es “una forma específica de dominación social sustentada en un diferencial de poder estructural en la que predominan el abuso, la impunidad y la apropiación indebida de los recursos de la ciudadanía” (Sandoval Ballesteros, 2024, p.18). 

Igualmente, desde esta relectura, el doble fraude que origina la corrupción estructural desde el marco conceptual de Dussel se traduce en la ruptura de la relación del potentia hacia el potestas, ya que “La corrupción es doble: del gobernante que se cree sede soberana del poder, y de la comunidad política que se lo permite, que lo consiente, que se torna servil en vez de ser actora de la construcción de lo político” (Dussel, 2006, p. 14). Por ello, el problema principal del fenómeno radica en “no referir [...] la relación del ejercicio del poder determinado de cada institución política [...] con el poder político de la comunidad [...] corrompe el ejercicio del poder del representante en cualquier función” (Dussel, 2006, p. 19). 

En ambas —tanto el abuso de poder como el doble fraude— se encuentra el elemento de la exclusión: “el objetivo final de la corrupción no siempre radica en obtener un beneficio pecuniario, sino también, y cada vez de forma más creciente, en acumular poder y privilegios de forma ilegítima” (Sandoval Ballesteros, 2024, p.19). Por ello, es que el enriquecimiento pecuniario no debería de ser el centro de atención dentro del estudio de la corrupción (tal como se señala frecuentemente en medios de comunicación), pues, como menciona Dussel:

No importa cuales aparentes beneficios se le otorgue al gobernante corrompido, lo peor no son los bienes mal habidos, sino el desvió de su atención como representante: de servidor o del ejercicio obediencial [...] del poder a favor de la comunidad se ha transformado en su esquilmador, su “chupasangre”, su parásito, su debilitamiento, y hasta en su causa de extinción como comunidad política. (2006, p.19)

En trabajos anteriores (Sandoval Ballesteros, 2016, 2024) he descrito los elementos que componen la corrupción estructural: a) la dominación social sustentada en un diferencial de poder estructural; b) la impunidad de las más altas esferas del poder, particularmente la del sector privado; y c) la exclusión social o la expropiación de la voz ciudadana que genera un profundo distanciamiento entre la sociedad y sus representantes. De esta forma es que “la corrupción puede ser esquematizada como abuso de poder más impunidad menos participación ciudadana” (Sandoval Ballesteros, 2016, p.123). Por su parte, Dussel apunta una serie de deformaciones de las potestas que permiten comprender los elementos del “fetichismo del poder”, los cuales entran en diálogo directo con el enfoque de la corrupción estructural (ver figura 1).

Figura 1. Deformaciones de la potestas en los elementos de la corrupción estructural

Fuente: Elaboración propia

La figura muestra cómo —ante el aumento del abuso de poder o, en palabras de Dussel, la desconexión de las potestas con el potentia— se fetichiza la política, es decir, se genera la corrupción estructural, lo que finalmente destruye o silencia la participación ciudadana. Sin embargo, el denominado giro lingüístico descolonizador en el pensamiento de Dussel (2009), como se argumentó, aún es una tarea en proceso que necesita una reflexión profunda de los mitos hegemónicos junto a los mitos alternativos desde una visión alternativa.

Como se ha señalado, el enfoque de la corrupción estructural dialoga y concuerda junto a la fetichización de la política y la política de la liberación de Dussel sobre la posición de las denominadas “víctimas de la modernidad”. Ambas posturas se interesan en recobrar a la sociedad como punto de partida para abordar el poder, a diferencia de los postulados eurocéntricos de autores como Weber, Hobbes y Locke que apuestan por la fetichización del poder. Sin lugar a duda, el camino de la deconstrucción del discurso de la corrupción sigue en ciernes, pero es un hecho que la apuesta va hacia el poder como reproducción de la vida en oposición a la violencia de la muerte, olvidándose de que “La comunidad tiene la facultad del poder ontológico originario, pero cualquier actualización es institucional y como tal delegada” (Dussel, 2006, p. 34)

En otras palabras, el diálogo entre el poder fetichizado de Dussel y el Enfoque de la Corrupción Estructural presenta un nudo teórico muy poderoso, dado que para Dussel el poder se fetichiza cuando deja de ser útil para la emancipación, cuando deja de servir a los pueblos y se autonomiza convirtiéndose en mero instrumento de violencia, muerte y dominación. Todo ello —además, en la fetichización del poder— es proclamado como un proceso neutral, técnico, objetivo e inevitable. El poder fetichizado se vuelve dominio, no servicio. Desde el ECE, la corrupción es sobre todo abuso de poder, no ilegalidad marginal. La corrupción estructural alude a los mecanismos centrales de acumulación y reproducción del poder, un poder estructural que conecta élites políticas, empresariales, financieras y mediáticas (Sandoval Ballesteros, 2016) y que se institucionaliza mediante normas, contratos, privatizaciones y capturas regulatorias. Podríamos decir que la corrupción estructural (Sandoval Ballesteros, 2016) es una forma empírica concreta del poder fetichizado, debido a que 

La corrupción originaria de lo político, que denominaremos el fetichismo del poder [...], consiste en que el actor político (los miembros de la comunidad política, sea ciudadano o representante) cree poder afirmar a su propia subjetividad o a la institución en la que cumple alguna función (de allí que pueda denominarse “funcionario”) —sea presidente, diputado, juez, gobernador, militar, policía [...]— como la sede o la fuente del poder político. (Dussel, 2006, p. 14)

En síntesis, la corrupción estructural debe entenderse como una expresión histórico-material del fetichismo del poder en el capitalismo neoliberal.

3. Sujeto político: pueblo emancipado y voz ciudadana en el combate a la corrupción

En la Política de la liberación, Enrique Dussel conceptualiza al pueblo no como una masa indiferenciada, sino como sujeto histórico y político de la transformación social. “El concepto de ‘pueblo’ aparece fenofénicamente (es decir se ‘hace presente’ o ‘aparece’ a la conciencia política de la esfera público-ontológica de los mismos actores colectivos oprimidos) en una doble crisis de legitimidad y hegemonía” (Dussel, 2009, p. 228). El pueblo, en Dussel. emerge desde la negatividad producida por el sistema —las víctimas, los excluidos, los desposeídos— y se constituye como actor colectivo capaz de generar poder desde abajo (potentia), en oposición al poder institucionalizado que ha perdido legitimidad (potestas).

Desde esta perspectiva, el pueblo es el portador de un proyecto emancipador, cuya legitimidad no proviene de la legalidad formal, sino de su anclaje en la reproducción material de la vida y en la lucha contra las estructuras de dominación. La potentia popular representa, así, la fuente originaria de toda autoridad política legítima.

El ‘pueblo’ se transforma así en actor colectivo político, no en un ‘sujeto histórico’ sustancial fetichizado. El pueblo aparece en coyunturas políticas críticas, cuando cobra conciencia explícita del hegemón analógico de todas las reivindicaciones, desde donde se definen la estrategia y las tácticas, transformándose en un actor, constructor de la historia desde un nuevo fundamento. Tal como lo expresan los movimientos sociales: ‘¡El poder se construye desde abajo!’ (Dussel, 2006, p. 102-103)

Por su parte, nosotros demostramos cómo la corrupción estructural no opera simplemente como una disfunción institucional, sino como un mecanismo sistemático de abuso de poder y de captura del Estado, mediante el cual redes oligárquicas, corporativas y financieras vacían de contenido a la democracia. Este proceso transforma a la ciudadanía en un actor pasivo, subordinado y excluido del control efectivo del poder, bloqueando los mecanismos de rendición de cuentas y participación sustantiva (Sandoval Ballesteros, 2024).

El diálogo entre el enfoque de Dussel y nuestro enfoque permite una formulación analítica que queremos poner a consideración de las lectoras y los lectores: la corrupción estructural constituye el dispositivo histórico que impide la traducción de la potentia popular en potestas legítima. En este sentido, la exclusión política del pueblo no es un accidente institucional, sino el resultado de una arquitectura estructural orientada a preservar relaciones asimétricas de poder.

4. Transformación: poder obediencial y combate estructural de la corrupción

En la obra de Dussel, la política se fundamenta en un principio material de la vida conforme al cual toda acción política legítima debe orientarse a producir, reproducir y desarrollar la vida humana en comunidad. Este principio ético-material establece un criterio normativo radical: todo sistema que genera muerte, exclusión, precarización o sufrimiento sistemático resulta éticamente ilegítimo, independientemente de su legalidad formal. Desde esta óptica, el neoliberalismo con toda su “corrupción estructural” revela una dinámica profundamente antagónica a dicho principio. La corrupción estructural redistribuye sistemáticamente la riqueza hacia arriba, intensifica la desigualdad social, privatiza bienes públicos, y convierte al Estado en garante de la acumulación del capital, en detrimento del bienestar colectivo.

Esta articulación teórica entre Dussel y el ECE permite sostener que la corrupción estructural no constituye únicamente un problema administrativo o legal, sino una violación sistemática del principio ético-material de la vida. En consecuencia, el combate a la corrupción adquiere una densidad normativa más profunda: se convierte en una exigencia ética fundamental, inseparable de un proyecto político emancipador. Este enfoque exige, “eticizar” la agenda anticorrupción y “politizar” la ética, desplazando a ambas del terreno tecnocrático y liberal de la modernidad criollista y europea, hacia una crítica estructural del orden social vigente.

Dussel propone el concepto de “poder obediencial” como forma política alternativa a la dominación oligárquica. Este poder se funda en el principio zapatista de ‘mandar obedeciendo’, es decir, en la subordinación permanente del ejercicio del poder institucional a las necesidades, demandas y proyectos del pueblo. El poder obediencial implica la institucionalización de la participación popular, la democratización radical del Estado y la ruptura con las lógicas elitistas de decisión. En correspondencia, nuestra teorización sostiene que el combate a la corrupción no puede limitarse a estrategias punitivas, reformas administrativas o a la creación de agencias reguladoras de mercado o de Estado. Tales mecanismos, aunque necesarios, resultan insuficientes si no se acompañan de una transformación estructural y democratizadora del modelo económico y político, orientada a desmontar las redes de captura, redistribuir el poder y someter a los poderes fácticos a un control democrático efectivo.

Desde esta convergencia, puede sostenerse que el “poder obediencial” constituye la forma política capaz de hacer viable un combate estructural contra la corrupción. Es la verdadera “voz ciudadana” (Sandoval Ballesteros, 2016) que permite rearticular la soberanía popular, desmercantilizar la gestión pública y subordinar la economía a las exigencias de la vida colectiva.

5. Reflexiones finales

El diálogo entre la Política de la liberación y el Enfoque de la Corrupción Estructural, aquí ofrecido, permite formular un marco analítico crítico-integrado, en el cual la corrupción aparece como una manifestación histórica del fetichismo del poder dentro del capitalismo neoliberal. Su superación exige una política radicalmente democrática orientada por el poder obediencial del pueblo y el resurgimiento de la voz ciudadana. En palabras de nuestro autor homenajeado:

Si el problema de la validez, que en la política es la cuestión de la legitimidad, se sitúa en una comunidad de excluidos: por ejemplo: en un grupo de indígenas mayas en Chiapas, en un grupo de mujeres en Kenya, entre los black-americans en Estados Unidos, entre los vendedores ambulantes en toda la periferia poscolonial. en la clase obrera de India o China, en los adultos mayores transformados en actores políticos en Argentina o México, en los campesinos empobrecidos por la competencia desleal por las ayudas vertidas a favor de los productores agrícolas en Alemania o Estados Unidos, entre los inmigrantes pobres desprotegidos, etc. todo ello resulta en desarrollo filosóficos dramáticos. (Dussel, 2015, p. 67)

En términos conceptuales, esta articulación puede sintetizarse entre el concepto dusseliano de “Fetichismo del poder” y mi propio constructo de “corrupción estructural”, así como en un diálogo entre los conceptos dusselianos de potentia y potestas, legítimo con nuestros propios conceptos de voz ciudadana enmudecida y Estado capturado. Aquí hemos demostrado que este diálogo conceptual abre, a futuro, un conjunto de agendas de investigación altamente relevantes ya que “la política de la liberación” y “la anticorrupción estructural” nos permiten claramente concluir que: primero, la corrupción debe ser entendida como categoría crítica del poder, y no como una mera desviación legal, administrativa ni mucho menos cultural; del mismo modo, la anticorrupción debe ser visualizada como un proyecto político emancipador, más allá del enfoque tecnocrático; y, finalmente, que la democracia puede ser concebida como una disputa material por el control del excedente social, como un campo de lucha entre la potentia popular y la captura oligárquica.

Bibliografía y fuentes consultadas

Dussel, E. (1983). Praxis latinoamericana y filosofía de la liberación. Editorial Nueva América. https://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/dussel/praxis/praxis.html

Dussel, E. (1998). Ética de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión (5a. ed). Editorial Trotta.

Dussel, E (2006). 20 tesis de política. Siglo XXI Editores.

Dussel, E. (2009). Política de la liberación. Volumen II Arquitectónica. Editorial Trotta.

Dussel, E. (2013). Europa, Modernidad y Eurocentrismo. Revista de Cultura Teológica, 4(69), 69-80. https://doi.org/10.19176/rct.v0i4.14105

Dussel, E. (enero de 2013). Cinco tesis sobre el populismo, Le Monde diplomatique en español. https://mondiplo.com/cinco-tesis-sobre-el-populismo

Dussel, E. (2016). Filosofías del Sur. Descolonización y Transmodernidad (2a. ed.). Ediciones Akal.

Sandoval-Ballesteros, I. E. (2013). Hacia un proyecto «democrático-expansivo» de transparencia. Revista mexicana de ciencias políticas y sociales, 58(219), 103-134.

Sandoval-Ballesteros, I. E. (2016). Enfoque de la corrupción estructural: Poder, impunidad y voz ciudadana. Revista Mexicana de Sociología, 78(1), 119-152.

Sandoval-Ballesteros, I. E. (2024). Corrupción estructural: La teoría del doble fraude y las raíces de la impunidad en México. Ediciones Akal.