Tienen doctorado en Estudios Sociales con especialización en Procesos Políticos por la Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Iztapalapa (UAM-I). Su investigación doctoral se centró en la cultura política de género en México, analizando la representación de candidatas presidenciales a través de la prensa. También posee una Maestría en Estudios Sociales por la misma institución, enfocada en el movimiento feminista mexicano, y una Licenciatura en Historia por la Universidad del País Vasco.
Ha sido profesora en ambientes virtuales y presenciales y ponente en varios congresos nacionales e internacionales sobre la representación política de las mujeres, la cultura política y el género, y cuenta con una sólida formación en innovación educativa y metodologías pedagógicas. Actualmente se encuentra realizando una estancia posdoctoral en el Departamento de Educación y Comunicación en la UAM-Xochimilco (UAM-X) en torno a la relación entre las emociones y la política.
Cuando escuchamos hablar de movimientos sociales, suele venirnos a la mente la imagen de calles llenas, pancartas, gritos y consignas. Pero rara vez pensamos en lo que queda después, cuando la marcha se disuelve y la gente vuelve a casa. ¿Cómo se recuerdan esas luchas? ¿Qué nos permite traerlas al presente? Una parte importante de esa memoria se guarda en las imágenes: fotografías que detienen un instante y nos muestran que hubo personas que se atrevieron a cuestionar el orden establecido.
En México, durante los años setenta, las mujeres comenzaron a organizarse de una manera novedosa. Venían de la experiencia del movimiento estudiantil de 1968 y estaban influenciadas por los feminismos que se desarrollaban en Europa y, principalmente, Estados Unidos, pero también respondían a problemas muy propios de nuestro país, marcado por la desigualdad social y económica. Bajo la consigna “lo personal es político”, estas mujeres pusieron sobre la mesa temas que hasta entonces se habían considerado privados: el derecho a decidir sobre la maternidad, la libertad sexual, la despenalización del aborto y la violencia doméstica. La política, decían, no sólo era institucional; también estaba en la vida diaria.
En este contexto aparece la figura de Ana Victoria Jiménez, fotógrafa que no solo observó lo que ocurría, sino que formó parte del movimiento. Su cámara acompañó marchas, protestas, reuniones y actividades culturales de colectivos como Mujeres en Acción Solidaria (MAS), el Movimiento de Liberación de la Mujer y el Colectivo La Revuelta. Ella misma se asumía como feminista y veía en la fotografía una herramienta política. Por eso sus imágenes no buscan ser “neutrales”: están comprometidas con una causa y construyen una memoria visual del feminismo mexicano de esa época.
Las imágenes siempre han sido un medio para comunicar y dejar huella. Desde las pinturas rupestres hasta las fotografías digitales de hoy, han servido para representar lo que vivimos y pensamos. En el caso de la fotografía, hay una aparente paradoja: se ve como algo objetivo, porque retrata lo que está frente a la cámara, pero siempre está atravesada por la mirada de quien decide dónde poner el foco y cuándo disparar.
Ana Victoria Jiménez entendió bien esta dualidad. Sus fotografías no pretendían mostrar “la verdad absoluta”, sino dar voz a las mujeres que en ese momento estaban siendo ignoradas o malinterpretadas por los medios tradicionales. En un México donde la prensa hablaba poco de las protestas feministas, su cámara ofreció otro relato.
El Archivo Ana Victoria Jiménez, que hoy se conserva en la Universidad Iberoamericana, es prueba de ello. No es solo una colección de imágenes de marchas y pancartas, sino una memoria viva de un movimiento que corría el riesgo de desaparecer de la historia oficial. En ese sentido, la fotografía se convirtió en un acto de resistencia y en un recurso político tan valioso como una consigna o un manifiesto.
El lema “lo personal es político” fue central en el feminismo de los setenta. Significaba que experiencias íntimas —como la maternidad, el matrimonio o la sexualidad— no eran asuntos privados aislados, sino temas atravesados por relaciones de poder.
Jiménez trasladó esa idea al terreno visual. Por ejemplo, en 1972 documentó la protesta del Día del Padre, organizada por el grupo MAS. Las pancartas cuestionaban la figura paterna y denunciaban la maternidad obligada, proponiendo una visión distinta de la familia. Años más tarde, en la marcha del Día de la Madre de 1976, sus fotografías captaron consignas que transformaban una fecha tradicionalmente celebratoria en una oportunidad para exigir derechos reproductivos y denunciar la violencia doméstica.
Estas imágenes revelan un choque cultural muy claro: mientras el discurso oficial exaltaba la figura de la madre abnegada y la familia nuclear, las feministas proponían otra lectura, más crítica y transformadora. Jiménez capturó esa tensión y nos dejó un testimonio gráfico de cómo se vivió esa disputa.
El feminismo mexicano de la segunda ola no se expresó únicamente en marchas o reuniones; también encontró un lugar importante en el arte. Colectivos como Tlacuilas y Retrateras o Polvo de Gallina Negra crearon obras que buscaban cuestionar la forma en que la sociedad representaba a las mujeres.
Ana Victoria Jiménez estuvo muy cerca de ese ambiente. Muchas de sus fotos muestran performances, exposiciones y actividades culturales que eran, al mismo tiempo, expresiones artísticas y políticas. Era un arte para incomodar, para abrir preguntas, para dar nuevas imágenes de lo femenino.
Esto fue especialmente importante en un contexto en el que las mujeres habían sido retratadas casi siempre por hombres, y bajo roles muy limitados: la madre sacrificada, la mujer deseada, la musa silenciosa. Con la cámara en sus manos, Jiménez y otras artistas feministas cambiaron esa dinámica: ahora eran ellas quienes narraban sus propias historias.
Uno de los grandes aportes del feminismo de los setenta fue la creación de un “nosotras” como colectivo. Permitió reconocer que todas compartían experiencias de discriminación y violencia, construyendo una identidad común y dando fuerza al movimiento.
Las fotografías de Jiménez fueron parte de esa construcción. En sus imágenes, vemos a mujeres diferentes marchando juntas, compartiendo consignas, levantando carteles. Esa visualidad reforzaba el sentido de pertenencia y mostraba que no se trataba de casos aislados, sino de un movimiento amplio y organizado.
Podemos decir que cada foto de Jiménez es también un ladrillo en la construcción de esa identidad feminista. Su cámara materializó un proyecto colectivo: el de transformar la sociedad desde la experiencia compartida.
Han pasado más de cuarenta años desde aquellas luchas, pero las imágenes de Ana Victoria Jiménez siguen vivas. Hoy, el archivo que resguarda su trabajo es consultado por investigadoras, artistas y activistas. Cada vez que esas fotos se exhiben en una galería o se comparten en redes sociales, cobran un nuevo sentido y dialogan con los problemas actuales.
El archivo no es un simple baúl de recuerdos; es un espacio de disputa. ¿Qué historias se cuentan sobre el feminismo en México? ¿Quién decide qué imágenes circulan y cuáles no? Gracias a Jiménez, tenemos la posibilidad de mirar un pasado que no siempre aparece en los libros de historia, pero que sigue siendo clave para entender nuestro presente.
Las fotografías de Ana Victoria Jiménez nos enseñan que las luchas feministas no se dieron solo en leyes, partidos o plazas públicas, sino también en la forma en que se representaba a las mujeres. En un entorno que muchas veces buscaba silenciarlas, estas imágenes se volvieron una voz poderosa.
Hoy, en un mundo saturado de imágenes digitales, mirar hacia atrás y reconocer el valor político de la fotografía documental es más importante que nunca. Las fotos de Jiménez nos recuerdan que cada encuadre puede ser un acto de resistencia, un modo de decir “aquí estuvimos” y “esto también es historia”.
Al final, no solo quedan discursos o leyes, sino también imágenes que nos ayudan a no olvidar. Y esas imágenes, al mismo tiempo, nos invitan a imaginar futuros distintos.
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