Temática

El tiempo pasa distinto

Voraz

Participante

Mónica Daniela Albarrán Bernal

Primer Lugar

Nos acabábamos de mudar antes de que comenzara el encierro, compramos una casa muy hermosa, cerca del bosque, con grandes ventanas desde donde podíamos ver los árboles moverse en las noches y el ruido de los pájaros nos ayudaba a meditar. No nos preocupaba ni la enfermedad ni el encierro pues decidimos aprovechar los momentos que pudiéramos tener juntos.

Tanto Víctor como yo trabajábamos desde nuestro ordenador y no teníamos que salir, a menos que tuviéramos una emergencia, nuestro plan era pasarlo increíble con las niñas; hace poco había nacido Luz quien le hiciera compañía a nuestra hija Martha de cinco años, la verdad es que estábamos emocionados de no tener que ir a la oficina y quedarnos a dormir hasta tarde.

Tanto Víctor como yo teníamos una habitación propia para trabajar, entonces podíamos concentrarnos muy bien y nos tomábamos alguno que otro receso donde los besos y los jugueteos con las niñas no podían faltar, pero cada día que pasaba, las niñas se volvían más demandantes; es cierto, normalmente, Luz estaría en la guardería y Martha en el prescolar, pero ahora que ellas no tenían una actividad constante rebosaban de energía.

Decidimos ponerle a Martha un horario muy estricto, levantarse temprano, correr en el bosque, desayunar, hacer tarea, colorear, jugar, bañarse, y un largo etcétera que intentamos seguir con mucho entusiasmo, pero Martha se aburría de esa rutina y Luz se la pasaba llorando, nuestras reuniones en zoom se veían interrumpidas por el llanto y gritos de las niñas, nos empezábamos a desesperar y nos propusimos tomar el auto y salir a la ciudad a tomar un poco de aire, el encierro nos estaba nublando la vista, además también teníamos que comprar alimentos, pues nuestra reserva se estaba agotando, pagar el internet, la luz, y nuestros celulares también era apremiante.

La mañana era soleada, así que decidimos ir a la ciudad, subimos a Martha al auto, yo me senté con Luz en los brazos y Víctor se disponía a manejar. Metió la llave al acelerador, pero no se escuchó el motor, lo intentó otra vez, y tampoco pudo. Qué sucede, Víctor. No lo sé, creo que nos quedamos sin gasolina, me dijo, el auto no enciende. Como que no enciende, yo misma lo llené de gasolina antes de que empezara la cuarentena.

Me asusté. Bajamos del auto y vimos que efectivamente, el auto estaba vacío a causa de una fuga que no previmos.
Y ahora qué vamos a hacer, tenemos que hacer los pagos, no podemos quedarnos incomunicados y tenemos que comprar alimentos, en unos días nos vamos a quedar sin nada. La angustía se le empezaba a subir en el rostro de Víctor. Tranquilízate, me ordenó. llamaré a mi hermano para que nos haga el súper y que nos traiga un poco de gasolina ¿está bien?

Víctor le llamó a su hermano, pero nos dijo que le daba mucho miedo salir de su casa, temía contagiarse y que en el camino le saquearan el auto así que nos dejó en el total abandono. Yo, en mi desesperación, decidí ir con los vecinos, la casa más próxima se encontraba a unos 3 kilómetros en bici, pero cuando llegué ni siquiera me abrieron la puerta, me gritaron que me alejara, que no podían ayudarme. Regresé a la casa sin saber qué hacer.

Luz no paraba de llorar, tenía hambre y la fórmula se nos había acabado, yo ya no tenía leche pues nunca quise darle, me la acerqué al seno reseco, pero ni una gota de leche pude darle, me sentí tan mal; Martha también tiene hambre y a duras penas pude sacar unas galletas de la alacena que estaban medio rancias, ya nos habían cortado el internet y con los pocos datos que nos quedaban intentamos pedir un rappi y un uber eats pero por desgracia no llegaban tan lejos de la ciudad. Estábamos incomunicados y a punto de quedarnos sin comida. Intentamos racionalizar los alimentos durante tres días, pero era casi imposible, nosotros resistíamos, pero las niñas no, no sabían qué pasaba. Víctor tampoco hacía nada, se le agotaron las ideas. Todos teníamos hambre. De pronto la casa se me empezó a hacer muy chiquita y se nublaron los grandes ventanales donde entraba el sol. Ya no entendía por qué se nos había hecho buena idea comprar una casa en medio de la nada, todo quedaba muy lejos. También me di cuenta que Víctor era un bueno para nada, que nunca hacía nada en la casa, y que tampoco intentaba siquiera ayudar en esta situación.

Vi a las niñas, estaban llorando desesperadas, y decidí que tendría que hacer algo, bajé al sótano donde guardábamos un rifle y unos cuchillos. Subí a la sala le informé de mi decisión a mi inútil marido: saldré al bosque a cazar. Por supuesto que no me creyó. Estas locas, ni siquiera sabes agarrar el rifle, te puedes lastimar. Discutimos y en un arranque de odio, lo aventé y se golpeó en la cabeza, no sangró. Martha empezó a llorar, la tomé de la mano, y a Luz en los brazos, el rifle estaba en mi espalda y así salimos las tres.

Regresé sola a la casa con algo de carne en los brazos. Víctor ya estaba sentado en el sofá, justo como estaba antes de que discutiéramos. Le dije que la metiera en el congelador, lo hizo y se metió a la cocina a preparar lo más parecido a un banquete. La carne estaba deliciosa, tierna y jugosa. Comimos con apetito voraz. Cuando Víctor se dio cuenta que las niñas no habían venido conmigo me preguntó. Están jugando en el bosque, no quería que nos vieran así. Así como. Míranos, tus manos y mi vientre están llenos de sangre.