Hoy mi madre se enteró de la muerte de su hermana, por Covid-19, allá en Cancún. En cuanto supe corrí a verla, aún en contra de las indicaciones de mi hermana mayor que me había prohibido visitar la casa de mis padres. Abrió la puerta papá, como si ya me esperara, pregunté por mamá, dijo que estaba bien, ella seguía en su cuarto. En el patio platiqué un rato con mi padre, tratando de alejarme lo más posible, él tiene 74 años y es hipertenso, me daría pánico que se contagiara. Poco después, en la cocina, tomándome una taza de café, mi mamá contó de forma atropellada y trunca, lo que había sucedido. Sus ojos se le llenaron de lágrimas, y yo, impotente, sabiendo que no debemos abrazarnos ni besarnos, me mantuve lejos de ella, recargado en el fregadero, parado ahí, estúpidamente, con mi taza de café en la mano. Pasaron segundos eternos, ella seguía sentada ahí, en la mesa del comedor, llorando por su hermana. Intenté dar consuelo inútilmente con mis palabras, pero estas parecían caer imperceptiblemente, como partículas inertes, en el piso de la cocina. Mi madre recuperó el aire para decir más; el marido de mi tía seguía internado, en completo aislamiento, muy probablemente contagiado también, e ignorando la muerte de su esposa. Mis primos, al parecer, no habían podido ver aún el cuerpo de su madre.
Todo aquello me parece extraño, lejano, intento tranquilizarme de forma egoísta, pensando que en Quintana Roo, según las noticias, hay más casos de contagio que aquí en Puebla, pienso también (y me avergüenzo por hacerlo) que al ser Testigos de Jehová y no haber interrumpido sus reuniones dominicales, pese a la Jornada Nacional de Sana Distancia,
mis tíos fueron más propensos al contagio. Me descubro pensando eso y me detengo, es ruin culparlos, miro mi taza de café nuevamente, ya vacía. No quiero permanecer más tiempo en casa de mis padres, les pido la lista de las cosas que quieren que compre en el supermercado y me despido abruptamente, aún sintiéndome tonto en medio del duelo de mamá. Al salir la miro e intento decirle con la mirada que la quiero. Salgo de ahí, miro a los transeúntes con tapabocas, que pasean a sus perros en aquel fraccionamiento. Manejo rumbo a mi casa pensando en lo cercano que parece ahora el virus, me distraigo, equivoco la ruta, aprovecho para dirigirme al supermercado.
Al llegar a la tienda, un guardia de seguridad se coloca en frente de mí, reacciono por instinto, mi miedo al contagio y el cuidado extremo que he intentado tener para alejarme de la gente, me hacen eludirlo fácilmente, como un gato que no quiere ser tocado. Cuando me doy cuenta de que el guardia me sigue ya es demasiado tarde, estoy adentro, camino más rápido. Él se quita el cubrebocas para repetirme, esta vez de forma más audible, que no puedo entrar sin cubrebocas. Yo le digo que es ridículo, que el virus también se contagia por los ojos, él insiste, son medidas de seguridad, él sólo cumple órdenes. Yo le digo, agitado y contrariado por la irrupción de su presencia, que es una medida ridícula, que ya el subsecretario, el doctor Hugo López Gatell, ha dicho que no debíamos sentirnos protegidos por esa cosa, él me mira extrañado, me da la impresión de que no entiende nada de lo que digo, alega como disco rayado que son disposiciones de la empresa. Yo digo que es anticonstitucional, la palabra suena rara en mi boca y más aún en sus oídos, pues se me queda mirando como si estuviera mirando a un loco. Para entonces ya hemos avanzado varios metros, discutimos elevando la voz, yo siempre intentando guardar mi sana distancia, pidiéndole que se aleje, que me puede contagiar. La escena me daría risa de no ser algo grave,
él mismo no sabe si seguirme persiguiendo por toda la tienda o no, si volverse a colocar el tapabocas que trae en la papada o no. Amenaza con llamar a la policía, saca un walkie talkie y se comunica no sé con quién, yo trato de apurarme, sólo llevo los productos que puedo cargar con las manos, cajas de leche, latas de frijoles, galletas, tortillas de harina. Me siento perseguido, los demás clientes me miran como un apestado, ¿acaso soy el único en todo el supermercado que no porta cubrebocas?, al parecer sí. Intento apurarme, hago malabares con los productos que están a punto de caerse de mis brazos. Pienso que por huir del guardia no me puse gel antibacterial. Las miradas de los demás son condenatorias, como si yo fuera un enfermo confirmado, portador de la muerte. Mi paranoia crece, siento que en un cuarto lleno de cámaras siguen puntualmente todos mis movimientos, que me están grabando; me llevarán preso, pienso estúpidamente, o me tirarán al suelo y me golpearán, me subirán a una patrulla esposado, me contagiaré en los separos donde habrá muchos infractores como yo, amontonados. Llego, sudando, a la caja rápida, que en realidad se aprecia lenta. En el piso hay grandes marcas en forma de X que señalan los puntos donde debemos pararnos los clientes para asegurarnos de que estamos debidamente distanciados. El guardia que me ha perseguido y del que según yo me había librado, ahora está ahí mirándome de frente otra vez, esperándome. Para mi tranquilidad, me indica discretamente que pase a la caja de la esquina, le hace una seña a la cajera para que me reciba, se trata de la caja para mujeres embarazadas, discapacitados y adultos de la tercera edad. Salgo confundido del supermercado, ¿por qué si el uso del cubrebocas no es una medida eficaz algunos asumen que debe ser obligatorio?, mi sentido común no logra disipar el sentido de culpabilidad que siento. Al subirme al auto, lavo rápidamente mis manos con gel, pienso en lo que acaba de pasar, me siento tonto, respiro. Reviso la lista, faltaron muchas cosas, no compré ni la tercera parte de lo que necesitan mis padres. Vuelvo a ver la escena de la cocina, mi madre sentada en la mesa, con sus setenta
años a cuestas, un poco encorvada, llorando por su hermana, y esta lista de víveres en sus manos, temblando absurdamente.
II
Voy a otra cadena de supermercados, aún no consigo un cubrebocas, aprovecho una distracción del tipo que custodia la entrada. Muchos de estos establecimientos no pagan impuestos al gobierno o violan los derechos de sus trabajadores, pero se dan el lujo de imponer medidas casi de terror por cuenta propia. Sé de municipios donde decidieron que habría ley seca, alcaldes enloquecidos que hablaron de toque de queda, restricción de horarios, como si el virus los tuviera, y cercos espontáneos de civiles supersticiosos que en algunas comunidades hicieron que se cerraran las fronteras o se golpearan a los que se atrevían a salir a las calles. En esta empresa, al parecer, aún no han impuesto el uso riguroso de cubrebocas, miro en los pasillos a otros clientes que no lo portan. De cualquier forma, me apuro. Faltan pocas cosas para completar la lista del mandado, un cartón de huevo con doce piezas, brócoli, toronjas. Camino como si lo hiciera contra reloj, las toronjas están feas, pienso que mejor eso lo debería comprar en la verdulería que está cerca de mi casa o esperar al fin de semana para ir al mercado. Así ayudaría a la economía local, sí, lo decido, dejo las toronjas feas. En la lista decía claramente toronjas rosas y estas eran más bien amarillas, con manchitas cafés. Sólo hay cartones de huevo de veinticuatro piezas y a un precio exagerado. Ojalá y los denuncien ante la Profeco, pienso, estos aprovechan la contingencia para subir el precio. Busco los mentados floretes de brócoli como un enajenado, no los encuentro. Le pregunto a un empleado dónde encontrarlos, desde su tapabocas y con una voz apagada, alcanzo a entender, a dos metros de distancia, la palabra congelados. Recorro los congelados, no los encuentro. Mi obsesión por llevarles exactamente todo lo que me anotaron en la lista,
pronto desaparece, me siento frustrado. Corro, pago, miro a la señorita de la caja detrás de un acrílico transparente, como si fuera la creatura incomunicada de un acuario.
Las pantallas de los teléfonos celulares, de las computadoras, de las tabletas, son también las paredes de nuestros acuarios improvisados, jaulas especulares de creaturas en cautiverio. Me da miedo que detrás de esos acrílicos y cristales líquidos, se esparza el otro virus, el de las noticias falsas, el del odio, el del golpismo. Pienso en El ángel exterminador de Buñuel, la película de la que hablaré la próxima semana, vía telefónica, en un programa de radio. Una clase social atrapada en su casa, dándose cuenta de lo insuficiente que resulta el dinero y los lujos, cuando el afuera asecha. Este virus que ha encerrado surrealistamente a la gente en sus casas recuerda la pared invisible que separa, en la película de Buñuel, a los veinte comensales de la alta burguesía de la realidad exterior. El virus actúa como una cortina invisible, casi abstracta, que nos separa del resto de los demás, como los monitores, que también nos convierten en axolotls cortazarianos, atrapados en el aislamiento. Sin embargo, pienso, este aislamiento lo vivimos de forma muy distinta todos. Debe de haber puentes para decirnos y comunicarnos este aislamiento. Los personajes de Buñuel sufren porque se sentían inmunes, completamente libres, todo poderosos, mucho tiempo antes del confinamiento. No dejo de pensar en aquellos que trajeron en un inicio el virus a nuestro país, después de haber ido a esquiar al extranjero. Los personajes de Buñuel sufren porque son individualistas, porque piensan en todo lo que no están pudiendo hacer en ese momento allá afuera, lejos de esa mansión convertida en cárcel. En cambio, la gente trabajadora, como los meseros, cocineros y sirvientas, que al inicio de la película sospechan que algo malo pasará, se salvan juntos. Hablaré de esa película por el aniversario luctuoso de Gabriel Figueroa, que se celebra el 27 de abril, pero pienso en la maravillosa sincronicidad entre aquel filme y nuestra realidad
actual, ¿cuándo saldremos a la calle nuevamente? ¿cuándo recuperaremos con normalidad eso que estábamos haciendo? Las clases, un programa de radio, pegar ladrillos en un muro. Veo los ojos miedosos de la cajera, allá, lejos, perdidos detrás del acrílico protector, únicos elementos humanos en un rostro cubierto por un gran tapabocas, le agradezco en silencio. De nuevo el gel al salir de la tienda, en un acto casi ritual, de conjuro, gel antibacterial frotado en las manos insistentemente, entre los dedos, en el dorso, en las muñecas, imaginando que uno va matando los millones de virus que hay en el billete y las monedas que nos acaban de dar. Lo que antes nos unía, hoy nos separa, el amor por el prójimo hoy se traduce en un distanciamiento físico, y no dejo de pensar en esa paradoja. Pienso que a todo distanciamiento también le corresponde un acercamiento, y entonces me gusta imaginar una unión solidaria invisible como el virus, que nos mantendrá a flote. En otras circunstancias, como en los sismos devastadores que hemos vivido, ya ha aparecido esa cercanía, cívica, emocional, psicológica, espiritual. Tiene que volver a aparecer, me digo.
III
Al regresar a mi casa, circulo por el boulevard en donde está la Universidad. Hace poco más de un mes, aún daba clases ahí. Extraño la dinámica presencial de las aulas, el café matutino, el ruido del gis en el pizarrón. También paso, a unos metros de ahí, por el Hospital del Niño Poblano, que, por la reconversión hospitalaria, pronto será considerado un hospital Covid, es decir, vendrán decenas, o quizá centenas, de personas que necesitarán hospitalización y probablemente una cama de terapia intensiva, un ventilador. La gente del barrio lo ha tomado bien, afortunadamente no veo elementos de la Guardia Nacional resguardando las instalaciones o algún operativo excepcional, todo luce normal, tampoco sé de agresiones a
enfermeros o enfermeras, aunque unos vecinos que trabajan ahí, ahora los he visto caminando por ahí sin sus uniformes. Pienso en todos ellos, hombres y mujeres que eligieron hace mucho esa profesión, pensando que su lucha sería contra las enfermedades, que eligieron ese trabajo a pesar de los riesgos, y que lo hicieron porque pensaron que valía la pena, que la sociedad se los agradecería. Ahora, absurdamente, tendrán que salir de los hospitales con miedo no a los virus y bacterias sino a otros humanos, con sus ropas guardadas cuidadosamente en sus mochilas, con miedo de que los reconozcan como trabajadores de la salud y también con el miedo de llevar el virus a sus casas, donde viven sus hijos, sus padres, sus parejas. Paso por ahí y los imagino como soldados que nos defienden estoicamente, en silencio, pienso en lo ingratos que estamos siendo, que hemos sido, con todas y todos ellos.
Llego poco antes de las siente a mi casa, justo a tiempo para ver la conferencia de prensa del Dr. Gatell. Al llegar al conjunto habitacional en donde vivo, veo el parque iluminado, franqueado por la mancha marrón que forman el montón de casas de interés social. En el centro del parque alcanzo a ver a muchos niños jugando, corren en la cancha de básquetbol detrás de un balón. Un poco más allá, unas niñas pasean a sus perros, los miran jugar y desenredan de cuando en cuando las correas, otros más platican en los columpios y pasamanos. También hay adultos, un señor fuma recargado en un poste, una pareja empuja una carriola, tres adolescentes caminan alrededor de la cancha, sobre el andador. Un grupito de niños y niñas ruedan sobre el pasto, luego se paran y se persiguen, se empujan, ríen, gritan. Yo no puedo dejar de pensar en la sana distancia, distancia vital que no están guardando, aquí no hay calcomanías de cruces en el piso como en el supermercado, para marcar la distancia que deberían de guardar entre ellos, y seguramente bastaría con que uno de ellos estuviera infectado para que todos lo estuvieran en unos cuantos días. Pero ¿por qué es tan difícil
quedarse en casa?, me enojo primero con todos ellos, me gustaría con un altavoz repetirles que deben quedarse en sus casas, que no salgan más, pero luego vuelvo a sentirme mal, quién soy yo para juzgar. Después de todo yo también vengo de estar afuera de mi casa, de ir al supermercado, de visitar a mis padres. Pienso en la información que emite el gobierno con exactitud científica, diario, con expertos, y sin embargo hay un sector de la población ensordecido, enceguecido, ¿cómo hacer que la información fluya, baje, se disperse, mucho más rápido que las tonterías que llegan por el WhatsApp? Cómo contrarrestar a los colaboracionistas del virus, cómo cerrar filas, cómo ser más fuertes que nuestros miedos y los falsificadores.
En la noche, antes de dormir, cansado, pienso en lo liberador que puede ser el sueño en estos días. Al inicio de la epidemia soñé con árboles, que unían sus raíces en lo profundo para resistir el viento sobre una tierra hostil, árida. Me desperté consciente de ese hermoso signo que el sueño me dio. Hoy particularmente quisiera soñar de nuevo algo reparador. Pero el virus exterminador, que no descansa, mañana nos traerá nuevas cifras, y mi tía estará en ellas y también muchas personas que no conozco. Cierro los ojos, imagino la escalada de los números negros, pero me tranquiliza pensar que también muchas mujeres y hombres que no conozco están ahora mismo colocándose sus uniformes y saliendo a trabajar, desconocidos que están revisando y adecuando instalaciones hospitalarias, y que están sanitizando mercados y oficinas públicas, parques, edificios, y están alistándose para el plan DN-III-E, y están colocando filtros sanitarios y puestos de control, midiendo la temperatura a los automovilistas, regalando gel antibacterial y kits de limpieza, haciendo caretas y cubrebocas, regalando toneladas de comida para personas que lo necesitan o servicios de taxi para el personal médico, ofreciendo servicios gratuitos de todo tipo vía remota, acudiendo a donar
sangre, poniendo su conocimiento científico y tecnológico al servicio de la nación, construyendo respiradores artificiales, creando personajes como Susana Distancia, haciendo infografías, replicando la información oficial y útil, cuidando a otros, quedándose en sus casas.
Me recuesto sobre mi cama. Algo dentro de mí vibra, respiro y agradezco poder hacerlo, pienso en los alveolos dentro de mis pulmones, en lo frágil que es esta unidad orgánica y al mismo tiempo en lo misteriosa y perfecta. Pienso en el cuerpo social, en lo extraño que resulta pensarnos como parte de él, sabernos parte de ese tejido, esas cavernas laberínticas, esos vasos comunicantes, esas superficies, que forman algo más grande, mucho más grande que nosotros. No el tú, ni el yo, un nosotros que es uno. Pienso en mi novia, en mis padres, en mis hermanas, que también respiran, y que deben de estar en sus camas, con la misma incertidumbre y pensamientos similares rondando en sus cabezas. Pienso que en estos momentos su salud es la mía y viceversa, y que su aire es el mío, y que mañana, más allá de las cifras y más allá de las ausencias que nos dolerán, algo, algo muy fuerte habrá crecido entre nosotros, y nos sabremos uno.