Temática

Saldremos adelante

Jacarandas

Participante

Astrid Santiago Ramírez

Primer Lugar

Si algo aprendí de la enfermedad que tuvo mi abuela al final de su vida, es que a medida que la mente se va apagando, tus miedos e ilusiones más grandes emergen y se mezclan con tu presente, poco a poco olvidas las cosas cotidianas, pierdes la noción del tiempo, no entiendes porque debes usar un tenedor si es más cómodo comer con las manos, con pudor tratas de tapar tu desnudez mientras un desconocido intenta convencerte que te tienes que bañar, eres obligado a usar un pañal, es molesto, incomodo, irritante, intentas quitártelo pero siempre hay alguien que te lo impide, entre todo el mar de caos e incertidumbre aún recuerdas lo seguro que te hacía sentir tu madre o el nombre de tu más grande amor, eso te acompañara hasta que mentalmente solo seas un niño de 2 años que deja de hilar oraciones para solo pronuncia monosílabos.

Después de cumplir 7 años mis abuelos paternos se mudaron con nosotros, la abuela fue diagnosticada con Alzheimer. Papá (su único hijo) y el abuelo se negaron rotundamente a internarla en una clínica mental, no iban a dejarla sola en el momento que más los necesitaba, el abuelo repetía que solo la muerte los separaría, fue un enorme reto ver como su cuerpo estaba, pero ella lo había abandonado, ahora su mente vagaba en el universo, entre galaxias y estrellas.

Las primeras semanas el silencio y la tristeza inundaron la casa, no sabía que la enfermedad era paulatina, mis padres me explicaron que ella cambiaria, no me reconocería, pero eso no significaba que no me quisiera, al principio la notaba igual, platicaba, jugaba conmigo, durante las tardes sus compañeros eran un caballete y varios pinceles. En ocasiones olvidaba donde dejaba sus lentes, salía al patio y gritaba “Procopio,
¿Dónde estás?, es hora de comer”, esa escena era dolorosa, él tenía 5 años muerto. Una noche los gritos nos despertaron, ella tenía una maletita y empujaba a mi abuelo, para que la dejara pasar, se quería ir a su pueblo, mi papá me dijo que me encerrara en mi cuarto para que no viera ese hecho, desde allí sus ataques aumentaron, casi siempre lloraba por lo mismo: su papá estaba mal y todos nos íbamos a enfermar, moría de terror al salir de la casa, le decía a mi abuelo que si no entendía que debían estar encerrados cada que él intentaba llevarla a caminar.

Adopto la manía de esconder mis colores, gomas, juguetes, todo lo que le gustará, los envolvía entre listones y ropas, como si se tratara de un gran tesoro, la primera ocasión que eso ocurrió me llamo mentirosa cuando le pedí mi lapicera, me hirió mucho, todos me explicaron que ella estaba mal, que en el futuro yo tenía que decirle que me prestara lo que había escondido, que la tratará como si fuera una de mis amigas, por dentro ella ahora tenía mi edad.

Ya no vivía en esta realidad, sus ideas eran un caleidoscopio, algunas mañanas despertaba siendo una niña, otras la bióloga marina resurgía de las profundidades, nos adaptamos a eso tanto como pudimos para que todos tuviéramos un poco de paz. Las estaciones del año cambiaban, las hojas de los árboles caían, a la par, mi abuela era cada vez menos esa señora que tenía algo nuevo que enseñarnos siempre que hablaba contigo. En medio de su delirio había destellos de su esencia, gustaba de hacernos reír, podías preguntarle de cualquier personaje y te contaba historias muy peculiares como que José María Morelos se había caído de un árbol cuando era niño, por eso usaba un pañuelo en la cabeza para que no vieran su cicatriz, era tan muy convincente al asegurar que Donald Trump fue su enemigo en la juventud. Cuando me alistaba para ir a la escuela ella también quería ir conmigo, tomaba una mochila, nos subíamos al carro, antes de llegar al primer semáforo había olvidado todo, comenzaba a preguntar “¿a dónde me llevan?”.

Lastimosamente por cada día brillante, había 3 oscuros, la ansiedad se apoderaba de ella, era horrible, se aferraba a un alhajero, juraba que dentro estaban las cenizas de su padre, cuando llegó la siguiente primavera los días de caos eran más, ya no reconocía a nadie, nos cambiaba de nombres, a mi padre lo corría agresivamente, donde algún día hubo una mirada brillante y vivaz, ahora podías contemplar unos ojos perdidos y asustados. Mi madre ahora tenía dos hijas, porque mi abuela la había adoptado y le decía “dile que no se lo lleven, mamá, ¿verdad que papá va regresar?, dime que va regresar, él solo tiene fiebre, no tiene que estar en el hospital”, la abrazábamos mientras le decíamos que ya mañana regresaba.

Creo que lo más triste para mi abuelo fue darse cuenta que entre el subir y bajar de las emociones de su esposa, aparecía un nombre para darle tranquilidad, y no era el suyo, ella se peinaba e intentaba maquillarse porque tenía una cita con un chico muy guapo llamado Julián, lo describía como el hombre ideal: guapo, simpático, muy sonriente e inteligente. Mi mamá decía “pobre de mi suegro, él toda la vida se dedicó a quererla y ahora solo recuerda a otro”. Julián fue el primer novio de mi abuela. Los ratos más felices que ella tenía era cuando volvía a tener veintitantos y nos contaba como lo había conocido. Nunca sabré porque no siguieron juntos, pero lo que sí sé, es que lo amo más que a mi abuelo.

En la última etapa del alzhéimer el cerebro olvida lo primordial, tu cuerpo queda como un barco a la deriva que va directo hacia un arrecife, poco a poco las infecciones te invaden, te deshidratas y por último, el cuerpo que habitaste, sucumbe, porque la persona que eras tiene mucho que murió, ahora que lo reflexiono, me doy cuenta que solo somos eso, ideas, el cuerpo es solo una cajita que nos transporta, que frágiles somos.
Hoy se cumplen 10 otoños que acabó el sufrimiento de mi abuela, a lo largo de 4 agonizantes años, su cerebro se fue consumiendo como una vela. Todas las noches sabíamos que si hoy había sido un mal día, mañana sería peor. Mi abuelo y yo hemos venido a dejar flores a la tumba de su amada, nos subimos al auto y empezamos a hablar.

–La amo mucho, pero estoy un poco enojado con ella, siempre me dijo que solo me quiso a mí, mentirosilla tu abuela, pero no importa, quizá a él lo quiso más, pero ella me dio el hermoso regalo de compartir una vida juntos.

–Si lo quería mucho a usted, quizá solo el tal Julián era más guapo.

–Que insolente nieta tengo, no sé qué hice para merecer esto– me dice mientras se ríe. –Sabe, lo que nunca entendí fue porque siempre lloraba diciendo que las cenizas de su papá.

–Tu bisabuelo murió cuando tu abuela era joven, durante la pandemia de covid, todos padecimos mucho en esa época, de un día para otro nos cambió la vida, eso es una historia triste, no quiero más cosas tristes hoy.

–Ahora usted tiene la obligación de contarme, quiero entender porque esa historia estaba en los días más triste de mi abuelita.

–Solo te lo voy a contar porque el camino a la casa es largo, fue en el 2020, bueno, inició en 2019, pero todo se salió de control después de año nuevo, yo vivía en una de las ciudades más grandes del mundo, la CDMX, no me acuerdo bien si fue en febrero o marzo cuando llegó al país el dichoso virus, antes de eso, todo eso nos resultaba muy gracioso, reírnos de la muerte siempre ha sido algo muy nuestro. En las redes sociales de esos años, que eran en 2D, no como las que tú tienes, allí veías y te enterabas de todo lo que pasaba, si querías carcajear entrabas a Facebook, si preferías leer las inconformidades de la gente a twitter e instagram era como, no sé, ver fotos de comida, perros y chicas guapas, el punto es que poco a poco todo eso se llenó de noticias: China, Italia, muertos por aquí, muertos por allá, infectados, era un desconcierto, todos aterrados, mientras América Latina en sus cosas, hasta le hizo una cumbia al virus.

– ¿Cómo le van a hacer una canción a un virus abuelo?, usted me está mintiendo.

–Es verdad, le hicieron una canción, antes de que todos estuviéramos asustados. Yo ya iba a salir de la universidad ese año, pero de pronto, el asunto estallo, todo el país suspendió clases. Vivía con mi abuela y mi mamá, en un departamento chiquito, que desastre fue, estábamos los 3 aburridos, asustados e irritados en un palomar, mi madre era maestra de primaria, así que problemas por el dinero no tuvimos, pero convivir con esas dos mujeres, fue todo un espectáculo, mi abuelita, a fuerza quería salir, le decíamos “no, mire, se puede contagiar”, era igual que le habláramos a la pared, no quería entender, religiosamente todas las tardes quería salir de la casa, decía “parezco un pájaro enjaulado, yo no le
hago daño a nadie, ya sáquenme, además ya viví lo que tenía que vivir, estoy buena para la muerte”, era un poco gracioso. Mi mamá era consciente del covid, pero no sé porque también creía que todo lo que le escribían sus amigas era verdad, de que con un té podías curarte, que infusiones de cloro, compresas de agua caliente, le llegaban cadenas de oraciones. A esa señora la buscaban para platicar, la querían, despertaba un sentimiento de confianza, cada historia que le llegaba a sus oídos de mi México mágico, recuerdo que, teníamos una vecina que era de una religión, los primeros 20 días del confinamiento, nos llamaba diciendo que era el fin del mundo, que teníamos que acercarnos a Dios, estaba hasta emocionada. Algunas asociaciones donaron despensas y cubre-bocas, porque has de saber que todos teníamos que usarlos, y una de las que recibió estas ayudas llamo a la casa, para advertirnos que si nos llegaba uno de los paquetes, debíamos tirar las mascarillas, porque tenía un veneno controlador, que era una orden del gobierno. Todo muy surreal.

– ¿Cómo porque alguien creería esas historias?, son absurdas.

– Son varios factores, se vivía en un estado de hartazgo, no creían en las instituciones, en sus gobernantes y la ciencia les aterraba. La ignorancia mezclada con el miedo a lo desconocido, sus únicos escapes era negar el problema o refugiarse en Dios, él los protegería. ¿Sabes por qué la gente cree en teorías de conspiración?, porqué les da pavor darse cuenta que como humanidad vamos sin rumbo, aceptar que solo somos primates ínfimamente evolucionados en un puntito azul en el universo es escalofriante, creer que hay alguien llevando las riendas de nuestras vidas, no importa hacia qué rumbo, da un poco de seguridad. Los que negaban la existencia del virus, se sentían felices diciendo eso, reconfortaba su espíritu abrigar la idea de que solo ellos conocían la verdad, les daba un aire de superioridad, creo que hasta yo los envidiaba a veces, porque no tenían insomnio en las noches, pensando que el enemigo invisible asechaba allá afuera. Una de mis tías aseveraba que el toda la pandemia era un plan de China contra Estados Unidos, le dije que los virus siempre han existido, que no tienen un fin y que el covid no era parte de un plan maquiavélico para bajar el número de habitantes en la tierra, que irónico, después del confinamiento hasta subieron los nacimientos. Nunca me quiso creer, que toda la naturaleza solo se rige por la entropía, obviamente no se lo dije en esas palabras. Entrar a leer los comentarios de las noticias era similar a una jungla, salvaje y llena de faltas de ortografía, ricos contra pobres, mesías diciendo que era un castigo divino por nuestros pecados, malditos homosexuales y abortistas, ¿por qué solo nacieron en esa época y nos condenaron a tal sufrimiento?, los precios del papel de baño se fueron a las nubes, nunca fue tan caro limpiarte la cola como en esa época, ya me pondré serio, te aseguro que te hubieras reído mucho de ese torbellino de locura mientras llorabas a la vez.

-¿Tú y mi abuela ya se conocían en ese momento?

–No, ella no vivía en la ciudad, estaba en provincia, tenía sus ventajas de estar allí, te aseguro que nunca tuvo que pagar lo que nosotros por un bendito kilo de jitomate durante la pandemia, su familia se dedicaba a vender tamales, tus bisabuelos ya eran algo grandes en ese momento, pero no podían dejar de trabajar, siempre me contaba que su padre era fiel seguidor de su santo, San Trabajo de Asís, era muy devoto, sus hijas y su esposa querían encerrarse, pero no podían, aunque su tierra estaba muy, muy lejos, el virus llegó, de una manera espeluznante, llevaron a enterrar a alguien que había muerto por una “neumonía atípica”, los familiares le dieron sepultura y durante el funeral se contagiaron, mientras el virus incubaba, la gente siguió su vida y en un mes, ya había varios contagios, cerraron las entradas de su pueblo, pero ya era tarde, el estigma social hizo que algunos no se atendieran y otros tenían tan poquita empatía y madre que salían de sus casas con el objetivo de enfermar a más personas, nunca he comprendido ese sentimiento que comparten muchos mexicanos, no pueden ver a alguien triunfar, porque harán hasta lo imposible para verlos fracasar, si a mí me va mal, a ti también, si yo me enfermé tú también tienes que padecer.

Aunque tomaron medidas para evitar el contagio, como lavarse las manos casi cada media hora, el virus entro a la casa de tu abuela, pero solo en su padre fue mortal, lloraba siempre que se acordaba de esa historia, él no podía respirar, los pulmones le dolían, el malestar aumentaba, una ambulancia se lo llevó, su familia estaba destrozada, los días transcurrían, pero le parecían una eternidad, hasta que el covid les arrancó a la persona que más querían, ya no más cantos en las mañanas, estaban deshechas. Culpa, frustración, tristeza, todo a la vez, 12 días antes él salió a vender, ahora solo les quedaba una cajita de sus cenizas, ¿te imaginas eso?, que tu familia se destroce porque tuvieron que salir a trabajar, para ganarse lo de la comida. Nunca superó la pérdida de su padre, toda la vida ese fantasma la persiguió, se quedaron solas en medio de un mundo hostil, y no fueron las únicas, en el México que crecí más de la mitad de la población vivía al día, no tenían ahorros, quedaron en una situación vulnerable y desalentadora, elegir entre morir por el coronavirus o de inanición. Literalmente, miles fallecieron trabajando, lucharon hasta el final, no tuvieron el privilegio de quedarse en casa, era el mismo virus, pero diferentes realidades, mientras que en municipios como San Pedro Garza García podían tener acceso a los mejores doctores, hospitales y despensa suficiente para un año, en el estado de tu abuelita, apenas si estaban construyendo centro de salud, que para acabar el cuadro, el gobierno se robó el material que mandaron, no tenían más que botiquines de primeros auxilios, Oaxaca era pobre, su sistema de salud ya estaba colapsado desde antes, bueno, en todo México había personas que no podían comprar ni un jabón.

–Que feo, ¿en serio una ambulancia se lo llevó y solo le regresaron las cenizas?

–Sí, así era, ya no podías despedirte y en el pueblo de tu abuelita era todo una tradición los funerales, un proceso cultural, migraban para tratar de tener una mejor calidad de vida y su último deseo era que su cuerpo descansará para siempre en la tierra donde nacieron, me acuerdo que cuando mi corazón se ponía nostálgica, escuchaba la música de su estado, era una cancioncita que hablaba de cuanto les dolía dejar su terruño querido y sus tradiciones. Muchísimas personas, no te imaginas cuantas no pudieron volver, ni siquiera muertos para descansar cerquita de sus seres queridos, Estados Unidos abrió fosas para los cadáveres de los contagiados por el covid, cuantos latinos quedaron allí, lejos de sus familias, apilados junto a cuerpos de desconocidos, quizá nunca hubieran partido de haber sabido lo que la vida les deparaba.

– Pobre de mi abuelita, ni siquiera cuando su cerebro sabía quién era la persona que veía en el espejo, esos recuerdos la dejaban en paz, ¿la pandemia sacó lo peor de la sociedad verdad?

–Es muy aventurado decir un sí rotundo, es cierto mucha gente murió, la economía colapso, la tristeza se respiraba en el ambiente, nos vimos allí, enfrentados cara a cara a nuestros peores demonios, huimos hace miles de años de la sabana africana para poder estar a salvo, en ese camino construimos ecosistemas de concreto con acero donde las lluvias son ácidas, allí nos sentíamos los reyes del mundo, en manchas urbanas que daban un aire de control, parpadeamos un segundo y los monstruos de Frankenstein a los que llamaban hogares nos podían matar. La idea de la modernidad desdibujó a los individuos, rebajándolos a carne de cañón, números en estadísticas, 0s y 1s para internet, ya no éramos seres vivos en sí, todo lo que estaba en el planeta se medía en cuanto a su utilidad, rentabilidad, como humanidad corríamos hacia al abismo, dejamos de ser comunidad para ser seres egoísta luchando en arenas de combate, deforestamos los bosques, creamos islas de plástico en el océano, hasta que la pandemia puso en confinamiento a la normalidad, en ese lapso experimentamos incontables emociones, reflexionamos, maduramos y vislumbramos hacia dónde íbamos, a que le otorgábamos valor, necesitábamos un cambio, la entropía nos regaló un segundo aire, un segundo renacimiento, una ola de niños que vivieron el confinamiento crecieron para convertirse en científicos, bendito sea el universo que ya no solo quisieron ser youtubers, los jóvenes dejaron de ser una generación de consumidores para centrarse más en la espiritualidad y racionalidad, cuando llegó la vacuna sentimos que el aliento volvió, como en toda la historia de la humanidad, compartir el conocimiento nos dejó seguir adelante, no te mentiré diciendo que el mundo vive en paz, todos conviviendo como hermanos, porque somos humanos, siempre lo seremos, con pasiones y deseos, pero nos adaptamos.

–Ya llegamos abuelito– le digo mientras mis papás salen a recibirnos.

–Recuerda algo, no importa que tan crudo y frío fue el invierno, la primavera siempre llega, las jacarandas siempre florecen.