Ganadores

El desamor en tiempos de COVID

Participante

María Angélica Contreras Jiménez

Segundo lugar

Me despertó el tintineo del monitor que estaba detrás mío. Volví a cerrar los ojos. Quería sumirme de nuevo en el sueño, pero esta vez, escuché con mayor claridad el constante subir y bajar de las válvulas. A la vista, aún después de parpadear varias veces, todo estaba confuso.

Agudicé el oído esta vez. Sólo distinguí un discreto burbujeo. Me quedaba aún el olfato. Nada. En realidad sí había algo, no podía olerlo, pero lo sentía, ese pequeño aire. Esa sensación un tanto dolorosa que iba desde mi nariz, pasaba por mi garganta y se instalaba cerca del corazón.

Irradiaba lo que pensé era la luz del sol. De pronto, distinguí una enorme sombra, casi como la de un astronauta. “Estas muy enferma, ¿puedes decirme tu nombre?”, soltó la voz delicada pero firme, de una mujer dentro de un traje blanco, sin dejar de mirar los monitores.

En mi cabeza, un sinfín de cuestionamientos no me permitió esbozar ni siquiera un enunciado simple. Sólo salió de esos labios partidos y lacerados con costras un quejido apenas audible, cuando introdujo en ese pequeño tubo transparente un líquido hacia mi torrente sanguíneo. Dolió.

Me puse en alerta. Intenté incorporarme. Manotear. “Tranquila, estás en un hospital. No te haremos daño. Es más fácil que tú nos mates a nosotros. Tienes COVID-19”, espetó la mujer, mientras se disparaban los pitidos en un monitor de la cortina contigua y ella con destreza, a pesar de ese estorboso traje blanco, corría a la par que gritaba desesperadamente: “¡Código azul. Código azul!”.

Un zumbido se instaló en mis oídos. Miraba a todos correr en la misma dirección. Dejé de escuchar y por primera vez observé con más detenimiento mi cuerpo postrado. Centré mi atención en cómo la mascarilla de oxígeno se empañaba una y otra vez.

El dolor en el pecho se intensificó. Me costaba respirar. No comprendía si era la enfermedad física o aquella desolación en el alma que existía desde antes de estar aquí. Ésa que empezó todo. Ésa que rompió como una ola mi mundo. En esa pequeña fracción de segundo mis ojos desbordaron llanto, como si mi cuerpo estuviera tan lleno de él, que ya era imposible contenerlo.

Me extrañó la sensación de las lágrimas sobre mis mejillas. Había pasado tanto sin sentir realmente. Sin pensar. Entonces, un brutal aturdimiento conmocionó mi cerebro. Los recuerdos vinieron a mi mente uno tras otro.

Se interpuso un silencio genuino. Una pausa en este universo. La mente se conectó en una frecuencia distinta. Sin datos, sin sonido, sin movimiento. De pronto, una repetición al infinito de imágenes inconexas. Sangre. Manos. Cabello. Le siguieron con fiel claridad los gritos desesperados, sentí su respiración agitada casi alcanzándome y a lo lejos, unos pies descalzos sorteando sin éxito los charcos.

El monitor delató al pulso. Mi cuerpo temblaba. La presión subía. Ahora no son imágenes ni sonidos. Es la percepción pura de los sentidos. Conexiones de neuronas que axonan un pálpito que sube de intensidad una y otra vez. No hubo más. “Ya no podemos controlar la fiebre”, se escuchó a lo lejos nuevamente esa voz.

“COVID-19”. En aquel delirio se repetía esa palabra. No sabía su significado, pero lo recordaba bien. Lo había leído muchas veces en los puestos de periódicos del centro de la CDMX. Algunas otras veces, mientras el organillero interpretaba sus peculiares melodías, los religiosos hablaban del fin del mundo por culpa de ese “Covid”.

Otros tantos ofrecían cubrebocas a todo el que pasare a la par que gritaban “bara bara, llévele llévele pa ́l Covid-19”. Mientras que nosotros, el grupo de indigentes, al que en ese momento, no sabía desde cuándo ni por qué pertenecía, tomábamos el sol en las bancas

de la Alameda, contentos de haber encontrado comida en la basura, así que a quién le importaba qué era el “covid”.

Con el cuerpo hecho un guiñapo, en medio de esa fría sala de hospital, poco a poco mis recuerdos volvían. Aunque la voz, por más que me esforzaba, no lograba hacerla aparecer. La muda, me llamaban los de la calle, ese grupo que me adoptó, quizá como una mascota, quizá por lástima.

Recuerdo que eran cuatro: el Tuti, el Bairon, el Chimuelo y la Abuela. La noche de mi llegada, justo terminaban de acomodar sus cartones, harapos y cobijas para dormir, en la medida en que la lluvia se los permitía, cuando pasada la una de la mañana, una sombra tambaleante se acercaba en su dirección sin cambiar de rumbo. Yo.

El Tuti, que padecía síndrome de down, señalaba sin parar de gritar “un zombie, un zombie”. Todos voltearon, un tanto impresionados y confusos por el aspecto de “eso” que se movía ya sin tanto equilibrio, pero que no paraba de acercarse.

Estaban sentados, mirándome con tanta perplejidad, que apenas tuvieron tiempo de encoger las piernas y meter las manos para protegerse cuando les caí encima. Se levantaron asustados y cada uno adoptó su posición de ataque, pero relajaron su instinto en cuanto miraron, sí, la desnudez de mi cuerpo, pero sobre todo, la sangre que cubría gran parte de la piel blanca.

“Nos va a comer el zombie”, gritó de nuevo el Tuti. Con un gesto breve, la abuela lo hizo callar, se acercó lentamente y con cuidado, se aseguró de que estuviera viva. Al corroborarlo, les pidió a los otros traer más harapos para taparme. “Hay que hacerle un lugar, mañana que despierte veremos qué hacer”, sentenció la líder del grupo. Pasaron casi dos días para que “la zombie”, como al principio me apodaron, pudiera abrir un ojo, el otro por más que intentara, la hinchazón no me lo permitió.

No podría decir cuáles fueron las razones exactas para que me dejasen entrar al grupo, pero hasta el Bairon, que era el menos sensible, me ayudaba a buscar

comida cuando era mi turno, porque eso sí, igual que todos, tuve que colaborar hurgando en la basura y en la recolección de cartón.

Tampoco puedo decir que era una parte medular en el clan, porque aunque lo intentaba constantemente, no podía emitir una palabra y mucho menos evocar algún recuerdo que pudiera explicar qué me había sucedido.

“Debió ser una madriza. No hay de otra”, teorizaba el Chimuelo, con su peculiar sonrisa, cada vez que sentados a un costado de Bellas Artes, se preparaba para mirar el espectáculo de los payasos que tanto nos hacía reír, porque pese a que yo no hablara, se las ingeniaban para incluirme en casi todo. Me sentía como en casa, pero también buscaba mis momentos de soledad, porque aún sin encontrar respuestas en ellos, en aquellos silencios me gustaba imaginar y escuchar mi voz, aunque sólo fuera en mi mente.

Me sentaba en algún sitio de la calle Madero. La luz del sol me resultaba fortificante, aunque al levantar el rostro los rayos intensos ponían al descubierto la piel verdosa e incluso negra de algunas partes de mi piel. Intentaba disimularlo con el gorro de mi sudadera morada, descolorida y sucia, estampada con pequeñas manchas de cloro, pero algunas veces los transeúntes que se percataban de mi existencia, me miraban con desconsuelo y otras con desagrado.

Con el pasar de los días, ya sin los moretones, me acostumbré a la vida de indigente, dejé de preocuparme por mi pasado. De alguna forma me sentía libre en esa calle peatonal. Mi calle de la paz. Me vibraba el corazón al escuchar a Caifanes o a Soda Stereo. No me hacía gracia el reguetón, pero lo olvidaba al posar mi vista en cómo la Torre Latino tocaba las nubes de algodón y el viento las hacía correr lejos. Otras veces me colaba en la exposición de formar palabras con letras al azar en el Atrio de San Francisco.

Ése era mi mundo. Me resultaba mágico, porque aunque un mar de gente siempre deambulaba, para mí era como si sólo existiese yo. Hasta que se hizo real. Primero acordonaron mi calle y sus alrededores. Los autos desaparecieron. Era divino escuchar las aves en vez de los cláxones. Luego, la gente dejó de caminar por el centro. El cielo se despejó y había prolongados silencios. Ya nadie cruzaba el eje central. No entendíamos

qué ocurría, quizá era cierto el rumor sobre el fin del mundo. Y nosotros, los indigentes, nos sentimos dueños de la ciudad.

Se escucharon los rayos. Mientras me deterioraba con rapidez. Pronto una lluvia torrencial hacía parpadear las luces. El dolor era intenso. El oxígeno dolía cada vez más, desde que pasaba por mi nariz hasta que sucumbía en mis pulmones, como si se clavaran en mi espalda un puño de navajas. Tronó de nuevo el cielo y el relámpago iluminó la noche.

Clareó mi memoria también. Esa pieza le daba sentido a todo. Entonces, mi cuerpo que se negaba a que el alma sufriera, comenzó a convulsionar. Esa súbita actividad eléctrica en mi cerebro liberó los recuerdos estancados de la forma más vivencial posible.

Mientras los médicos intentaban frenar los espasmos. La mente llevó al cuerpo, o quizá al revés, a aquella habitación oscura del departamento. Ahí estaba yo, mirándome en retrospectiva. En esa tarde lluviosa en la que te conocí a fondo por primera vez.

Tenía la maleta hecha. Me había bastado la discusión de la noche anterior para decidirlo, recién terminaba la carta que explicaba mi partida. Estaba triste, pero firme a mis convicciones. Me alisté y me miré al espejo: me sequé la pequeña lágrima en el rabillo del ojo, desvanecí un poco el rubor en las mejillas y dejé el rostro descubierto al atar en una coleta el cabello negro y largo.

Abriste la puerta. Nos miramos fijamente en el pasillo que lleva a la sala de estar. Luego fingiste no ver la maleta. Ambos sabíamos lo que significaba, así que dí el primer paso, pero tú ya tenías planeada tu jugada. Primero fueron las súplicas y al ignorarlas, te enfureciste.

Tras la tercer patada dejé de escuchar tus insultos y apenas distinguía tu sombra. De un puñetazo paralizaste mis cuerdas vocales y dejé de pedir ayuda. Por un instante, me miré en un espacio y tiempo distintos. Seguía en el hospital, pero podía verte, con el rostro salpicado de sangre. Mi sangre. Ahora sabía por qué huía. Quería salvar mi vida. Ahora lo recordaba.

Dolió profundo, intenso, real. No tus golpes. Ni recordarlo todo. Dolió una explosión dentro mí. De esas en que necesariamente algo cambiará y lo sabes. Aquél estruendo en mi cuerpo me dio fuerza, pero al mismo tiempo me quitaba la respiración.

Me sentí en una intempestiva transformación. No entendía si me debilitaba o me fortalecía. A ojos cerrados confié en lo segundo. Empezaba a sentirme revitalizada, cuando se desataron unas impetuosas sacudidas en mi cuerpo. Una. Dos. Tres veces. El corazón me dio de tumbos. Sentí frío. Dejé de escuchar.

Y cuando menos lo creí estaba de pie: fuerte, altiva, segura. La mujer que siempre fui con labios de carmín. Lista para dejar salir una tormenta contenida. Escuché mi voz, primero entrecortada, poco a poco más firme. Necesitaba decírtelo. Gritarte a la cara. Palabra tras palabra:

“No importa cuánto lastimaste mi templo, ni cómo te apoderaste de mi piel. No importa cómo forzaste esta boca, ni cómo inhalaste hasta mi último aliento. No importa cuánto desnudaste este cuerpo, ni cómo te robaste mi tibio calor.

“No importa cómo te abriste paso sobre mí, ni cómo lograste mancharme de ti. No importa cuánto te sentiste dueño de mí, ni cómo te embriagaste de mi aroma. No importa cómo me cubriste de ti, ni cómo por más que luché…no paraste.

“No importa cuánto me clavaste tus garras, ni cómo te divertía verme llorar. No importa cómo gozabas con mi dolor, ni cómo creías que así me tenías. No importa

el púrpura de mis hombros, ni lo adolorido de mis muñecas, ni siquiera las huellas de tus dedos en mi ser y mucho menos las cicatrices del ataque.

“No importa el golpe que me dejó sin fuerzas, ni el ardor en las mejillas tras abofetearme, ni siquiera la sangre que corría de mi nariz y mucho menos haber quedado casi inconsciente. ¿Sabes por qué nada de eso importa?

“Porque a pesar de tomar mi cuerpo, no te acercaste ni un milímetro a mi alma. Porque a pesar de robar mis besos, mi corazón no estuvo a tu alcance. ¿Sabes por qué nada de

eso importa? Porque aún sintiéndome sucia soy capaz de mirar a mis adentros y saber que nada realmente te perteneció, que mi esencia está aquí recuperándose.

“¿Sabes por qué nada de eso importa? Porque a pesar de que fui frágil, hoy soy más fuerte que ayer, porque a pesar de que eres una cruel pesadilla, hoy más que nunca creo en mis sueños. Y sé que estás al acecho. Sé que buscas todo eso por lo que no importó, porque tú y yo sabemos que aunque tomaste este cuerpo, yo nunca fui tuya”.

A lo lejos, en la pequeña estación de enfermeras, en el radio una voz terciopelo sentencia “no tenemos donde ir, somos como un área devastada. Carreteras sin sentido. Religiones sin motivo. Cómo podremos sobrevivir…Siempre seremos prófugos”. Entonces alguien interrumpe, casi en suspiro: “Cuánta razón tenía Cerati, se acaba de ir la indigente. Hora del deceso 21:45”.