¡Madres, ya no llegué!
Por: Emir López Guzmán
Salir a tiempo y aún así perder la primera clase
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM
Este texto no busca ofender, negar o confirmar ninguna creencia; más bien, su propósito es pensar desde la duda y explorar el origen de las creencias humanas, cuestionar si estas son heredadas o impuestas por el lugar o la época en la que se vive.
¿Qué pasaría si todo lo que se cree —lo sagrado, lo divino, lo eterno, Dios, el cielo o el infierno— fuera simplemente una invención? Esta es una pregunta que invita a una profunda reflexión sobre las creencias en un mundo donde miles de religiones coexisten, cada una con su propia versión de la verdad. Ante esta diversidad, vale la pena preguntarse: ¿Y si todo eso es mentira?
La mayoría de las personas creen haber nacido dentro de una religión. No eligieron cuestionar el porqué de su fe; simplemente la asumieron como un hecho inherente a su existencia. La religión, como muchas otras creencias, se transmite de generación en generación, moldeando la manera en que se comprende el mundo y el lugar que se ocupa en él. Sin embargo, pocas veces se detienen a pensar si esas creencias son realmente propias o si son el resultado del contexto histórico, social o cultural en el que nacieron. ¿Es la fe una elección personal o simplemente una consecuencia de un entorno que condiciona desde el nacimiento? Un niño nacido en una familia musulmana cree en Alá con la misma certeza con la que otro, nacido en una familia católica, cree en Dios y en las enseñanzas de figuras como el papa Francisco o Benedicto XVI. Ambas religiones afirman tener la verdad, pero al ser contradictorias, no pueden tenerla al mismo tiempo. Entonces, ¿quiénes están equivocados?, ¿o acaso todos lo están?
Las diferentes religiones del mundo forman parte de un entorno cultural. No buscan establecer verdades absolutas, sino que funcionan como sistemas de interpretación. Cada cultura nombra lo visible e invisible, crea rituales, dioses, dogmas y castigos. La religión, en ese sentido, es una forma de explicar lo inexplicable.
Creer es cómodo. La fe ofrece respuestas a muchas preguntas que surgen a lo largo de la vida: ¿Qué pasa después de la muerte?, ¿por qué sufrimos?, ¿por qué existe el mal?, ¿y si no estamos solos en el universo? La religión otorga sentido, ofrece una guía sobre cómo vivir y propone la idea de que todo lo que se hace en este mundo tiene un propósito. Pero, retomando la pregunta inicial: ¿y si todo es mentira?, ¿y si no hay un más allá?, ¿y si realmente se está solo en el universo? Esta posibilidad puede sonar a libertad, pues devuelve la responsabilidad total sobre la vida misma, sin intermediarios divinos ni castigos eternos. Obliga a buscar un sentido en lo real, en lo humano.
También se puede analizar la fe desde una perspectiva científica. Se sabe que el cerebro humano tiende a ver patrones incluso donde no existen y a buscar causas donde puede haber simple azar. Las neurociencias han demostrado que ciertas experiencias religiosas pueden inducirse artificialmente mediante la estimulación de áreas específicas del cerebro. Esto plantea una interrogante crucial: ¿esas vivencias son auténticas porque se sienten reales, o son ilusiones con base biológica?
Más allá de lo emocional y lo cultural, existe un aspecto incómodo pero evidente: la religión ha sido históricamente una herramienta poderosa de control político y social. Reyes, emperadores, dictadores y diversos líderes han politizado la fe para legitimar sus mandatos, imponer estructuras jerárquicas y justificar guerras, conquistas o sistemas de opresión. Desde las cruzadas en Europa hasta la colonización de América, lo sagrado ha sido manipulado para dividir pueblos, someter conciencias y consolidar privilegios. En muchos casos, se ha disfrazado de espiritualidad lo que en realidad responde a intereses terrenales: dominio, expansión y riqueza. La religión, en manos del poder, ha sido utilizada no solo para manipular, sino también para dominar.
¿Qué ocurriría si muchas de las creencias actuales no hubieran sido sembradas por amor, sino por conveniencia? Esta posibilidad no niega la existencia de una espiritualidad genuina, pero obliga a examinar con mayor atención el origen de las ideas. Si gran parte de lo que se cree proviene de herencias, imposiciones o sistemas diseñados para moldear conductas, entonces resulta necesario cuestionarlas. Ahí comienza el verdadero trabajo interior: revisar con honestidad cuáles pensamientos construyen y cuáles, en realidad, condicionan.
Hacerse estas preguntas no implica traicionar los ideales; por el contrario, representa un acto de lealtad hacia la propia conciencia. Es abrir una puerta hacia la libertad personal, al permitir reconocer que no todo lo que se defiende pertenece realmente. Cuestionar las propias ideas, incluso las más arraigadas, es el primer paso para vivir desde la verdad y no desde la costumbre.
La pregunta “¿Y si todo es mentira?” no nace del deseo de destruir la fe, sino de la necesidad de depurarla, de liberarla de lo impuesto, lo automático, lo heredado sin reflexión. No se trata de una provocación vacía, sino de una invitación a pensar con profundidad, a mirar las creencias con ojos nuevos y a resistir la tentación de aceptar respuestas cómodas solo por la seguridad que ofrecen.
La verdad no siempre se encuentra en templos, iglesias o libros sagrados. A veces se manifiesta en el silencio, en la incertidumbre, en la contradicción o en esos momentos incómodos que otorgan libertad y en los que se tiene el valor de cuestionar. Hacerse preguntas no debilita la fe auténtica; al contrario, la fortalece. Porque lo que sobrevive al fuego de la duda no es ilusión, es convicción.
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