Escuela Nacional de Ciencias de la Tierra
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Pensar la inteligencia artificial (IA) únicamente como un avance tecnológico es caer en la trampa de la neutralidad que el capitalismo intenta imponer sobre sus herramientas. La IA no es un artefacto “objetivo” ni una simple técnica de eficiencia algorítmica; es, antes que nada, un dispositivo de vigilancia, control y dominio inscrito en la lógica de la producción-reproducción que sostiene al sistema patriarcal-capitalista. Lejos de ser una promesa de progreso, la IA se erige como un mecanismo que moldea la vida para beneficio de quienes detentan el poder, un engranaje central en el sostenimiento del Estado-nación como orden de gestión y explotación de cuerpxs y territorios.
Mi propuesta parte de rechazar la escisión clásica entre producción y reproducción. La producción capitalista nunca se sostiene por sí sola: requiere de la reproducción —históricamente feminizada, racializada y precarizada— como base material de su continuidad. Sin embargo, esa reproducción no es un campo autónomo, sino un terreno de expoliación, disciplinamiento y exterminio de la vida. La IA, bajo esta perspectiva, no se limita a procesar datos: fabrica sujetxs, selecciona vidas dignas de ser vividas y administra las que pueden ser sacrificadas. Así, la reproducción social se convierte en un campo de batalla donde la vigilancia tecnológica se despliega para garantizar la subordinación de mujeres y cuerpxs feminizadxs, al tiempo que asegura la “pureza” de la fuerza de trabajo disponible.
El genocidio palestino constituye un ejemplo devastador de cómo la IA se articula con los regímenes de apartheid y limpieza étnica. Israel ha convertido los territorios ocupados en un laboratorio para probar y perfeccionar tecnologías de vigilancia antes de exportarlas al mundo. Sistemas de reconocimiento facial, aplicaciones de espionaje como Blue Wolf y programas de chantaje digital operan como dispositivos que no solo controlan el presente de la población palestina, sino que intervienen directamente en su reproducción: quién puede moverse, quién puede trabajar, quién puede cuidar, quién puede gestar, quién merece vivir.
En este marco, las mujeres palestinas son blanco específico de políticas que buscan frenar la continuidad de la vida de su pueblo e invisibilizar sus agencias de movilización social. El apartheid no es solamente militar: es también reproductivo, un intento sistemático por anular la posibilidad de futuro del “otro”. La IA, en tanto dispositivo de clasificación y exterminio, actúa aquí como garante de ese nuevo orden supremacista.
Al pensar las conexiones entre Palestina y América Latina es imposible obviar cómo opera el orientalismo en la configuración de la mirada global. No se trata solo de una representación simplificada de un “Medio Oriente” homogéneo, sino de un Oriente multiplicado, cargado de significaciones mestizantes y horizontales que circulan en la cultura popular, en los discursos estatales y en las prácticas militares. El término “Medio Oriente” mismo merece un examen crítico: es una categoría geopolítica que no nombra a un pueblo sino que responde a las necesidades del Norte global de ordenar el mapa y situarse como centro de la historia.
Este gesto colonial —nombrar, definir, representar al otro— es inseparable de los sistemas de vigilancia y control de la IA. El mismo aparato que clasifica a los cuerpos palestinos en bases de datos de reconocimiento facial es el que organiza al sur global como otredad amenazante o atrasada. Y sin embargo, ese “otro” funciona como espejo: el Oriente nos produce a nosotrxs, del mismo modo que el sur global en su conjunto es la condición de posibilidad del norte. El capital no solo extrae valor material, sino que produce mundos simbólicos donde los productos del trabajo humano aparecen como realidades externas, autónomas y naturalizadas, negando su origen social.
En este marco, las mujeres palestinas no deben aparecer como sujetos pasivos de opresión ni como “víctimas” desprovistas de agencia. Al contrario, su resistencia cotidiana, su capacidad de sostener la vida en condiciones extremas, es parte constitutiva de la lucha contra el colonialismo. El análisis ético y político exige reconocer esa agencia sin caer en paternalismos ni condescendencia, al mismo tiempo que se señala el contexto estructural que las atraviesa.
La IA no solo vigila, produce. Cada algoritmo decide qué narrativas circulan y cuáles son censuradas, qué cuerpos importan y cuáles se invisibilizan, qué vidas se convierten en datos comerciables y cuáles se eliminan. Este colonialismo digital, descrito en el informe digital walls y en múltiples denuncias de movimientos por los derechos digitales, abre una nueva frontera de acumulación capitalista. Los datos se convierten en materia prima de la dominación, y las plataformas que los administran —Google, Amazon, Microsoft— se alían con Estados para perpetuar la militarización global.
La IA, entonces, no es un “asistente” neutro, sino un aparato productivo que clasifica y modela la vida misma. Su funcionamiento está atravesado por relaciones de género-raza-clase, lo que la convierte en un dispositivo que fabrica jerarquías y profundiza desigualdades.
Visibilizar el papel de la IA como dispositivo de vigilancia, control, dominio y producción-reproducción es un paso fundamental para desmontar la falsa promesa de neutralidad tecnológica. Los algoritmos, al igual que las armas tradicionales, matan; pero lo hacen con un rostro aparentemente democrático, con el disfraz de la eficiencia y la modernidad, ocultando su función de perpetuar la violencia estructural.
Esa violencia no puede entenderse como un hecho aislado, sino como parte de los vínculos sociales que se organizan a través de la matriz género-raza-clase-sexualidad-nacionalidad-religión; la violencia constituye una forma de relación que une y separa, que jerarquiza y disciplina. En este sentido, la IA no es solo un recurso técnico, sino un nodo en la trama de las desigualdades neocoloniales que el capital y el imperialismo han exacerbado en el sur global, generando nuevas formas de barbarie y saña contra los pueblos.
Desde nuestra posición situada en América Latina, reconocer a Palestina como un cercanx y no como un otro lejano implica visibilizar que la violencia digitalizada, el espionaje militar y la represión estatal, que allí se ensayan, atraviesan también nuestras vidas. La alianza entre Big Tech, el Estado-nación y el apartheid israelí no es un problema ajeno, sino una maquinaria global que sostiene el orden patriarcal-capitalista.
Frente a ello, resistir exige tejer luchas interseccionales, feministas, decoloniales y anticapitalistas que no solo denuncien la complicidad de las corporaciones tecnológicas con los sistemas de opresión, sino que impulsen un horizonte emancipatorio. Se trata de desmantelar la matriz de dominación que ontologiza la violencia como destino y de afirmar, en cambio, una praxis de solidaridad locutiva Sur-Sur capaz de disputar la vida frente a la muerte. Palestina, México y tantos otros territorios del sur global son parte de una misma herida abierta. Reconocerla es también la condición para organizar su sanación colectiva y para confrontar al poder global del patriarcado, el capitalismo y su brazo tecnológico-militar.
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