Sistema de Experiencias Colectivas
Por: Laura Jaramillo Rios
La necesidad de apropiarnos del metro como un lugar nuestro y habitable
acultad de Estudios Superiores (FES) Aragón
acultad de Estudios Superiores (FES) Aragón
Son las 4:00 pm y ya voy tarde.
Mi primer entrega es a las 5:00 pm y aunque solo viajaré unas cuantas estaciones en la línea 4 del Mexibús que colinda de la estación Universidad Mexiquense del Bicentenario a Indios Verdes, salir una hora antes no es una exageración, es estrategia, porque aquí el tiempo no se mide en distancia, se mide en incertidumbre.
Además de estudiante vendo ropa por redes sociales, realizo entregas haciendo uso del transporte público, y cada trayecto es una apuesta.
Si el Mexibús se retrasa, pierdo tiempo. Si no logro subir, me quedo sin la venta. Y si algo sale mal, pierdo más que dinero.
La gente se aglomera en la estación. No hay orden, solo cuerpos cansados, como el mío, esperando lo mismo: poder entrar. Cuando por fin llega la unidad, todo se rompe; ya no hay filas ni turnos, solo empujones. Subir es resistir.
Aprieto la bolsa donde llevo la mercancía contra mi cuerpo, no solo para que no se maltrate la ropa sino también para que no me la arrebaten y desaparezca entre el movimiento de todos. Adentro, el aire cambia por completo y se vuelve más pesado.
Aquí no hay espacios exclusivos que realmente funcionen para las mujeres, no hay suficiente lugar, no existe una separación clara; todo se mezcla, todo se invade. Si logro sentarme, tampoco descanso.
A mi lado un hombre abre demasiado las piernas y ocupa más espacio de lo que le toca. Yo me hago chiquita, siempre solemos hacernos chiquitas y aprendemos a caber en lo que queda. Si voy de pie, es peor porque los empujones no paran, hay momentos en los que dejo de distinguir que contacto es accidente y cuál no. Solo sé que estoy incómoda y que me quiero bajar pero no puedo, porque tengo que llegar a mi entrega.
Aquí no hay policías como en el Metrobús de la CDMX, hay guardias y muchos de ellos son personas mayores, que miran sin intervenir. La sensación es clara; si pasa algo, estás sola.
Aun así se paga $10 pesos por un viaje en el que no hay certeza de nada. En contraste de viajar en la ciudad, donde hay pantallas que anuncian cuándo llegará la siguiente unidad, lo que implica otra forma de trasladarse.
Aquí una aprende a salir antes, “por si acaso”, a calcular retrasos que no deberían de existir,
a moverse con miedo, con prisa y con incomodidad. Porque llegar a tiempo no depende de ti, depende de cuánto estés dispuesta a aguantar para llegar a tu destino.
Por: Laura Jaramillo Rios
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